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Lunes, 28 de septiembre de 2020

Papa Eugenio II

De Enciclopedia Católica

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El Papa Eugenio II fue elegido el 6 de junio de 824; murió el 27 de agosto de 827. Tras la muerte de Pascual I (feb – mayo 824) hubo una elección dividida. El difunto Papa había tratado sabiamente de frenar el rápido aumento del poder de la nobleza romana, que, para fortalecer sus posiciones contra él, había solicitado el apoyo del poder franco. Cuando murió, estos nobles hicieron grandes esfuerzos para reemplazarlo por un candidato propio; y a pesar de que el clero presentó un candidato que probablemente continuaría con la política de Pascual, los nobles tuvieron éxito en su intento. Aseguraron la consagración de Eugenio, arcipreste de Santa Sabina en el Aventino, aunque por un decreto del Concilio Romano de 769, bajo Esteban III, no tenían derecho a una participación real en una elección papal.

En las primeras ediciones del “Liber Pontificalis” se afirma que Eugenio era hijo de Boemundo; pero en ediciones recientes y mejores no se da el nombre de su padre. Se le atribuye que mientras fue arcipreste de la Iglesia Romana cumplió de manera muy concienzuda con los deberes de su cargo y después de convertirse en Papa embelleció su antigua iglesia de Santa Sabina con mosaicos y trabajos en metal con su nombre, que estaban intactos en el siglo XVI. Su biógrafo lo describe como simple y humilde, erudito y elocuente, guapo y generoso, amante de la paz y totalmente ocupado en hacer lo que era agradable a Dios.

La elección de Eugenio II fue un triunfo para los francos y ellos resolvieron aprovechar la ocasión. En consecuencia, el emperador Luis el Piadoso envió a su hijo Lotario a Roma para fortalecer la influencia franca. Se llamó a aquellos nobles romanos que habían sido desterrados durante el reinado anterior y que habían huido a Francia y se les devolvió su propiedad. Entonces el Papa y el emperador establecieron un concordato (824). Esta “Constitutio Romana”, en nueve artículos, se redactó aparentemente con miras a adelantar las pretensiones imperiales en la ciudad de Roma, pero al mismo tiempo de controlar el poder de los nobles. Decretó que

  • aquellos bajo la protección especial del Papa o del emperador serían inviolables, y que se le rendiría la debida obediencia al Papa y sus oficiales;
  • que la propiedad de la Iglesia no sería saqueada después de la muerte de un Papa;
  • que solo participarían en las elecciones papales aquellos que habían recibido ese derecho de parte del difunto Esteban III (769);
  • que los dos comisionados (missi) serían nombrados uno por el Papa y el otro por el emperador, los cuales les informarían a ellos cómo se administraba la justicia, de modo que cualquier fallo en la administración pudiese ser corregido por el Papa, o, en caso de que el no lo hiciese, por el emperador;
  • que las personas debían ser juzgadas de acuerdo con la ley (romana, sálica o lombarda) bajo la cual habían elegido vivir;
  • que se le devolvería a la Iglesia sus propiedades;
  • que el robo con violencia sería reprimido;
  • que cuando el emperador estuviese en Roma, los principales funcionarios debían comparecer ante él para ser exhortados a cumplir con su deber;
  • y, finalmente, que todos debían obedecer al pontífice romano.

Por orden del Papa y de Lotario la gente tuvo que jurar que, salvando la fidelidad que le habían prometido al Papa, obedecerían a los emperadores Luis y Lotario; no permitirían que se hiciera una elección papal contraria a los cánones; y no permitirían que el Papa electo fuese consagrado salvo en presencia de los enviados del emperador.

Aparentemente antes que Lotario saliese de Roma llegaron embajadores del emperador Luis y de los griegos respecto a la cuestión de las imágenes. Al principio el emperador griego, Miguel II, se mostró tolerante hacia los adoradores de imágenes, y su gran adalid, Teodoro el Estudita le escribió exhortándole a “unirnos (la Iglesia de Constantinopla) al jefe de las Iglesias de Dios, es decir, Roma, y a través de ella con los tres patriarcas” (Epp., II, LXXIV); y de acuerdo con la antigua costumbre de referir cualesquiera puntos dudosos a la decisión de la Antigua Roma (II, LXXXVI; cf. II, CXXIX). Pero Miguel olvidó pronto su tolerancia, persiguió amargamente a los veneradores de imágenes y trató de asegurar la cooperación de Luis el Piadoso. También envió delegados al Papa para consultarle sobre ciertos puntos relacionados con el culto a las imágenes (Einhard, Annales, 824). Antes de tomar cualquier medida para satisfacer los deseos de Miguel, Luis mandó a pedir permiso al Papa para reunir algunos de sus obispos, y hacer una selección de pasajes de los Padres para dilucidar la pregunta que los griegos les habían planteado. Se les concedió el permiso, pero los obispos que se reunieron en París (825) eran incompetentes para su trabajo. Su colección de extractos de los Padres era una masa de saber popular confuso y mal digerido, y tanto sus conclusiones como las cartas que deseaban que el Papa enviara a los griegos se basaron en un completo malentendido de los decretos del Segundo Concilio de Nicea (cf. PL, XCVIII, p. 1293 ss.). Parece que sus trabajos no lograron mucho; nada se sabe de ninguna manera sobre sus consecuencias

En el 826 Eugenio celebró en Roma un importante concilio de sesenta y dos obispos, en el que se emitieron treinta y ocho decretos disciplinarios. Uno o dos decretos son notables pues muestran que Eugenio tenía en mente el avance del aprendizaje. Los obispos y sacerdotes ignorantes no solo debían ser suspendidos hasta que hubiesen aprendido lo suficiente para cumplir con sus deberes sagrados, sino que se decretó que, como en algunas localidades no había maestros ni entusiasmo por aprender, se debía asignar maestros a los palacios episcopales, catedrales y otros lugares, para dar instrucción en literatura sagrada y culta (canon XXXIV). Para ayudar en la obra de la conversión del Norte, Eugenio escribió “a todos los hijos de la Iglesia Católica” recomendando a San Ansgar, el apóstol de los escandinavos, y sus compañeros (Jaffé, 2564). Existen monedas de este Papa que llevan su nombre y el del emperador Luis. Se supone, pero no hay documentos que registren el hecho, que, de acuerdo con la costumbre de la época, Eugenio fue enterrado en la Basílica de San Pedro.


Bibliografía: Liber Pontificalis, ed. DUCHESNE, II, 69-70. EINHARD y otras crónicas en Mon. Germ. Hist., Script., I-II; Cartas de Teodoro el Estudita en P.G., XCIX; DUCHESNE, The Beginnings of the Temporal Sovereignty of the Pope (tr. Londres, 1908), 128 ss.; MANN, Lives of the Early Popes, II, 156 ss.

Fuente: Mann, Horace. "Pope Eugene II." The Catholic Encyclopedia. Vol. 5, págs. 598-599. New York: Robert Appleton Company, 1909. 2 Mar. 2020 <http://www.newadvent.org/cathen/05598b.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina