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Miércoles, 1 de diciembre de 2021

Antípodas

De Enciclopedia Católica

Revisión de 16:46 4 sep 2021 por Luz María Hernández Medina (Discusión | contribuciones)

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Antípodas: Las especulaciones sobre la redondez de la tierra y la posible existencia de seres humanos "con los pies vueltos hacia los nuestros" fueron de interés para los Padres de la Iglesia primitiva sólo en la medida en que parecían invadir el dogma cristiano fundamental de la unidad de la raza humana, y la consecuente universalidad del pecado original y la redención. Esto se ve claramente en el siguiente pasaje de San Agustín (De Civ. Dei, XVI.9):

"No hay para razón para creer la fábula de que hay antípodas, es decir, hombres en el lado opuesto de la tierra, donde el sol sale cuando se pone sobre nosotros, hombres que caminan con los pies opuestos a los nuestros. Aquellos que lo afirman no pretenden poseer ninguna información real; simplemente conjeturan que, dado que la tierra está suspendida dentro de la concavidad de los cielos, y hay tanto espacio a un lado como al otro, por lo tanto, la parte que está debajo no puede estar libre de habitantes humanos. No se dan cuenta de que, incluso si se cree o se demuestra que el mundo es de forma redonda o esférica, no resulta que la parte de la tierra opuesta a nosotros no esté completamente cubierta de agua, o que cualquier tierra seca conjeturada debería estar habitada por hombres. Pues la Escritura, que confirma la verdad de sus declaraciones históricas por el cumplimiento de sus profecías, no enseña falsedad; y es demasiado absurdo decir que algunos hombres podrían haber zarpado de este lado y, atravesando la inmensa extensión del océano, se haya propagado allí una raza de seres humanos descendientes de ese primer hombre ".

Esta opinión de San Agustín se mantuvo comúnmente hasta que el progreso de la ciencia, aunque confirmó su principal afirmación de que la raza humana es una, disipó los escrúpulos derivados de un conocimiento defectuoso de la geografía.

Ocurre una singular excepción a mediados del siglo VIII. De una carta del Papa San Zacarías (1 mayo 748), dirigida a San Bonifacio, nos enteramos de que el gran apóstol de Alemania había invocado la censura papal sobre cierto misionero entre los bávaros llamado Vergilio, que generalmente se supuso era idéntico al renombrado Ferghil, un irlandés y más tarde arzobispo de Salzburgo. Entre otras presuntas fechorías y errores estaba el de afirmar "que debajo de la tierra había otro mundo y otros hombres, otro sol y otra luna". En respuesta, el Papa ordena a San Bonifacio que convoque un concilio y, "si se aclara" que Vergilio se adhiere a esta "enseñanza perversa, contraria al Señor y a su propia alma", que "lo expulse de la Iglesia, y lo prive de su dignidad sacerdotal".

Ésta es la única información que poseemos sobre un incidente que figura en gran medida en la guerra imaginaria entre la teología y la ciencia. Que Vergilio alguna vez fue realmente juzgado, condenado u obligado a retractarse, es una suposición sin ningún fundamento en la historia. Por el contrario, si de hecho fue el futuro arzobispo de Salzburgo, es más natural concluir que logró convencer a sus censores de que por "otros hombres" no entendía una raza de seres humanos que no descendieran de Adán y no fueran redimidos por el Señor; pues es evidente que este era el rasgo de su enseñanza que le parecía al Papa "perversa" y "contraria al Señor".

En lugar de una censura estricta, la Iglesia y sus teólogos merecen nuestra más alta estima por haber defendido firmemente, a lo largo de los siglos, la importante doctrina de la hermandad universal del género humano. Al mismo tiempo reconocemos que el caso del monje irlandés que sufrió la pena de adelantarse varios siglos a su edad permanece en la página de la historia, como el caso paralelo de Galileo, como una advertencia solemne contra un recurso apresurado a las censuras eclesiásticas.


Fuente: Loughlin, James. "Antipodes." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1, págs. 581-582. New York: Robert Appleton Company, 1907. 4 Sept. 2021 <http://www.newadvent.org/cathen/01581a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina