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Martes, 20 de agosto de 2019

Antiguo Testamento

De Enciclopedia Católica

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Nombre

La palabra "testamento", hebreo berîth, griego diatheke, significa primariamente la alianza que Dios pactó primero con Abraham, luego con el pueblo de Israel. Los profetas conocían sobre la nueva alianza a la cual daría paso la del Monte Sinaí. En consecuencia, Cristo en la Última Cena habla de la sangre de la nueva alianza. El apóstol San Pablo se declara a sí mismo (2 Cor. 3,6) ministro “de una nueva alianza”, y llama (3,14) “el antiguo testamento” a la alianza pactada en el Monte Sinaí. La Versión de los Setenta emplea la expresión griega diatheke por el hebreo "berîth". Los intérpretes posteriores, Aquila y Símaco, sustituyeron a diatheke con la más común syntheke, que probablemente concordaba más con su gusto literario. El término en latín es "fædus" y más a menudo “testamentum”, una palabra que corresponde más exactamente al griego.

Respecto a los tiempos del cristianismo, en un período temprano la expresión vino a significar toda la revelación de Dios según exhibida en la historia de los israelitas, y debido a que esta antigua alianza se incorporó a los libros canónicos, fue un paso fácil hacer que el termino significara las Escrituras Canónicas. Incluso el texto antedicho (2 Cor. 3,14) señala a eso. Así, Melito de Sardes y Clemente de Alejandría llaman a las Escrituras “libros del Antiguo Testamento” (ta palaia biblia; ta tes palaias diathekes biblia). No es claro si en estos dos autores “Antiguo Testamento” y “Escrituras del Antiguo Testamento” significan lo mismo. Orígenes muestra que en su época la transición era completa, aunque en sus escritos todavía se pueden trazar signos del gradual establecimiento de la expresión, pues cuando él quiere decir Escrituras, habla repetidamente del “llamado” Antiguo Testamento. Todavía no se puede probar que los más antiguos escritores occidentales usaran este término. Para el abogado Tertuliano los Libros Sagrados son, sobre todo, documentos y fuentes de argumento, y por lo tanto él los llama frecuentemente “vetus and novum instrumentum”. Cipriano menciona una vez la "scripturæ veteres et novæ". Subsiguientemente el uso del término se establece también entre los latinos, y es a través de ellos que se volvió propiedad de la cristiandad. En este artículo, la expresión “Antiguo Testamento” se usará con el sentido de escrituras canónicas del Antiguo Testamento

Historia del Texto

El canon del Antiguo Testamento, sus manuscritos, ediciones y versiones antiguas se tratan en los artículos: Biblia, Biblia Hebrea, Canon del Antiguo Testamento, Códice Alejandrino, Masora, Manuscritos de la Biblia, Versiones de la Biblia, etc. Asuntos relativos al origen y contenido de los libros individuales se proponen y contestan en los artículos respectivos de cada libro. Este artículo se circunscribe a una introducción general sobre el texto de las partes del Antiguo Testamento escritas en hebreo; para los pocos libros compuestos originalmente en griego (Sabiduría, [[2 Macabeos) y aquellos cuyo original semítico se perdió (Judit, Tobías, Eclesiástico, 1 Macabeos) no requieren tratamiento especial.

Texto de los Manuscritos y Masoretas

El punto de partida seguro para una correcta evaluación del texto del Antiguo Testamento es la evidencia que se obtiene de los manuscritos. Respecto a esto, lo primero a observar es que no importa cuan antiguos sean los manuscritos más viejos---los primeros son del siglo IX d.C.---desde el tiempo en que los libros fueron compuestos, hay una tradición uniforme y homogénea respecto al texto. El hecho es todavía más sorprendente, pues la historia del Nuevo Testamento es muy diferente. Tenemos manuscritos del Nuevo Testamento escritos a menos de 300 años después de la composición de los libros, y en ellos hallamos numerosas diferencias, aunque pocas de ellas son importantes. Las variantes textuales en los manuscritos del Antiguo Testamento se limitan a diferencias bastante insignificantes de vocales y muy raramente de consonantes. Aun cuando tomamos en cuenta las discrepancias entre las escuelas orientales, o babilónicas, y occidentales, o palestinas, no se hallan diferencias sustanciales. La prueba para la concordancia entre los manuscritos fue establecida por B. Kennicott después de comparar más de 600 manuscritos ("Vetus Testamentum Hebraicum cum cariis lectionibus", Oxford, 1776, 1780). De Rossi ha añadido bastante a dicho material ("Variæ lectiones veteris Testamenti", Parma, 1784-88). Es obvio que la notable uniformidad no se puede deber el azar; es única en la historia de la tradición del texto, y todavía más notable puesto que el imperfecto sistema de escritura hebreo no podía sino ocasionar muchos y variados errores y deslices. Además muchas peculiaridades en el método de escritura los muestran uniformes en todos lugares. Las variantes falsas se retienen iguales, de modo que el texto es claramente el resultado de igualamiento artificial.

Ahora surge la pregunta: ¿Hasta dónde podemos remontar este cuidado en manejar el texto para la posteridad? Filo Judeo, muchas autoridades sobre el Talmud y rabinos y letrados judíos de los siglos XVI y XVII favorecían la opinión de que el texto hebreo, como se lee hoy día en los manuscritos, nos fue escrito y legado desde el principio sin adulteración. Las obras de Elías Levita, Morino, Capelo han demostrado que esta opinión es insostenible; e investigaciones posteriores han establecido la historia del texto en sus rasgos esenciales. La uniformidad de los manuscritos es esencialmente el trabajo de los masoretas, que no fueron finalizados hasta después de la escritura de los manuscritos más antiguos. El trabajo de los masoretas consistía principalmente en la preservación fiel del texto transmitido. Ellos realizaban esto al mantener estadísticas exactas sobre el estado completo de los Libros Sagrados. Se contaban los versos, las palabras, las letras; se compilaban listas de palabras similares y de la forma de las palabras con el deletreo completo y real, y se catalogaban las posibilidades de posibles errores. La invención de los signos para vocales y acentos---cerca del siglo VII---facilitó la fiel conservación del texto. Las separaciones incorrectas y la conexión de sílabas y palabras fueron casi excluidas desde entonces.

Los masoretas usaron la crítica textual muy moderadamente e incluso lo poco que la utilizaron muestra que hasta donde fuera posible dejaron intacto todo lo que había sido transmitido. Si una interpretación parecía insostenible, no corregían el texto mismo, sino que se contentaban con anotar la variante apropiada en el margen como "Qerê" (leído) en oposición a "Kethîbh" (escrito). Tales correcciones fueron de varias clases. Antes que nada fueron correcciones de errores reales, ya fuese de letras o de palabras completas. Una letra o palabra en el texto, según la nota en el margen, tenía que ser o cambiada, o insertada u omitida por el lector. Tales eran los llamados "Tiqqunê Sopherîm", correcciones de los escribas. El segundo grupo de correcciones consistía en cambiar una palabra ambigua---en la Masora se registran dieciocho de éstas. Pero sus compiladores estaban conscientes del "Itturê Sopherîm", o borraduras de la waw conectora, que había sido hecha en varios sitios en oposición a los Setenta y las versiones samaritanas. Cuando luego los masoretas hablan sólo de cuatro o cinco casos, debemos decir con Ginsburg que éstos son meramente registrados como típicos. No eran raros los casos en que consideraciones de orden moral o religioso llevó a la sustitución de una palabra mal sonante por un eufemismo menos dañino. Las vocales de la expresión a ser leída se anexan a la palabra escrita del texto, mientras que las consonantes se anotan sobre el margen. Es bien conocido el recurrente "Qerê" Adonai en vez de Yahveh; parece remontarse al tiempo de antes de Cristo, y probablemente incluso antes de que los primeros intérpretes griegos se relacionaran con él.

El hecho de que los masoretas no se atrevieran a insertar los cambios descritos en el Texto Sagrado mismo muestra que éste ya estaba establecido; otras peculiaridades apuntan a la misma reverencia por la tradición. Repetidamente hallamos en el texto el llamado Nun invertido (por ejemplo, Números 10,35-36). En Isaías 9,6 hay una Mêm final dentro de la palabra. Se interrumpe una waw o se hacen más grandes las letras, mientras que otras se sitúan más arriba---las llamadas letras suspendidas. No pocas de estas rarezas están ya registradas en el Talmud, y por lo tanto deben ser más antiguas. En el “Mishna” se mencionan incluso letras con puntos. El conteo de las letras pertenece probablemente a un período anterior. Existen registros para la crítica textual de ese mismo tiempo. En lo esencial la obra se complete con el tratado post-talmúdico “Sopher m”. Este tratado, el cual da una cuidadosa introducción al Texto Sagrado escrito, es una de las pruebas más concluyentes de la escrupulosidad con que generalmente se trataba el texto en el tiempo de su origen (no antes del siglo VII).

Primeros Testigos

La condición del texto previo a la época de los masoretas es garantizada por el “Talmud”, con sus notas sobre crítica textual y sus innumerables citas, que sin embargo, eran sacadas frecuentemente sólo de la memoria. Otra ayuda eran los Tárgums o versiones arameas libres de los Libros Sagrados, compuestas desde los últimos siglos a.C. hasta el siglo V d.C. Pero el estado del texto se evidencia principalmente por la versión de la Vulgata hecha por San Jerónimo a finales del siglo IV y comienzo del V. Él siguió el hebreo original, y sus notas ocasionales sobre cómo se deletreaba o leía una palabra nos permite llegar a un juicio seguro sobre el texto en el siglo IV. Como debía esperarse de las declaraciones del Talmud, el texto consonántico de los manuscritos concuerda casi en todos los aspectos con el original de San Jerónimo. Aparecen mayores discrepancias en la vocalización, lo cual no debe sorprender, pues en esa época no se conocía el marcado de las vocales. Así la interpretación es necesariamente a menudo ambigua, como expresamente declara el santo. Su comentario sobre Isaías 38,11 muestra que esta declaración no sólo debe ser tomada como una nota sabia, sino que de ese modo la interpretación debe a menudo ser influenciada prácticamente. Cuando San Jerónimo habla ocasionalmente de vocales, él quiere decir letras vocales o mudas. Sin embargo, puede ser errónea la opinión de que en el siglo IV la pronunciación era todavía fluctuante. Pues el santo conocía cómo, en un caso definido, se debía vocalizar la palabra ambigua; él apeló a la costumbre de los judíos oponiéndose a la interpretación de los Setenta. Una pronunciación fija había resultado ya de la práctica, en boga por siglos, de leer la Sagrada Escritura públicamente en la sinagoga. Puede haber duda en casos particulares, pero en la totalidad, incluso el texto vocálico era seguro.

Los manuscritos de ese tiempo se escribían en letras de “caracteres cuadrados”, como se puede ver en las notas de San Jerónimo. Esta escritura distinguía la forma final de las muy conocidas cinco letras (Prologus galeatus), y probablemente suponía la separación de las palabras que, excepto en unos pocos lugares, es la misma que en la Masora. Algunas veces la Vulgata sola parece haber conservado la separación correcta en oposición a los masoretas y la versión griega.

Es muy lamentable la desaparición de la Hexapla de Orígenes. Esta obra en sus dos primeras columnas nos habría transmitido tanto el texto consonántico como la vocalización, pero de esta última sólo quedan unos cuantos remanentes dispersos. Ellos muestran que la pronunciación, especialmente de los nombres propios, en el siglo III muchas veces no concuerda con la usada posteriormente. El alfabeto en tiempos de Orígenes era el mismo que el de un siglo y medio después. En cuanto a las consonantes, hubo poco cambio y el texto no muestra una transformación esencial.

Las versiones griegas que se originaron en el siglo II nos remontan aún más atrás. La más valiosa es la de Aquila, pues está basada en el texto hebreo, y lo interpretó a la letra con la mayor fidelidad, permitiéndonos así llegar a conclusiones confiables sobre la condición del original. La obra es muy valiosa porque Aquila no se ocupa de la posición griega de las palabras y del idioma peculiar griego. Además, él difiere conscientemente de la Versión de los Setenta, tomando el entonces texto oficial como su norma. Había sido un discípulo del Rabí Aqiba, presumiblemente él mantuvo las opiniones y principios de los escribas judíos a principios del siglo II. Las otras dos versiones del mismo período son de menor importancia para la crítica. Teodoción dependió de Los Setenta, y Símaco se permitió mayor libertad en el tratamiento del texto. Sólo nos han llegado muy pocos fragmentos de las tres versiones. La forma del texto que se ha podido reunir de ellos es casi la trasmitida por los masoretas; las diferencias naturalmente se volvieron más numerosas, pero permanece como la única recensión conocida de los manuscritos. Sin embargo, debe ser adscrita por lo menos a principios del siglo II, e investigaciones recientes de hecho la asignan a ese período.

Pero eso no es todo. La perfecta concordancia de los manuscritos, incluso en sus notas críticas y aparentemente irrelevantes y casuales peculiaridades, ha llevado a la suposición de que el texto presente no sólo representa una sola recensión, sino que esta recensión está construida a partir de un arquetipo que contiene las mismas peculiaridades que nos sorprenden en los manuscritos. Se ha presentado evidencia que parece abrumadora a favor de esta hipótesis, la cual, desde tiempos de Olshausen, ha sido defendida y basada sobre un argumento más profundo, especialmente por De Lagarde. Por lo tanto no es sorprendente la afirmación de que esta opinion había sido desde hacía tiempo un hecho admitido en la crítica textual del Antiguo Testamento. Aun así, a pesar de lo persuasivo que el argumento parezca a simple vista, su validez ha sido impugnada constantemente por autoridades tales como Kuenen, Strack, Buhl, König y otros distinguidos por su conocimiento sobre el asunto. La condición presente del texto hebreo es sin duda el producto de una labor sistemática durante el curso de varios siglos, pero la pregunta es si el supuesto arquetipo existió alguna vez.

El Texto de la Biblia antes de Cristo

Fuente: Merk, August. "The Old Testament." The Catholic Encyclopedia. Vol. 14. New York: Robert Appleton Company, 1912. <http://www.newadvent.org/cathen/14526a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.