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Martes, 19 de marzo de 2019

Filipos

De Enciclopedia Católica

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(Griego Phílippoi, latín Philippi).

Filipos fue una ciudad de Macedonia, en las fronteras de Tracia, situada en la cima de una colina, que dominaba una llanura amplia y fértil, atravesada por la Vía Egnatia. Estaba al noroeste del Monte Pangea, cerca del río Gangites, y el Mar Egeo. En el año 358 a.C fue tomada, ampliada y fortalecida por el rey de Macedonia, Felipe II, de ahí su nombre Filipos. Octavio Augusto (42 a.C.) le confirió su jus Italicum ( Hch. 16,12), lo que la convirtió en una Roma en miniatura, y le concedió las instituciones y privilegios de los ciudadanos de Roma. Es por ello que encontramos en Filipos, junto con un remanente de los macedonios, colonos romanos junto con algunos judíos, estos últimos, sin embargo, tan pocos que no tenían sinagoga, sino sólo un lugar de oración (7rpoaeux7)).

Filipos fue la primera ciudad europea en la que San Pablo predicó la fe. Llegó allí con Silas, Timoteo y Lucas cerca de finales del 52 d.C., con motivo de su segundo viaje apostólico. Los Hechos mencionan en particular, una mujer llamada Lidia de Tiatira, vendedora de púrpura, en cuya casa San Pablo probablemente habitó durante su estancia en Filipos. Sus trabajos fueron recompensados por muchas conversiones (Hch. 16), las más importantes de las cuales se realizaron entre las mujeres de rango, que parecen haber conservado su influencia durante mucho tiempo. La Epístola a los Filipenses trata de una manera especial sobre una disputa que surgió entre dos de ellas, Evodia y Síntique (4,2). En un disturbio del populacho, Pablo y Silas fueron golpeados con varas y echados en la cárcel, de la que al ser liberados milagrosamente, se encaminaron a Tesalónica. Lucas, sin embargo, continuó trabajando durante cinco años.

Los filipenses permanecieron muy apegados y agradecidos hacia su apóstol y en varias ocasiones le enviaron ayuda pecuniaria (dos veces a Tesalónica, Flp. 4,14-16; una vez a Corinto, 2 Cor. 11,8-9; y una vez a Roma, Flp. 4-10-18); vea Epístola a los Filipenses). San Pablo regresó allí más tarde; él los visitó en su segundo viaje, alrededor del año 58, después de salir de Éfeso (Hch. 20,1-2). Se cree que escribió su Segunda Epístola a los Corintios en Filipos, a donde regresó en su camino de vuelta a Jerusalén, y pasó allí la semana de Pascua (Hch. 20,5-6). Él siempre se mantuvo en estrecha comunicación con los habitantes. Después de haber sido arrestado en Cesarea y llevado a Roma, él les escribió la epístola que tenemos en el Nuevo Testamento, en la que habla en detalle de su predilección por ellos (1,3.7; 4,1; etc.). Pablo probablemente les escribió más cartas de la que poseemos; San Policarpo, en su epístola a los Filipenses (II, 1 ss.), parece aludir a varias cartas (aunque la palabra griega, e7rarTsXat, se utiliza también al hablar de una sola carta), y el mismo Pablo (Flp. 3,1) parece referirse a escritos anteriores. Esperaba (1,26; 2,24) volver a visitar Filipos después de su cautiverio, y pudo haber escrito allí su Primera Epístola a Timoteo (1 Tim. 1,3). Poco se sabe de la historia posterior de la ciudad. Más tarde fue destruida por los turcos; hoy sólo quedan algunas ruinas.


Bibliografía: Vea la bibliografía en el artículo Epístola a los Filipenses.

Fuente: Vander Heeren, Achille. "Philippi." The Catholic Encyclopedia. Vol. 12. New York: Robert Appleton Company, 1911. 5 Oct. 2015 <http://www.newadvent.org/cathen/12007b.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina