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Viernes, 10 de julio de 2020

Tercer Concilio de Constantinopla

De Enciclopedia Católica

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El Tercer Concilio de Constantinopla (Sexto Concilio Ecuménico) fue convocado en 678 por el emperador Constantino Pogonato con miras a restaurar la armonía religiosa entre Oriente y Occidente, que había sido perturbada por las controversias monotelitas, y particularmente por la violencia de su predecesor Constante II, cuyo edicto imperial, conocido como el “Tipo” (648-49) fue una supresión práctica de la verdad ortodoxa. Debido al deseo del Papa Agatón de obtener la adhesión de los hermanos occidentales, los legados papales no llegaron a Constantinopla hasta tarde en el 680. El Concilio, al cual asistieron al principio cien obispos y más tarde 174, se inauguró el 7 de noviembre de 680 en un salón abovedado (trullus) del palacio imperial y fue presidido por los (tres) legados papales, quienes trajeron al concilio una larga carta dogmática del Papa Agatón y otra de contenido similar de un sínodo romano celebrado en la primavera de 680; fueron leídas en la segunda sesión. Ambas cartas, sobre todo la del Papa, insiste en la fe de la Sede Apostólica como la tradición viva e inmaculada de los apóstoles de Cristo, asegurada por las promesas de Cristo, testificada por todos los Papas en su capacidad de sucesores del privilegio de Pedro de confirmar a sus hermanos, y por consiguiente, definitivamente autoritativa para la Iglesia Universal.

La mayor parte de las dieciocho sesiones se dedicó al examen de los pasajes bíblicos y patrísticos que tratan sobre el asunto de una o dos voluntades, una o dos operaciones, en Cristo. Jorge, patriarca de Constantinopla, pronto cedió ante la evidencia de la enseñanza ortodoxa de las dos voluntades y dos operaciones en Cristo, pero Macario de Antioquía, “casi el único representante verdadero del monotelismo desde las nueve proposiciones de Ciro de Alejandría” (Chapman) se resistió hasta el final, y finalmente fue anatematizado y depuesto por “no consentir al tenor de las cartas ortodoxas enviadas por Agatón, el santísimo Papa de Roma, es decir, es decir, que en cada una de las dos naturalezas (humana y divina) de Cristo hay una operación perfecta y una voluntad perfecta, contra la que los monotelitas habían enseñado que hay sólo una operación y una voluntad (mia energeia theandrike) en bastante consonancia con la confusión monofisita de las dos naturalezas en Cristo.

En la décimo tercera sesión (28 marzo 681), después de anatematizar a los principales herejes monotelitas mencionados en la citada carta del Papa Agatón, es decir, Sergio de Constantinopla, Ciro de Alejandría, Pirro, Pablo y Pedro de Constantinopla, Teodoro de Farán, el concilio añadió: “Y además de éstos decidimos que también el Papa Honorio, que fue Papa de la antigua Roma, sea arrojado de la Santa Iglesia de Dios y sea anatematizado con ellos porque hemos encontrado en su carta a Sergio que siguió la opinión de éste en todas a las cosas y confirmó sus malvados dogmas”.

Una condena similar del Papa Honorio aparece en el decreto dogmático de la sesión final (16 sept. 681) que fue firmada por los legados y por el emperador. Aquí se hace referencia a la famosa carta de Honorio a Sergio de Constantinopla cerca del 634, alrededor de la cual ha surgido (especialmente antes y durante el Concilio Vaticano I) tan extensa y controversial literatura. Había sido invocada tres veces en sesiones anteriores del Concilio en cuestión por el obstinado monotelita Macario de Antioquía, y se había leído públicamente en la décimo segunda sesión junto con la carta de Sergio a la que daba respuesta. Es esa ocasión se leyó también una segunda carta de Honorio a Sergio, de la que sólo se ha conservado un fragmento. (Respecto al asunto de la ortodoxia del Papa, vea HONORIO I; INFALIBILIDAD; MONOTELITAS)

En el pasado, debido al galicanismo y a los oponentes a la infalibilidad papal, ha habido mucha controversia sobre el sentido apropiado de la condena al Papa Honorio hecha por este Concilio, al estar ya abandonada (Hefele, III, 299-313) la teoría (Baronio, Damberger) de la falsificación de las Actas. Algunos han afirmado, con Pennacchi, que de hecho fue condenado por hereje, pero que los obispos orientales del Concilio malinterpretaron la perfectamente ortodoxa (y dogmática) carta de Honorio; otros, con Hefele, que el concilio condenó las expresiones del Papa que sonaban como heréticas (aunque su doctrina era verdaderamente ortodoxa); otros finalmente, con Chapman (ver abajo), que fue condenado:

“porque, como debió haber hecho, no declaró autoritativamente la tradición de Pedro de la Iglesia Romana. No apeló a esa tradición, sino que meramente aprobó y amplió sobre el compromiso indiferente de Sergio… Ni el Papa ni el Concilio consideran que Honorio hubiese comprometido la pureza de la tradición romana, pues nunca había reclamado representarla. Por consiguiente, así como hoy juzgamos las cartas del papa Honorio por la definición del Vaticano y negamos que sean ex cátedra, porque no definen ninguna doctrina ni la imponen a toda la Iglesia, así los cristianos del siglo VII juzgaron las mismas cartas por la costumbre de su época, y vieron que no reclamaban lo que las cartas papales solían reclamar, es decir, hablar por la boca de Pedro en nombre de la tradición romana.” (Chapman)

La carta del concilio al Papa León que pedía, a la manera tradicional, que confirmara las Actas, mientras incluían de nuevo el nombre de Honorio entre los monotelitas condenados, colocan un énfasis notable en el oficio magisterial de la Iglesia Romana, así como, en general, los documentos del Sexto Concilio General favorecen fuertemente la inerrancia de la Sede de Pedro. “El Concilio”, dice Dom Chapman, “acepta la carta en la que el Papa define la fe. Depuso a los que rehusaron aceptarla. Le pide (al Papa) que confirme sus decisiones. Los obispos y el emperador declaran que han visto que la carta contiene la doctrina de los Padres. Agatón habla con la voz de Pedro mismo; de Roma sale la ley como si saliera de Sión; Pedro había mantenido la fe inalterada.“

El Papa Agatón murió durante el Concilio y le sucedió León II, que confirmó (683) los decretos contra el monotelismo y se expresó más severamente que el concilio sobre la memoria de Honorio (Hefele, Chapman) aunque puso énfasis principalmente en la negligencia de aquel Papa en establecer la enseñanza tradicional de la Sede Apostólica, cuya fe inmaculada trató traidoramente de destruir (o, como se puede traducir del griego, permitió que fuera destruida).


Bibliografía: Las Actas del Concilio aparecen en el undécimo volumen de MANSI, Coll. Conc. La más completa presentación de su historia está en HEFELE, Conciliengeschichte (2da. Ed., Friburgi, 1877), III, 249-313, vea también la traducción al inglés (Edimburgo, 1876), y para la bibliografía posterior la traducción al francés de LECLERCQ (París, 1907); SCHNEEMAN, Studien über die Honoriusfrage (Friburgo, 1864); PENNACCHI, De Honorii I Rom. Pontif. Causa in Conc. VI (Roma, 1870); HERGENRÖTHER-KIRSCH, Kirchengesch, (4ta. Ed., Friburgo, 1904), I, 633-38), MARSHALL, Honorius and Liberius en Am. Cath. Quarterly Rev. (Filadelphia, 1894), XIX, 82-92; BOTALLA, Pope Honorius before the Tribunal of Reason and History (Londres, 1864); DÖLLINTER (Old Catholic), Fables respecting the Popes in the Middle Ages, American Ed. Of the Papstfabeln (Nueva York, 1872), 223-48; CHAPMAN, The Condemnation of Pope Honorius en Dublin Review para 1907; y reimpresa por la Sociedad de la Verdad Católica de Londres, 1907; GRISAR en Kirchenlex., VI, 230 ss. Para la extensa literatura sobre Honorio, vea CHEVALIER, Bio-bibl., s.v.

Fuente: Shahan, Thomas. "Third Council of Constantinople." The Catholic Encyclopedia. Vol. 4, pág. 310. New York: Robert Appleton Company, 1908. 26 abril 2020 <http://www.newadvent.org/cathen/04310a.htm>.

Traducido por Pedro Royo. lmhm