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Martes, 1 de diciembre de 2020

Enrique III

De Enciclopedia Católica

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Enrique III fue rey alemán y emperador del Sacro Imperio Romano, hijo de Conrado II; nació en 1017; murió en Bodfeld, en las Montañas Harz, el 5 de octubre de 1056.

A la enérgica personalidad de su padre le debió los recursos por medio de los cuales pudo retener la grande y poderosa posición que había creado Conrado. Por supuesto, esta posición ya no era indiscutible, especialmente hacia el final de su reinado. Por el contrario, se hizo evidente en ese momento que a través de su gobierno, Alemania había alcanzado el punto de inflexión crítico en su historia. La clave de la política interior y exterior de este emperador se puede encontrar por completo en su carácter. Enrique tenía un talento extraordinario, intelecto rápido e intereses polifacéticos. En consecuencia, dominó rápidamente los problemas de administración y gobierno en los que su padre lo había iniciado; pero con igual rapidez adquirió la cultura literaria y artística de su época que le impartieron sus tutores episcopales.

Su profunda piedad y la inclinación seria y austera de su naturaleza fueron factores aún más importantes en su carácter. Al poner la vestimenta del penitente en el mismo plano que las insignias del rey, vivió y se movió por completo de acuerdo con la visión cristiana de la vida; la ley moral cristiana regulaba sus acciones. Su estricto sentido del deber tenía sus raíces en esta concepción de la vida, y a este sentido del deber se añadió una obstinada autosuficiencia. Con tales tendencias espirituales, no es sorprendente saber que el rey solía someter su frágil cuerpo a severos ejercicios penitenciales y que su vida privada tenía un marcado parecido en muchos aspectos con la de un monje. Pero, al mismo tiempo, no es sorprendente saber que tal hombre era reservado y que, en consecuencia, aunque tenía la máxima buena fe, seguía siendo un extraño para el espíritu de su pueblo. Este rasgo básico de su carácter impartió tanto a su política interior como exterior objetivos idealistas que a menudo ignoraban los hechos, o incluso se encontraban fuera de las necesidades del Estado. Según su concepción, su realeza era de carácter religioso. Como los obispos, se consideraba llamado al servicio de Dios. Como Carlomagno de antaño, se comparó con el rey sacerdote David. Deseaba ser el gobernante del Estado universal de Dios, que debería constituir la forma exterior y visible de la Iglesia . El buen objeto de su imperialismo ecuménico, por tanto, era llevar a cabo la idea moral del cristianismo.

Con esta idea fundamental como punto de partida, era natural que Enrique reconociera la ley de la Iglesia como árbitro de su conciencia. Al comienzo de su reinado, anunció que reconocía el principio fundamental de esta ley; que un obispo sólo podía ser juzgado por los tribunales eclesiásticos. Lamentaba amargamente el comportamiento de su padre hacia los príncipes de la Iglesia en Lombardía. Consideró la deposición de Ariberto de Milán como no canónica. En general, pronto se hizo evidente que Enrique estaba decidido a hacer de las ideas religiosas una vez más los factores determinantes del arte de gobernar. Este renovado triunfo de las ideas religiosas se demostró inmediatamente en el Concilio de Constanza en 1043. Allí, el rey, vestido con la ropa del penitente, predicó desde el púlpito alto la paz de Dios a las masas asombradas. En adelante, este serio espíritu cluniacense predominaría en todo el séquito imperial; juglares y saltabancos desaparecieron de la corte. El rey fue confirmado aún más en su concepción austera de la vida por su segunda esposa, Inés de Poitou, hija del duque de Aquitania, quien también había sido educada según las ideas de Cluny. (La primera esposa de Enrique, la princesa danesa Gunhilda, había muerto en 1038.)

Esta actitud del rey hacia el mundo explica la lenidad e indulgencia que caracterizaron su política interior y exterior y determinó absolutamente su conducta en la política eclesiástica. Al comienzo de su reinado, parecía como si la autoridad imperial siguiese aumentando. En Oriente el éxito acompañó a sus armas. La agresiva política eslava del duque Bretislaw de Bohemia fue frenada en 1041. Después de eso, Bohemia fue durante mucho tiempo un apoyo del rey alemán. Hungría también se convirtió en vasallo tributario. Es debido a estos éxitos que el reinado de Enrique se considera generalmente el cenit de la historia alemana, aunque no del todo correctamente. Su lenidad e indulgencia fomentaron una oposición, especialmente en el interior, que estaba destinado a no superar totalmente nunca. Este declive de su posición de mando dentro del imperio tuvo lugar mientras el rey intentaba cumplir con los deberes supremos de su alto cargo como sacerdote-rey.

El ideal de Enrique era la pureza de la Iglesia, pues solo una Iglesia inmaculada podría y sería una verdadera ayuda idónea para su realeza. Nunca tomó parte en ningún acto de simonía. Pero como supuesto sacerdote-rey, se aferró inflexiblemente a su derecho a la investidura. Como tal, también presidía los sínodos y dictaba sentencia en asuntos eclesiásticos; no se percataba de que esto conllevaba una fuerte contradicción. La Iglesia, pura y moralmente regenerada en el espíritu del partido reformista, no podía dejar de resistir la dominación imperial. Este error de parte del rey resultó en el rápido ascenso del papado y el lento declive del poder imperial en su lucha por sus antiguos privilegios eclesiásticos.

Durante el primer período del reinado de Enrique, Roma vio el cisma de tres Papas: Benedicto IX, Sivestre III y Gregorio VI. Aunque de carácter impecable, Gregorio le había comprado la tiara al inescrupuloso Benedicto. Quizá recurrió a la simonía como recurso para asegurar la supremacía del partido reformista, quizá también simplemente para sacar de en medio al escandaloso Benedicto. Enrique, sin embargo, consintió en aceptar la corona del emperador sólo de manos puras, mientras que las del Papa Gregorio de facto le parecían teñidas de simonía. Los tres Papas fueron repudiados por el Sínodo de Sutri el 20 de diciembre de 1046.

Este sínodo reveló la actitud de Enrique hacia el derecho canónico; sabía que según esta ley nadie puede juzgar a un Papa. Por tanto, el Papa no fue depuesto por ese sínodo, que, por el contrario, exigió que el Papa mismo pronunciara el juicio, el cual se exilió a Colonia, acompañado por Hildebrando, quien pronto revelaría el poder del papado. Los Papas alemanes, apoyados por el poder de los emperadores alemanes, pudieron ahora elevar su santo oficio por encima de la lucha partidista de las turbulentas facciones de la nobleza romana y por encima de la desesperada barbarie moral de la época. Bajo Suitgero de Bamberg, quien se llamó luego Clemente II, Enrique todavía afirmó su reclamo al derecho al patriciado romano, el de controlar las nominaciones al trono papal. Pero bajo León IX ya comenzó a manifestarse la emancipación del papado de la autoridad imperial.

Liberado al fin de la estrecha política romana local, el punto de vista universal dictaba una vez más la conducta de los pontífices romanos. Inmediatamente también se inició una gran ola de reforma, dirigida ante todo contra la simonía y el matrimonio de los sacerdotes. La incansable y ubicua energía de León también se volvió contra las afirmaciones arrogantes de independencia de parte de los potentados episcopales a ambos lados de los Alpes. Sin embargo, al mismo tiempo el mismo Papa señaló el camino a sus sucesores, incluso para su política temporal en Italia. Fue el primero en demostrar la importancia del sur de Italia para la política papal. Por supuesto, los normandos arruinaron sus propios planes en esa parte del país.

La política eclesiástica de Enrique, por lo tanto, no solo ayudó a la victoria del partido reformista, sino que también condujo al triunfo de la idea de la supremacía de la Iglesia, que estaba inseparablemente relacionada con él. Se acabaron las escenas preparatorias del gran drama de la época siguiente. Al mismo tiempo surgieron nuevas fuerzas en Alemania: las ciudades y la pequeña nobleza laica. Prevaleció un marcado descontento, especialmente entre estos últimos. Por supuesto, Enrique todavía era lo suficientemente fuerte como para someter a estos poderes emergentes. Pero, ¿por cuánto tiempo? Ya era extremadamente ominoso que Enrique no retuviera en sus propias manos los confiscados ducados de Baviera, Suabia y Carintia. Su fracaso en hacerlo debía necesariamente traer su venganza, pues los nuevos duques eran hombres poco fiables. La insatisfacción fue especialmente clamorosa en Sajonia. Aquí la gente se ofendió por las relaciones entre el emperador y el enérgico arzobispo de Bremen, quien trató de crear un gran patriarcado en el norte, pero también se esforzó por construir una base temporal sólida para su obispado.

En el curso natural de los acontecimientos, esto lo puso en conflicto con la nobleza laica. Mientras el rey llevaba a cabo inútiles operaciones militares en el año 1051 y más tarde, contra los húngaros, que intentaban deshacerse de la soberanía de Alemania, el descontento en Alemania llegó a un punto crítico en la revuelta de Lorena. Esta revuelta, que se repitió varias veces, adquirió proporciones peligrosas a través del matrimonio del duque Godofredo de Lorena con Beatrice, viuda del margrave Bonifacio de Toscana, que era dueña de una posición importante y dominante en la Italia alta y central. Enrique se esforzó por romper esta coalición amenazante mediante un viaje a Roma en 1055, pero Godofredo instigó una nueva insurrección en Alemania.

Un movimiento de oposición al rey en el sur de Alemania alcanzó dimensiones alarmantes. Es cierto que Enrique depuso a los duques rebeldes Conrado de Baviera y Guelfo de Carintia, pero el duque Conrado agitó a los húngaros y destruyó los últimos vestigios del prestigio alemán en ese país. La muerte de ambos duques del sur de Alemania en el ínterin pronto condujo al derrocamiento del duque de Lorena. Fue en estos problemas domésticos donde los desastrosos resultados de la lenidad y la indulgencia del emperador debían aparecer con mayor claridad y plenitud. La oposición a la Corona en Sajonia y el sur de Alemania se mantuvo intacta, no se debilitó la peligrosa alianza de Lorena y Toscana en el sur, se mantuvo intacta el creciente poder de los normandos, mientras que el papado crecía sin obstáculos. Todas las fuerzas con las que tendría que enfrentarse el cuarto Enrique estaban en el campo, listas para la acción, a la muerte de Enrique III.


Bibliografía: STEINDORFF, Jahrbücher des Deutschen Reichs unter Heinrich III. (Leipzig, 1874-81); GRIESINGER, Römerzug Kaiser Heinrich III. im Jahre 1046 (Rostock Dissertation, 1900); MARTENS, Die Besetzung des päpstlichen Stuhles unter den Kaisern Heinrich III. und Heinrich IV. in Zeitschrift für Kirchenrecht, 20-22; GERDES, Geschichte des deutschen Volkes und seiner Kultur im Mittelalter, II (1898); MANITIUS, Deutsche Geschichte unter den s*chsischen und salischen Kaisern, 911-1125 (Stuttgart, 1889); HAMPE, Deutsche Kaisergeschichte in der Zeit der Salier und Staufer (Leipzig, 1909); también la literatura sobre los Papas de este período.

Fuente: Kampers, Franz. "Henry III." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7, págs. 228-230. New York: Robert Appleton Company, 1910. 20 agosto 2020 <http://www.newadvent.org/cathen/07228a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina