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Jueves, 27 de abril de 2017

Domingo

De Enciclopedia Católica

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Domingo (día del sol), como el nombre del primer día de la semana, se deriva de la astrología egipcia. Los siete planetas, conocidos para nosotros como Saturno, Júpiter, Marte, el Sol, Venus, Mercurio y la luna, cada uno tenía asignada una hora del día, y el planeta que regía durante la primera hora de cualquier día de la semana le daba su nombre a ese día (v. Calendario. Durante los siglos I y II se introdujo la semana de siete días a Roma desde Egipto, y los nombres romanos de los planetas se le dieron a cada día sucesivo. Las naciones teutónicas parecen haber adoptado la semana como una división de tiempo de los romanos, pero le cambiaron los nombres romanos a los nombres de las deidades teutónicas. De ahí que el dies Solis se convirtió en domingo (en alemán, Sonntag). El domingo era el primer día de la semana según el método de conteo de los judíos, pero para los cristianos comenzó a tomar el lugar del Sabbath judío en los tiempos apostólicos como el día separado para el culto público y solemne a Dios. La práctica de reunirse en el primer día de la semana para la celebración de la Eucaristía se indica en Hch. 20,7; 1 Cor. 16,2, en Ap. 1,10, y es llamado el día del Señor. En el Didache (14) se da el precepto: “En el Día del Señor reúnanse y partan el pan. Y den gracias (ofrezcan la Eucaristía), después de confesar sus pecados, que su sacrificio sea puro”. San Ignacio (Ep. Ad Magnes. IX) dice de los cristianos que “ya no observan el Sabbath, sino que viven en la observancia del Día del Señor, en el cual nuestra vida resucitó de nuevo”. En la Epístola de Bernabé (XV) leemos: “por lo cual, también, observamos el octavo día (es decir, el primero de la semana) con regocijo, el día también en el cual Jesucristo resucitó de entre los muertos”.

San Justino es el primer escritor cristiano que llama al día domingo (O Apol., LXVII) en el famoso pasaje en el cual describe el culto ofrecido a Dios por los primeros cristianos en ese día. El hecho de que se reunieran el domingo y ofrecieran culto público necesitaba cierto descanso del trabajo en ese día. Sin embargo, Tertuliano (202) es el primer escritor que menciona expresamente el descanso dominical: “Nosotros, sin embargo, (según nos ha enseñado la tradición) en el día de la Resurrección del Señor debemos tratar no sólo de arrodillarnos, sino que debemos dejar todos los afanes y preocupaciones, posponiendo incluso nuestros negocios, a menos que queramos dar lugar al diablo” (De orat.”, XXIII; cf. “Ad nation.”, I, XIII; “apology.”, XVI).

Éstas y otras indicaciones similares muestran que durante los primeros tres siglos la práctica y la tradición habían consagrado el domingo para el culto público a Dios, por medio de la participación en la Misa y el descanso de todo trabajo. A principios del siglo IV legislación positiva, tanto civil como eclesiástica, comenzó a hacer estos deberes más definidos. El Concilio de Elvira (300) decretó: “Si alguien en la ciudad deja de venir a la iglesia por tres domingos, que sea excomulgado por un corto tiempo para que se corrija” (XXI). En las Constituciones Apostólicas, que pertenecen al final del siglo IV, se prescriben tanto la asistencia a Misa como el descanso del trabajo y el precepto se atribuye a los apóstoles. La enseñanza explícita de Jesucristo y San Pablo previno a los primeros cristianos de caer en los excesos del sabatarianismo judío en la observancia del domingo, y aun encontramos a San Cesáreo de Arlés en el siglo VI enseñando que los santos Padres de la Iglesia habían decretado que la gloria total del Sabbath judío había sido transferida al domingo, y que los cristianos debían guardar el sagrado día del domingo del mismo modo que los judíos habían ordenado guardar el día del sábado. El insistió especialmente en que la gente escuchara la Misa completa y en que no abandonaran la iglesia hasta que se hubiesen leído la Epístola y el Evangelio. Les enseñó que debían venir a las Vísperas y pasar el resto del día en lecturas piadosas y en la oración. Al igual que con el sábado judío, la observancia del domingo cristiano comenzaba en el crepúsculo del sábado y duraba hasta la misma hora en domingo. Hasta tiempos muy recientes algunos teólogos enseñaban que había obligación, bajo pena de pecado venial, tanto de asistir a las vísperas como de asistir a Misa, pero esa opinión no descansa en bases certeras y ahora comúnmente se abandonó. La opinión común mantiene que, mientras que es altamente conveniente estar presente en las Vísperas el domingo, no hay obligación estricta de hacerlo. El método de calcular el domingo desde una puesta de sol a otra continuó en algunos lugares hasta el siglo XVII, pero en general desde la Edad Media se ha seguido la práctica de contarlo desde medianoche a medianoche. Cuando se introdujo el sistema parroquial, se le enseñó a los laicos que ellos debían oír Misa y la predicación de la Palabra de Dios los domingos en su iglesia parroquial. Sin embargo, hacia finales del siglo XIII, los frailes comenzaron a enseñar que el precepto de oír Misa podía ser cumplido si se asistía a Misa en sus iglesias, y después de largas y severas luchas la Santa Sede permitió esto claramente. Hoy día, el precepto puede ser cumplido si se participa en la Misa en cualquier lugar excepto en un oratorio estrictamente privado, y que la Misa no sea celebrada en un altar portátil por un privilegio que sea meramente personal.

La obligación de cesar el trabajo el domingo permaneció algo indefinido por muchos siglos. Un concilio en [[Laodicea, efectuado a fines del siglo IV, se dio por satisfecho al prescribir que en el Día del Señor los fieles debían abstenerse de trabajar hasta donde fuera posible. A comienzos del siglo VI San Cesáreo, como hemos visto, y otros mostraron una inclinación a aplicar la ley del Sabbath judía a la observancia del domingo cristiano. El Concilio efectuado en Orleans en el año 538 reprobó esta tendencia como judía y no cristiana. Desde el siglo VIII la ley comenzó a ser formulada como existe al presente, y los concilios locales prohibieron el trabajo servil, las compras y ventas públicas, los alegatos en las cortes judiciales y el hacer juramentos públicos y solemnes. Hay un gran cuerpo de legislación sobre el descanso dominical lado a lado con la eclesiástica. Comienza con un edicto de Constantino, el primer emperador cristiano, quien prohibió a los jueces celebrar sesiones y a la gente trabajar en domingo. Él hizo una excepción a favor de la agricultura. El violar la ley del descanso dominical era castigada por la legislación anglosajona en Inglaterra como otros crímenes y delitos menos graves. Después de la Reforma, bajo la influencia de los puritanos, se aprobaron muchas leyes cuyo efecto es todavía visible en el rigor del Sabbath inglés. Ese es el caso mucho más en Escocia. No hay legislación federal en los Estados Unidos sobre la observancia del domingo, pero casi todos los estados de la Unión tienen estatutos que tienden a reprimir el trabajo innecesario y a restringir el tráfico de licor. En otros aspectos la legislación de los diferentes estados sobre este asunto muestra considerable variedad. En el continente europeo en años recientes se han aprobado leyes severas validando la observancia del descanso dominical para el beneficio de los trabajadores.


Bibliografía: VILLIEN, Hist. des commandements de l'Eglise (Paris, 1909); DUBLANCHY in Dict. de theol. cathol., s.v. DIMANCHE (Paris, 1911); SLATER, Manual de Teología Moral (Nueva York, 1908); generalmente los teólogos morales.

Slater, Thomas. "Sunday." The Catholic Encyclopedia. Vol. 14. New York: Robert Appleton Company, 1912. <http://www.newadvent.org/cathen/14335a.htm>.

Traducido por L H M.