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Jueves, 19 de octubre de 2017

Pilas de agua bendita

De Enciclopedia Católica

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Los recipientes destinados para el uso de agua bendita son de origen muy antiguo, y los testimonios arqueológicos compensan, en cierta medida, el silencio que, sobre ellos, guardan los documentos históricos y litúrgicos. Las pilas de agua bendita pueden dividirse en tres categorías: pilas fijas, colocadas a la entrada de las iglesias; pilas transportables, usadas para aspersiones y ritos sacramentales; y pilas privadas, en las que el agua bendita se guarda en domicilios privados.

La pila de agua bendita fue originalmente la fuente para las abluciones, cantharus, o phiala, colocada en el centro del atrio de la basílica y que todavía se encuentra en Oriente, especialmente en Monte Athos, en Djebeil en Siria, y en Haia-Napa en la Isla de Chipre. Estas fuentes eran usadas por los fieles quienes, antes de entrar a la iglesia, se lavaban sus manos y pies de acuerdo con un rito probablemente derivado del judaísmo y que incluso todavía se observa en los países musulmanes. Cuando el atrio de la basílica cristiana se redujo a proporciones de un estrecho patio o un simple vestíbulo, la fuente dio paso a una estructura menos pretenciosa. Ahora sólo excepcionalmente encontramos la fuente dando servicio como pila de agua bendita, principalmente en Monte Athos, donde la fuente del monasterio de Laura queda cerca del catholicon (área universal o general; n.d.t.) frente la entrada y está cubierta por un domo que descansa sobre ocho pilares. Toma el lugar de las fuentes de las abluciones que eran indispensables en las antiguas basílicas; al presente falta el agua y sólo borbotea en los días en que ha de ser bendecida. La bendición del agua tiene lugar en la víspera de la Epifanía después de Misa y vísperas, y es llamada la “gran bendición” (megas hagiasmos), para distinguirla de la “pequeña bendición” (mikros hagiasmos), que se lleva a cabo con menos ceremonia el primer día de cada mes, excepto en enero (el 5º) y en septiembre (el 14º).

En el siglo VI Paulo Silenciario, al describir las maravillas de Santa Sofía, alrededor del 590 d.C., menciona la presencia de una phiala de la cual “el agua salta ruidosamente en el aire, emergiendo de un tubo de bronce con una fuerza tal que desvanece todos los males, cuando en el mes de las túnicas doradas (enero), en la noche de la iniciación divina, el pueblo recoge en vasijas un agua incorruptible, ya que no la alcanza ninguna contaminación, incluso cuando, después de haber estado durante varios años alejada de su origen, es encerrada en el hueco de un cántaro y guardada en sus casas.” En Laura el agua bendita no destierra los males, ilumina las almas; los fieles no la sacan con el propósito de llevársela, sino que quedan santificados por el rito. La bendición del agua se menciona en el Ritual de Serapión (vea AGUA BENDITA) del siglo IV. En el ritual bizantino la oración usada para esta bendición, similar a la de la “epiclesiseucarística, invoca al Espíritu Santo sobre las aguas. Como las especies de pan y vino, el agua bendita es llamada hagiasma. En el Eucologio de Barberini del siglo VIII o IX, el título de una oración nos muestra que el agua bendita renovaba los efectos del bautismo.

Las pocas inscripciones griegas encontradas en supuestas vasijas para agua bendita no indican de ninguna manera que estuviesen destinadas a tan alta dignidad. La pila de agua bendita de Cartago y varias urnas de mármol conservadas en museos o descritas por anticuarios muestran meramente copias de una forma tomada de la Sagrada Escritura: "Tomen agua con alegría pues la voz del Señor está sobre las aguas" (N. del T.: Quizás sea una paráfrasis combinada de: “Sacaréis agua con gozo de los hontanares de la salvaciónIs. 12,3; y “Voz de Yahveh sobre las aguas” Sal. 29(28),3 a. Biblia de Jerusalén. Desclée de Brouwer, S.A. Bilbao 1975); o "Ofrece tu oración después de lavarte"; o, por último, “Lava no sólo tu rostro, sino tus iniquidades." No tenemos información alguna respecto a las vasijas en las que los fieles guardaban el agua bendita incorruptible en sus casas. Sin embargo, sobre este tema, siempre nos podemos referir a una fuente jarrón encontrada en Cartago, y conservada en el Museo Lavigerie, que mide 10 pulgadas (25,4 cms.) de alto y está decorada con una cruz y dos peces. Una vez dados estos detalles podemos entrar más de lleno en la historia de las pilas de agua bendita en Occidente.

Las pilas de agua bendita fijas, comúnmente hechas de bronce, mármol, granito o cualquier otra piedra sólida, y también de terracota, consiste en una pequeña tina o jofaina a veces separada o apoyada sobre una base o pedículo, a veces embebido en el muro o en uno de los pilares de la iglesia. Ocasionalmente pueden estar en el vestíbulo. En Occidente apenas hubo pilas fijas antes del siglo XI. Sin embargo, debemos observar que hasta ese momento, las iglesias eran pocas y que la mayoría de ellas habían sido saqueadas, desmanteladas y redecoradas en repetidas ocasiones, y, de hecho, alteradas en todos los sentidos; por lo tanto, en vista de este hecho, es posible admitir que ciertas jofainas de piedra, de forma esférica y embebidas en las jambas de las puertas de las iglesias muy antiguas fueron colocadas así cuando se construyeron las iglesias. Algunas pilas son objetos antiguos, urnas o capiteles ahuecados, hechos para servir a un fin distinto de aquel al que estaban destinados al principio. Cuando la piedra es porosa, se la reviste de plomo o estaño, para evitar la absorción, y la misma operación se realiza con pilas de cobre para protegerlas de la oxidación.

Algunas pilas son exteriores, y están sujetas a los pilares o a las jambas de la entrada. Varían mucho en tamaño, siendo a veces tan grandes como pilas bautismales; sin embargo, es principalmente en Bretaña donde alcanzan semejantes proporciones. Usualmente no son muy grandes. Cavedoni declaró contundentemente que en un cementerio del siglo III o IV, en Chiusi, hubo una pequeña columna que él creía pudo haber dado soporte a una pila de agua bendita. Boldetti, quien siempre se muestra muy cauto, afirma haber encontrado diferentes pilas en las catacumbas, algunas hechas en mármol, otras en terracota y aún algunas en vidrio. También se encontró una especie de jofaina toba que pudo servir para los mismos propósitos. En el cementerio de Calixto existe una columna truncada que, de acuerdo con de Rossi, ha debido sostener alguna clase de vasija como las que contienen agua bendita en nuestras iglesias. Podríamos enumerar otros posibles ejemplos, especialmente en la catacumba de San Saturnino, en la cripta de San Cornelio, y en la basílica de San Alejandro en la Vía Nomentana.

Cuanto más nos alejamos del tiempo de su origen, más numerosos aparecen los monumentos. Un magnífico jarrón de mármol negro conservado en el museo Kircher y decorado con bajorrelieves, dos urnas rotas de Cuicul (Djemila) en Argelia y una gran mesa de mármol cuya parte superior está ligeramente ahuecada, pertenecen al siglo IV. Una vasija de piedra hallada en las cercanías de la catedral de Bath, Inglaterra, mide 7,9 pulgadas de alto (20.066 cms.) y 1,4 pulgadas de diámetro en su parte superior (3.56 cms.). A veces las pilas fijas descansan sobre una ménsula o una pequeña columna y, aunque tal caso es raro, dos pilas pueden estar comunicadas, una en el exterior de la iglesia y otra en el interior. Muchas pilas están fechadas o, también, llevan el nombre del escultor o donante.

Parece no haber habido norma alguna que rigiera la forma del soporte y de la jofaina. Los baptisterios representaban usualmente una cruz o un círculo, pero aquí la fantasía es más libre, y en la época romana encontramos una pila circular excavada en un bloque cuadrado con las cuatro esquinas labradas a veces con un trébol de tres hojas, uno de cuatro hojas, o una estrella, o quizás con acanaladuras dirigidas hacia un punto central común figurando una concha marina. Violletle-Duc, después de aludir a las mesas de piedra colocadas dentro del vestíbulo de las iglesias primitivas de la Orden de Cluny y que servían de soporte para las pilas de agua bendita portátiles, menciona una pila del siglo XII en Moutier-Saint-Jean, cuya jofaina descansa sobre una columna corintia. A comienzos del siglo XIII las pilas se tallaban en piedra y se les daba, interiormente, la forma de una semiesfera y, exteriormente, la de un prisma poligonal. Pero de ahí en adelante, y durante una parte del período gótico, aunque los arquitectos todavía continúan colocando los depósitos de las pilas contra los pilares o grupos de columnas, incrementaron su importancia y las coronaron con un dosel tallado, tal como puede verse en Villeneuve-sur-Yvonne (Yonne); de igual manera pequeñas pilas excavadas en lápidas, principalmente en los cementerios de Francia y de Occidente. Muchas pilas se colocan en un nicho en el muro.

No poca sorpresa produce encontrar en la Edad Media pilas reservadas para el uso exclusivo de un determinado grupo de fieles. Hay prueba de esto en la inscripción de una pila conservada en el museo de Angers, donde se lee al efecto que nadie salvo clérigos y nobles tenían el privilegio de sumergir sus dedos en ella; la burguesía, los trabajadores y los pobres tenían vasijas puestas aparte para ellos solos:

Clericus et miles; pergant ad cetera viles
Nam locus hic primus; decet illos vilis et imus.

En las iglesias de los Pirineos todavía se ven pilas que, desde antiguo, estaban reservadas para el uso de la despreciada casta de los agotes (N. del T.: grupo humano de origen legendario sin datos históricos fiables, marginados de la sociedad contemporánea en diversos lugares de los Pirineos, al sur de Francia y norte de España, equiparados por la Iglesia Católica, Papa León X en 1514, a los demás grupos creyentes sin demasiado éxito.), mientras que el horror general que los leprosos inspiraban, y el cuidado con que se evitaba todo contacto con ellos, explica suficientemente la existencia de una pila especial para ellos en Saint Savin (Altos Pirineos) y en Milhac de Coutron (Dordoña).

En Inglaterra, en la Edad Media, las pilas llamadas “pilas de agua bendita” (“stoups”) o “piedras de agua bendita”, consistían en un pequeño nicho de algún parecido a una piscina y que contenía una jofaina de piedra parcialmente empotrada en la pared, estando el nicho bajo el vestíbulo o dentro, pero siempre cerca de la entrada a la iglesia. Durante los siglos XV y XVI las pilas volvieron a ser portátiles y por general consistían en una tina colocada sobre un zócalo elevado, con una altura media de alrededor de cuarenta pulgadas (1.17 mts.). La decoración de estos pequeños monumentos sufrió una completa modificación. Italia y España han conservado admirables pilas esculpidas que datan del Renacimiento; la mayoría de ellas de mármol y su tamaño a veces las hace ser confundidas con pilas bautismales, de las que se distinguen principalmente porque no tienen tapas. En Italia este estilo se encuentra en la catedral de Florencia, donde la fuente o pila d’acqua santa se atribuye a Giotto; y en la catedral de Siena tiene la forma de una bella tina adornada con cabezas de ángeles, entre las cuales cuelgan hermosas guirnaldas, y la cual descansa sobre un zócalo circular decorado con cuerpos desnudos en cadena; esto, a su vez, está colocado sobre un zócalo más bajo, igualmente embellecido con cabezas de ángeles. Más tarde, en el siglo XVII y hasta los días presentes (1910) servían como pilas las valvas de una concha conocida como tridacna gigas, un molusco originario de Oceanía. Algunas conchas de esta especie son muy grandes y pesan tanto como 500 libras (227 kgs.). Valvas de tridacna gigas se utilizan como pilas de agua bendita en la iglesia de San Sulpicio en París, regaladas a Francisco I por la República de Venecia.

Las pilas móviles más antiguas tienen la forma de balde y en forma de conos truncados. Las más apreciadas por su antigüedad son de plomo o bronce, a veces incluso de madera cubierta con una lámina de metal forjado. De todos modos, si alguna vez existieron pilas de plata o de plata dorada, es evidente que no han llegado hasta nosotros. El cubo de plomo encontrado en Cartago, en el que los dibujos en relieve parecen haber sido seleccionados sin propósito alguno, tiene la notable peculiaridad de que lleva una inscripción griega en la que uno puede captar rápidamente una alusión al agua bendita: “Coge agua con alegría porque la voz del Señor está sobre las aguas”. La segunda parte de este epigrama se puede ver en un cubo de agua bendita en bronce conservado en el Museo Gaddi en Florencia: “La voz del Señor está sobre las aguas; el Dios de majestad ha hablado”. Estas citas son del salmo 29(28),3 (N. del T.: “Voz de Yahveh sobre las aguas; el Dios de gloria truena…” Biblia de Jerusalén, Desclée de Browuer, Bilbao 1975). El Museo Vaticano posee un cubo de bronce equipado con un asa y adornado con dibujos tallados del Salvador y los Doce Apóstoles, y cada figura está designada con su nombre en letras griegas. Un sarcófago merovingio, hallado cerca de Abbeville, contenía los restos de un pequeño cubo de madera cubierto con una fina capa de bronce; y en el Museo de Dublín hay un cubo anglosajón con una superficie de madera y provisto de un asa. En nuestra opinión, ambos cubos sirvieron como pilas.

Cubos de este estilo permanecieron en uso por mucho tiempo; a menudo estaban hechos de metales preciosos en relieve, o incluso cortados de piedra dura o de un pedazo de marfil. El jarrón de cristal en el tesoro de Venecia es un recipiente antiguo utilizado con propósitos litúrgicos, quizás en el siglo X. Pero aún más notable es la pila del siglo XI conservada en el tesoro de la catedral de Milán. De forma esbelta y con una ligera forma de embudo, está adornada con cinco arcadas que sirven de marco a la Virgen Bendita y a los cuatro evangelistas. En las arquivoltas de las arcadas hay cinco versos que designan a los diferentes personajes y todavía más arriba corre un friso de follaje con una inscripción. Este cubo de marfil mide aproximadamente 8 pulgadas de alto (20.32 cms.) por 4,7 (11.94 cms.) de diámetro en el borde superior y 3,5 (8.89 cms.) en la base. En las arquivoltas de las arcadas son cinco versos que designan los diferentes personajes y aún más alta corre un friso de follaje con una inscripción. El tesoro de la catedral de Lyon tiene también una pila de marfil producto del arte italiano. Pero el más antiguo de estos cubos está en el tesoro de Aquisgrán, y se cree que data del siglo IX. En San Marcos, Venecia, existe una antigua pila tallada en un granate.

No podríamos intentar enumerar muchas de las pilas de metal, aunque, en la mayoría de ellas el diseño y la mano de obra tienen un decidido interés. El cubo parece haber prevalecido siempre, aunque variando de acuerdo a la fantasía. Así, en el siglo IV, era costumbre que los donantes aplicaran su escudo de armas a estos regalos, productos del arte de la orfebrería. En el siglo XV la tendencia llegó a ser todavía más marcada y el orfebre buscó por todas partes pretextos para ejercitar su ingenio.

En la Edad Media se tuvo tal respeto por el agua bendita que ni siquiera se tomaba de la pila sino era por medio de un aspersorio o rociador de agua bendita, sujeto con una pequeña cadena. A partir de entonces el aspersorio fue el compañero inseparable de la pila. Para sus aspersiones los antiguos usaban ramas de laurel o, a veces, mechones en la punta de un mango torneado. Las representaciones más antiguas del aspersorio cristiano muestran una rama sumergida en la pila. A estos propósitos se empleaban ramas de hisopo, palmera y boj, así como briznas de paja, y finalmente se puso en servicio el rabo del zorro, por su largo y sedoso pelo que resultó singularmente adaptable. En francés antiguo el zorro se llamaba goupil, de aquí la palabra goupillon, una de las varias expresiones del aspersorio de agua bendita. Parecería que alrededor del siglo XIII el aspersorio tomó la forma moderna de una vara coronado por una rosa cubierta de cerdas; al menos, eso es lo que inferimos a partir de las miniaturas. Poco a poco los mangos de los aspersorios vinieron a estar muy ricamente adornados. El inventario del Duque de Anjou menciona un “aspersorio angular con tres nudos”, y el inventario de Felipe el Bueno, “un antiguo aspersorio de plata”.

En las reglas prescritas por San Carlos Borromeo para la construcción de pilas en la diócesis de Milán, leemos lo siguiente: “Hasta aquí hemos tratado de la sacristía y varias otras cosas, hablemos ahora de la vasija destinada al agua bendita. Será de mármol o de piedra sólida, ni porosa ni con grietas. Se apoyará sobre una columna espléndidamente labrada y no deberá colocarse fuera de la iglesia sino dentro y, en la medida de lo posible, a la derecha de los que entren. Habrá una en la puerta por donde entran los hombres y otra en la puerta de las mujeres. No estarán pegadas a la pared sino separadas de ella tanto como sea conveniente. Una columna o base las sostendrá y no debe representar algo profano. Un aspersorio estará unido por una cadena a la vasija, la cual será de latón, marfil o algún otro material artísticamente trabajado”.

Las pilas para uso privado son generalmente más pequeñas que las portátiles usadas en las iglesias. Estas eran muy ricas en oro y plata adornadas con perlas y esmalte. Últimamente eran preferiblemente en forma de una pequeña palangana redonda suspendida de una placa fijada a la pared; por eso son “pilas aplicadas”. Están hechas de todos los materiales, marfil, cobre, porcelana, fayenza y piedra arenisca.


Bibliografía: BARRAUD, De l'cau benite et des vases destines a la contenir in Bulletin monumental, XXXVI (1870), 392-467; ROHAULT DE FLEURY, La Messe. Etudes archeologiques, V (París); LECLERCQ, Benitier in Dictionnaire d'archeologie chret. et de liturgie; ENLART, Manuel d'archeologie francaise, I (París, 1902), 782; MILLET, Recherches au Mont-Athos in Bulletin de correspondance hellenique, XXIX (1905), 105-22.

Fuente: Leclercq, Henri. "Holy Water Fonts." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7. New York: Robert Appleton Company, 1910. 22 Mar. 2012 <http://www.newadvent.org/cathen/07433a.htm>.

Traducido por Andrés Peral Martín. rc