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Martes, 7 de abril de 2020

Ontologismo

De Enciclopedia Católica

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(de on, ontos, ser, y logos, ciencia)

Ontologismo es un sistema ideológico que mantiene que Dios y las ideas divinas son el primer objeto de nuestra inteligencia y la intuición de Dios el primer acto de nuestro conocimiento intelectual (v. intelecto).


Exposición: Malebranche desarrolló su teoría de “la visión de Dios” en diferentes trabajos, particularmente "Recherche de la vérité", III, bajo la influencia de las filosofías platónicas (v. Platón y platonismo) y cartesianas (v. René Descartes, y de las malas interpretaciones de los principios de San Agustín y Santo Tomás sobre el origen y fuente de nuestras ideas. También es en parte como consecuencia de su teoría de causas ocasionales (v. ocasionalismo). Nuestro verdadero conocimiento de las cosas, dice él, es el conocimiento que tenemos de ellas en sus ideas. Las ideas de las cosas están presentes en nuestra mente, dotadas de características de universalidad, necesidad y eternidad, y no son el resultado de la elaboración intelectual o representaciones de las cosas como son, sino los arquetipos que las cosas concretas y temporales perciben. Las ideas tienen su fuente y existencia (v. esencia y existencia) real en Dios, ellas son la esencia Divina en sí mismas, consideradas como el modelo infinito de todas las cosas. “Dios es el locus de nuestras ideas, como el espacio es el locus de los cuerpos.” Entonces Dios está siempre realmente presente en nuestra mente; vemos todas las cosas, aun cosas materiales y concretas, en El, Quien encierra y manifiesta a nuestra inteligencia su naturaleza y existencia. Vincenzo Gioberti (1801-52) desarrolló su ontologismo en "Introducción al estudio de la filosofía" (1840), I, III; II, I. Nuestro primer acto de conocimiento intelectual es el juicio intuitivo “ens creat existentias” (el ser crea existencias). Por ese acto, dice él, nuestra mente comprende directa e inmediatamente en una síntesis intuitiva;

  • Ser, no simplemente en general ni meramente como ideal, pero como necesario y real, a saber, Dios;
  • Existencias o seres contingentes;
  • la relación que une a seres y existencias, a saber, el acto creativo.

En este juicio ser es el sujeto, existencias el predicado, el acto creativo la cópula. Nuestra primera percepción intelectual es, sin embargo, una intuición de Dios, la primera inteligible, como creando existencias. Esta intuición es finita y es obtenida por medio de expresiones de palabras (la parola). Así la primum philosophicum incluye ambos el primum ontologicum y el primum psychologicum, y el ordo sciendi es identificado con el ordo rerum. Esta formula fue aceptada y defendida por Orestes A. Brownson. (Cf. Brownson's Works, Detroit, 1882; I, "La Existencia de Dios", 267 sq.; "Escuelas de Filosofía, 296 sq.; "Elementos Primitivos del Pensamiento", 418 sq. etc.)

El ontologismo fue defendido, bajo una forma más moderada, por algunos filósofos católicos del siglo XIX. Sosteniendo contra Malebranche que las cosas materiales concretas son percibidas por nuestros sentidos, ellos afirmaron que nuestras ideas universales, dotadas con las características de necesidad y eternidad, y nuestra noción del infinito no pueden existir excepto en Dios; y que por lo tanto ellas no pueden ser conocidas excepto por la intuición de Dios presente en nuestra mente y percibidas por nuestra inteligencia no en Su esencia como tal, sino en Su esencia como el arquetipo de todas las cosas. Tal es el ontologismo enseñado por C. Ubaghs, profesor en Lovaina, in "Essai d'idéologie ontologique" (Lovaina, 1860); por Abbé L. Branchereau in "Prælectiones Philosophicæ"; por Abbé F. Hugonin en "Ontologie ou études des lois de la pensée" (París, 1856-7); por Abbé J. Fabre en "Défense de l'ontologisme"; por Carlo Vercellone, etc. Encontramos también los principios fundamentales del ontologismo en la filosofía de Rosmini, a pesar de que ha habido muchos intentos de defenderlo contra esta acusación (cf. G. Morando, "Esame critico delle XL proposizione rosminiane condannate dalla S.R.U. inquisizione", Milan, 1905). Según Rosmini, la forma de todos nuestros pensamientos es ser en su idealidad (l'essere ideale, l'essere iniziale). La idea de ser es innata en nosotros y la percibimos mediante la intuición. Completamente indeterminado, no es ni Dios ni la criatura; es una pertenencia de Dios, es algo de la Palabra ("Teosophia", I, n. 490; II, n. 848; cf. "Rosminianarum propositionum trutina theologica", Rome, 1892). En el origen y base de cada sistema de ontologismo hay dos principales razones: (1) tenemos una idea de lo infinito y esta no puede ser obtenida a través de abstracción de seres finitos, ya que no está contenida en ellos; debe, sin embargo, ser innata en nuestras mentes y percibida a través de la intuición; (2) nuestros conceptos y juicios fundamentales están dotados con las características de universalidad, eternidad y necesidad, por ejemplo, nuestro concepto del hombre es aplicable a un indefinido número de hombres individuales (v. individuo); nuestro principio de identidad “lo que es, es”, es verdadero en sí mismo, necesariamente y siempre.

Ahora tales conceptos y juicios no pueden ser obtenidos de ninguna consideración de cosas finitas las cuales son particulares, contingentes y temporales. Gioberti insiste también en el dato que Dios siendo solo inteligible por Sí mismo, nosotros no podemos tener ningún conocimiento intelectual de cosas finitas independientemente del conocimiento de Dios, que nuestro conocimiento para ser verdaderamente científico (v. ciencia e iglesia) debe seguir el orden ontológico (v. Ontología), o real, y por lo tanto debe comenzar con el conocimiento de Dios, el primer ser y fuente de todos los seres vivientes. Los ontólogos apelan a la autoridad de los Padres, especialmente San Agustín y Santo Tomás.


Refutación: Desde el punto de vista filosófico, la intuición inmediata de Dios y de sus ideas Divinas, según sostenidas por los ontólogos, está por encima del poder natural de la inteligencia humana. No estamos conscientes (v. conciencia), aun por reflexión, de la presencia de Dios en nuestra mente; y, si tuvimos tal intuición encontraríamos en ella (como señala correctamente Santo Tomás) la completa satisfacción de todas nuestras aspiraciones, ya que conoceríamos a Dios en Su esencia (por la distinción entre Dios y Su esencia y Dios como conteniendo las ideas de las cosas, como anticipado por los ontólogos, es arbitrario y no puede ser más que lógico); error o duda concerniente a Dios podría ser imposible. (Cf. Santo Tomás en Lib. Boetii de Trinitate, Q. I, a. 3; de Veritate, Q. XVIII, a. 1.) De nuevo, todos nuestros pensamientos intelectuales, aun los concernientes a Dios, son acompañados por imágenes pertenecientes a los sentidos; ellas están hechas de elementos que pueden ser aplicados a las criaturas tanto como a Dios Mismo; solo en nuestra idea de Dios y de Sus atributos, estos elementos son despojados de sus características de imperfección y límite que tienen en criaturas, y asumen el más alto grado posible de perfección. En una palabra, nuestra idea de Dios no es directa y propia; es analógica (v. Dios, Analogía). Esto muestra que Dios no se puede conocer por la intuición.

Las razones enunciadas por los ontólogos se basan en confusión y supuestos falsos (v. falsedad). La mente humana tiene una idea de lo infinito; pero esta idea puede ser y de hecho es, obtenida de la noción de lo infinito por los procesos sucesivos de abstracción, eliminación y trascendencia. La noción de lo finito es la función de ser teniendo una cierta perfección en grado limitado. Eliminando el elemento de limitación y concibiendo la perfección positiva como realizada en su grado más alto posible, llegamos a la noción de lo infinito. Formamos de esta manera, un concepto negativo-positivo, como dicen los escolásticos (v. escolasticismo), de lo infinito. Es verdad que nuestras ideas tienen las características de necesidad, universalidad y eternidad; pero estas son esencialmente diferentes de los atributos de Dios. Dios existe (v. existencia de Dios) necesariamente, a saber, El es absolutamente, y no puede no existir; nuestras ideas son necesarias en el sentido que, cuando un objeto es concebido en su esencia (v. esencia y existencia), independientemente de los seres concretos en el cual se realiza, es un sujeto de relaciones necesarias: el hombre, si existe, es necesariamente un ser racional. Dios es absolutamente universal en el sentido de que El posee eminentemente la plenitud actual de todas las perfecciones; nuestras ideas son universales en el sentido de que ellas son aplicables a un número indefinido de seres concretos. Dios es eterno (v. eternidad) en el sentido de que El existe por Sí mismo y siempre idéntico a Sí mismo; nuestras ideas son eternas en el sentido de que en su estado de abstracción no están determinadas por ningún lugar especial en el espacio o momento en el tiempo.

Es cierto que Dios solo es perfectamente inteligible en Sí mismo, ya que El solo tiene en Sí mismo la razón de Su existencia; los seres finitos son inteligibles en la misma medida en la cual existen. Teniendo una existencia distinta a la de Dios, ellos tienen también una inteligibilidad distinta a El. Y es precisamente porque ellos son dependientes en su existencia que concluimos a la existencia de Dios, el primer inteligible. La presunción que el orden del conocimiento debe seguir el orden de las cosas, exige de conocimiento completo y absoluto, no de todo conocimiento. Es suficiente para el conocimiento verdadero que afirma como real aquello que es verdaderamente real; el orden de conocimiento puede ser diferente del orden de la realidad. La confusión de ciertos ontólogos respecto a la noción de ser abre el camino al panteísmo. Ni San Agustín ni Santo Tomás favorecen el ontologismo. Es debido a una mala interpretación de sus teorías y de sus expresiones que el ontólogo apela (v. apelaciones) a ellos. (Cf. St. August., "La ciudad de Dios", lib. X, XI; "De utilitate credendi", lib. 83, cap. XVI, Q. xlv, etc.; Santo Tomas, “Suma Teológica", I, Q. II, a. 11; Q. LXXXIV-LXXXVIII; "Qq. disp., de Veritate", Q. XVI, a. l; Q. XI, "De magistro", a. 3, etc.)


La condena del ontologismo por la Iglesia: El Concilio de Viena (1311-12) había ya condenado la doctrina de Begards, quien sostenía que podemos ver a Dios por nuestra inteligencia natural. El 18 de septiembre de 1861, siete proposiciones de los ontólogos, concerniente al conocimiento inmediato e innato de Dios, ser, y la relación de las cosas finitas con Dios, fueron declaradas por el Santo Oficio tuto tradi non posse (cf. Denzinger-Bannwart, nn. 1659-65). La misma congregación, en 1862, pronunció la misma censura contra quince proposiciones por Abbé Banchereau, sujetas a su examen, dos de las cuales (XII y XIII) afirmaban la existencia de una percepción directa e innata de las ideas, y de la intuición de Dios por la mente humana. En el Concilio Vaticano I, los Cardenales Pecci y Sforza presentaron un postulatum para una condenación explícita del ontologismo. El 14 de diciembre de 1887 el Santo Oficio reprobó, condenó y proscribió cuarenta proposiciones extraídas de las obras de Rosmini, las cuales contenían los principios del ontologismo (cf. Denzinger-Bannwart, nn. 1891-1930).


Bibliografía: LIBERATORE, Trattato della conoscenza intellettuale (Rome, 1855); ZIGLIARA, Della Luce intellettuale e dell' Ontologismo (Rome, 1874); LEPIDI, Ezamen philosophico-theologicum de Ontologismo; KLEUTGEN, Die Philosophie der Vorzeit (Innsbruck, 1878); MERCIER, La Psychologie, III (Louvain, 1899), I, 2-3; BOEDDER, Natural Theology, I (London, 1902), I.


Sauvage, George. "Ontologism." The Catholic Encyclopedia. Vol. 11. New York: Robert Appleton Company, 1911. <http://www.newadvent.org/cathen/11257a.htm>.


Transcrito por Douglas J. Potter. Traducido por Patricia Reyes. Rev Corr L H M.