Escribas

De Enciclopedia Católica

(En hebreo SPRYM; en griego, grammateis, nomodidaschaloi, maestros de la ley).

En la época del Nuevo Testamento los escribas eran los intérpretes profesionales de la Ley en las sinagogas judías. El origen de la profesión se remonta al regreso del Cautiverio, y su posterior crecimiento e importancia resultaron naturalmente de la tendencia formal y legalista de la piedad judía durante el período posterior al exilio. La Ley fue reverenciada como la expresión precisa de la voluntad de Dios, y por sus múltiples prescripciones la vida cotidiana de cada judío piadoso estaba regulada en todos sus más insignificantes detalles. El amor a la Ley era la esencia de la piedad, y los justos o rectos eran ellos los que “caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor" (Lc. 1,6). Pero como estos mandamientos y preceptos eran extremadamente numerosos, complicados y a menudo oscuros, la necesidad de orientación popular llamó a la existencia una clase especial de hombres cuya ocupación era estudiar y exponer la Ley.

La primera mención del título aparece en Esdras 7,6, donde se describe a Esdras como un "escriba versado en la Ley de Moisés". El significado de esto se establece en el versículo 10: "Porque Esdras había aplicado su corazón a escrutar la Ley de Yahveh, a ponerla en práctica y a enseñar en Israel los preceptos y las normas.” Esta descripción, sin duda, se aplica a los escribas posteriores de esa época. Eran hombres piadosos, que a través del amor a la Ley Divina se ocuparon en la recopilación, edición y estudio de la literatura sagrada de los hebreos y a explicarla al pueblo. Los primeros escribas, como Esdras mismo, pertenecían a la clase de los sacerdotes y levitas (Esd. 7,12; Neh. 8,7.13, 2 Cró. 34,13), que originalmente eran los intérpretes oficiales de la Ley, pero a diferencia de otros deberes sacerdotales, el estudio y la exposición de la Sagrada Escritura podían ser realizados por laicos piadosos, y así poco a poco la profesión de escriba se diferenció del sacerdocio, mientras que el segundo se mantuvo principalmente ocupado con las cada vez más numerosas funciones rituales y de los sacrificios.

Cuando, bajo Antíoco Epífanes, el helenismo amenazó con derrocar a la religión judía, los escribas se unieron al partido de los celosos asideos (1 Mac. 7,12.13 ), que estaban dispuestos a morir por su fe (ver relato del martirio del escriba Eleazar, 2 Mac. 6,18-31), mientras que no pocos miembros de la aristocracia del sacerdocio favorecían las tendencias helenísticas. Esto dio lugar a una cierta oposición entre las dos clases: los escribas, a través de su devoción a la Ley, adquirieron una gran influencia con la gente, mientras que el sacerdocio perdió mucho de su prestigio. Como consecuencia natural, la clase de los escribas se volvió estrecha, arrogante y excluyente. Bajo el gobierno asmoneo se convirtieron en los líderes del nuevo partido de los fariseos, y es con estos últimos que los encontramos asociados en los registros del Nuevo Testamento. Nunca ejercieron ningún poder político, pero fueron admitidos al Sanedrín a la par con los sumos sacerdotes y los ancianos y así disfrutaron del reconocimiento oficial. Con el creciente formalismo, que su influencia, sin duda, les ayudó a desarrollar, el carácter de los escribas y sus actividades sufrieron un cambio marcado. Descuidaron los aspectos más profundos y espirituales de la Ley, y de ser hombres de letras sagradas se convirtieron principalmente en juristas que dedicaban la mayor parte de su atención a meras sutilezas y casuística rara. Junto con los fariseos, se les representa en los Evangelios como muy ambiciosos de honor (Mt. 23,2-7; Mc. 12,38-40; Lc. 11,43.45.46; 20,46), y como invalidando los preceptos de más peso de la Ley por sus perversas interpretaciones, por medio de las cuales habían establecido poco a poco una carga más pesada sobre las personas. Cristo también les reprendió a causa de la excesiva importancia que le atribuían a las "tradiciones de los ancianos".

Sus enseñanzas sobre este punto eran que Moisés mismo le había entregado a Israel una Ley tanto oral como escrita. Esta ley oral, de acuerdo con su teoría, había sido transmitida de una forma auténtica a través de los profetas a Esdras, el primer y más grande de los escribas, y descansaba prácticamente sobre la misma autoridad divina que la Palabra escrita. A través de esta concepción de la ley oral a la que se referían todas sus costumbres e interpretaciones tradicionales, por recientes que fuesen, los escribas fueron llevados a muchas desviaciones del espíritu de la Ley escrita (Mc. 7,13), e incluso con respecto a estas últimas, su enseñanza se caracterizó por una exactitud literal servil. La cada vez más acumulativa masa de tradiciones jurídicas y decisiones judiciales fue designada con el nombre halajáh (el camino). Junto con los preceptos escritos constituían la perfecta regla de conducta que debía seguir cada judío. Pero mientras los escribas dedicaron su atención principal a la Ley, tanto escrita como oral, también elaboraron de modo fantástico y arbitrario enseñanzas de carácter edificante a partir del contenido histórico y didáctico del Antiguo Testamento. Estas enseñanzas homiléticas fueron llamadas hagadá, y constaban de advertencias doctrinales y prácticas mezcladas con parábolas ilustrativas y leyendas.


Bibliografía: GIGOT, Outlines of New Testament History (Nueva York, 1902), 81 sq.

Fuente: Driscoll, James F. "Scribes." The Catholic Encyclopedia. Vol. 13. New York: Robert Appleton Company, 1912. 14 Jan. 2012 <http://www.newadvent.org/cathen/13634a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.

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Viernes, 1 de agosto de 2014