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Viernes, 21 de septiembre de 2018

Individuo, Individualidad

De Enciclopedia Católica

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Individuo, Individualidad: (Latín, individuum; alemán, Einzeln; francés, individuel). Santo Tomás define un ser individual como “quod est in se indivisum, ab aliis vero divisum” (un ser no dividido en sí mismo pero separado de los otros seres). Implica, por lo tanto, unidad y separación o distinción. La individualidad en general puede ser definida o descrita como la propiedad o conjunto de propiedades por la cual el individuo posee esta unidad y se separa de los demás seres. ¿Qué es lo que constituye un individuo, o individualidad? Este es un problema que ha preocupado a la mayor parte de las grandes escuelas de filosofía. Se puede considerar desde el punto de vista metafísico o psicológico, aunque éstos están íntimamente relacionados. Además, hay un sentido en el cual la individualidad le presenta cuestiones interesantes a la ética y la pedagogía.

Metafísica

El universo circundante se nos manifiesta, en todo caso, a primera vista, como una pluralidad, una colección de cosas individuales. Reconocemos como seres individualmente distinto a una multiplicidad de objetos materiales: animales, personas y similares. Hablamos de las pilas de maíz o de las piedras esparcidas sobre un campo como muchas cosas individuales. Sin embargo, un poco de reflexión nos revela que la naturaleza de la unidad, y en consecuencia de la individualidad, que poseen muchos de estos objetos es de un tipo muy imperfecta. Una pila es después de todo un mero agregado de mazorcas de maíz separadas; y una piedra no es más que un grupo de pequeñas piedras o partículas de materia en contacto local accidental, y unidas por algún otro tipo de materia. La unidad de tal objeto es totalmente extrínseca y accidental, mientras que la separación se debe simplemente a la discontinuidad de la clase de material del que se compone el objeto. Algunas partes de materia inerte tienen así sólo un tipo inferior o imperfecto de individualidad. Más alto en la escala de los seres vienen las plantas y organismos animales, aunque en las formas inferiores de vida a menudo es un problema difícil para el científico decidir si un espécimen particular se describe mejor como un único ser vivo o una colonia de seres.

Sin embargo, sigue siendo amplio el hecho de que miramos el mundo real que se presenta a nuestros sentidos como compuesto de un gran número de seres individuales separados. Por otra parte, tan pronto como nuestra mente comienza a pensar, a juzgar a razonar, o a hacer cualquier tipo de declaraciones significativas acerca de estos objetos, ella los concibe bajo aspectos universales. No los manipula como simples individuos desconectados, sino que los agrupa bajo ciertos puntos de vista comunes. Si la mente ha de hacer algún progreso en absoluto en el conocimiento, se ve obligada a organizar sus experiencias sensibles, para manejar los hechos individuales que le sean presentados por medio de ideas universales. La génesis psicológica de estas ideas, su carácter preciso y la naturaleza de la realidad fuera de la mente que le corresponde a ellas –-en otras palabras el gran problema de las universales--- fueron discutidos profundamente por Platón y Aristóteles, y se convirtieron en una cuestión aún más candente en las escuelas cristianas y arábigas de filosofía desde el siglo X al XII (vea IDEA). Sin embargo, un homólogo del mismo problema es la cuestión del individuo. Y este último tema en la forma de la controversia respecto al principium individuationis se volvió casi tan prominente en las escuelas durante los siglos XIII y XIV.

¿Qué constituye un ser individual? ¿Qué le da su propia peculiar individualidad? ¿Qué lo distingue de todos los demás seres, y sobre todo, de los demás seres de la misma especie? Una respuesta obvia se da en la enumeración de diferencias tales como las de lugar, tiempo, figura. Pero éstas son simplemente relaciones extrínsecas. Ni tampoco es totalmente inconcebible la identidad perfecta, incluso en lugar, entre dos seres. Estas diferencias extrínsecas, de hecho, presuponen diferencias intrínsecas. Dos cosas primero deben diferir en relación la una a la otra antes de que puedan diferir en relación a una cosa tercera o extrínseca, tal como el espacio. De ahí que la pregunta que preocupaba a las escuelas filosóficas se refería especialmente a la diferencia intrínseca. ¿Cuál es el principio intrínseco de individuación por el cual un ser es distinto de otro? En la teoría aristotélica los objetos corporales que nos rodean son seres compuestos constituidos en última instancia de dos principios, uno pasivo y determinable (materia), el otro activo y determinante (forma). Esta última le da al ser su naturaleza específica. La primera es la base de la divisibilidad y multiplicidad; y esta es para Aristóteles la fuente de la individuación. La pregunta, sin embargo, recibió desarrollo y discusión mucho más completos en la Edad Media, y nos encontramos con una serie de diferentes respuestas presentadas por diferentes filósofos.

De acuerdo a Santo Tomás, quien desarrolló la doctrina de Aristóteles, la forma, en lo que a seres corporales se refiere, da unidad específica y hace determinable una cosa. Pero en la misma especie pueden existir muchos individuos; es así que la forma específica es la que provee la base común para la idea universal. Por lo tanto, la forma no puede ser la fuente de la individuación, puesto que ella misma necesita un principio por el cual poder ser individuada. Este principio, el ratio distinctionis, la causa de la diferencia entre un individuo y otro, se debe buscar en el principio limitante que recibe la forma, y es la base de la divisibilidad y la multiplicidad ---la materia.

Esta enseñanza de Santo Tomas se aclara mediante su doctrina respecto a la naturaleza de los intelligentiæ, o ángeles. Ellos son formas puras desprovistas de cualquier elemento material. En consecuencia, la naturaleza angélica no contiene en sí misma base para la multiplicación; sólo puede haber uno en una especie. A diferencia del ser humano que difieren numéricamente en la misma especie, los diversos ángeles deben diferir específicamente. En los seres corpóreos compuestos, la materia es el principio de limitación e individuación. Pero Santo Tomás insiste que es materia signata quantitate. Los comentaristas han disputado mucho sobre cuán precisamente esto se ha de interpretar. Cayetano entiende aquí materia como la base y raíz de la cantidad, otros como materia dotada con cantidad real. (Para diferentes opiniones vea especialmente Francisco Suárez "Disp. Metaph.", V.) Por otro lado, Durando y Averroes enseñaron que la forma era el principio interno de individuación que confiere la unidad numérica sobre el sujeto que constituye. Escoto tiende parcialmente hacia esta opinión, sin embargo, añade una entidad adicional a la propia forma. Argumenta que la materia no puede ser el principio de individuación porque es esencialmente universal. De ahí que el principio debe descansar en la forma, no, sin embargo, simplemente como naturaleza universal, sino con una formalidad particular añadida. A esta diferencia adicional que determina la especie hasta el individuo, él la llama por el nombre de hoeceitas (realidad objetiva de una cosa).

La enseñanza nominalista sobre las universales llevó a sus defensores a una solución de esta cuestión muy diferente a la de Santo Tomás o Escoto. Según ellos, lo universal no tiene existencia fuera de la mente, ni base en la naturaleza exterior. Cada realidad, como tal, es individual. Como Ockham alegó: "Quælibet res singularis seipsa est singularis, unum per se" (N.T.: Cualquier cosa que sea singular es singular, una por sí); de ahí que es inútil disputar acerca de un principio interno de individuación. Si hablamos de una causa de individuación sólo podemos aludir de forma inteligible a la voluntad creativa o causa eficiente, que dio existencia a la cosa. Otros, sin embargo, que están muy lejos de ser nominalistas, también sostienen este punto de vista. De hecho, es adoptado por Suarez mismo, que sostiene: "Omnemsubstantiam singularem nec alio indigere individuationis principio præter suam entitatem, vel præter principia intrinsecaquibus ejus entitas constat" (cada substancia singular es individualizada por su propia entidad, y no requiere ningún otro principio para su individuación). Él afirma que esta solución es la más clara de todas ---omnium clarissimam. (Hay una discusión exhaustiva de toda la cuestión con abundancia de referencias a todos los principales filósofos medievales, escolásticos y árabes, en Francisco Suárez "Disp., Metaph.” V) Una opinión similar a la de Francisco Suárez fue defendida por Leibniz en su tratado "De principio inidividui”.

Hoy día el interés por las fases más sutiles del antiguo problema metafísico ha disminuido, pero ha venido a primer plano una pregunta más fundamental, planteada por la teoría del monismo. En lugar de la pregunta "¿Cómo, exactamente, los seres individuales de la misma especie se diferencian unos de otros?”, nos preguntamos “¿Hay verdaderamente en el universo seres individuales en absoluto?” O son aparentemente distintos, objetos independientes del mundo que nos rodea, incluyendo nuestros semejantes, simplemente modos, fases o aspectos del Absoluto, del Infinito, del sustrato o fundamento subyacente de todas las cosas?" Para Espinosa "omnis determinatio est negatio” ---cada determinación individual es meramente una negación, una limitación de lo universal, y nada tiene existencia positiva excepto la única substancia infinita, de la cual los seres finitos individuales, aparentemente distintos, no son más que partes o modos. Esta negación de la verdadera individualidad de todos los seres finitos es la doctrina del monismo, la cual, ya sea en una forma materialista o idealista, ha adquirido continuamente creciente influencia desde el tiempo de Espinosa, y especialmente durante el último siglo. En consecuencia, la cuestión de la individualidad es ahora desviada a la de la personalidad de los seres humanos; pues, obviamente, es respecto a ellos que la cuestión adquiere interés, y al mismo tiempo se vuelve más capaz de prueba decisiva.

Psicología

La individualidad en su sentido estricto sólo se puede predicar respecto a personas. Una persona se define usualmente como una substancia individual de naturaleza racional. Implica independencia o existencia en sí misma. Ni los animales ni la vida inerte son personas, y así no poseen esta completa individualidad. La prueba más fuerte de la realidad de los seres humanos en el mundo que nos rodea, por lo tanto, descansa en la evidencia para la personalidad humana, y para cada uno de nosotros en última instancia, en la prueba de nuestra propia personalidad. Mi convicción de mi personalidad y existencia individual es el resultado de mi experiencia. La auto-conciencia racional combinada con la memoria me asegura la identidad perdurable de mi propio ser. Mi intelecto me afirma con irresistible claridad y fuerza que soy la misma persona que sufrió una peligrosa enfermedad hace tiempo cuando era niño, que adquirió un conocimiento de ciertas ramas del saber durante mi juventud, que ha pasado recientemente por algunas experiencias particulares y que estoy ahora ocupado en escribir estas oraciones. Además, he sido consciente de ejercer mi libre albedrío y de determinar mis propias acciones. Me he visto afectado por ciertos impulsos, y he resistido o cedido libremente a ellos. Me he dado cuenta en y después de tales actos que fueron míos, y que fui responsable por ellos. He tenido constantemente grabado en mi ánimo que existe un mundo externo que ningún esfuerzo de mi voluntad puede aniquilar. Mi razón me asegura de mi separación de él y de su independencia de mí. Si alguna verdad es cierta para mí, entonces debe ser aquella de mi propia existencia duradera como una persona racional responsable por mis actos deliberados. Pero esto implica mi propia individualidad ---la unidad de mi ser junto con la independencia o separación de mi existencia.

El ego consciente de sí mismo es así el tipo perfecto del ser individual. Pero si afirmo mi propia existencia como un ser individual, debo admitir que la existencia de otros seres similares, en todo caso, no es imposible. Pero, ya reconocida la posibilidad, toda la evidencia establece la existencia de otras personas como yo. Además, la experiencia no puede establecer nada con más fuerza irresistible para mí que no soy ninguna de esas otras personas, que ninguna de ellas es yo mismo, que somos seres individuales distintos. Finalmente, la experiencia combinada de mis limitaciones, la cognición auto-consciente de mi propia existencia perdurable, la propia conciencia íntima de mi propio libre albedrío, la seguridad irrefutable de que soy responsable de mi conducta ---todos se combinan para convencerme de que no soy un simple modo irresponsable de algún Absoluto panteísta, ningún sueño vacilante de una mente impersonal, sino un ser unitario real, una personalidad separada, auto-consciente y libre, poseedor de una genuina existencia individual propia. Está claro que cualquier teoría filosófica que se vea obligada a repudiar o explicar esta convicción de mi propia individualidad, cualquier sean los otros problemas que pueda pretender resolver, no puede pretender ser una explicación muy racional del universo.

La psicología nos presenta un significado secundario o derivado de la palabra individualidad: la colección de las más marcadas o prominentes cualidades del intelecto, el sentimiento y la voluntad, por las cuales el carácter de un ser humano se distingue del de los demás. Hablamos de San Francisco de Asís, de Bismarck, de Abraham Lincoln o de Daniel O’Connel como hombres de marcada individualidad; pero el término es aplicable también a la humanidad normal. Cada ser humano adulto difiere de otros por una colección de cualidades poseídas en diversos grados por cada uno. Cuando la desviación de lo normal es marcada, aunque no sea de una clase deseable, se habla de ella como excentricidad.

La raíz de las cualidades que constituyen posteriormente el carácter individual de una persona reside en su dotación congénita, en parte mental y en parte física, aunque la íntima dependencia del alma en el cuerpo hace imposible a veces distinguirlas. Obviamente, la eficiencia de las facultades intelectuales está condicionada por la perfección del cerebro y el sistema nervioso. Las aptitudes y disposiciones debidas a su constitución física son los factores principales en la formación del temperamento del individuo (Vea CARÁCTER). Desde hace tiempo se ha reconocido que esto se debe mayormente a la herencia; pero el estudio científico de la herencia está todavía en una etapa muy elemental. El trabajo de Galton, aunque útil y sugestivo, nos adelanta poco camino. Los experimentos del abad Mendel, sin embargo, han iniciado líneas de investigación que prometen arrojar mucha nueva luz sobre los principios que gobiernan la herencia de muchas características a través del reino animal. Al mismo tiempo, al estudiar al ser humano debemos estar en guardia en atribuir a rasgos hereditarios los que son efecto de la imitación, la formación y la comunidad del ambiente familiar. Esto se debe tener en cuenta especialmente en lo que se refiere a los hijos de los criminales.

La colección total de elementos que compondrán la constitución mental del hombre pertenecen a las facultades cognitivas o apetitivas, o, de acuerdo con la división moderna, a las actividades intelectuales, emocionales o conativas del alma. La experiencia demuestra que cada una de estas tres varía en potencia y en el alcance en diferentes seres humanos. Se les puede asignar más liberalmente al principio a algunos, la capacidad emocional, a otros, fuerza de voluntad o aptitud intelectual. Pero, estrictamente hablando, el niño no posee una individualidad real definida. Está dotado más bien de potencialidades que fijan un límite exterior en varias direcciones al carácter individual posible de realización. Pues, además del capital original de aptitudes congénitas, existe la manera y el grado ---ciertamente de no menor importancia en el producto total final--- en el que cada una de estas aptitudes se fomentará o fallecerá. El ejercicio o la indulgencia durante el período plástico desarrollan cada facultad e inclinación, mientras que, por el contrario, cada uno se atrofia y debilita por negligencia o supresión de la función.

La observación de los niños pequeños, incluso de miembros de la misma familia, nos impresiona por la gran variedad de capacidad nativa y disposición. La delicadeza de la percepción sensorial y la observación, el poder de atención, la tenacidad de la memoria, la agilidad mental, la generosidad, el apasionamiento, la voluntariedad, ya se exhiben en proporciones muy diferentes en los niños de tres o cuatro años de edad. Pero la fuerza relativa a la cual cada facultad llegará en última instancia estará condicionada por su actividad futura. El resultado final es, de hecho, el resultado de la naturaleza y la crianza combinadas. Un punto muy importante a señalar, sin embargo, es que las aptitudes generales y tendencias que más contribuyen a la determinación del carácter individual, aunque son muy elásticas y modificables durante el período de la juventud, se congelan y se endurecen rápidamente después de que se ha alcanzado el periodo de la edad adulta, de modo que hay poca capacidad de cambio de carácter más adelante en vida ---el conjunto de rasgos y cualidades personales que conforman la individualidad del hombre han cristalizado. De ahí el valor inestimable del período de la juventud para la educación.

Ética

El valor de la individualidad como un elemento de bienestar para el individuo y la nación o la raza es un problema para la filosofía ética y política. Entre los principales factores que van a constituir la individualidad, o en todo caso, la individualidad marcada, son cualidades de voluntad y la facultad conativa generalmente. El hombre de notable personalidad, de carácter fuerte, de individualidad llamativa, es uno en el que ciertos aspectos de las facultades volitivas son predominantes. En algunos casos estas tendencias pueden conducir al mal. Enrique VIII y Napoleón poseían cada uno una individualidad no menos distinta que la del Beato Tomás Moro o George Washington. Aun así, la posibilidad de abuso no aniquila el valor de los dones de Dios; y entre estos están esas excelencias de mente, corazón y voluntad que, cuando se leso permite un desarrollo natural y justo, resultan en individualidades fuertes y variadas.

Los seres humanos se distinguen de los animales inferiores por la posesión de caracteres individuales; y la ampliada libertad de oportunidad invariablemente produce una mayor variedad de logros. Así la humanidad se vuelve más rica. Dios no se repite a sí mismo en la formación de rostros humanos, ni lo hace en la creación de almas humanas. La variedad es un elemento esencial de la belleza del universo ---mental y moral así como física. Sería un pobre mundo en el que los hombres o las mentes fuesen el resultado de un único o unos pocos moldes comunes. La multiplicidad de pueblos, lenguajes y formas de gobierno es parte del orden de la Providencia que rige la tierra; y las naciones más pequeñas han contribuido con elementos no menos precioso al bienestar de la humanidad que los imperios más grandes. Uno de los efectos desastrosos del socialismo es precisamente el aplastamiento de la individualidad personal. De hecho un grave mal de la civilización moderna es la amenaza a la individualidad involucrada en la enorme extensión de la maquinaria y de la producción a gran escala, en la influencia de la prensa, en educación pública y el triunfo de las naciones más grandes en la lucha por la vida. A pesar de sus errores y exageraciones, hay un considerable grado de verdad en el elocuente alegato de Mill para el valor de la individualidad para la raza humana (Sobre la libertad, cap. III).

Pedagogía

Si la individualidad es un activo valioso en el adulto, entonces una primera máxima para el profesor debe ser: "Respetar la individualidad del alumno.” Como cuestión de hecho, los buenos profesores siempre lo han hecho instintivamente. Pero, ¿qué significa la máxima? Estudia a tus alumnos. Observa sus diversas capacidades. Ten en cuenta los gustos, tendencias e impulsos de cada uno. Determina sus logros actuales exactos y sus variados poderes de aplicación. Luego modifica tu método de acción con el fin de adaptarlo a cada niño. No los trates a todos de la misma manera. Sé comprensivo. Estudia constantemente cómo sacar el máximo y lo mejor de cada estudiante. ¿Qué son estas reglas, tan antiguas como el arte de la enseñanza, sino solo diversas expresiones del principio universal: “Aprecia la individualidad de tus alumnos”? Esta individualidad a menudo se mostrará a sí misma de una manera incómoda o desagradable. A veces le fatigará penosamente al maestro riguroso o poco comprensivo. A veces será muy fuerte la tentación de reprimirla y aplastarla.

La mente poco original encuentra suma dificultad en tolerar la individualidad. Sin embargo, el educador debe recordar que es su deber extraer y cultivar en sus alumnos cada elemento bueno y reprimir sólo lo que es malo; y nunca debe olvidar que la naturaleza individual de cada uno es la raíz preciosa de la cual se ha de desarrollar el carácter personal. La principal dificultad radica en lo que se refiere a las aptitudes e inclinaciones, que, aunque en sí mismas son indiferentes, pueden fácilmente conducir al mal por el exceso de indulgencia o la falta de suficiente auto-control general. Así, una disposición impulsiva o una voluntad inflexible son rasgos de carácter en un alumno que a menudo entran en colisión desagradable con los esfuerzos del maestro; sin embargo, pueden contener algunos elementos preciosos de la materia prima de la que, con paciencia y por el desarrollo guiado juiciosamente, se puede formar un tipo excelente de personalidad. Por otra parte, un método de educación nivelado hacia abajo por la represión constante y el desánimo sostenido puede debilitar o extinguir por completo lo que habrían sido admirables rasgos del carácter individual.


Bibliografía: On the Principle of Individuation: STO. TOMÁS, Opusculum de princ. indiv. en Opp., XVI (Parma, 1865), 328 ss.; DUNS SCOTUS, In II Sent., disp. III, q. VI, en Opp., XII (París, 1893); SUÁREZ, Disput. met., V, en Opp., XXV (París, 1861); LEIBNITZ, De principio individui in Werke, ed. GERHARDT (Berlín, 1875-90); IDEM, Nouveaux essais sur l'entendement humain (Nueva York y Londres, 1896), II, XXVII; UEBERWEG, History of Philosophy, I (Londres, 1874). On Individuality and Personality: BUTLER, Dissertation on Personal Identity in Works, I (Oxford, 1896), 387 ss.; REID, Essay on the Intellectual Powers, III (Edimburgo, 1812); LADD, Philosophy of Mind (Nueva York y Londres, 1895); HUME, Enquiry concerning Human Understanding (Londres y Edimburgo, 1764); MILL, Examination of Hamilton's Philosophy (Londres, 1865), XII; JAMES, Principles of Psychology (Nueva York y Londres, 1901); MAHER, Psychology (Nueva York y Londres, 1906). The value of Individuality in Education: MILL, On Liberty (Nueva York y Londres, 1875); HERBART, The Science of Education, tr. FELKIN (Nueva York and Londres, 1897).

Fuente: Maher, Michael. "Individual, Individuality." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7, pp. 762-765. New York: Robert Appleton Company, 1910. 9 Sept. 2016 <http://www.newadvent.org/cathen/07762a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina