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Martes, 23 de enero de 2018

Diáspora

De Enciclopedia Católica

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(o Dispersión) Diáspora fue el nombre dado a aquellos países fuera de Palestina en los que había judíos dispersos, y secundariamente a las comunidades judías de aquellos países. Diáspora, un término griego, corresponde a la palabra hebrea que significa "exilio" (cfr. Jr., xxiv, 5). Se presenta en la versión griega del Antiguo Testamento, p. ej. en Dt., xxviii, 25; xxx, 4, en donde la dispersión del pueblo judío entre las naciones es manifestada como el castigo a su apostasía. En Jn. vii, 35, la palabra se utiliza con un dejo de desdeño: "Se decían entre sí los judíos: «¿A dónde se irá éste que nosotros no le podamos encontrar? ¿Se irá a los que viven dispersos entre los griegos para enseñar a los griegos?»". Dos de las epístolas católicas, la de Santiago y la primera de Pedro, están dirigidas a los neófitos de la diáspora. En Hechos de los Apóstoles, ii, se enumeran los principales países de los que provenían los judíos que escucharon, cada uno en su propia lengua, la predicación de los Apóstoles en Pentecostés. La diáspora fue el resultado de las varias deportaciones de judíos que invariablemente siguieron las invasiones o conquistas de Palestina. La primera deportación tomó lugar tras la captura de Samaria por Salmanasar y Sargón, cuando una porción de las diez tribus fue llevada a las regiones del Éufrates y a las ciudades de los medos, en el 721 a. de JC. (Libro segundo de los Reyes, xvii, 5-6; xviii, 9-11). En 587 a. de JC. El Reino de Judea fue transportado a Mesopotamia. Cuando, cerca de cincuenta años después, Ciro permitió el retorno de los judíos a su país, sólo los pobres y los más fervientes sacaron provecho del permiso, pues las familias más ricas permanecieron en Babilonia formando el origen de una comunidad numerosa e influyente. La conquista de Alejandro Magno causó la dispersión de los judíos por Asia y Siria. Seleucus Nicator convirtió a los judíos en ciudadanos de las ciudades que construyó en sus dominios, y les dio igualdad de derechos con los griegos y macedonios (Flavio Josefo, Antigüedades, XII, iii, 1). Un poco después de la transportación del reino de Judea a Babilonia un grupo de judíos que había sido dejado en Palestina emigró voluntariamente a Egipto (Jr., xlii-xliv). Ellos formaron el núcleo de una famosa colonia alejandrina, pero la gran transportación a egipto fue efectuada por Tolomeo Soter: "Y Tolomeo tomó muchos cautivos de las regiones montañosas de Judea, y de los lugares cercanos a Jerusalén y Samaria, y los condujo a Egipto, estableciéndolos ahí" (Flavio Josefo, Antigüedades, XII, i, 1). En Roma ya había una comunidad de judíos en los tiempos de César, que es mencionada en un decreto de César citado por Josefo (Ant. XLV, x, 8). Tras la destrucción de Jerusalén por Tito, miles de esclavos judíos fueron vendidos, y formaron el núcleo de asentamientos en África, Italia, España y las Galias. En tiempos de los Apóstoles, el número de judíos en la diáspora era enorme. El autor judío Sibilino Oráculo (siglo segundo antes de Jesucristo) pudo decir de sus compatriotas: "Cada tierra y cada mar están llenos de ellos" (Or. Sib., III, 271). Josefo, mencionando las riquezas del templo, decía: "que nadie se extrañe por que haya tanta riqueza en nuestro templo, pues todos los judíos de toda tierra habitable envían sus contribuciones" (Ant., XIV, vii, 2). Los judíos de la diáspora pagaban un impuesto del templo, similar a un Peter's-Pence inglés (tributo que se cobraba antiguamente en Inglaterra, para el Papa); cada hombre adulto tributaba un didracma. Las sumas enviadas a Jerusalén eran tan importantes en aquel tiempo que en ocasiones causaban una inconveniente escasez de oro, que indujo en más de una ocasión al gobierno romano a detener la colecta o, incluso, a confiscarla.

Aunque los judíos de la diáspora eran, en general, fieles a su religión, había una prominente diferencia de opiniones teológicas entre los judíos babilonios y alejandrinos. En Mesopotamia los judíos leían y estudiaban la Biblia en hebreo, lo que era comparativamente sencillo por la similitud del caldeo, su idioma vernáculo, con el Hebreo. Los judíos en Egipto y por toda Europa, llamados comúnmente "helenistas", olvidaron rápidamente el hebreo. Para ellos se tradujo una versión griega de la Biblia, la de los Setenta. La consecuencia fue que ellos fueron menos ardientes en la pundonorosa observancia de la Ley. Como los samaritanos, los helenistas mostraron una tendencia cismática al erigir un templo rival al de Jerusalén. Fue construido por el hijo del Sumo Sacerdote Onías en Leontopolis, en el Bajo Egipto durante el reino de Tolomeo Filometor, en el 160 a. de JC., y fue destruido el 70 a. de JC. (Ant. XIII, iii, 2-3). Es un dato curioso que mientras el judaísmo helenista se convirtió en la parcela en la que el cristianismo echó raíces y tomó fuerza, la colonia de Babilonia permaneció como un bastión del judaísmo ortodoxo y produjo el famoso Talmud. El antagonismo fuertemente enraizado entre los judíos y los griegos hizo que el amalgamiento de ambas razas fuese imposible. Aunque algunos de los Seléucidas y Tolomeos, como Seleuco Nicator y Antíoco Magno, fueron favorables para los judíos, hubo fricción constante entre los elementos de Siria y Egipto. El pillaje ocasional y las masacres fueron el resultado inevitable, por lo que en una ocasión los griegos en Seleuco y Siria masacraron a unos 50,000 judíos (Ant., XVIII, ix, 9). En otra ocasión los judíos asesinaron a los habitantes griegos de Salamis, en Chipre, y fueron en consecuencia expulsados de la isla (Dio Casio, LXVIII, 23). En Alejandría se juzgó necesario confinar a los judíos a un gueto. El Imperio Romano, por el contrario, estuvo en términos generales bien dispuesto hacia los judíos de la diáspora, quienes tuvieron en todos los territorios el derecho de residencia y no podían ser echados. Las dos excepciones fueron la expulsión de los judíos de Roma bajo Tiberio (Ant., XVIII, iii, 5) y bajo Claudio (Hechos de los Apóstoles, xviii, 2), pero ambas fueron de corta duración. Su culto fue declarado una religio licita. Todas las comunidades tenían su sinagoga, proseuchai o sabbateia, que funcionaban también como librerías y lugares de asamblea. La más famosa fue la de Antioquia (De bell. Jud., VII, iii 3). También tenían sus cementerios; en Roma, como los cristianos, sepultaban a sus muertos en catacumbas. Tenían el permiso para observar libremente sus ordenanzas religiosas, como el sabbath (descanso sabático), sus festivales y sus leyes dietéticas. Estaban exentos del culto al emperador y del servicio militar. Muchos judíos gozaron de la ciudadanía romana, como San Pablo (Hechos de los Apóstoles, xvi, 37-39). En muchos lugares la comunidad judía formaba una organización reconocida con sus propios poderes administrativos, judiciales y financieros. Ésta era gobernada por un consejo llamado gerousia, compuesto por ancianos, presbiteroi, a la cabeza de lo que era un Arconte propio. Otra muestra de la libertad que gozaron los judíos en todo el imperio fue su propagandismo activo (cfr. Mt., xxiii, 15). Los neófitos eran llamados phoboumenoi o sebomenoi, lo que significaba "temerosos de Dios" (Hechos de los Apóstoles, xiii, 16, 26, 43; Flavio Josefo, Antigüedades, XIV, vii, 2). Su número fue aparentemente muy grande. San Pablo se reunía con ellos en casi todas las ciudades a las que visitaba. Flavio Josefo, elogiando la excelencia de la Ley, dice: "la multitud de la humanidad misma ha tenido una gran inclinación a seguir nuestras observancias religiosas. No hay una sola ciudad de los griegos o los etíopes, en donde nuestras costumbres y nuestra prohibición sobre los alimentos no sea observada" (Contra Apion., II, xl). Muchos de los conversos eran personas distinguidas, como Aguila, el mayordomo de la reina de Candace (Hechos de los Apóstoles, viii, 26 ss.); Azizo, rey de Emesa, y Polemo, rey de Cilicia (Ant.,.xx, vii); la dama patricia Fulvia (Ant., XVIII, iii, 5), etc.

Jewish Encyc. s. v. Dispersion; SCHURER, Geschichte des judischen Volkes (Leipzig, 1890); GRATZ, Geschichte der Juden; RENAN, Les Apétres; MOMMSEN, The Provinces of the Roman Empire (tr. Londres, l886). Una lista de los países de la diáspora es dada por PHILO, Leg. ad Caium, 36.

C. VAN DEN BIESEN Transcribió Joseph E. O'Connor Traducido por Francisco Con G.