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Sábado, 16 de febrero de 2019

Comunión laica

De Enciclopedia Católica

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La disciplina primitiva de la Iglesia establecía un castigo distinto para ciertos delitos según fuesen cometidos por laicos o clérigos. Los primeros conllevaban una penitencia más corta y por lo común más leve que los últimos, los que eran castigados con una pena especial. El laico era excluido de la comunión de los fieles y el clérigo era excluido de la jerarquía y reducido a la comunión laica, esto es, se le prohibía ejercer sus funciones. La naturaleza de este último castigo es algo incierta. Según algunas opiniones, consistía en la excomunión, junto con la prohibición de recibir la Sagrada Eucaristía; según otras, al penitente se le permitía recibir la Sagrada Comunión pero solamente con el laicado. El canon XV de los llamados Cánones Apostólicos (vea Cánones Apostólicos) le prohibía a cualquier sacerdote, que residiese sin autorización fuera de su diócesis, celebrar el Santo Sacrificio, pero le concedía permiso para recibir la Eucaristía junto con los fieles. El canon LXII ordenaba que los clérigos que apostatasen durante las persecuciones fuesen recibidos dentro del laicado.

En 251, una carta del Papa Cornelio a Fabio, obispo de Antioquía, nos informa que el Papa, en presencia de todo el pueblo, recibió en su comunión, pero como laico, a uno de los obispos culpables de haber conferido la ordenación sacerdotal al hereje Novaciano. Una carta de San Cipriano de Cartago menciona a un tal Trófimo, que fue admitido en la comunión laica. Sería fácil mencionar casos similares, en los que vemos establecido que el penitente era admitido a recibir la comunión entre los laicos. El Concilio de Elvira (c. 300), que nos muestra de muchas formas la vida religiosa de toda una provincia eclesiástica, en el canon LXXVI, a propósito de un diácono, menciona la misma disciplina. Éste es el texto canónico más antiguo que habla de la costumbre de la comunión laica. No citamos el Concilio de Colonia (346) ya que su autenticidad aún puede ser cuestionada. Pero, de esa época en adelante, hallamos, en una serie de concilios, declaraciones que muestran en forma concluyente que cuando se menciona la comunión laica, es cuestión de la recepción de la Sagrada Eucaristía. Además del Concilio de Sárdica, los de Hipona (303), canon XLI; Toledo (400), canon IV; Roma (487), canon II, son demasiado explícitos y no dejan lugar a ninguna duda de que estamos ante una disciplina establecida. Podríamos citar también el Concilio de Agde (506), canon l; el de Lérida (524), canon V; Orleáns (538), canon II, etc.

Hablando con generalidad, la expresión “comunión laica” no implica necesariamente la idea de la Eucaristía, sino sólo la condición de un laico en comunión con la Iglesia. Pero como la Eucaristía se le daba sólo a los que estaban en comunión con la Iglesia, decir que un clérigo era admitido a la comunión laica era equivalente a decir que recibía la Sagrada Eucaristía. La persona que pasaba de la condición de penitente a la comunión laica necesariamente tenía que ser recibida por el obispo en el seno de la Iglesia, antes de ser admitida a la comunión. No hay motivos para suponer que esta transición implicaba un estado intermedio en se privaba de la Sagrada Eucaristía al que era admitido a la comunión. Esta disciplina se aplicaba no solamente a los culpables de algún pecado secreto, sino a los que durante algún tiempo pertenecían a una secta herética. Sin embargo, no había una regla absoluta, ya que el Concilio de Nicea (325) acogió al clero novaciano sin imponerle esta pena, mientras que la vemos reforzada en el caso de los donatistas. En los tiempos modernos, la comunión laica se impone a veces, aunque solamente en casos excepcionales, que no se tratan aquí.


Bibliografía: SCUDAMORE in Dict. Christ. Antiq., s.v.

Fuente: Leclercq, Henri. "Lay Communion." The Catholic Encyclopedia. Vol. 9. New York: Robert Appleton Company, 1910. <http://www.newadvent.org/cathen/09093b.htm>.

Traducido por José Gallardo Alberni. rc