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Domingo, 17 de enero de 2021

Colectivismo

De Enciclopedia Católica

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El término colectivismo a veces se emplea como substituto para socialismo. Es de origen posterior, y su uso y contenido es algo más preciso. Aunque el socialismo está suficientemente definido en la mente de quienes tienen derecho a clasificarse como socialistas, otros a menudo lo emplean de manera flexible. Los individuos y los periódicos a veces llaman socialismo a la teoría del impuesto, el dominio por el gobierno de los servicios públicos como los ferrocarriles y los telégrafos, la regulación pública más estricta de la industria, e incluso las medidas moderadas de reforma social. Casi nunca se usa colectivismo excepto para designar ese sistema de industria en el que los agentes materiales de producción pueden ser ganados y administrados por el público, la colectividad; y por lo general indica simplemente el lado económico del socialismo, sin referencia a ningún supuesto filosófico, psicológico, ético o histórico.

Socialismo significa principalmente un orden industrial ideal según descrito, pero también se utiliza con bastante propiedad para caracterizar toda la base ideológica sobre la que construyen los socialistas marxistas o internacionales, así como el movimiento concreto que lucha activamente por la realización de este orden ideal. Por tanto, el determinismo económico, la lucha de clases y la catastrófica concentración de la industria se llamarían teorías socialistas más que colectivistas. A pesar de estas ventajas de la definición, la palabra colectivismo no ha sido usada ampliamente, incluso en Francia y Bélgica; tampoco promete suplantar el término anterior en el futuro.

Si bien el colectivismo implica la sustitución de la propiedad privada por colectiva en los medios de producción, es susceptible de una considerable diversidad en su aplicación en todo el ámbito de la industria. Uno de los socialistas alemanes más minuciosos, Karl Kautsky, en su pronóstico de lo que podría esperarse el día después de la revolución industrial, sugiere que cuando el Estado se haya apoderado de las industrias capitalistas, podría vender una parte de ellas a los trabajadores que las trabajan, otra parte a las asociaciones cooperativas, otra a los municipios y otra a las subdivisiones provinciales de la nación (en Estados Unidos, los varios Estados). Todas las industrias que ya se habían monopolizado y de alcance nacional, por supuesto, serían operadas por la nación, y la forma de industria nacional probablemente sería el predominante en última instancia.

La tierra sería propiedad colectiva, pero no siempre operada colectivamente. Según Kautsky, las pequeñas granjas no capitalistas (que abarcan con mucho la mayor parte de todas las tierras agrícolas) bien podrían permanecer en manos de agricultores individuales. Al no poseer la tierra que cultiva y mientras —con toda probabilidad— pagaría una renta al Estado en proporción al valor de la tierra, el pequeño agricultor poseería y administraría su negocio agrícola, la maquinaria, las semillas, los caballos, etc. que usase, y el producto que produjese. Así, su posición se aproximaría a la de un agricultor bajo el sistema de impuesto único. No sería un asalariado al servicio del Estado. Por último, hay algunas pequeñas industrias no agrícolas que podrían seguir siendo de propiedad y gestión privadas. Esto es especialmente cierto en aquellas en las que predomina el trabajo manual y que producen para el consumo inmediato, por ejemplo, el trabajo de barberos, artistas, sastres y modistas.

Dado que el objetivo supremo del colectivismo es la abolición de ese régimen capitalista que permite a un hombre o a una corporación explotar arbitrariamente el trabajo y las necesidades de muchas personas, obviamente no implica —al menos en teoría— una compensación igual para todos los individuos, ni tampoco la destrucción de la iniciativa individual, ni el establecimiento de un despotismo burocrático. De ahí la posibilidad teórica de diferentes salarios, de muchas y diversas unidades industriales, de un número considerable de pequeñas industrias y de la propiedad privada en los bienes que contribuyen al disfrute inmediato. Como dice el socialista estadounidense John Spargo, "queremos la propiedad social sólo de aquellas cosas que no pueden ser controladas por propietarios privados, excepto como medio de explotar el trabajo de otros y convertirlos en esclavos" (Capitalist and Labor, etc., 120).

Como en el asunto del dominio y operación de los medios de producción, así con respecto al poder directivo último, las funciones gubernamentales, el colectivismo no requiere teóricamente la supremacía despótica de un Estado altamente centralizado. De hecho, los socialistas continentales, que detestan los gobiernos militares bajo los cuales viven, prefieren la descentralización más que lo contrario; de ahí que muchos de ellos hagan hincapié en el desarrollo de la unidad política local y el inevitable aumento de funciones provinciales y municipales en el Estado colectivista. Su ideal, y el ideal de los colectivistas en general, es un Estado organizado sobre líneas industriales, en el que cada industria, sea local o nacional, y sus trabajadores serán sustancialmente autónomos, y en el que el gobierno de las personas será reemplazado por una administración de cosas.

A partir de este esbozo de lo que puede considerarse la teoría predominante del colectivismo, parece que muchos de los argumentos contra el colectivismo han perdido algo de su fuerza y pertinencia anteriores. Esto es particularmente cierto en el caso de las objeciones que suponen una administración de la industria completamente centralizada, igual compensación para todos los trabajadores y la total ausencia de iniciativa individual en la producción. Por otro lado, la propia diversidad de la dirección industrial, el vasto alcance otorgado a la autonomía local y provincial, y la muy pequeña parte asignada a la actividad coercitiva y represiva en el sistema colectivista, sin duda resultarían fatales para su eficiencia y estabilidad. Suponer que la unidad industrial local, digamos, la fábrica de gas municipal, o la rama local de la fabricación nacional de calzado, pueda funcionar de manera eficaz sobre la base de una democracia industrial completa, requiere una fe que supere a la de los niños.

Los trabajadores carecerían del incentivo para el trabajo duro que proviene del miedo al despido, estarían bajo la tentación constante de asumir que son más activos y más eficientes que sus compañeros igualmente remunerados en otros talleres de la misma clase. De ahí que parecería indispensable una centralización suficiente para colocar la industria fuera de la unidad o rama local. Esto significa una combinación de poder industrial y político que fácilmente podría poner fin a la libertad de acción, expresión y escritura. Dado que la forma de autoridad sería democrática, el pueblo sin duda podría expulsar del poder a un gobierno así; pero en concreto el pueblo significa la mayoría, y una mayoría puede continuar durante una larga serie de años imponiendo condiciones intolerables a una minoría casi igual en número.

Para el colectivismo no parece haber un término medio entre la ineficiencia y el despotismo. Un sistema industrial que aumentaría en lugar de disminuir los males sociales es obviamente contrario a los intereses de la moral y la religión. Además, cualquier régimen colectivista que deba apoderarse de tierras o capitales privados sin compensación es condenado por la doctrina católica sobre la legalidad de la propiedad privada y la ilegalidad del robo. Dejando a un lado estas cuestiones de viabilidad y compensación, ¿estamos obligados a decir, o se nos permite decir, que el colectivismo como se describe en este artículo ha sido formalmente condenado por la Iglesia Católica? En la encíclica "Rerum Novarum" (Sobre la condición del trabajo), el Papa León XIII denunció claramente esas formas extremas de socialismo y comunismo que apuntan a la abolición de toda o prácticamente toda la propiedad privada. Quizás el enfoque más cercano a un pronunciamiento oficial sobre el tema del colectivismo esencial y puramente económico es que el Santo Padre declare que el bienestar del hombre exige la propiedad privada de "posesiones estables" y de "propiedades lucrativas". (Vea SOCIALISMO).


Fuente: Ryan, John Augustine. "Collectivism." The Catholic Encyclopedia. Vol. 4, págs. 106-107. New York: Robert Appleton Company, 1908. 2 nov. 2020 <http://www.newadvent.org/cathen/04106a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina