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Jueves, 19 de julio de 2018

Danzas

De Enciclopedia Católica

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Danza del mundo
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Danza de los tontos

El origen de la danza hay que buscarlo en la tendencia natural a emplear gestos ya sea para complementar o sustituir el habla. Las emociones fuertes, en particular, llevan a los órganos a un punto de exaltación que espontáneamente se manifiesta a si mismo a través de movimientos más o menos rítmicos que constituyen lo que se podría considerar como danzas primarias o naturales. Pero de la misma manera en que pronto el lenguaje se desarrolló en poesía y canciones, igualmente estos movimientos corporales gradualmente se transforman en el arte de bailar. Tanto el baile espontáneo como el artístico pueden ser descritos como: "una expresión de los sentimientos por medio de los movimientos del cuerpo más o menos controlados por un sentido del ritmo” (J.Milllar), y son practicados hasta cierto grado por todos los pueblos. Los hebreos no fueron la excepción; su lenguaje contiene no menos de ocho verbos para expresar la idea de bailar. No obstante, muchas de las alusiones encontradas en la Biblia apuntan a meras expresiones espontáneas de alegría, saltando, dando vueltas u otros movimientos. De esta descripción fueron probablemente los bailes de María y las mujeres de Israel después del paso del Mar Rojo (Éxodo 15,20), del pueblo alrededor del becerro de oro (Éx. 22,19), de la hija de Jefté al llegar para encontrarse con su padre después de la victoria de él (Jueces 11,34), de los habitantes de las ciudades en el camino del ejército comandado por Holofernes (Judit 3,10), incluso de David ante el Arca (2 Sam. 6,14). De estos diferentes lugares se puede deducir que la danza era una manifestación de júbilo habitual exhibida por mujeres, y sabemos como David, en la antedicha ocasión, incitó el asombro de Mikal. Tiempo después, se consideraba positivamente que el baile era indecoroso en hombres; esa era también la opinión en Roma, donde se corría el dicho de que un hombre, para entregarse al baile, debía estar intoxicado o loco.

El baile como arte fue útil para varios propósitos. Se debe examinar primero su uso como ayuda para aumentar el esplendor de las ceremonias religiosas. Las danzas religiosas consistían mayormente en procesiones lentas y majestuosas por las calles de la cuidad o alrededor del altar. Casi siempre, eran celebradas por colegios de sacerdotes; pero algunas veces tomaban parte en estas exhibiciones ciudadanos de ambos sexos y posición social, sin ningún menosprecio a la dignidad de sus caracteres ni a la dignidad de su posición. (Liv., I, XX; Quintil., I, II, 18; Mac-rob., Sat. II, 10). Sin embargo, no todas las danzas religiosas se realizaban con la gravedad antes mencionada. En Roma, los sacerdotes salios (salii), portando los escudos sagrados por las calles, saltaban y brincaban torpemente "como bataneros pateando" (Senec. Ep. XV). Asimismo la Biblia describe a los sacerdotes de Baal cojeando (así Heb.; V.D. “brincando”) alrededor del altar (1 Rey. 18,26). A través de Oriente las danzas sagradas eran una característica prominente en el culto religioso. En Egipto, incluso institutos femeninos de cantantes y bailarinas se anexaban a ciertos santuarios. Es probable, a partir de Jueces 21,21, que en los primeros tiempos esta danza también fuese un acompañamiento al culto de Yahveh, lo cual queda claramente evidenciado en los Salmos 149,3 y 150,4 para la época posterior al cautiverio. Parece además que los textos indican que, en el segundo Templo, las personas dedicadas a bailar y cantar en honor a Dios formaban coros similares a los de los ritos paganos. (Cie., Phil., V, 6; Virg., En., VIII, 718; Hor., Od., I, I, 31).

Las danzas de guerra, tan comunes entre muchos pueblos, y que a menudo se introdujeron para mejorar los desfiles de las festividades públicas entre los griegos y romanos, no han dejado rastro alguno entre los hebreos y sus vecinos, aunque no son desconocidos para los habitantes modernos de Palestina y Arabia. Las danzas miméticas eran tan poco conocidas en Oriente como las de carácter militar. Consistían de movimientos expresivos de ciertas partes de las facciones del rostro, el cuerpo, los brazos y las manos, ejecutados con acompañamiento musical y destinados a representar vívidamente eventos históricos o fabulosos y las acciones y pasiones de personajes muy conocidos. Conocemos en qué grado tales actuaciones fueron disfrutadas por los romanos a partir de muchos pasajes de escritores latinos, tales como: Macrob., Sat. II, 7; Suet., "Calig.", 57, "Nero", 54, "Tit.", 7; Ovid, "Ars Am.", I, 595, etc.

De mucho más favor gozaba el baile escénico en Roma y Grecia. Consistía de movimientos armonizados principalmente de los brazos, cuerpo y pies, destinados a mostrar toda la flexibilidad, fortaleza, agilidad y gracia del cuerpo humano. Tales exhibiciones se realizaban usualmente para el placer de los invitados, en grandes banquetes, e interpretadas por bailarines profesionales contratados para la ocasión. Se prefería a las bailarinas femeninas, aunque también había bailarines masculinos. Por lo general eran personas de gran belleza y de moralidad indiferente, y sus actuaciones estaban calculadas para exponer todo el encanto y el atractivo de sus graciosas figuras, incluso a costa de la modestia, la cual les importaba poco. Esta clase de personas, común en la antigua Grecia e Italia, no era del todo desconocida en Palestina, al menos en los últimos tiempos, si creemos la indicación de |Eclo. 9,4. El autor del Eclesiastés, personificando a Salomón, relata que había conseguido para su propio disfrute "cantores y cantoras" (2,8), es decir, muy probablemente, bailarines, pues el canto y el baile eran escasamente distintos. De todos modos, el desempeño de la hija de Herodías (Salomé), registrado en Mt. 14,6, y el placer que le produjo a Herodes y sus huéspedes, demuestra cómo, en la época de Cristo, la corrupción griega y romana avanzó entre las clases más altas de Palestina.

Aunque quizás menos común, y ciertamente menos elaborado que el nuestro, el bailar social parece sin embargo haber sido una diversión agradable en épocas antiguas, por lo menos entre los judíos. Pues, entendido a la luz de Jueces 21,21, afirmaciones como las de Isaías 16,10 y Jeremías 25,30 indican que la estación de la vendimia era una de alegría pública manifestada en los bailes. La mayoría de las personas, incluso las más serias (Bab. Talm., Ketuboth, 16b), se entregaban al baile en las bodas y en la Fiesta de los Tabernáculos. Los hombres y las mujeres bailaban aparte, como sigue siendo la costumbre en Oriente.

El baile social ha experimentado un desarrollo considerable en los últimos siglos, tanto en cuanto a la prevalencia como a su complejidad. La introducción en la moda actual de las llamadas danzas circulares ha acelerado el interés tocante a la antigua cuestión de la moralidad del baile. Como ejercicio de cultura física, aparte de las condiciones generalmente insalubres de los salones de baile, el baile puede tener ventajas; no nos debe extrañar, por lo tanto, que desde este punto de vista lo recomendaría Platón. Desde el punto de vista moral, el baile religioso y militar nunca ha encontrado ninguna crítica. Al contrario, los espectáculos miméticos que en su mayoría representaban historias de amor y temas mitológicos, eran a veces tan ofensivos a la modestia, que incluso los emperadores paganos consideraban su deber desterrarlas repetidamente de Italia. De ninguna mejor manera, como se ha mostrado arriba, estaban las danzas escénicas; y a los bailarines masculinos y femeninos se les consideraba en Roma una clase inferior y degradada, como lo son hoy día en Egipto, la India y Japón, las almehs, las bayaderas y las geishas. Según el derecho romano, tales personas eran infames. Los Padres de la Iglesia levantaron una voz fuerte contra sus interpretaciones.

Las decretales fueron más lejos, al prohibirles a los clérigos asistir a cualquier exposición mímica o histriónica y al decretar que cualquier clérigo que tome parte activa en ellas debe perder todos sus privilegios, y que todas las personas que participen en la danza profesional, representaciones mímicas o histriónicas, incurrirán en irregularidad y en consecuencia deben ser excluidos para siempre del estado clerical y se vuelven incapaces de recibir las órdenes. En cuanto al baile social, ahora tan en boga, mientras que en sí mismo es un acto indiferente, los moralistas están inclinados a ponerlo bajo prohibición debido a los diversos peligros asociados a él. Indudablemente, las antiguas danzas nacionales, en las cuales los intérpretes están separados, apenas, si acaso, agarrando la mano de su pareja, raramente caen bajo censura ética más que cualquier otro tipo de interacción social.

Pero, aparte de los detalles ---lugar, horas tardías, escotes, acompañantes, etc.--- comunes a todos estos espectáculos, las danzas circulares, aunque, posiblemente, pueden realizarse con decoro y modestia, los moralistas las consideran, por su propia naturaleza, como cargadas del mayor peligro a la moral. A ellos, pero sin duda aún más evidente para bailes de máscaras, se les debe aplicar la advertencia del Segundo Concilio de Baltimore, contra "esos bailes de moda, que, según se realizan actualmente, son repugnantes a todo sentido de delicadeza y decoro.”

Para ellos, tal vez, pero sin duda aún más evidente para bailes de máscaras, se debe aplicar la advertencia del Concilio de Baltimore contra "los bailes de moda, que, como en la actualidad realicen, sean repugnante a todo sentimiento de delicadeza y decoro". No hace falta añadir que la decencia y los tan repetidos decretos de los concilios particulares y generales prohíben a los clérigos aparecer, en cualquier calidad que sea, en los salones de baile públicos.


Bibliografía: READ, Characteristic National Dances (Londres, 1853); TRISTRAM, Eastern customs; RICH, Dictionary of Greek and Roman Antiquities (Londres, 1884), s.v. Saltatio, etc.; DARENBERG AND SAGLIO, Dictionnaire des antiquites grecques et romaines (París); MASPERO, Histoire ancienne des peuples de l'Orient (París, 1895), I, 126; II, 220; DALMAN, Palaestinischer Diwan (Leipzig, 1901); FERRARIS, Bibliotheca canonica (Roma, 1886), s.v. Choreae, Clericus, Irregularitas; Acta et Decreta Conc. Baltimor. II, Pastoral Letter; Decr. n. 472.

Fuente: Souvay, Charles. "Dancing." The Catholic Encyclopedia. Vol. 4. New York: Robert Appleton Company, 1908. 23 Aug. 2012 <http://www.newadvent.org/cathen/04618b.htm>.

Traducido por Daniel Wiegering. lmhm