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Miércoles, 28 de octubre de 2020

Amito

De Enciclopedia Católica

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El amito es un pequeño lienzo de lino cuadrado u oblongo que, como las demás vestimentas sacerdotales, necesita una bendición previa a su uso. El propósito de esta pieza, la primera que se pone el sacerdote para la Misa, es que cubra los hombros y, originalmente, también la cabeza. Muchas de las antiguas órdenes religiosas todavía usan el amito de la manera que prevalecía en la Edad Media; es decir, que el amito se introduce la cabeza por el hueco con las puntas cayendo sobre los hombros; luego se colocan las otras vestimentas, desde el alba a la casulla, y por fin, al acercarse al altar, el sacerdote dobla el amito hacia atrás de la cabeza, de modo que cuelgue alrededor del cuello y sobre la casulla, a la manera de una pequeña capucha. De este modo, como se puede entender fácilmente, el amito forma una especie de cuello que protege efectivamente el material precioso de la casulla del contacto directo con la piel. Al retirarse del presbiterio, el sacerdote se cubre la cabeza con el amito, de modo tal que, tanto al entrar como al marcharse sirve como un tocado en lugar de la birreta moderna.

Esta forma de usar el amito ha caído en desuso entre el clero en general, y el único vestigio que perdura es la rúbrica que señala que, al momento de ponérselo, el amito deberá permanecer sobre la cabeza durante un momento antes de ser ajustado alrededor del cuello. En la ceremonia de su ordenación, los subdiáconos reciben el amito de manos del obispo quien les dice: ”Recibe el amito que indica la disciplina de la voz” (castigatio vocis). Esto parece referirse a algún uso primitivo del amito como una especie de bufanda para proteger la garganta. Por otra parte, la oración que el clero debe decir al momento de ponerse esta vestimenta habla de ella como un galeam salutis, un “yelmo de salvación contra las artimañas del enemigo”; así enfatiza su uso como cobertura para la cabeza. En sentido estricto, los clérigos por debajo del grado de subdiáconos no deben usar el amito, por ser este una vestidura sagrada.

Al rastrear la historia del amito, nos topamos con la misma dificultad que encontramos en el caso de la mayoría de las otras vestimentas, es decir, la imposibilidad de determinar el significado preciso de las expresiones utilizadas por los escritores antiguos. La palabra amictus, que es todavía el nombre latino de esta vestimenta, y del que se deriva la palabra amito, parece claramente que fue utilizada en su sentido actual por Amalario a comienzos del siglo IX. Éste nos dice que el amictus es la primera vestimenta que se pone y envuelve el cuello (De Eccles. Ofic.., II, XVII, en P.L., CV, 1094). Probablemente también podemos sentirnos confiados al identificar esa misma vestimenta con el anagolagium mencionado en el primer “Ordo Romano”, documento de mediados del siglo VIII o anterior. Anagolagium parece ser sencillamente una corrupción de la palabra anabolium (o anaboladium), a la que San Isidoro de Sevilla define como una especie de envoltura de lino usada por las mujeres para cubrirse los hombros, también llamada sindon. No existe nada que indique esta última fuese una vestimenta litúrgica; por lo tanto, debemos concluir que no podemos rastrear con seguridad el origen del amito actual a antes de la mencionada referencia en el primer Ordo Romano (P.L., LXVIII, 940). Es curioso que este anagolagium, aunque era también usado por el diácono y el subdiácono papales, el Papa por encima y no por debajo del alba. Hasta el momento presente, el Papa, cuando pontifica, usa una especie de segundo amito de seda a rayas llamado fanón , que se pone encima del alba y se dobla hacia atrás sobre la parte alta de la casulla. Además, en el Rito Ambrosiano también el amito se coloca sobre el alba.

No está del todo claro en qué momento se empezó a considerar al amito como parte indispensable de las vestimentas litúrgicas del sacerdote; pues tanto el obispo Teodulfo de Orleáns (m. 821) como Walafrido (m. 849) parecieron ignorarlo en circunstancias en las que ciertamente esperaríamos que lo mencionaran. Por otro lado, la “Admonitio Synodalis”, documento de fecha, pero generalmente atribuido al siglo IX (vea, sin embargo, Revista benedictina, 1892, pág. 99), claramente impone la obligación de celebrar Misa con el amito, alba, estola, manípulo y casulla.

Los primeros escritores litúrgicos primitivos, como Rábano Mauro, se inclinaban a considerar al amito como derivado del efod del sacerdocio judíos, pero las autoridades modernas son unánimes en el rechazo de esta teoría. Rastrean el origen del amito a algún propósito utilitario, aunque hay una diferencia de opinión considerable respecto a si en un comienzo era un lienzo para el cuello introducido por razones de decoro para tapar la garganta desnuda; o nuevamente un pañuelo que protegía las ricas vestimentas nobles del sudor que, en los climas meridionales suele bañar la cara y el cuello, o quizás una bufanda de invierno para abrigar la garganta de aquellos que, en aras de la música eclesiástica, debían cuidar sus voces. Se puede decir algo a favor de estas opiniones, pero no parece posible llegar a ninguna conclusión exacta.(ver Braun, Die priesterlichen Gewänder, pág. 5). Los varios nombres por los que se lo conocía en la antigüedad, humerale (es decir “hombrera”, Germ. Schultertuch), superhumerale anagologium, etc., no nos ayudan a conocer su historia.

Así como para el alba, también para el amito el único material permitido es el lino tejido a partir de la fibra de lino o cáñamo. En el centro del amito se debe coser o bordar una pequeña cruz que el sacerdote debe besar antes de ponérselo. Autoridades competentes (por ejemplo Thalhofer, Liturgia, I, 864) disponen que el amito debe medir al menos aproximadamente 32 pulgadas de largo por 24 de ancho (81 x 61 cms.). Parece que se permite el uso de un ligero borde de puntilla en los amitos destinados a usarse en los días de fiesta; los cordones pueden ser de seda blanca o de color (Barbier de Montault, Costume Eccl., II, 231). En la Edad Media cuando el amito se doblaba sobre la casulla y por tanto quedaba a la vista, se solía adornar con un “accesorio” o cintas de bordado suntuoso, pero esta práctica ya no está permitida. (Vea también el artículo Amito II).


Bibliografía: BRAUN, Die priesterkichen Gewänder (Friburgo, 1897), 1-15, ROHAULT DE FLEURY, La Misa, VII, THURSTON en The Month (Sept., 1898), 265 y siguientes. Ver también las obras ya mencionadas en la bibliografía de alba; GIHR, El Santo Sacrificio de la Misa, (tr., St. Louis, Mo., 1902), 273-277, que ofrecen una amplia relación del simbolismo atribuido a esta y otras vestiduras por liturgistas medievales.

Fuente: Thurston, Herbert. "Amice." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1, págs. 428-429. New York: Robert Appleton Company, 1907. 12 sept. 2020. <http://www.newadvent.org/cathen/01428c.htm>.

Traducido por Estela Sánchez Viamonte. lmhm