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Miércoles, 24 de julio de 2019

Hititas

De Enciclopedia Católica

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Uno de los muchos pueblos del noroeste de Asia, llamado hittim en la Biblia Hebrea, o Khuti o Kheta en los monumentos egipcios y Hatti en los documentos cuneiformes. Durante muchos siglos se conoció la existencia de los hititas por escasas alusiones en la Biblia. Documentos egipcios y asirios les revelaron a los estudiosos de la última parte del siglo XIX el poder del imperio hitita, y los descubrimientos que se siguen ahora en la casa misma de este pueblo ya olvidado proveen casi a diario nueva e importante información sobre él, despertando el interés de académicos, y fomentando la esperanza que pronto la historia de los hititas sea tan conocida como la de Egipto y Asiria. En la última parte del siglo XVIII, un viajero alemán había notado dos figuras talladas en una roca cerca de Ibreez, en el territorio de la antigua Licaonia. El Mayor Fischer las redescubrió en 1838, e hizo un dibujo de las figuras y una copia de las dos breves inscripciones en caracteres aspecto extraño que acompañaban a estas figuras, las cuales no se sabía qué eran en ese momento. En sus viajes a lo largo del Orontes (1812) Burckhardt también había notado en Hama, el sitio de la antigua ciudad de Hamath, un bloque cubierto con lo que parecía ser una inscripción, aunque los caracteres eran desconocidos. Mencionó este descubrimiento en su "Travels in Syria" (p. 146), sin que, sin embargo, atrajera la atención de los viajeros y orientalistas. Casi sesenta años después, Johnson y Jessup encontraron en el mismo lugar tres placas con la misma descripción, y en 1872 el Dr. W. Wright había llevado las piedras al Museo Imperial de Constantinopla. Los caracteres grabados en relieve sobre las piedras se designaron durante largo tiempo como "escritura hamatita", aunque ya en 1874 el Dr. Wright había sugerido que eran de origen hitita. Al comparar las inscripciones de Ibreez con las de Hamah, E. J. Davis notó que la primera estaba también en la "escritura hamatita". Muy pronto se descubrieron nuevos textos en Alepo, Jerabûls, Nínive, Ghiaur-ka-lessi, Boghaz-Keui, Monte Sípilo, el paso de Karabel: todos presentaban los mismos extraños caracteres jeroglíficos grabados en relieve y de manera boustrophedon. Cuando había figuras acompañando las inscripciones, también tenían un asombroso parecido entre sí: todos estaban vestidos con una túnica que les llegaba a las rodillas, estaban calzados con botas con orillas dobladas hacia arriba, y llevaban una gorra con visera alta. Se tuvo la certeza de que estos monumentos pertenecían a la población hitita localizadas por las inscripciones egipcias y asirias en el oriente de Asia Menor. La verdadera casa de los monumentos hititas, de hecho, se extiende desde el Eufrates hasta el río Halis; monumentos hallados más allá de estos límites, o bien marcan el sitio de colonias excéntricas, o son memorias de conquistas militares. Esta distribución geográfica, así como algunas de las características notables en las figuras talladas en estos monumentos, deja claro que los hititas deben haber sido originalmente habitantes de una región fría y montañosa, y que se debe considerar como su hogar primigenio las altas mesetas de Capadocia. Tanto los monumentos egipcios como los de ellos los describen como feos de apariencia, con piel amarilla, cabello negro, frente hundida, ojos oblicuos y mandíbula superior sobresaliente. Este tipo todavía se puede encontrar en Capadocia.

En cuanto a su lenguaje, puede decirse, a pesar de las investigaciones de Conder, Sayce, y otros, que hasta ahora han desafiado la paciencia y el genio de los orientalistas. Los primeros textos hititas conocidos fueron escritos en los llamados caracteres hamatitas; los archivos reales descubiertos desde 1905 en Boghaz-Keui, bajo los auspicios del "Deutsche Orient-Gesellschaft", contienen muchos textos hititas escrito en caracteres cuneiformes. Es de esperarse que esto permita a los estudiosos detectar el secreto de ese lenguaje antiguo que aún persistía en Licaonia en el tiempo de los viajes misioneros de San Pablo en esas regiones. Asimismo, se sabe muy poco sobre la religión hitita. La dificultad especial aquí surge en parte por las tendencias sincréticas manifiestas en el desarrollo religioso de los antiguos pueblos del Oriente, y en parte por la escasez de información relativa al culto claramente hitita. La descripción de Luciano del gran templo de Mabog y su culto puede contener algunas características del culto que se realizaba en la muy antigua ciudad de Carkemish; pero parece ser una tarea inútil tratar de rastrear estas características con una brecha de unos diez siglos. Debido a la permanencia de las costumbres populares en lugares remotos del país, y particularmente en las regiones montañosas, menos accesibles a la influencia extranjera, tal vez haya allí una información más fiable sobre el primitivo culto hitita a partir de la descripción de Estrabón de las solemnidades religiosas en Capadocia en la época clásica (Estrabón, XII, II, 3, 6, 7). Sin embargo, el panteón hitita se conoce, en cierta medida, por los nombres propios que con frecuencia contienen como elemento constitutivo del título de alguna deidad. Entre los nombres divinos más habitualmente empleados se pueden mencionar aquí: Tarqû, Rho, Sandan, Kheba, Tishûbû, Ma, and Hattû. El pacto emprendido por Ramsés II y Hattusil sugiere la idea de que el cielo, la tierra, ríos, montañas, tierras, ciudades, tenían cada uno su Sutekh femenino o hombre, una especie de genius loci, como el Ba'alath o Baal arameo. Un tratado entre el mismo Hattusil y el gobernante de Mitanni en que citan primero deidades de origen babilónico,luego otras de carácter más claramente hitita, y, por último, algunos dioses indo-persa, atestigua el carácter sincrético de la religión hitita ya en el siglo XIV a.C. Gracias a los documentos egipcios y asirios, tenemos más detalles sobre la historia de los hititas. En una fecha temprana algunas de sus tribus se abrieron paso a través de los desfiladeros de la cordillera de Tauro en el norte de Siria y se establecieron en el valle de Orontes: Hamath y Cadés (V.a. Kadesh) fueron las primeras ciudades hititas. Algunas bandas, prosiguieron su marcha hacia el sur y se asentaron en la región montañosa del sur de Palestina, donde se mezclaron con los amorreos, quienes poseían la tierra en ese entonces. Ezequiel, al afirmar que la madre de Jerusalén era una hitita (una hitita---V.A., 16,3.45; D.V.: cetita), muy probablemente se refiere a una antigua tradición sobre el origen de la ciudad. En todo caso, cuando Abraham llegó a Canaán se encontró una colonia hitita agrupada en torno a Hebrón (Gén. 23,3; 26,34, etc.) La mayor parte de la nación se estableció en el Naharina (comp. Hebr.: Aram Naharaim), entre los ríos Balikh y Orontes, en las laderas de la cordillera Amano y en las llanuras de Cilicia. Esta posición, entre los dos imperios más importantes del mundo antiguo, es decir, Caldea y Egipto, hizo del territorio ocupado por los hititas, en el camino seguido por los comerciantes de ambas naciones, uno de los países comerciales más ricos de Oriente.

Pero la población estaba quizás tal vez todavía más inclinada a la guerra que al comercio, y los monumentos locales, no menos que los registros egipcios, dan testimonio de las conquistas militares y el poder de los hititas en las lejanas regiones del oeste y el sur de Asia Menor. Hay algunos motivos para la creencia de que ciertas tradiciones que subsistieron en esas regiones siglos después (origen de la dinastía lidia, la leyenda de las amazonas), se originaron en las conquistas hititas, y que podemos reconocer a los guerreros de tez morena de Capadocia en el Keteioi mencionado en Odyss. XI, 516-521. Cierto es, en todo caso, que Tróade, Lydia y las costas del Mar de Cilicia reconocieron la supremacía hitita a principios del siglo XVIII a.C.

Los hititas aparecen por primera vez en documentos históricos en la época de la décimo octava dinastía egipcia (alrededor de 1550 a.C.). Tutmosis I, en el primer año de su reinado, llevó sus armas al norte de Siria y estableció sus trofeos en las orillas del Eufrates, tal vez cerca de Karkemis. Su nieto, Tutmosis III, fue un gran guerrero. Dos veces, nos dice, en 1470 y 1463 a. C., le rindió tributo el rey de la tierra de los hititas, "el grande". Después de una señal de victoria en Megiddó, y la toma de esta ciudad, que era la llave de los valles de Siria, Tutmosis III tomó en varias ocasiones a Cadés y Karkemis e invadió el Naharina. A su muerte, el imperio egipcio rayaba en la tierra de los hititas. Los éxitos de los ejércitos egipcios no desanimaron a sus resistentes vecinos. Sus empresas incansables obligaron a Ramman-Nirari, rey de Asiria, a invocar la ayuda de Tutmosis IV contra de los hititas de Mer'ash; y al parecer recibieron la ayuda, pues una inscripción nos dice que la primera campaña del príncipe de Egipto se dirigía contra los quetas. Estos, sin embargo, con sus aliados los minnis, los amurrus, los kasis, y el rey de Zinzar, no dejaron de presionar hacia el sur, causando grave alarma a los gobernantes de Egipto. Estuvieron refrenados hasta la muerte de Amenhotep III por el rey de Mitanni, Dushratti, quien había hecho alianza con el rey de Egipto, los hititas reanudaron la ofensiva durante el reinado de Amenhotep IV. Fueron dirigidos por Etaqqama, hijo de Sutarna, príncipe de Cadés, que antes habían combatido contra ellos, había sido hecho prisionero, y aunque profesaba estar aún actuando en nombre del faraón, se había convertido en su ferviente seguidor. Ante Etaqqama, Teuwaatti, Arzawyia y Dasa, cayeron una por una las ciudades de Siria y las fortalezas de Egipto, Cadés y en el Orontes, conquistados, se convirtieron durante siglos en un centro del poder hitita. Subbiluliuma, durante cuyo reinado el imperio hitita ganó con sus éxitos militares un lugar de prominencia en el mundo oriental, es el primer gran soberano hitita nombrado en inscripciones: Karkemis, Tunip, Nii, Hamat y Cadés se mencionan entre las principales ciudades de su imperio, el Mitani, el Arzapi y otros principados a lo largo del Eufrates reconocieron su soberanía, y Tróade, Cilicia y Lydia reconocían su dominio.

Los sucesores de Amenofis IV, obstaculizados por la dificultad y el desorden imperante en el país, no podían competir con un vecino tan poderoso; Ramsés I, fundador de la décimo nona dinastía, después de un ataque, cuyo éxito parece haber sido dudoso, fue obligado a concluir con Subbiluliuma un tratado que le dio completa libertad de acción a los hititas. Su hijo y sucesor, Seti I, intentó la reconquista de Siria y al principio fue victorioso. Marchó con sus ejércitos a través de Siria hasta el Orontes, cayó repentinamente sobre Cadés que le arrebató de las manos de Muttalu. Sin embargo, el éxito de esta campaña no fue decisivo de ningún modo, y se concluyó una paz honorable con el gobernante hitita Mursil.

La época de la muerte de Seti fue una de revolución en el gobierno hitita. Muttallu, el hijo de Mursil había sido asesinado y su hermano Hattusil fue llamado al trono (alrededor de 1343 a.C.), el cual de inmediato reunió todas sus fuerzas contra Egipto. El encuentro tuvo lugar cerca de la ciudad de Cadés: en una dura batalla en la que el rey egipcio, sorprendido en una emboscada, apenas logró escapar; la confederación del norte fue derrotada y el gobernante hitita pidió la paz. Sin embargo, el tratado que se concluyó entonces fue una corta tregua, y sólo dieciséis años más tarde, en el vigésimo primer año de Ramsés, en el vigésimo primer día del mes Tybi, se firmó finalmente la paz entre el gobernante egipcio y el "gran el rey de los hititas". El tratado, el texto egipcio que se ha conocido en su totalidad, y del que se halló una minuta babilónica en 1906 en Boghaz-Keui, era un pacto de alianza ofensiva y defensiva entre los dos poderes colocados así en pie de igualdad; este tratado, así como el matrimonio de la hija de Hattusil con Ramsés en el trigésimo cuarto año del reinado de este último, muestra la fuerza de la posición alcanzada por el entonces imperio hitita. Hatussil era ciertamente un príncipe tan poderoso que pretendió interferir en la política de Babilonia. Había entrado en una alianza con Katachman-Turgu, rey de Babilonia. A la muerte de éste Hattusil amenazó con romper la alianza si no se le daba la corona al hijo del príncipe fallecido. Las relaciones pacíficas del imperio hitita con su vecino del sur continuó durante el reinado del hijo de Ramsés, Meneftá, el faraón del Éxodo; este príncipe, de hecho, poco después de su accesión, le envió maíz a los hititas en un tiempo en que Siria fue devastada por el hambre. Es cierto que Egipto tuvo que repeler en sus propias costas la invasión de los libios y otros pueblos de Asia Menor, pero, a pesar de que estos pueblos parecen haber sido vasallos de los hititas, nada indica que éstos tenían ningún interés en la empresa. Tal no fue el caso bajo Ramsés III. Una confederación formidable de las naciones de la costa y de las islas del mar Egeo barrió el noroeste de Asia, conquistaron a los hititas y a otros pueblos del interior y, crecidos por las tropas de los reinos conquistados, cayeron sobre las costas de Egipto. El ejército invasor se topó con un completo desastre, y, entre otros detalles, Ramsés III registra que el rey de los hititas fue capturado en la batalla. El imperio hitita ya no era una unidad política, sino que se había dividido en estados independientes; tal vez algunas tribus en el lejano oeste y el sur de Asia Menor se habían sacudido de la lealtad hitita. Sin embargo sabemos por Teglatfalasar I (V.A. Tiglat-pileser) que, hacia finales del siglo XII, la "tierra de la Hatti" todavía se extendía desde el Líbano hasta el Eufrates y el Mar Negro. Ya a fines del siglo XIV a. C., Hattusil había mostrado una buena visión política al advertir al rey de Babilonia contra el progreso de Asiria. Fue realmente a manos de los asirios que los hititas hallaron su perdición. La primera mención fechada de éstos en los documentos asirios se encuentra en los anales de Teglatfalasar I (alrededor de 1110 a.C.). En varias expediciones contra la tierra de Kummukh (Comagene), penetró más y más hacia el país hitita, pero nunca logró forzar su camino a través de los vados del Éufrates; la ciudad de Karkemis, al mando de ellos, obligó su respeto.

Los doscientos años que siguieron a la muerte de Teglatfalasar fueron un período de decadencia para el imperio asirio. Parece que fueron pocas las relaciones de los hititas con el reino de Israel, que, bajo David y Salomón había tenido gran prominencia. Se nos dice que David tenía hititas en su ejército y en su guardia personal (1 Samuel 26,6; 2 Sam. 11,6, etc.), los cuales posiblemente eran descendientes de los hititas establecidos en el sur de Palestina. Betsabé, la madre de Salomón, tal vez pertenecía a su raza. En cualquier caso, parece que Hadadézer, rey de Sobá, se esforzaba por extender sus posesiones a expensas de los dominios hititas en Siria (2 Sam. 8,3) cuando fue batido por David. Se sabe también por 2 Sam. 24,6 que los oficiales de David llegaron tan lejos como Cadés en el Orontes (texto hebreo que corregir) cuando fueron enviados a hacer el censo de Israel. El texto de 1 Reyes 10,28 ss., añade que en la época de Salomón los comerciantes israelitas compraban caballos en Egipto y como intermediarios para los príncipes sirios e hititas. Los gobernantes de Damasco lograron hacer lo que Hdadézer no pudo; construyeron su poder en parte a costa del imperio de Salomón y en parte del dominio hitita, que es señal de que la una vez inquebrantable supremacía de Karkemis estaba aparentemente en decadencia, de lo cual no dejan dudas las inscripciones de Asurnasirpal (885-860). Renovó las campañas de Teglatfalasar I contra las tribus hititas orientales y logró cruzar el Éufrates; Karkemis escapó des asalto a manos del conquistador asirio mediante la paga de una gran cantidad de dinero. Continuando con su ataque hacia el oeste, Asurnasirpal compareció ante la capital de los katinianos; al igual que Karkemis, la ciudad lo sobornó y lo indujo a volverse hacia las ciudades fenicias. Unos siglos de operaciones comerciales lucrativas, al parecer cambiaron por completo el espíritu guerrero de la una vez agresiva raza hitita. Año tras año Salmaneser II (860-825---(B.D., Salmanasar--- condujo sus ejércitos contra los distintos estados hititas, con el propósito de apoderarse de la carretera entre Fenicia y Nínive. El derrocamiento de la katinianos finalmente despertó una vez más el espíritu guerrero de los príncipes hititas, los cuales formaron una liga bajo la dirección de Sangara de Karkemis; pero los degenerado hititas, incapaces de resistir la embestida asiria, se vieron obligados a comprar la paz mediante el pago de un fuerte tributo (855). Esta victoria, que quebró el poder de los hititas de Siria y los redujo a la condición de tributarios, les abrió a los asirios el camino a Fenicia y Palestina. Al año siguiente Salmanasar entró en contacto con Damasco e Israel. Sin embargo, Karkemis todavía estaba en manos de los hititas. Tras la muerte de Salmanasar, le sobrevino un período de decadencia al imperio asirio, período durante el cual las relaciones mutuas de las dos naciones parecen haber permanecido inalteradas. Sin embargo, nuevos enemigos de Oriente estaban presionando de cerca la tierra de los hititas. Inscripciones vánicas registran las incursiones de Menua, rey de Duspas, contra las ciudades de Surisilis y Tarkhigamas, en el territorio del príncipe hitita Skadahalis. En otra expedición Menuas derrotó al rey de Gupas e invadió el país hitita hasta Malatiyeh. El hijo de Menua, Argistis I, una vez más marchó con sus ejércitos en la misma dirección, y conquistó el país a lo largo de las riveras del Eufrates, desde Palu a Malatiyeh.

La accesión de Theglatfalasar III (745) puso fin a las conquistas de los reyes vánicos, pero esto no significó un respiro para los muy debilitados hititas, de hecho, muy pronto su país fue visitado de nuevo por las tropas asirias, y, en 739, el rey Pisiris de Karkemis tuvo que pagar tributo al gobernante de Nínive. Aprovechándose, al parecer, por los problemas políticos que marcaron el final del reinado de Salmanasar IV, Pisiris, con la ayuda de algunos caciques vecinos, se declaró independiente. Sin embargo, esto no le sirvió de nada; en 717 Karkemis cayó ante Sargón, el rey fue hecho prisionero, y su riqueza y el comercio pasó a manos de los colonos asirios establecidos allí por el conquistador. La caída de la gran capital hitita resonó en todo el mundo oriental y encontró eco en las declaraciones proféticas de Isaías (10,9), la cual marcó de hecho el destino final de un imperio otrora poderoso. De ahí en adelante los hititas, obligados a retroceder a su hogar original en la espesura del Tauro, dejaron de ser contados entre los pueblos dignos de retener la atención de los historiadores.


Bibliografía: SAYCE, The Hamathite Inscriptions in Transactions of the Society of Biblical Archæology, V, p. 27-29; IDEM, The Monuments of the Hittites, ibid., VII, pp. 251, 284; IDEM, The Hittites. The Story of a Forgotten Empire (3rd ed., Londres, 1903); WRIGHT, The Empire of the Hittites (Londres, 1884); CONDER, Heth and Moab (Londres, 1889); IDEM, Altaic Hieroglyphs and Hittite Inscriptions (Londres, 1887); IDEM, The Hittites and their language (Londres, 1898); MASPERO, Histoire ancienne des peuples de l'Orient classique, II (París, 1897); DE LANTSHEERE, De la race et de la langue des Hittites in Compte rendu du congrés scientifique international des catholiques (1891); IDEM, Hittites et Omorites (Brussels, 1887); HALÉVY, La langue des Hittites d'après les textes assyriens in Recherches Bibliques, pp. 270-288; VIGOUROUX, Les Héthéens de la Bible, leur histoire et leurs monuments in Mélanges bibliques, (2da. ed., París, 1889); JENSEN, Hittiter und Armenien (Strasburg, 1898); WINCKLER, Die im Sommer 1906 in Kleinasien ausgeführten Ausgrabungen in Orientalistische Litteratur-Zeitung (15 Dec., 1906); IDEM in Mitteilungen der Orient-Gesellschaft (dic., 1907).

Fuente: Souvay, Charles. "Hethites." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7. New York: Robert Appleton Company, 1910. <http://www.newadvent.org/cathen/07305a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina