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Viernes, 28 de abril de 2017

Apetito

De Enciclopedia Católica

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Apetito (ad, a + petere, buscar) es una tendencia, una inclinación o dirección. Según usada por los escritores modernos, la palabra apetito tiene un significado psicológico. Denota “una necesidad orgánica representada en la conciencia por ciertas sensaciones… Los apetitos generalmente reconocidos son los de hambre, sed y sexo; aunque las necesidades de aire, de ejercicio y de dormir caen dentro de la definición.” El término apetencia se aplica no sólo a las necesidades orgánicas, sino también de una manera general a "conaciones que encuentran satisfacción en algún estado o resultado positivo"; a "tendencias volitivas de todo tipo". (Baldwin, Diccionario de Filosofía y Psicología, s.v. Apetito sv, Apetencia.)

Para los escolásticos appetitus tenía un significado mucho más general, el cual explicaremos brevemente. (Las referencias son a las obras de Santo Tomás). Apetito incluye todas las formas de inclinación interna (Summa Theol, I-II, Q. VIII, a. 1; Quæst. disputatæ, De veritate, Q XXII, a.1). Se encuentra en todos los seres, incluso en aquellos que son inconscientes. Están incluidos en ella la inclinación a lo que es bueno y adecuado, y por lo tanto la aversión a lo que es malo ---pues la evitación del mal es un bien. Puede ser dirigida hacia un objeto que está ausente o hacia uno que está realmente presente. Finalmente, en los seres conscientes, no se limita a las necesidades orgánicas o tendencias inferiores, sino que se extiende a las aspiraciones más altas y más nobles.

Los escolásticos reconocen dos tipos principales de apetito: uno inconsciente, o naturalis, y el otro consciente, o elicitus, subdivididos en sensitivos y racionales. Por su propia naturaleza, todos los seres tienen ciertas tendencias, afinidades y formas de actividad. El término apetito natural incluye todos estos. Significa la inclinación de una cosa a la que esté de acuerdo con su naturaleza, sin ningún conocimiento de la razón por la cual tal cosa es apetecible. Esta tendencia se origina inmediatamente en la naturaleza de cada ser, y de forma remota en Dios, el autor de esa naturaleza (Quæst. disp., De veritate, Q. XXV, art. 1). El appetitus elicitus sigue al conocimiento. El conocimiento es la posesión por la mente de un objeto en su forma ideal, mientras que el apetito es la tendencia hacia la cosa así conocida, pero considerada en su realidad objetiva (Quæst. disp., De veritate, Q. XXII, a. 10). Pero como el conocimiento es de dos clases específicamente diferentes, así también lo es el apetito (Summa Theol., I, Q. LXXX, a. 2).

El appetitus sensitivus, también llamado animalis, sigue al sentido-conocimiento. Es una facultad esencialmente orgánica, cuyas funciones no son funciones solo del alma, sino del cuerpo también. Tiende sobre todo "a un objeto concreto que es útil o placentero", no a "la propia razón de su cualidad de apetecible". El appetitus rationalis, o voluntad, es una facultad del alma espiritual, que sigue al conocimiento intelectual, que tiende al bien como tal, y no principalmente a objetos concretos. Tiende a éstos en la medida en que se conozca que participan de la bondad abstracta y perfecta concebida por el intelecto (Quæst. disp., De veritate, Q. XXV, a. 1).

En los apetitos naturales y sensitivos no hay libertad. Uno es necesitado por las leyes de la naturaleza misma, el otro por el sentido-aprehensión de una cosa concreta como placentera y útil. La voluntad, por el contrario, no es necesitada por ningún bien concreto, porque ningún bien concreto realiza plenamente el concepto de la bondad perfecta que sola puede atraer necesariamente la voluntad. En este se encuentra la razón fundamental de la libertad de la voluntad (cf. Quæst. disp., De veritate, Q. XXV, a. 1).

El apetito sensitivo se divide en appetitus concupiscibilis y appetitus irascibilis, según que su objeto sea aprehendido simplemente como bueno, útil o placentero, agradable, o como siendo obtenible sólo con dificultad y mediante la superación de obstáculos (Summa Theol., I, Q. LXXXI, .a 5;. Q. LXXXII, a. 5; I-II, Q. XXIII, a. 1; Quæest. Disp., De veritate, XXV, a. 2).

Todas las manifestaciones del apetito sensitivo se llaman pasiones. En la terminología escolástica, esta palabra no tiene la significación limitada con la que se utiliza comúnmente hoy día. Hay seis pasiones para el apetito concupiscible: el amor y el odio, el deseo y la aversión, alegría y tristeza; y cinco para el apetito irascible: la esperanza y la desesperación, el coraje, el miedo y la ira (Summa Theol, I-II, Q. XXIII, a. 4).

En el hombre se encuentran los apetitos naturales, los sensitivos y los racionales. Algunas de las tendencias naturales del hombre tienen en vista su propio interés personal, por ejemplo, conservación de la vida, la salud, el bienestar físico y mental y la perfección. Algunos de ellos consideran el interés de las demás personas, y algunos se relacionan con Dios. Tales inclinaciones, sin embargo, a pesar de que salen inmediatamente de la naturaleza humana, se vuelven conscientes y deliberadas en muchas de sus determinaciones (Summa Theol., I, Q. LX, a. 3, 4, 5). La tendencia de las distintas facultades a realizar sus funciones apropiadas es también un apetito natural, pero no es una facultad distinta (Summa Theol, I, Q. LXXX, art. 1, ad 3; Q. LXXVIII, art. 1, ad 3 am).

El apetito sensitivo en el hombre está bajo el control de la voluntad y puede ser fortalecido o revisado por determinación de la voluntad. Este control, sin embargo, no es absoluto, pues el apetito sensitivo depende de las condiciones orgánicas, que no están reguladas por la razón. Con frecuencia, también, debido a lo repentino o intenso, el arrebato de la pasión no puede ser reprimido (Summa Theol, I, Q. LXXXI, a 3; I-II, Q. XVII, a. 7; Quæst. disp.., De veritate, Q. XXV, a. 4). Por otro lado, el apetito sensitivo ejerce una fuerte influencia sobre la voluntad, tanto porque las pasiones modifican las condiciones orgánicas y así influyen en todas las facultades cognitivas, y porque su intensidad puede evitar que la mente se aplique a las operaciones superiores del intelecto y la voluntad (Summa Theol, I-II, Q. IX, a. 2; Q. X, a. 3; Q. LXXVII, a. 1).

La teoría del apetito tiene diversas aplicaciones en la teología. Afecta la solución de problemas como el deseo del hombre por Dios, las consecuencias del pecado original y la perfección de la humanidad de Cristo. Es de suma importancia también en las cuestiones relativas a la ley moral natural, la responsabilidad, la virtud y el vicio, la influencia de la pasión como un factor determinante de la acción humana. Entre los teólogos medievales, Santo Tomás sostuvo que las criaturas inteligentes desean natural contemplar la esencia de Dios. El conocimiento que se tiene de él a través de sus efectos sólo sirve para avivar su deseo de la visión inmediata. Escoto, aun admitiendo este deseo como una tendencia natural en el hombre, alegó que no podía llevarse a cabo sin la ayuda de la gracia. La discusión del problema fue continuada por los comentaristas de Santo Tomás, y ha sido revivida por los teólogos modernos. Cf. Sestili, "De naturali intelligentis animæ appetitu intuendi divinam essentiam" (Roma, 1896).


Bibliografía: MAHER, Psychology (4ta ed., Londres, 1900); MERCIER, Psychologie (6ta ed., Lovaina, 1903); GARDAIR, Les passions et la volonté (París, 1892); cf. also GARDEIL in Dict. de théol. cath., s.v. Appétit.

Fuente: Dubray, Charles. "Appetite." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. 13 Dec. 2012 <http://www.newadvent.org/cathen/01656a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina