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Miércoles, 23 de enero de 2019

Uso de los Números en la Iglesia

De Enciclopedia Católica

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Uso de los Números en la Iglesia: Ningún lector atento del Antiguo Testamento puede dejar de notar cierta sacralidad que parece asignarse a ciertos números específicos, por ejemplo, siete, cuarenta, doce, etc. Lo que resulta tan significativo no es sólo la recurrencia frecuente de estos números, sino su uso ritual o ceremonial. Consideremos, por ejemplo, el juramento de Abraham (Gén., 21,28 ss.) después de separar (para el sacrificio) siete corderas, sobre todo cuando recordamos la relación etimológica entre el término nishba (hebreo, NSB), prestar un juramento, con el término sheba (siete).

Indicios del mismo uso místico de los números se encuentran también con frecuencia en la superficie del Nuevo Testamento, sobre todo en el Apocalipsis. Incluso tan temprano, un autor como San Ireneo (Haer., V, XXX) no vacila en explicar el número de la bestia 666 (Apoc. 13,18) con el término "Lateinos", dado que el valor numérico de las letras (griegas) que lo componen da el mismo total (30 + 1 + 330 + 5 + 10 + 50 + 70 + 200 = 666); mientras que algunos críticos sobrios de nuestra época se inclinan a resolver el misterio sobre los mismos principios, simplemente sustituyendo el término Latinus por las palabras Nero Caesar, escritas en caracteres hebreos, que dan el mismo resultado.

En el artículo simbolismo se dirá algo acerca del origen último del significado místico asignado a los números. Baste señalar aquí que aunque los Padres condenaron repetidamente el uso mágico de los números que había descendido desde las fuentes babilónicas hasta los pitagóricos y gnósticos de su tiempo, y aunque denunciaron cualquier sistema de filosofía que descansara sobre una base exclusivamente numérica, aun así consideraron casi unánimemente que los números de la Sagrada Escritura están llenos de significado místico y consideraron la interpretación de estos significados místicos como una rama importante de la exégesis. Para ilustrar la precaución con que procedieron, será suficiente hacer referencia a uno o dos ejemplos notables. San Ireneo (Haer., I, VIII, 5 y 12 y II, XXXIV, 4) analiza a fondo la interpretación numérica gnóstica del santo nombre Jesús, como equivalente a 888, y afirma que el escribir el nombre en caracteres hebreos requiere una interpretación totalmente distinta.

Una vez más, San Ambrosio, al comentar sobre los días de la Creación y el Sabbath, enfatiza, "El número siete es bueno, pero no lo explicamos según la doctrina de Pitágoras y los otros filósofos, sino más bien según la manifestación y la división de la gracia del Espíritu; pues elprofeta Isaías ha enumerado los principales dones del Espíritu Santo como siete" (Carta a Horontiano). Igualmente, San Agustín, en su respuesta a Ticonio, el donatista, observa que, "Si Ticonio hubiese dicho que estas reglas místicas abren algunos de los rincones ocultos de la ley, en lugar de decir que revelan todos los misterios de la misma, habría dicho la verdad" (De Doctrina Christiana, III, SLII). Pueden citarse muchos pasajes de San Crisóstomo y otros Padres que indican la misma precaución y la misma renuencia de los grandes maestros cristianos de los primeros siglos de impulsar este reconocimiento del significado místico de los números hasta grados extremos.

Por otra parte, no cabe duda de que, influenciados principalmente por los preceptos bíblicos, aunque también en parte por la prevalencia de toda esta filosofía de los números alrededor de ellos, los Padres, hasta el tiempo de Beda, e incluso después, prestaron mucha atención a la sacralidad y significado místico, no sólo de ciertos números en sí mismos, sino de los totales numéricos resultantes de las letras constituyentes con que se escribían ciertas palabras. Un ejemplo notable proviene de uno de los primeros documentos cristianos no incluido en el canon de las Escrituras, es decir, la llamada Epístola de Bernabé, que Lightfoot se inclina a colocar tan temprano como el año 70 ó 79 d.C. Este documento apela a Gén. 14,14 y 17,23 como un señalamiento místico al nombre y a la propia oblación del Mesías por venir. "Sepan, por lo tanto", dice el autor, "que Abraham, quien estableció por primera vez la circuncisión, preveía en espíritu a Jesús cuando fue circuncidado, tras haber recibido las ordenanzas de tres letras. Pues dice la Escritura, 'y Abraham circuncidó dieciocho y trescientos hombres de su familia.' ¿Cuál fue entonces el conocimiento que se le otorgó? Entiéndase que él dijo primero dieciocho y, después de una pausa, trescientos'. En el [número] dieciocho [la IOTA griega] significa 10, [la ETA griega] significa 8. 'Aquí tenéis a Jesús (IESOUS [en griego]). Y como la Cruz [TAU en griego] habría de poseer gracia, dijo también trescientos'. De modo que reveló a Jesús en dos letras y, en la restante, a la cruz" (Ep. Bernabé, IX). Se entenderá, por supuesto, que el valor numérico de las letras griegas iota y eta, las primeras letras del Santo Nombre es 10 y 8 = 18, mientras que Tau, que representa la forma de la cruz, representa 300.

Por consiguiente, en una época en la que la Iglesia estaba formando su liturgia y cuando los maestros cristianos veían tan fácilmente significados místicos subyacentes en todo lo relacionado con los números, difícilmente puede dudarse de que un propósito simbólico debe haber guiado constantemente la repetición de los actos y oraciones en el ceremonial del Santo Sacrificio y, de hecho, en todo el culto público. Incluso en las fórmulas de las oraciones mismas encontramos huellas inequívocas de este tipo de simbolismo. En el Sacramentario Gregoriano (Muratori, "Liturgia Romana Vetus," II, 364) encontramos una forma de bendición en algunos códices (también se encuentra en el Misal Leófrico), asignada a la circuncisión u octava de Navidad, que concluye con las siguientes palabras: “Quo sic in senarii numeri perfectione in hoc swculo vivatis, et in septenario inter beatorum spirituum aginina requiescatis quatenus in octavo resurrectione renovati; jubihei remissione ditati, ad gaudia sine fine mansura perveniatis. Amen".

Estamos bastante justificados, entonces, cuando leemos de las letanías triples, de cinco y siete partes, del número de repeticiones del Kirie Eleison y Christe Eleison, del número de cruces realizadas sobre la oblata en el canon de la Misa, del número de unciones utilizadas al administrar los últimos sacramentos, o de las oraciones en la coronación de un Rey (en la forma antigua del llamado Pontifical de Egberto estas oraciones fueron cuidadosamente numeradas), de los intervalos asignados para la celebración de Misa por los difuntos, del número de lecturas o de profecías que se leen en ciertas estaciones del año, o de las absoluciones pronunciadas sobre los restos de los obispos y prelados, o de nuevo del número de subdiáconos que acompañan al Papa y de los acólitos que llevan las velas delante de él ---hay justificación, decimos, para asignar cierto significado místico a todas estas cosas, que quizás no fueron concebidas muy sólidamente por quienes instituyeron estas ceremonias, pero que, sin embargo, tuvieron alguna influencia en la determinación de su elección de por qué la ceremonia se debe realizar de ese modo particular y no de otro. (Para una explicación del signado místico comúnmente asignado al uso de los números vea el articulo SIMBOLISMO.)


Fuente: Thurston, Herbert. "Use of Numbers in the Church." The Catholic Encyclopedia. Vol. 11. New York: Robert Appleton Company, 1911. 18 Jan. 2013 <http://www.newadvent.org/cathen/11151a.htm>.

Traducido por Rosario Camacho-Koppel. lhm