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Domingo, 5 de abril de 2020

Uso de Cuentas en las Oraciones

De Enciclopedia Católica

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Uso de cuentas en las oraciones: Las cuentas diversamente enfiladas, de acuerdo al tipo, orden y número de oraciones en ciertas formas de devociónes, son de uso común entre los católicos como un recurso para asegurar el recuento correcto de las partes que se repiten más o menos frecuentemente. Hechas de materiales que van desde la madera común o bayas naturales a metales costosos y piedras preciosas, pueden ser bendecidas, como lo son en la mayoría de los casos, con la oración y agua bendita, convirtiéndose así en sacramentales. En este carácter son prescritas por las reglas de la mayoría de las órdenes religiosas, tanto de hombres como de mujeres, para ser llevadas para uso personal o como parte de la vestimenta religiosa. Ahora se encuentran mayormente en la forma del Rosario dominico, o salterio mariano (vea EL ROSARIO); pero los católicos también están familiarizados con la corona de Santa Brígida, El Rosario de los Siete Dolores, Rosario de la Inmaculada Concepción, la corona de Nuestro Salvador, la Coronilla de las Cinco Llagas, el Rosario de los crucíferos y otros. En todas estas devociones, debido al celo individual o fomentado por determinados organismos religiosos, las cuentas sirven uno y el mismo propósito de distinguir y numerar las oraciones constitutivas.

La crítica racionalista generalmente atribuye un origen oriental a las cuentas para orar; pero se puede asumir seguramente que la tendencia natural del hombre a la iteración, en especial de las oraciones, y el espíritu y la formación de los primeros cristianos sugirieron espontáneamente los dedos, guijarros, nudos en una cuerda y cadenas de cuentas o bayas como medios de conteo, cuando se deseaba decir un número determinado de oraciones. Las primeras indicaciones históricas del uso de cuentas en la oración por los cristianos muestran, en esta como en otras cosas, un crecimiento y desarrollo natural. Cuentas ensartadas o enfiladas en cadenas son una mejoría obvia sobre el muy conocido método primitivo citado, por ejemplo, en la vida del abad egipcio Paulo (m. 341 d.C.), quien solía tomar trescientos guijarros en su regazo como contadores y dejaba caer uno al terminar cada una del número correspondiente de oraciones que acostumbraba a decir diariamente.

En el siglo VIII los penitenciales, o libros de reglas relativas a los penitentes, prescribían diversas penitencias de veinte, cincuenta, o más Padrenuestros. Los cordones con cuentas, con cuya ayuda se hacían con precisión tales penitencias, gradualmente llegaron a ser conocidos como “padrenuestros”. Los registros arqueológicos mencionan fragmentos de rosarios encontrados en la tumba de la santa abadesa Gertrudis de Nivelles (m. 659); también objetos similares descubiertos en las tumbas de San Norberto y de Santa Rosalía, ambos del siglo XII. Los bolandistas citan a Guillermo de Malmesbury (De Gest. Pont. Angl., IV, 4), el cual declaró que la condesa Godiva, quien fundó una casa religiosa en Coventry en 1040, cuando estaba en su lecho de muerte donó una gargantilla o cadena de piedras preciosas costosas con la cual ella solía decir sus oraciones para que fuera colocada en una estatua de la Santísima Virgen.

En el transcurso de los siglos XI, XII y XIII tales padrenuestros llegaron a tener un uso generalizado, especialmente en las órdenes religiosas. En ciertos momentos correspondientes a las horas canónicas, las hermanas y hermanos legos se veían obligados a decir cierto número de Padrenuestros como un equivalente a la obligación clerical del Oficio Divino. Asimismo las órdenes militares, notablemente los Caballeros de San Juan, adoptaron los “padrenuestros” como parte del equipo de los miembros laicos. En el siglo XV el usar las cuentas en el cinturón era un signo distintivo de pertenencia a una cofradía religiosa u orden terciaria. Si bien en esos días se debía refrenar cierta mundanidad en el uso de cuentas como ornamentos, como lo fueron varias ordenanzas capitulares que prohibían, por ejemplo, que los monjes y frailes tuviesen cuentas de coral, cristal, ámbar, etc. y que las monjas usasen cuentas alrededor del cuello, no falta evidencia de que los “padrenuestros” se usaban abiertamente como signo de penitencia, especialmente por grupos de peregrinos en procesiones que visitaban los santuarios, iglesias y otros lugares santos en Roma. Debido a su propósito, también, es natural que las cuentas para oraciones fuesen apreciadas como obsequios de amistad. Eran especialmente valoradas si habían sido usadas por una persona de reconocida santidad o si habían tocado las reliquias de algún santo, en cuyos casos a menudo se creía piadosamente que eran instrumentos de poder milagroso y virtud sanadora.

Las cuentas generalmente se ensartaban en un hilo o cuerda gruesos de modo que formasen un círculo u óvalo. En la actualidad las cuentas encadenadas han tomado casi totalmente el lugar de las encordeladas. Para facilitar el recuento o para marcar ciertas divisiones de la devoción, se separan los conjuntos de cuentas, por lo general décadas, por una perla más grande o a veces por una medalla o cruz de metal. El número de cuentas de una sarta, o rosario, depende del número de oraciones que componen cada forma particular de devoción. Un rosario completo consiste de ciento cincuenta Avemarías, quince Padrenuestros y tres o cuatro cuentas correspondientes a los versículos introductorios y el “Gloria al Padre”, etc. Tal “par de cuentas” es usado generalmente por los religiosos. Los laicos comúnmente tienen cuentas que representan un tercio del Rosario. Las cuentas de Santa Brígida tienen siete Padrenuestros en honor de los dolores y alegrías de la Santísima Virgen, y sesenta y tres Avemarías para conmemorar los años de su vida. Otra corona de Nuestra Señora, usada entre los franciscanos tiene setenta y dos aves, basada en otra tradición sobre la edad de la Virgen. La devoción de la Corona de Nuestro Señor consiste de treinta y tres Padrenuestros en honor de los años de Nuestro Señor en la tierra y cinco Avemarías en honor de sus Llagas Sagradas. En la Iglesia Latina de la Edad Media se le aplicaban muchos nombres a las cuentas para orar, como: devotiones, signacula, oracula, precaria, patriloquium, serta, preculae, numeralia, computum, calculi y otros. Una forma inglesa Antigua, bedes, o bedys, significaba principalmente oraciones. Desde finales del siglo XV y comienzos del XVI, el nombre de “cuentas padrenuestro” cayó en desuso y fue reemplazado por el nombre de “cuentas avemarías” y Rosario, coronilla o corona.

El uso de cuentas entre los paganos, sin duda, es de mayor antigüedad que su uso cristiano; pero no hay pruebas que demuestren que este último se deriva del primero, no más de las que hay para establecer una relación entre las devociones cristianas y las formas de oración paganas. Una secta en la India, para decir los nombres de Vishnu, usaba una sarta que consistía generalmente de ciento ocho cuentas hechas de madera del arbusto sagrado Tulsi; y otra realizaba las invocaciones a Siva por medio de una cuerda de treinta y dos o sesenta y cuatro bayas del árbol Rudrâksha. Se escogían estas u otras especies de semillas o bayas como material para estas sartas debido a alguna asociación tradicional con las deidades, según se registra en las leyendas sagradas. Algunos de los ascetas hacían sus cuentas con los dientes de cadáveres. Entre algunas sectas, especialmente los consagrados a Vishnu, colocaban una sarta de cuentas en el cuello de los niños cuando, a la edad de seis o siete, estaban a punto de iniciarse y ser instruidos en el uso de los formularios sagrados. Muchos hindúes continúan usando las cuentas tanto como ornamento como para contar sus oraciones.

Entre los budistas, cuya religión es de origen brahmánico, se dicen o repiten varias de fórmulas de oración con la ayuda de cuentas hechas de madera, bayas, coral, ámbar o metales y piedras preciosas. Se valora especialmente una cadena de cuentas cortadas de los huesos de algún lama sagrado. El total de cuentas es usualmente ciento ocho; pero entre las clases más pobres se usan cuerdas de treinta o cuarenta. El budismo en Birmania, Tibet, China y Japón por igual emplea cierto número de formas de devoción más o menos complicadas, pero la conclusión recurrente más frecuente, una forma de saludo, es en su mayor parte la misma, y contiene la palabra mística OM, que se supone hace referencia a la trinidad budista. Es común encontrar llaves y dijes unidos a las cuentas para oraciones budistas, y generalmente cada cordón posee dos pequeñas cuerdas de contadores especiales, un total de diez, en forma de cuentas o discos de metal. Al final de una de estas cuerdas se encuentra un rayo en miniatura; la otra termina en una pequeña campana. Con la ayuda de este dispositivo, el devoto puede contar un centenar de repeticiones de estas cuentas o 108 x 10 x 10 fórmulas en total. Entre los japoneses existen sistemas de conteo especialmente elaborados. Se dice que un artefacto es capaz de registrar 36,736 oraciones o repeticiones.

Los musulmanes usan una cuerda de noventa y nueve (o cien) cuentas llamada la subha o tasbih, en la cual recitan los “hermosos” nombres o atributos de Alá. Se divide en tres partes iguales ya sea mediante una cuenta de forma o tamaño especial, o por una borla de oro o hilo de seda. Parece que el uso de estas cuentas islámicas se estableció tan temprano como el siglo IX independientemente de influencias budistas. Algunos críticos han pensado que la sarta mahometana es afín a una forma judía de un ciento de bendiciones. Se dice que las cuentas de uso general a menudo están hechas de arcilla sagrada de La Meca o Medina. Entre los relatos de viajeros sobre cuentas para oraciones está el famoso caso, por Marco Polo, del rey de Malabar, que usaba un fino hilo de seda con ciento cuatro perlas y rubíes con el cual solía orar a sus ídolos. También se cita a Alexander Von Humboldt, quien encontró cuentas para oraciones, llamadas quipos, entre los nativos de Perú.


Fuente: Volz, John R. "Use of Beads at Prayers." The Catholic Encyclopedia. Vol. 2, págs. 361-362. New York: Robert Appleton Company, 1907. 31 enero 2020 <http://www.newadvent.org/cathen/02361c.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina