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Sábado, 25 de octubre de 2014

Abel

De Enciclopedia Católica

(De la palabra hebrea para Vanidad, "probablemente llamado así por la brevedad de su vida"---Gesenio; griego Abel, de ahí la forma española).

Abel fue el segundo hijo de Adán. Vigouroux y Hummelauer sostienen que la palabra asiria aplu o ablu, que forma Abal, es decir, "hijo," es la misma palabra, no una coincidencia ortográfica, puesto que el hebreo y el asirio son lenguas cercanamente afines. Algunos, como Flavio Josefo (Ant., I, II), piensan que significa "aflicción" o "lamentación". Cheyne afirma que "un correcto análisis del relato favorece el significado de pastor, o más generalmente de pastor de ovejas"; el asirio ibilu (Enc. Bib., s.v.) "carnero, camello, asno, u ovejas salvajes."

Caín, el primogénito, era agricultor. Abel poseía los ganados que vivían en el campo. Los dos eran, por consiguiente, doblemente hermanos, por nacimiento y por vocación.

Abel no se menciona en el Antiguo Testamento excepto en Génesis 4. San Agustín lo presenta como tipo del regenerado, y Caín del hombre natural. "Caín fundó una ciudad en la tierra, pero Abel como extranjero y peregrino anhelaba la ciudad de los santos que está en los cielos" (Ciudad de Dios, XV, I). Los descendientes de Caín eran malvados, pero como nada se dice de los de Abel, se supone que no los tuvo; o por lo menos que ningún hijo suyo estaba vivo en el momento del nacimiento de Set, “a quien Dios me ha otorgado en lugar de Abel”, como lo expresó Eva (Gn. 4,25).

Los abelianos, o abelitas, una secta del norte de África mencionada por San Agustín (de Haer., LXXXVII), pretendían imitar a Abel casándose, pero condenaban el uso del matrimonio. Adoptaban niños quienes también se casaban y vivían de la misma forma que sus padres adoptivos. El relato bíblico sobre los sacrificios de los hermanos y sobre el asesinato de Abel expone que Caín ofreció "de los frutos de la tierra", Abel "de las primicias de su rebaño y de la grasa de los mismos". Las ofrendas de Caín no fueron propicias, las de Abel se efectuaron con generosidad y amor, y por lo tanto recibieron el beneplácito de Dios. Josefo dice (Ant., I, II), "Dios se mostró más complacido con las ofrendas de Abel, cuando le honraba con lo que crecía naturalmente, que lo que estaba con lo que era la invención de un hombre codicioso, y obtenido al forzar el suelo." San Juan da la verdadera razón de por qué Dios rechazó el sacrificio de Caín y aceptó el de Abel: "porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran justas" (1 Jn. 3,12). Luego Dios dijo, "no me es grata la oblación de vuestras manos" (Mal. 1,10). El amor del corazón debe santificar la elevación de las manos. Caín ofreció dans Deo aliquid suum, sibi autem seipsum (Ciudad de Dios, XV, II), pero Dios nos dice a todos lo que San Pablo escribió a los Corintios, "No busco vuestras cosas sino a vosotros" (2 Co 12,14).

En las tradiciones y leyendas hebreas, cristianas y árabes se dice que Dios mostró su aceptación del sacrificio de Abel enviando fuego para consumirlo, como en 1 Rey. 18,38. Caín al instante resolvió matar a su hermano, pensando que éste le suplantaría, como Jacob le hizo a Esaú más tarde; o porque pensó que el linaje de Abel tendría el honor de aplastar la cabeza de la serpiente (Gén. 3,15). (Hummelauer, Curs. Com. S. Sac.). San Jerónimo (Com. in Ezech., 8,27, no. 316), siguiendo la tradición judía, presenta la llanura de Damasco como la escena del crimen, e interpreta el nombre de la ciudad sanguinem bibens (bebedor de sangre). Un viajero citado y con la aprobación del Rev. S. Baring-Gould (Leyendas sobre los Personajes del Antiguo Testamento) sitúa la escena a media milla de Hebrón; sin embargo, no existe tal tradición local en la vecindad de Hebrón. La ciudad de Damasco referida es ciertamente la ciudad Siria. El Corán (Sura v, 30, etc.) concuerda con la Biblia en los datos principales sobre los sacrificios y asesinato, pero añade la leyenda de que Dios envió un cuervo que enseña a Caín cómo enterrar a su hermano escarbando en la tierra. Según la tradición judía, el cuervo enseñó a Adán y Eva cómo enterrar a su hijo, y Dios recompensó al cuervo concediéndole tres cosas: (1) sus crías serían inviolables, (2) comida abundante (3) su petición por la lluvia sería concedida (Pirke Rab: Eliezer, XXI).

En el Nuevo Testamento se menciona frecuentemente a Abel. Su vida pastoral, su sacrificio, su santidad, su trágica muerte hacen de él una sorprendente figura de Nuestro Divino Salvador. En 1 Jn. 3,12 se hace alusión a sus justas obras; el mismo Cristo le canoniza (Mt. 23, 34-35) como el primero de una larga línea de profetas martirizados en aras de la justicia. El no profetizó por medio de la palabra, sino por medio de su sacrificio, del que conoció por revelación su significado simbólico (Vigouroux); y también por su muerte (Ciudad de Dios, XV, 18). En Hebreos 12,24 se menciona su muerte, y se muestra el contraste entre su sangre y la de Cristo. Este último no invita a la venganza, sino a la misericordia y al perdón. Abel, aunque muerto, habló (Hb. 11,4), Deo per merita, hominibus per exemplum (Piconio), es decir, a Dios por sus méritos, a los hombres por su ejemplo. Para una interpretación rabínica del plural hebreo que significa "sangres", en Gn. 4,10, ver Mishna San., IV, 5, donde se refiere a Abel y a su semilla. Los Padres lo sitúan entre los mártires. Martyrium dedicavit (San Agustín, op. cit., VI, XXVII); San Juan Crisóstomo lo asocia con San Juan el Bautista (Adv. Judaeos, VIII, 8); otros hablan en términos similares. En la Iglesia Latina, sin embargo, no se encuentra en los martirologios antes del siglo X (Encyci. théol., s.v.).

En el canon de la Misa su sacrificio se menciona con los de Melquisedec y Abraham, y su nombre está a la cabeza de la lista de los santos invocados para ayudar a los moribundos. Las opiniones del alto criticismo radical pueden ser resumidas con las palabras de Cheyne: "El relato de Caín y Abel es una leyenda israelita antigua conservada por J porque contiene una tendencia provechosa" (Encyci. bib. s. v.). La interpretación conservadora de la narración difiere de la de las escuelas críticas radicales porque acepta el relato como historia o que por lo menos tiene bases históricas, mientras que ellos la consideran sólo una de las leyendas del Génesis.


Bibliografía: Referencias patrísticas en P.G. y P.L.; GEIKIE, Horas con la Biblia; ID., Los Descendientes de Adán; ID., Desde la Creación a los Patriarcas (Nueva York, 1890); HUMMELAUER, Cursus Scrip. Sac. (París 1895); PALIS en VIG., Diccionario de la Biblia. Para leyendas vea: La Biblia, el Korán y el Talmud, tr. Del Germ por WEIL (Londres, 1846), 23-27; STANLEY, Sinaí y Palestina; Id., Leyendas sobre Caín y Abel, 404, ss.; BARING-GOULD, Leyendas sobre los Personajes del Antiguo Testamento (Londres, 1871) I, 6; GUNKEL, Las Leyendas del Génesis, (tr., Chicago, 1901). Para una presentación notoria de la HISTORICIDAD del Antiguo Testamento, contra los reclamos de la escuela crítica, consulte a ORR, Los Problemas del Antiguo Testamento (Nueva York, 1906); DRIVER, Génesis (1904).

Fuente: Tierney, John. "Abel." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01035c.htm>.

Traducido por Alfredo Moreno Prieto. L H M.