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Jueves, 25 de abril de 2019

San Pablo: el cardenal Newman y la conversión de Pablo

De Enciclopedia Católica

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Newman predicó acerca de la conversión de San Pablo. Estos sermones nos ayudan a entender cómo y por qué, en opinión de Newman, su propia conversión fue análoga; tan similar y tan diferente.

“La conversión de Pablo fue un triunfo sobre el enemigo”, según observa Newman (PPS II, 97). El perseguidor estaba convertido. Newman nunca se percibió a sí mismo como un perseguidor de la Iglesia católica durante sus años en el anglicanismo. Aun cuando dice que la conversión de San Pablo fue “un signo expresivo de la naturaleza del proceder general de Dios con la raza humana: ¿qué somos nosotros, sino rebeldes y enemigos de la verdad?” (PPS II, 98), sabemos que él no pensaría en esos términos sobre su tiempo en la Iglesia Anglicana: él incluso fue tan lejos como para decir que él nunca había pecado contra la luz.

Sin embargo, él enfatiza el hecho de que Pablo “no experimentó un cambio radical en su principio religioso.” El Newman posterior sostendría esta visión sobre sí mismo: él desarrolló su doctrina cristiana en un sentido católico, según Pablo había desarrollado su judaísmo en el cristianismo. Lo mismo que la “extraña conversión” de Pablo (PPS II, 101) “constituyó una preparación peculiar para el oficio de predicar a un mundo perdido, muerto debido al pecado”, de la misma manera, el antiguo Newman reconocería que su propia odisea intelectual del cristianismo evangélico a Roma lo había preparado para dirigirse a buscadores de la verdad dentro de un mundo liberal. El llamaría, si no siempre, “pecadores al arrepentimiento”, por lo menos mentes dudosas a una fe y convicción cristianas completas. Según la conversión de Pablo lo “llevó a una profunda humildad, la cual lo dispuso a asumir dócilmente la abundancia de revelaciones dadas a él”, (ibid., 101) así mismo la degradante y humillante conversión de Newman lo dispuso a acoger dentro de la Iglesia Católica la abundancia de la completa revelación de Cristo y a ayudar a otros a acogerla; él se convertiría, al igual que Pablo, “En un paráclito temprano, el confortador, la ayuda y guía de sus hermanos en la fe.” (101).

Para Newman, los pecados previos de Pablo “lo capacitaron, al convertirse, para reclamarle a los demás” (102). Ambos, los fariseos, violadores de la Ley, y los razonadores, eran orgullosos y despreciaban la voz de la conciencia. Aun cuando el pecado de Pablo fue muy grave porque ciertamente el debió haber aprendido del Antiguo Testamento una doctrina más divina y más clara que la tradición de los fariseos, aunque él vagaba en la ignorancia, siguiendo cuidadosamente su propia noción del bien y del mal, aunque estas nociones eran equivocadas, el Dios de toda gracia no lo abandonó. Dios lo guió hacia la luz a pesar de los errores en la fe, puesto que él obedecía estrictamente lo que el creía era la voluntad de Dios.

”Para manifetarnos su consoladora verdad, Pablo fue traído a la luz por un milagro que podamos saber lo que Dios siempre hace, aunque en casos ordinarios El no lo declara abiertamente al mundo.” (105-106).

Este sermón, pronunciado antes de 1836 y no modificado por Newman después que se volvió católico, parece prefigurar su entendimiento futuro y permanente del proceder de Dios en su posterior evolución. A pesar de algunos errores provenientes de su formación anglicana, Newman fue traído a una luz mayor para que todos podamos aprender lo que el divino iluminador de nuestras conciencias siempre hace. La conclusión de este sermón nos prepara para entender con Newman mismo su adhesión a la Iglesia Católica en 1845. (106).

”¿Quién no ha sentido miedo al estar desviándose de la verdadera doctrina de Cristo? Déjelo abrigar y obedecer la santa luz de la conciencia dentro de él, como hizo Saulo; permítale estudiar cuidadosamente la Escritura, lo cual no hizo Saulo; y el Dios que tuvo misericordia aún del perseguidor de sus santos seguramente derramará Su Gracia sobre él y lo traerá a la verdad revelada en Jesús.”

Newman obedeció la luz de la conciencia, la cual lo llevó a estudiar la continuación del Nuevo Testamento contenida en la historia de los primeros cinco siglos del cristianismo. En las circunstancias de su vida, tiempo y edad, tal estudio requirió un milagro moral, una gracia sobrenatural extraordinaria de Cristo Resucitado: así Newman fue conducido a la plenitud de la verdad que es ---expresado en términos paulinos--- esta plenitud de Jesús que llamamos la Iglesia (Ef 1,23). Podemos decir que al predicar antes de 1936 sobre la conversión de Pablo a Cristo, Newman estaba ya preparando inconscientemente a sus oyentes anglicanos para entender sus conclusiones romanas en 1845.

Más de veinte años después de este sermón, más de diez años después de su ingreso a la Iglesia Católica y en la seguridad de sus juicios doctrinales (securus judicat orbis terrarum), Newman predicó de nuevo en el contexto de la fiesta de la Conversión de San Pablo, en Dublín. El tema general fue "El regalo de compasión (afinidad?) de Pablo”. En este sermón de 1857, Newman enfatizó un punto no mencionado en su homilía previa:

”Pablo fue uno de estos Doce que fueron los Doce Sacerdotes Especiales del Nuevo Testamento, quienes se sientan en los tronos para juzgar a la gente.” (Sermones en Varias Ocasiones, 1904 ed., p.110).

Para entender mejor la importancia y significado permanente de esta afirmación en la mente de Newman, vamos a volver a otro sermón del ministro cristiano antes de 1936 (PPS, II, 303ff.). Los Apóstoles, dijo Newman, fueron ungidos con el don del Espíritu Santo para las mismas tareas ministeriales: Cristo es un Profeta, así también los Apóstoles. Cristo es un Sacerdote, perdonador del pecado, los Apóstoles también tienen ese poder; Cristo es Rey, gobernando la Iglesia, y los Apóstoles rigen en su lugar. Dentro de este triple oficio, Newman no insiste en la misión de enseñar y gobernar, sino en el “ministerio de la reconciliación.” Él manifiesta claramente su pensamiento: “en sentido cristiano, un sacerdote significa un canal establecido, uno que tiene el poder de conferir a las personas aquellos dones que Cristo nos prometió generalmente como fruto de Su mediación.” (305); “el poder de perdonar y retener los pecados fue concedido a los Apóstoles sin restricción, el don fue incondicional y dejado a su discreción cristiana.” (307); el don de la reconciliación no es uno de los poderes extraordinarios concedidos a los Apóstoles solamente, ni a sus sucesores, además es uno de los dones ordinarios comunicados a través de los Apóstoles a sus sucesores también. Por el contexto, parece que Newman no estaba pensando en el Sacramento de la Penitencia, sino en el Bautismo. El subraya (PPS II, 311) que Pablo no fue justificado sólo por su fe, sino por el bautismo recibido de Ananías: “Ananías tuvo una revelación especial, de manera que Saulo no se fuera sin ser bautizado.” Así que la intención de Newman aquí es enfatizar que los Sacramentos no son sólo un sello, sino también canales de gracia, y Cristo no envía a sus testigos sin los instrumentos de un ministro La declaración de Newman es clara:

“Aunque Cristo ha adquirido inestimables bendiciones para el ser humano, no obstante, es necesario aplicarlos a los individuos a través de medios palpables.” (311).

Este convencimiento temprano de la existencia de una autoridad viviente de y en la Iglesia lo guiaría a Roma.

También lo llevaría a estar, como Pablo, “indignado ante las divisiones dentro del Cuerpo Cristiano.” Al igual que Pablo, Newman vio estas divisiones “no sólo como ofensivas al Salvador, sino también como perjudiciales a la naturaleza común que nos da a todos y cada uno el derecho al título de humanos.” (Var. 0cc., 117). Para ambos “la unidad de la naturaleza humana fue reconocida y restaurada en Jesucristo” (ibid.). Newman comprendió la enseñanza de Pablo: a través de la fe en una iglesia única y universal, profundizamos en el entendimiento de la unidad de la raza y naturaleza humanas, perfectamente unidas en esta Iglesia única y universal.

Newman, reconociendo el carácter sin igual de la conversión de Pablo, quería que su propia conversión produjera sus aspectos imitables; sus conversiones los humilló a ambos, ya dóciles por los previos dones de Dios; convertidos, ambos se volvieron paráclitos tempranos consolando y salvando un mundo perdido; ambos recibieron el poder de perdonar los pecados; ambos recibieron, como fruto de la conversión, la gracia de sentirse indignados ante las divisiones dentro de la humanidad y de la Iglesia, y ambos (PPS IV sermón 9) estaban conscientes de que fueron objeto de una peculiar providencia de Dios.

Este artículo apareció por vez primera en la edición de abril de 2000 de la revista “The Month”.

Bertrand de Margerie S.J.

Selección de José Gálvez Krüger para La Enciclopedia Católica.

Traducido del inglés por Luz María Hernández Medina.