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Miércoles, 24 de enero de 2018

Codicia

De Enciclopedia Católica

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Codicia (del latín, cupiditas) es generalmente un deseo irrazonable por lo que no poseemos. En este sentido, difiere de la concupiscencia sólo en la noción implícita de no-posesión, y así puede cubrir todas las cosas que son buscadas desmesuradamente. Clasificada bajo este concepto general, podemos tener la codicia de honores, u orgullo; de la carne, o concupiscencia propiamente dicha; de riquezas, o la propia codicia (latín, avaritia) o avaricia. Cuando la codicia de la carne o de la riqueza tiene por objeto aquello que es la posesión legal de otro, cae bajo la prohibición del noveno o décimo mandamiento de Dios; y tales deseos, voluntariamente consentidos, participan, como nos dice el Señor (Mateo 5), en su malicia, de la naturaleza de los actos externos mismos. Pues el que deliberadamente desea obtener la posesión de la esposa o los bienes legítimos de otro, ya en su corazón ha cometido el pecado de adulterio o robo. En su significado específico, la codicia mira a la riqueza en sí misma, ya sea de dinero o de propiedades, ya sea poseídas o no, y le atañe menos a su adquisición que a su posesión o acumulación. Definida de esta manera, se cuenta entre los pecados que reciben el nombre de capitales, ya que es, como dice San Pablo (1 Tim. 6,10) radix omnium peccatorum (raíz de todos los pecados).

El pecado capital de la codicia es en realidad más bien un vicio o la inclinación al pecado, que es pecaminosa sólo en que procede de la condición profana del pecado original en la que nacemos, y porque nos lleva al pecado. Y este deseo de adquirir y mantener la posesiones —natural en todos nosotros— está tan lejos de ser reprobado como ofensivo por Dios, que, si se mantiene dentro de los límites de la razón y la justicia y si se le resiste triunfalmente en sus deseos desordenados, es positivamente meritorio. Incluso cuando es consentida, la codicia no es un pecado grave, excepto en ciertas condiciones que implican ofensa a Dios o al prójimo, por ejemplo, cuando uno está dispuesto a emplear, o realmente emplea, medios ilícitos o injustos para satisfacer el deseo de riquezas, se apega a ellas en desafío a las estrictas exigencias de la justicia o la caridad, hace de ellas el fin en lugar de el medio para alcanzar la felicidad, o permite que ellas interfieran seriamente con el deber vinculante con Dios o el hombre. Nutrida y desarrollada como un hábito sin restricciones, se convierte en la madre fecunda de toda clase de perfidia, crueldad y malestar.


Fuente: Stapleton, John. "Covetousness." The Catholic Encyclopedia. Vol. 4, p. 462. Nueva York: Robert Appleton Company, 1908. 20 Sept. 2016 <http://www.newadvent.org/cathen/04462a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.