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Jueves, 2 de abril de 2020

Diferencia entre revisiones de «Santa Catalina de Alejandría»

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[[virginidad|Virgen]] y [[mártir]] cuya [[fiestas eclesiásticas|fiesta]] se celebra en la [[Iglesia Latina]] y en varias [[Iglesias Orientales]] el 25 de noviembre y que durante casi seis siglos fue objeto de una devoción muy popular. 
  
Virgen y mártir cuya fiesta se celebra en la iglesia latina y en varias iglesias orientales el 25 de noviembre y que durante casi seis siglos fue objeto de una devoción muy popular.  
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De noble origen y versada en las [[ciencia y la Iglesia|ciencias]], cuando tenía sólo 18 años, se presentó ante el emperador [[Cayo Valerio Daja Maximino|Maximino]], que [[persecución|perseguía]] [[violencia|violentamente]] a los [[cristianismo|cristianos]], y le recriminó su crueldad intentando demostrar cuán inicua era la [[adoración]] de los [[deidad|dioses]] [[falsedad|falsos]].  Asombrado por la audacia de la joven, pero incapaz de competir con ella en sabiduría, el tirano la detuvo en su mismo palacio y llamó a numerosos sabios a los que ordenó que usaran toda su capacidad y razonamientos falsos de manera que Catalina [[apostasía|apostatara]]; pero ella quedó victoriosa en el debate.  Algunos de sus adversarios, conquistados por su elocuencia, se declararon cristianos y fueron [[pena capital|ejecutados]].  Furioso por no haber conseguido su propósito, Maximino la mandó azotar y después la [[prisión|encarceló]].  Mientras tanto, la emperatriz deseosa de ver a una [[mujer]] tan extraordinaria se acercó a visitarla a las mazmorras, acompañada de Porfirio, jefe de las tropas, y ambos cedieron a las exhortaciones de Catalina, [[creencia|creyeron]], se [[bautismo|bautizaron]] y ganaron inmediatamente la corona de los mártires.  Poco después la [[Comunión de los Santos|santa]], que lejos de flaquear en su [[fe]], conseguía muchas [[conversión|conversiones]], fue condenada a morir en la rueda,  pero al tocarla, el instrumento de tortura se destruyó [[milagro]]samente.  Enfadado y fuera de control, el emperador la mandó a decapitar.  Unos [[ángeles]] trasladaron su cabeza al [[Monte Sinaí]] donde más tarde se construyó un [[monasterio]] e [[edificaciones eclesiásticas|iglesia]] en su [[honor]].  Hasta aquí las Actas de Santa Catalina.
  
Era de noble origen y versada en las ciencias. Cuando tenía 18 años, se presentó ante el emperador Maximino que perseguía violentamente a los cristianos y le recriminó su crueldad intentando demostrar cuán inicua era la adoración de los dioses falsos. Asombrado por la audacia de la joven, pero incapaz de competir con ella en sabiduría, el tirano la detuvo en su mismo palacio y llamó a numerosos sabios a los que ordenó que usaran toda su capacidad y razonamientos falsos de manera que Catalina apostatara. Pero ella quedó victoriosa en el debate. Algunos de sus adversarios, conquistados por su elocuencia se declararon cristianos y fueron ejecutados.  
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Desafortunadamente no se conservan estas actas en su forma original, sino transformadas y distorsionadas con descripciones difusas y fantásticas debidas a la [[imaginación]] de narradores, a quienes les importaba menos hacer constar los hechos [[auténtico]]s que agradar a a los lectores con sus relatos maravillosos. La importancia que se dio a lo largo de la [[Edad Media]] a la leyenda de este martirio explica el interés y cuidado con el que en [[tiempo]]s modernos se han examinado y estudiado los textos antiguos griegos, árabes y latinos que lo refieren, y sobre el que los críticos han manifestado hace tiempo sus opiniones, de las que probablemente no tengan que desdecirse. Hace varios siglos, cuando la devoción a los santos era estimulada por la lectura de extraordinarias narraciones [[hagiografía|hagiográficas]], cuyo valor histórico nadie estaba cualificado para cuestionar, los pueblos [[católico]]s inviestieron a Santa Catalina con un halo de encantadora poesía y [[don de milagros|poder milagroso]].  
  
Furioso por no haber conseguido su propósito, Maximino la mandó azotar y después la encarceló. Mientras tanto, la emperatriz deseosa de ver a tan extraordinaria joven se acercó a visitarla a las mazmorras, acompañada de Porfirio, jefe de las tropas y ambos cedieron a las exhortaciones de Catalina, creyeron, se bautizaron y ganaron inmediatamente la corona de los mártires.
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Clasificada con [[Santa Margarita]] y [[Santa Bárbara]] como uno de los catorce santos más útiles en el [[cielo]], fue continuamente alabada por los predicadores y cantada por los poetas.  Es bien sabido que [[Jacques-Benigne Bossuet|Bossuet]] le dedicó uno de sus más hermosos panegíricos y que [[Adán de San Víctor]] escribió un magnífico poema en su [[honor]]:  “Vox Sonora nostri chori”, etc. En muchos lugares su fiesta se celebraba con la mayor [[solemnidad]], se prohibía el trabajo servil, y un gran número de [[persona]]s asistían a las [[devociones populares|devociones]].  En varias [[diócesis]] de [[Francia]] se observaba como día de fiesta de [[obligación]] hasta principios del siglo XVII, y el esplendor de su [[ceremonia]]l eclipsaba al de las fiestas de algunos de [[los Apóstoles]].  Muchas [[capilla]]s se pusieron bajo su patrocinio y su [[escultura|estatua]] se encontraba en casi todas las iglesias representándola, según la [[iconografía]] medieval, con una rueda, su instrumento de tortura.  Mientras que, debido a varias circunstancias de su vida, [[San Nicolás de Mira]] se consideraba patrón de los jóvenes bachilleres y estudiantes, Santa Catalina se convirtió en [[santos patrones|patrona]] de doncellas y estudiantes femeninas.  Considerada como la más [[santidad|santa]] e ilustre de las vírgenes de [[Jesucristo|Cristo]], resultaba natural que ella, entre todas, fuera la encargada de proteger a las vírgenes de los [[claustro]]s y a las jóvenes solteras en el mundo.
  
Poco después la santa , que lejos de flaquear en su fe conseguía muchas conversiones, fue condenada a morir en la rueda. Pero cuando la tocó el instrumento de tortura se destruyó milagrosamente. Enfadado y fuera de control hizo que la decapitaran. Unos ángeles trasladaron su cabeza al monte Sinaí donde más tarde se construyó un monasterio e iglesia en su honor. Hasta aquí las Actas de Sta. Catalina.
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Al ser la rueda de tortura el emblema de la santa, los carreteros y mecánicos se colocaron bajo su protección.  Finalmente, según la tradición, no solo permaneció virgen dominando sus [[pasiones]] y conquistó a sus verdugos al agotarles su paciencia, sino que triunfó con su ciencia haciendo callar a los [[sofistas]], su [[intercesión]] fue implorada por [[teología dogmática|teólogos]], [[apologética|apologistas]], predicadores del púlpito y [[filosofía|filósofos]]Antes de estudiar, escribir o predicar, le rogaban que iluminara sus [[mente]]s, guiara su pluma e impartiera elocuencia a sus palabras. Esta devoción a Santa Catalina que tomó tan vastas proporciones en [[Europa]] después de las [[Cruzadas]], recibió brillo adicional en [[Francia]] a principios del siglo XV cuando se rumoraaba que se había aparecido a Santa Juana de Arco, junto con Santa Margarita, había sido designada por voluntad divina consejera de [[Santa Juana de Arco]].
  
Desafortunadamente no se conservan estas actas en su forma original sino transformadas y distorsionadas con descripciones difusas y fantásticas debidas a la imaginación de narradores a quienes les importaba menos hacer constar los hechos auténtico que agradara a los lectores con sus relatos maravillosos.
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Aunque lo [[hagiografía|hagiógrafos]] contemporáneos consideran más que [[duda|dudosa]] la autenticidad de los varios textos que contienen la [[leyendas de los santos|leyenda]] de Santa Catalina, nadie pone en duda la [[esencia y existencia|existencia]] de la santa.  La conclusión a la que se ha llegado tras analizar esos textos es que los hechos principales han de ser aceptados como [[verdad]]eros, y se debe rechazar como puras y simples invenciones la multitud de detalles que casi oscurecen esos hechos, la mayor parte de las narraciones maravillosas con las que se embellecen y los largos discursos que se ponen en boca de Santa Catalina.
  
La importancia que se dio a lo largo de la Edad Media al relato de su martirio explica  el interés y cuidado con el que en tiempos modernos se han examinado y estudiado los textos antiguos griegos, árabes y latinos que lo refieren, y sobre el que los críticos han manifestado hace tiempo sus opiniones, de las que probablemente no tengan que desdecirse.
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Un ejemplo lo ilustrará muy bien:  aunque todos estos textos mencionan el traslado milagroso del cuerpo de la santa al Monte Sinaí, los [[itinerarios]] de los antiguos [[peregrinaciones|peregrinos]] que visitaron el Sinaí no hacen ni la más ligera alusión al respecto.  Ya en el siglo XVIII Dom Deforis, el [[Orden Benedictina|benedictino]] que preparó una edición de las obras de Bossuet, declaró que la tradición seguida por este orador en su panegírico de la santa era en gran medida [[falsedad|falsa]] y fue precisamente por entonces cuando la fiesta de Santa Catalina desapareció del [[Breviario]] de [[París]].  Desde entonces la devoción a la virgen de [[Alejandría]] ha perdido toda su antigua popularidad.  
  
Hace varios siglos, cuando la devoción a los santos era estimulada por la lectura de extraordinarias narraciones hagiográficas, cuyo valor histórico nadie estaba cualificado para cuestionar, Santa Catalina fue investida por los pueblos católicos con un halo de encantadora poesía  y poder milagroso.
 
  
De la misma importancia que Santa Margarita y Santa Bárbara y colocada entre los 14 santos que más ayudan desde el cielo, continuamente alabada por los predicadores y cantada por los poetas. Es bien sabido que Bossuet le dedicó uno de sus más hermosos panegíricos y que Adan de San Victor escribió un magnífico poema en su honor: “Vox Sonora nostri chori”, etc.
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'''Bibliografía''': Migne, P.G., CXVI, col. 276-301; Viteau, Passions des saints Ecaterine et Pierre d'Alexandrie, Barbara et Anysia (París, 1897); Varnhagen, Zur Geschichte der Legende der Katharina von Alexandrien (Erlangen, 1891); Analecta Bollandiana (Brussels, XXII, 1903, 423-436; XXVI, 1907, 5-32).
  
En muchos lugares su fiesta era celebrada con la mayor solemnidad, descansando de trabajo servil, asistiendo mucha gente a las devociones. En varias diócesis francesas se observaba día de fiesta obligatoria hasta principios del siglo XVII, y su ceremonial eclipsaba al de las fiestas de algunos de los Apóstoles. Muchas capillas se pusieron bajo su advocación y su estatua se encontraba en casi todas las iglesias representándola, según la iconografía medieval, con una rueda, su instrumento de tortura.  
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'''Fuente''':  Clugnet, Léon. "St. Catherine of Alexandria." The Catholic Encyclopedia. Vol. 3. New York: Robert Appleton Company, 1908.
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<http://www.newadvent.org/cathen/03445a.htm>.
  
Mientras que, debido a varias circunstancias de su vida, S. Nicolás de Myra se consideraba patrón de los jóvenes bachilleres y estudiantes, Santa Catalina se convirtió en patrona de las jóvenes estudiantes. Considerada como la más santa e ilustre de las vírgenes de Cristo, resultaba natural que ella, entre todas, fuera la encargada de proteger a las vírgenes de los claustros y a las jóvenes solteras en el mundo.
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Traducido por Pedro Royo. L H M.
 
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Al ser la rueda de tortura el emblema de la santa, los carreteros y mecánicos se colocaron bajo su protección y finalmente, según la tradición no solo permaneció virgen  dominando su pasión sino que conquistó a sus verdugos con su paciencia, triunfó con su ciencia haciendo callar a los sofistas, mientras que 5 que as ; los teólogos y apologistas, predicadores del púlpito y los filósofos, imploraban su intercesión. Antes de estudiar, escribir o predicar, le rogaban que iluminara sus mentes, guiara su pluma e impartiera elocuencia en sus palabra.  Esta devoción a Santa Catalina que tomó tan vastas proporciones en Europa después de las Cruzadas: la recepción en Francia  se dio a principios del siglo XV cuando se rumoreaba que se había aparecido a santa Juana de Arco, junto con santa Margarita y había sido designada por voluntad divina consejera de Juana de Arco.
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Aunque lo hagiógrafos contemporáneos consideran más que dudosa la autenticidad de los varios textos que contienen la leyenda de Santa Catalina, nadie pone en duda la existencia de la santa. La conclusión a la que se ha llegado tras analizar esos textos es que los hechos principales han de ser aceptados como verdaderos, la multitud de detalles que casi oscurecen esos hechos, la mayor parte de las narraciones maravillosas con las que se embellecen y los largos discursos que se ponen en boca de Santa Catalina han de ser rechazados pura y simplemente como invenciones.
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Un ejemplo lo ilustrará muy bien: aunque todos estos textos menciona el traslado milagroso del cuerpo de la santa al monte Sinaí, los itinerarios de los antiguos peregrinos que visitaron el Sinaí no hacen ni la más ligera alusión al respecto.  Ya en el siglo XVIII Dom Deforis, el benedictino que preparó la edición de las obras de Bossuet, declaró que la tradición seguida por este orador en su panegírico de la santa era en gran medida falsa y fue precisamente por entonces cuando la fiesta de Santa Catalina desapareció del Breviario de Paris. Desde entonces, la devoción a la santa ha perdido toda su antigua popularidad.
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Leon Clugnet.
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Transcrito por Carolyn Hust.
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Traducido por Pedro Royo
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===Bibliografía===
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Migne, P.G., CXVI, col. 276-301; Viteau, Passions des saints Ecaterine et Pierre d'Alexandrie, Barbara et Anysia (Paris, 1897); Varnhagen, Zur Geschichte der Legende der Katharina von Alexandrien (Erlangen, 1891); Analecta Bollandiana (Brussels, XXII, 1903, 423-436; XXVI, 1907, 5-32).
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The Catholic Encyclopedia, Volume III. Published 1908. New York: Robert Appleton Company. Nihil Obstat, November 1, 1908. Remy Lafort, S.T.D., Censor. Imprimatur. +John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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Revisión de 21:59 25 nov 2009

Virgen y mártir cuya fiesta se celebra en la Iglesia Latina y en varias Iglesias Orientales el 25 de noviembre y que durante casi seis siglos fue objeto de una devoción muy popular.

De noble origen y versada en las ciencias, cuando tenía sólo 18 años, se presentó ante el emperador Maximino, que perseguía violentamente a los cristianos, y le recriminó su crueldad intentando demostrar cuán inicua era la adoración de los dioses falsos. Asombrado por la audacia de la joven, pero incapaz de competir con ella en sabiduría, el tirano la detuvo en su mismo palacio y llamó a numerosos sabios a los que ordenó que usaran toda su capacidad y razonamientos falsos de manera que Catalina apostatara; pero ella quedó victoriosa en el debate. Algunos de sus adversarios, conquistados por su elocuencia, se declararon cristianos y fueron ejecutados. Furioso por no haber conseguido su propósito, Maximino la mandó azotar y después la encarceló. Mientras tanto, la emperatriz deseosa de ver a una mujer tan extraordinaria se acercó a visitarla a las mazmorras, acompañada de Porfirio, jefe de las tropas, y ambos cedieron a las exhortaciones de Catalina, creyeron, se bautizaron y ganaron inmediatamente la corona de los mártires. Poco después la santa, que lejos de flaquear en su fe, conseguía muchas conversiones, fue condenada a morir en la rueda, pero al tocarla, el instrumento de tortura se destruyó milagrosamente. Enfadado y fuera de control, el emperador la mandó a decapitar. Unos ángeles trasladaron su cabeza al Monte Sinaí donde más tarde se construyó un monasterio e iglesia en su honor. Hasta aquí las Actas de Santa Catalina.

Desafortunadamente no se conservan estas actas en su forma original, sino transformadas y distorsionadas con descripciones difusas y fantásticas debidas a la imaginación de narradores, a quienes les importaba menos hacer constar los hechos auténticos que agradar a a los lectores con sus relatos maravillosos. La importancia que se dio a lo largo de la Edad Media a la leyenda de este martirio explica el interés y cuidado con el que en tiempos modernos se han examinado y estudiado los textos antiguos griegos, árabes y latinos que lo refieren, y sobre el que los críticos han manifestado hace tiempo sus opiniones, de las que probablemente no tengan que desdecirse. Hace varios siglos, cuando la devoción a los santos era estimulada por la lectura de extraordinarias narraciones hagiográficas, cuyo valor histórico nadie estaba cualificado para cuestionar, los pueblos católicos inviestieron a Santa Catalina con un halo de encantadora poesía y poder milagroso.

Clasificada con Santa Margarita y Santa Bárbara como uno de los catorce santos más útiles en el cielo, fue continuamente alabada por los predicadores y cantada por los poetas. Es bien sabido que Bossuet le dedicó uno de sus más hermosos panegíricos y que Adán de San Víctor escribió un magnífico poema en su honor: “Vox Sonora nostri chori”, etc. En muchos lugares su fiesta se celebraba con la mayor solemnidad, se prohibía el trabajo servil, y un gran número de personas asistían a las devociones. En varias diócesis de Francia se observaba como día de fiesta de obligación hasta principios del siglo XVII, y el esplendor de su ceremonial eclipsaba al de las fiestas de algunos de los Apóstoles. Muchas capillas se pusieron bajo su patrocinio y su estatua se encontraba en casi todas las iglesias representándola, según la iconografía medieval, con una rueda, su instrumento de tortura. Mientras que, debido a varias circunstancias de su vida, San Nicolás de Mira se consideraba patrón de los jóvenes bachilleres y estudiantes, Santa Catalina se convirtió en patrona de doncellas y estudiantes femeninas. Considerada como la más santa e ilustre de las vírgenes de Cristo, resultaba natural que ella, entre todas, fuera la encargada de proteger a las vírgenes de los claustros y a las jóvenes solteras en el mundo.

Al ser la rueda de tortura el emblema de la santa, los carreteros y mecánicos se colocaron bajo su protección. Finalmente, según la tradición, no solo permaneció virgen dominando sus pasiones y conquistó a sus verdugos al agotarles su paciencia, sino que triunfó con su ciencia haciendo callar a los sofistas, su intercesión fue implorada por teólogos, apologistas, predicadores del púlpito y filósofos. Antes de estudiar, escribir o predicar, le rogaban que iluminara sus mentes, guiara su pluma e impartiera elocuencia a sus palabras. Esta devoción a Santa Catalina que tomó tan vastas proporciones en Europa después de las Cruzadas, recibió brillo adicional en Francia a principios del siglo XV cuando se rumoraaba que se había aparecido a Santa Juana de Arco, junto con Santa Margarita, había sido designada por voluntad divina consejera de Santa Juana de Arco.

Aunque lo hagiógrafos contemporáneos consideran más que dudosa la autenticidad de los varios textos que contienen la leyenda de Santa Catalina, nadie pone en duda la existencia de la santa. La conclusión a la que se ha llegado tras analizar esos textos es que los hechos principales han de ser aceptados como verdaderos, y se debe rechazar como puras y simples invenciones la multitud de detalles que casi oscurecen esos hechos, la mayor parte de las narraciones maravillosas con las que se embellecen y los largos discursos que se ponen en boca de Santa Catalina.

Un ejemplo lo ilustrará muy bien: aunque todos estos textos mencionan el traslado milagroso del cuerpo de la santa al Monte Sinaí, los itinerarios de los antiguos peregrinos que visitaron el Sinaí no hacen ni la más ligera alusión al respecto. Ya en el siglo XVIII Dom Deforis, el benedictino que preparó una edición de las obras de Bossuet, declaró que la tradición seguida por este orador en su panegírico de la santa era en gran medida falsa y fue precisamente por entonces cuando la fiesta de Santa Catalina desapareció del Breviario de París. Desde entonces la devoción a la virgen de Alejandría ha perdido toda su antigua popularidad.


Bibliografía: Migne, P.G., CXVI, col. 276-301; Viteau, Passions des saints Ecaterine et Pierre d'Alexandrie, Barbara et Anysia (París, 1897); Varnhagen, Zur Geschichte der Legende der Katharina von Alexandrien (Erlangen, 1891); Analecta Bollandiana (Brussels, XXII, 1903, 423-436; XXVI, 1907, 5-32).

Fuente: Clugnet, Léon. "St. Catherine of Alexandria." The Catholic Encyclopedia. Vol. 3. New York: Robert Appleton Company, 1908. <http://www.newadvent.org/cathen/03445a.htm>.

Traducido por Pedro Royo. L H M.