Enrique VIII

De Enciclopedia Católica

Rey de Inglaterra, nacido en el 28 de junio de 1491 y fallecido en el 28 de enero de 1547.

Fue el tercer hijo -segundo hijo hombre- de su padre, Enrique VII. Su hermano mayor, Arturo, murió en abril de 1502 y, por ende, Enrique se tornó el heredero de la corona cuando no contaba siquiera once años. Se ha dicho que el interés de Enrique en cuestiones teológicas era debido a la influencia de su educación temprana, dado que había sido al principio destinada por su padre para la Iglesia. Pero un chico de once años puede difícilmente haber formado gustos intelectuales de por vida y, es cierto, que títulos seculares, como aquellos de Conde Mariscal y Virrey de Irlanda, fueron investidos sobre él cuando contaba cinco años. Por otro lado, no hay duda acerca de la gran precocidad de Enrique y del alcance liberal de los estudios que fue destinado a seguir en sus años más tempranos.

Después de la muerte de Arturo, se formo de inmediato un proyecto para casar a Enrique con la viuda de su hermano, Catalina de Aragón, quien, habiendo nacido en el diciembre de 1485, le llevaba más de cinco años de diferencia. Las negociaciones para una dispensa papal tomaron poco tiempo y la Reina Isabel de España, la madre de Catalina, a quien se acercaban sus últimos días, se volvió muy impaciente. Entonces un apresuradamente elaborado Documento conteniendo la requerida dispensa fue enviado de manera privada a España en 1504, para ser sucedido algunos meses más tarde por una Bula para el mismo fin que era de carácter más público. La existencia de estos dos instrumentos causó complicaciones más tarde. Sin embargo, debido a algunas argucias políticas de Enrique VII -que intentaba ser más astuto que su rival Fernando-, el Príncipe Enrique -contando catorce años- tuvo que hacer una protesta formal contra el matrimonio propuesto con Catalina, como una cuestión arreglada sin su consentimiento. Sin embargo, cuando su padre murió en 1509, Enrique llevó a cabo su matrimonio nueve semanas tras su ascenso al trono, contando dieciocho años y mostrando por primera vez una total determinación de ser su propio amo. Gran popularidad ganó el nuevo reinado con la proscripción y ejecución de Empson y Dudley, los responsables de extorsiones a Enrique VII. Junto a eso, es unánimemente testimoniado por sus contemporáneos que el joven soberano poseía todos los dones de mente y personalidad que podían suscitar el entusiasmo de su pueblo. Su habilidad en los deportes varoniles era casi igualada por su inteligencia y por su devoción a las letras. De la complicada política extranjera que marcó al comienzo de su reinado no podemos dar detalle alguno aquí. Gracias en parte a la personalidad de Enrique, pero más todavía a la habilidad de Wolsey, que luego tomó el primer sitio en la Cámara de los Lores, Inglaterra por primera vez se convirtió en una potencia europea. En 1512, Enrique se unió al Papa Julio II, a Fernando de España y a los venecianos formando la "Liga Santa" contra el Rey de Francia. Julio estaba firmemente decidido a expulsar a los bárbaros (los franceses, por ejemplo, y otros extranjeros) de Italia y Enrique cooperó reuniendo flotas y soldados para atacar al rey francés en sus propios dominios. No hubo un suceso muy notorio para sus armadas, pero hubo una victoria en Guinegate, fuera de Therouanne, y los escoceses que, como aliados de los franceses, habían amenazado una invasión, fueron desastrosamente derrotados en Flodden, en 1513. Todo el tiempo permaneció Enrique en excelente relación con la Santa Sede. En abril de 1510, Julio le envió la rosa de oro y, en 1514, León X le confirió la espada y el sombrero honoríficos, que fueron presentadas con mucha solemnidad en la Basílica de San Pablo. Habiendo sido rota la Liga por la política egoísta de Fernando, Enrique hizo las paces con Francia y por algunos años sustentó la balanza de poder del Continente, aunque no sin repartir una buena suma de dinero. Wolsey fue nombrado cardenal en 1515 y ejerció más influencia que nunca, pero fue en cierta medida contra su consejo que Enrique, en 1519, se convirtió secretamente en uno de los candidatos a la sucesión del imperio -aunque fingiendo apoyar la candidatura de Francisco, su aliado-. Sin embargo, cuando Carlos V triunfó, el rey francés no reunía condiciones de pelearse con Enrique, y una renovación de cierto modo vacía e insincera de su amistad tuvo lugar en julio, en el año de 1520, en el famoso Campo de la "Cloth of Gold", cuando las más elaboradas cortesías fueron cambiadas mutuamente entre los dos monarcas. El panorama de este reacercamiento tuvo tan alarmado al Emperador Carlos que, un mes antes de que tuviera lugar, visitó a Enrique en Inglaterra. De hecho, un continuo juego de intriga estaba siendo jugado por los tres monarcas, el cual duró hasta el periodo en que la ruptura final de Enrique con Roma lo condujo a volver su atención principal a cuestiones domésticas. Mientras tanto, la fuerza de la posición de Enrique en su territorio había sido muy desarrollada por la sensata diplomacia de Wolsey y, a pesar de la suntuosidad de algunas de las demostraciones inglesas contra Francia, antes de que el rey francés se convirtiera en el prisionero del emperador en Pavía, la insatisfacción por la demanda de dinero recayó sobre el ministro, mientras Enrique mantuvo toda su popularidad. De hecho, cualquiera que fuese la insatisfacción sentida, el pueblo no tenía a ningún líder que hiciese posible una rebelión. La antigua nobleza, en parte como un resultado de la Guerra de las Dos Rosas y en parte debido a una política represiva dictada por las preocupaciones dinásticas de Enrique VII, fue reducida a la impotencia. En 1521, el noble más prominente en Inglaterra, el Duque de Buckingham, fue condenado a muerte por alta traición por la subordinada Cámara de los Comunes, simplemente porque el rey sospechó que él pretendía la sucesión y había determinado que él debía morir. En el mismo periodo, el prestigio de Enrique a los ojos del clero -y no sólo del clero- fue fortalecido por su famoso libro: la Assertio Septem Sacramentorum. Este libro fue escrito contra Lutero y en vindicación de la enseñanza dogmática de la Iglesia con relación a los sacramentos y al Sacrificio de la Misa, mientras que la supremacía del papado es defendida en términos inequívocos. No hay razón alguna para dudar que lo sustancial del libro fuera obra de Enrique. El Papa León X estaba bastante satisfecho con eso y le confirió a Enrique el título de Defensor Fidei (Defensor de la Fe), que se mantiene hasta hoy como parte del título real de la Corona Inglesa. Todo este éxito y adulación fueron calculados para desarrollar la maestría natural de la personalidad de Enrique. Hace tiempo había mostrado, para ojos perspicaces, como los de Sir Tomás Moro, que no iría contradecirse en nada. Sin ser culpado de notable libertinaje al compararlo con otros monarcas de su tiempo, se duda que la vida de casado de Enrique haya sido siempre pura, incluso en su primer matrimonio, y sabemos que en 1519 tuvo un hijo con Isabel Blount, a quien nombró -a la edad de seis años- Duque de Richmond. También mantuvo una intriga con María Bolena que le trajo a algunas complicaciones en un momento posterior.

Tal era Enrique cuando, probablemente al inicio del año 1527, se apasionó ciegamente por la hermana menor de María, Ana. Es posible que la idea de divorcio se hubiese presentado al rey mucho antes que esto (ver Brown "Calendarios Venecianos", II, 479), y es bastante probable que fuese motivada por el deseo de prole masculina, de la cual se había desilusionado con la muerte, en la infancia, de todos los niños de Catalina excepto la de María. Ana Bolena no estaba retenida por escrúpulo moral algúno, mas vio su oportunidad en el encaprichamiento de Enrique y determinó que solo se rendiría a él como su reina reconocida. De cualquier manera, se convirtió pronto en el objeto principal objeto de los deseos del rey el asegurar un divorcio con Catalina, y con ese propósito condescendio a los medios más indignos. Difundió el rumor de que el Obispo de Tarbes, al negociar una alianza en nombre del rey francés, había levantado una duda acerca de la legitimidad de la Princesa María. También incitó a Wolsey, como legado, a tener una entrevista privada y colusoria con el Arzobispo Warham, citando a Enrique a para que probara ante ellos que su matrimonio era válido. El único resultado fue dar a Catalina un indicio de lo que el rey tenía en mente y conseguir de ella una declaración solemne de que el matrimonio nunca había sido consumado. De ahí se seguía que nunca había existido impedimento algúno de "afinidad" para obstruir su unión con Enrique, sino tan solo el mucho más fácilmente dispensado impedimento conocido como publicae honestatis. Además, los mejores canonistas del tiempo sostuvieron también que una dispensa papal que quitaba formalmente el impedimento de afinidad, también involucraba por implicación aquello de publicae honestatis o "decencia pública". El litigio colectivo fue entonces lanzado y Enrique encomendó ahora sus esperanzas a una apelación directa a la Santa Sede, actuando en eso independientemente de Wolsey, a quien no había comunicado hasta el momento nada de su designio con relación a Ana. Guillermo Knight, el secretario del rey, fue enviado al Papa Clemente VII para rogar por la declaración de nulidad de la unión de Enrique con Catalina, sobre el fundamento de que la Bula dispensadora de Julio II era obrepticia -obtenida por falsas reivindicaciones-. Enrique pidió, además, en el caso de que llegara a ser libre, una dispensa para contraer un nuevo matrimonio con cualquier mujer, incluso en el primer grado de afinidad, siendo la afinidad contraída por conexión legal o ilegal. Eso claramente hacía referencia a Ana Bolena, y la ficticia naturaleza de los escrúpulos de conciencia de Enrique acerca de su matrimonio queda traicionada por el hecho de que él mismo estaba pidiendo ahora una dispensa precisamente de la misma naturaleza que aquella respecto a la cual había sentido escrúpulos; una dispensa que él más tarde sostuvo que el Papa no tenía poder para conferir.

Como el Papa era en aquel tiempo prisionero de Carlos V, Knight tuvo algunas dificultades para llegar a él. Al final, el enviado del rey tuvo que regresar sin lograr mucho, aunque la dispensa (condicional) para un nuevo matrimonio ya había sido acordada. Enrique no tenía ahora otra opción sino poner su problemática en las manos de Wolsey, y Wolsey -aunque la política entera del divorcio corría en contra de su mejor juicio- utilizó todo nervio para asegurar una decisión en favor de su amo. Un recuento de la misión de Gardiner y Foxe y del fracaso de los procedimientos para el divorcio ante los comisarios del Papa, Wolsey y Campeggio, principalmente con relación a la producción del Documento, ha sido dado en algún detalle en el artículo CLEMENTE VII, al cual es remitido el lector. La revocación de la causa en Roma, en julio de 1529, debida en parte, sin duda, a las protestas más razonables de la Reina Catalina contra su desamparo en Inglaterra y la compulsión de la cual era víctima, tuvo muchos resultados importantes. Debemos contar entre ellos en primer lugar la desgracia y caída de Wolsey, hasta el momento el único freno real a la obstinación de Enrique. La increíble insignificancia del delito contra la corona en el cual el cardenal fue acusado de haber incurrido al obtener el cardenalato y legacía de Roma -aunque ciertamente eso había sido hecho con el total conocimiento y consentimiento del rey-, sería suficiente para señalar a Enrique como uno de los ejemplares más bajos de la raza humana. Pero, en segundo lugar, debemos adjudicar a esta misma crisis la aparición de Cranmer y Tomás Cromwell, los dos grandes arquitectos de la nueva política de Enrique. Fue Cranmer quien, en el otoño de 1529, hizo la importante sugerencia de que el rey debería consultar a las universidades de Europa acerca de la cuestión de la nulidad del matrimonio, una sugerencia que por primera vez favoreció a su autor. El proyecto fue llevado a cabo tan pronto como fue posible con un abundante expendio de sobornos, y la utilización de otros medios de presión. El resultado fue naturalmente muy favorable a los deseos del rey, aunque las universidades que están dentro de los dominios de Carlos V no fueron consultadas. Las respuestas fueron sometidas al Parlamento, en donde el rey aún mantenía la pretensión de no tener interés personal algúno en la cuestión. Profesaba estar sufriendo de escrúpulos de conciencia, ahora más agudos por el peso de la opinión pública. Con la misma astucia persuadió a la nobleza principal del reino de escribirle al Papa rogándole dar alguna sentencia en favor de Enrique por temor de que lo peor sucediera. Todo eso llevó al rey a relaciones más cercanas con Cranmer, que fue hecho embajador frente al emperador y quien, uno o dos años después, a pesar del hecho de que se había casado recién con la sobrina de Osiander (su segunda esposa), fue convocado a su tierra para convertirse en el Arzobispo de Canterbury. Las Bulas necesarias y el palio fueron obtenidos de Roma bajo la amenaza de que la ley (referida a nuevamente arriba) para la abolición de las anatas y primicias sería hecha permanente. El vacilante Clemente -quien probablemente esperaba que haciendo cualquier otro tipo de concesión estaría capacitado a mantener la posición que había asumido sobre la más fundamental cuestión del divorcio- concedió las Bulas y el palio. Pero para beneficiarse de ellos era necesario que Cranmer hiciese ciertos juramentos prescritos de obediencia a la Santa Sede. Cranmer los hizo, pero puso por escrito una solemne protesta en la que afirmó que no consideró, de modo alguno, a los juramentos en conciencia, procedimiento que llevo incluso a un historiador prejuiciado como el Sr. H.A. Fisher a no poder abstenerse de describirlo como una "notoria deshonestidad". "Si" -pregunta el Dr. Lingard- "es considerado simonía cambiar el oficio espiritual por dinero, ¿qué será cambiar lo mismo por perjurio?" El padre de la nueva Iglesia de Inglaterra y futuro compilador de su liturgia no estaba entrando en sus funciones con auspicios muy propicios. Pero la Iglesia que pronto sería creada, debe probablemente más a Tomás Cromwell que a su primer arzobispo. Es Cromwell quien parece haberle sugerido a Enrique, como una política deliberada, que debería abolir el imperium in imperio, descartar la supremacía papal y hacer de sí mismo la cabeza suprema de su propia religión. De hecho ese fue el curso que desde de la última parte de 1529 Enrique siguió sin desviarse, aunque sin hacer ningún paso que no pudiera deshacer. El primer golpe fue dado al clero, involucrándolo en el mismo delito contra la corona de Wolsey. Siempre había existido algún desafecto anti-clerical, debido en parte, sin duda, a remanencias de Lollardismo, como se manifestó en el caso de Richard Hunne, en 1515. Este, en los últimos años había prosperado, agravado por la importación a Inglaterra del Nuevo Testamento con notas de Tyndale y de otros libros de tendencia herética, los cuales, a pesar de ser prohibidos y quemados por las autoridades, llegaron a hacer su camino entre el pueblo. Enrique y sus ministros tuvieron, entonces, algún apoyo popular sobre el cual ellos podrían respaldarse, si era necesario, en su campaña para reducir al clero a abyecta sumisión. Al inicio del año de 1531, la Convocación de Canterbury fue informada que ellos podían adquirir un perdón para el delito contra la corona en que habían incurrido presentando al rey de la enorme suma de 100,000 libras. Además, ellos estarían obligados a reconocer al rey como "Protector y Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra." La Convocación luchó desesperadamente en contra de la demanda y, al final, tuvo éxito en insertar la calificación "tanto cuanto está permitido por la ley de Cristo." Pero esto era solamente un breve respiro. Un año después, el Parlamento, bajo presión, circuló un edicto prohibiendo el pago a la Santa Sede de las anatas y de las primicias, pero la operación fue suspendida por la voluntad del soberano, y el rey, en cuanto eso, era solicitado a venir a un amigable entendimiento con "Su Santidad" en el tema del divorcio. La medida consistió en una declarada amenaza para quitar esa fuente de ingreso para la Santa Sede si el divorcio era negado. El Papa, no obstante, permaneció firme, haciendo la Reina lo mismo. Apenas poco tiempo después, una delegación de señores y obispos -ciertamente por una orden del rey- había visitado a Catalina y había urgido duramente a la misma a quitar su apelación en virtud de la cual el rey -contrariamente a su dignidad- había sido citado a comparecer personalmente en Roma; pero aun privada de cualquier asesor legal, se mantuvo firme. En mayo de 1532, más presión fue añadida para aplicar a la Convocación, concluyendo en la entonces llamada "Sumisión del Clero", por la cual sus miembros renunciaron prácticamente a todo derecho de legislación excepto en dependencia del rey.

Un hombre honesto como Sir Tomás Moro no podía pretender por más tiempo trabajar con el Gobierno, y rechazó su puesto de canciller, el cual había mantenido desde la caída de Wolsey. La situación era muy complicada para continuar y el final llegó con la muerte del Arzobispo Warham, en agosto de 1532. En el nombramiento de Cranmer como su sucesor, el rey sabía que había asegurado una herramienta subordinada que no deseaba más que ver la autoridad papal destronada. Ana Bolena estaba entonces encinta y el rey, confiando sin duda en lo que Cranmer una vez consagrado estaría dispuesto a hacer por él, se insertó en una forma de matrimonio con ella el 25 de enero de 1533. El 15 de abril, Cranmer recibió su consagración. El 23 de mayo, mientras el Parlamento prohibía toda apelación a Roma, Cranmer declaró inválido el primer matrimonio de Enrique. El 28 de mayo, declaró el matrimonio con Ana Bolena válido. El 1 de julio, Ana fue coronada y, en el 7 de septiembre, dio a luz a su hija, la futura Reina Isabel. Clemente, que había enviado previamente más de una admonición acerca de su divorcio con Catalina, promulgó una Bula de excomunión el 11 de julio, declarando, también, su divorcio y su "segundo matrimonio" inválidos. En Inglaterra, le quitaron a Catalina su título de Reina y su hija, María, fue tratada como una bastarda. Se suscitó mucha compasión entre la población, al conocer las severas medidas que fueron tomadas contra los más sobresalientes de entre los "desleales", particularmente la "Monja de Kent", quien alegaba haber tenido revelaciones de la insatisfacción de Dios con el reciente curso de los acontecimientos.

Durante el transcurso del año siguiente, la ruptura con Roma fue completada. El Parlamento hizo todo lo que se esperaba de él. Las anatas, el Óbolo de San Pedro y otros pagos a Roma fueron finalmente abolidos. Un Acta de Sucesión confirió la corona a los hijos de Ana Bolena y fue decretado un juramento para ser ejecutado por toda persona de edad jurídica. La negación a hacer ese juramento -en el preámbulo del cual se declaró el matrimonio de Enrique como nulo desde el principio- fue lo que envió a Tomás Moro y a Fisher a la Torre y, consiguientemente, al tajo. Un cierto número de monjes cartujos, religiosos de Santa Brígida y Franciscanos de la Estrecha Observancia imitaron su firmeza y compartieron su destino. Todos estos fueron beatificados en los tiempos modernos por el Papa León XIII. Hubo, entretanto, muy pocos que fueron fieles a sus convicciones. Se obtuvieron declaraciones del clero en ambas provincias de que "el Obispo de Roma no tenía conferida a él una mayor jurisdicción sobre el reino de Inglaterra que cualquier otro Obispo extranjero", mientras el Parlamento, en noviembre, declaró al rey como "el Supremo Jefe de la Iglesia de Inglaterra", y poco después de eso, Cromwell, un laico, fue nombrado Vicario-General para gobernar a la Iglesia de Inglaterra en nombre del rey. Aunque las personas estuviesen amedrentadas, esas medidas no fueron llevadas a cabo sin mucho desagrado y, para descartar cualquier expresión abierta de eso, Cromwell y su amo se embarcaron entonces en un verdadero reinado del terror. Los mártires ya referidos fueron en su mayoría traídos al cadalso durante el año de 1535, pero catorce Anabaptistas Alemanes también sufrieron la muerte siendo quemados en el mismo año. Siguió una visitación a los monasterios, siendo designados para este propósito elementos sin escrúpulos como Layton, Legh y Price. Ellos hicieron, ciertamente, el juego del rey y recopilaron obras abundando en cargas de alta inmoralidad, que habían mostrado ser por lo menos vulgarmente abusivas. Haciendo uso de la misma política, el Parlamento, en febrero, 1536, actuando bajo una gran presión, votó que todas las casas religiosas con renta de menos de 200 libras al año serían posesiones reales, haciendo la recomendación de que los inquilinos deberían transferirse a las casas más grandes en donde "la religión era felizmente bien observada." La disolución, cuando llevada a cabo, produjo mucho resentimiento popular, especialmente en Linconshire y en los condados del norte. Consecuentemente, en el otoño de 1536, el pueblo se unió en una temible insurrección conocida como la Peregrinación de Gracia. Los insurrectos se agruparon bajo la figura de las Cinco Llagas y sólo fueron inducidos a dispersarse por las engañosas promesas del representante de Enrique, el Duque de Norfolk. Siguió rápidamente la supresión de los monasterios más grandes, y con eso fueron arrasados numerosos santuarios, imágenes y reliquias, con el pretexto de que eran meramente supersticiosos. Es evidente que el motivo que promovió la total confiscación fue el afán por saquear. (Ver SUPRESIÓN DE LOS MONASTERIOS)

Entretanto, Enrique, a pesar de estar sacando ventaja del espíritu de la innovación religiosa ahora dominante en el pueblo siempre que convenía a su propósito, permaneció ligado al sistema sacramental con el cual él había crecido. En 1539, el Estatuto de los Seis Artículos condenó, bajo las más severas penalidades, doctrinas como la transubstanciación, la Comunión bajo una especie, la confesión auricular y el celibato del clero. Bajo ese acto, los ofensores eran enviados al suplicio de la hoguera por su protestantismo tan cruelmente como la anciana Margaret, Condesa de Salisbury, que fue condenada por el Parlamento y consecuentemente decapitada, simplemente porque Enrique estaba irritado por las denuncias de su hijo, el Cardenal Pole. Tampoco era el rey menos cruel para con aquellos que le eran más cercanos. Ana Bolena y Catalina Howard, su segunda y quinta esposas, perecieron en el cadalso, pero su antiguo señor apenas demostró su indiferencia con relación al destino al cual las había condenado. El 30 de julio de 1540, de seis víctimas que fueron llevadas a Smithfield, tres eran Reformistas quemados por su doctrina herética y los otros tres católicos, colgados y descuartizados por haber negado la supremacía del rey. De todos los numerosos miserables seres a los cuales Enrique mandó ejecutar, Cromwell, quizás, es el único que mereció totalmente su destino. Mirando los últimos quince años de la vida de Enrique, es difícil encontrar un simple aspecto que no evoque repulsión, y los intentos hechos por algunos autores de limpiar sus delitos sólo dan pruebas de lo extraordinariamente prejuiciado con lo cual se aproximan al tema. Las crueldades de Enrique continuaron hasta el final y de la misma manera sus inconsistencias. Una de las últimas medidas de confiscación de su reinado fue un acto de supresión de las capillas, pero Enrique a través de su último deseo y testamento estableció cuales eran las capillas habilitadas en las que hubiese Misas dichas por su propia alma.

HERBERT THURSTON Transcrito por Marie Jutras Traducido por Fernando Genú

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Lunes, 21 de abril de 2014