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Domingo, 22 de octubre de 2017

Melecio de Licópolis

De Enciclopedia Católica

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Melecio, obispo de Licópolis en Egipto, le dio su nombre a un cisma de corta duración. No hay certeza sobre las fechas de su nacimiento, su muerte y su episcopado. Sin embargo, se sabe que fue obispo de la antedicha ciudad tan temprano como 303, pues en un concilio efectuado cerca de 306 en Alejandría (vea Concilios de Alejandría) por Pedro, arzobispo de esa ciudad, Melecio fue depuesto por varias razones, entre ella por sacrificar a los ídolos.

Nuestras únicas fuentes de información eran las escasas referencias de San Atanasio, hasta que en el siglo XVIII Scipio Maffei descubrió importantes documentos en Verona en un manuscrito que trataba sobre el cisma meleciano en Egipto. Los tres documentos conservados en latín indudablemente son auténticos. El primero es una carta de protesta por cuatro obispos egipcios, Hesiquio, Pacomio, Teodoro y Fileas, que datan a lo más tardar de 307, desde el mismo comienzo del cisma de Melecio, y antes de su excomunión a quien los obispos se dirigieron como dilectus comminister in Domino (amado compañero ministro en el Señor). “Hemos oído”, dicen los obispos, “graves informes respecto a Melecio, quien es acusado de perturbar la ley divina y las reglas eclesiásticas. Muy recientemente un número de testigos han confirmado los informes, y nos sentimos obligados a escribir esta carta. Indudablemente Melecio está consciente de la muy antigua ley que prohíbe a un obispo ordenar fuera de su propia diócesis. Sin embargo, sin respeto a esta ley, y sin consideración al gran obispo y padre, Pedro de Alejandría, ni a los obispos encarcelados, él ha creado confusión general. Para reivindicarse quizás él puede declarar que fue obligado a actuar así, pues las congregaciones estaban sin pastores. Sin embargo, tal defensa es inválida, pues un número de visitantes (circumeuntes) habían sido nombrados. Si ellos fueron negligentes en sus deberes, su caso debió haber sido presentado ante los obispos encarcelados. Si estos últimos habían sido martirizados, él podía haber apelado a Pedro de Alejandría, y así haber obtenido la autoridad para ordenar.”

El segundo documento consta de una nota anónima añadida a la carta anterior y fraseada como sigue: “Habiendo Melecio recibido y leído la carta, no prestó atención a la protesta ni se presentó ante los obispos encarcelados, ni ante Pedro de Alejandría. Después que todos estos obispos, sacerdotes y diáconos murieron en sus calabozos en Alejandría, él inmediatamente se dirigió a dicha ciudad. Entre muchos intrigantes había dos, un tal Isidoro y un Arrio, aparentemente honorables, ambos deseosos de ser admitidos al sacerdocio. Conscientes de la ambición de Melecio y de lo que buscaba, corrieron donde él y le dieron los nombres de los visitantes (circumeuntes) nombrados por Pedro. Melecio los excomulgó y ordenó a otros dos, uno de ellos detenido en prisión, el otro en las minas.”

Al enterarse de esto, Pedro le escribió a sus fieles de Alejandría. Luego viene el tercer documento, en el cual aparece la frase interpretada como sigue: “Habiendo oído”, dijo Pedro, “que Melecio, sin considerar la carta de los santos obispos y mártires, se ha inmiscuido en mi diócesis, ha privado a mis diputados de su poder, y ha consagrado a otros, les aconsejo que eviten toda comunión con él hasta que él y yo nos podamos encontrar cara a cara en la presencia de hombres prudentes e investigar este asunto”.

La conducta de Melecio era de lo más reprensible considerando que su insubordinación era la de uno en un alto puesto. San Epifanio de Salamina y Teodoro nos dicen que Melecio estaba próximo en rango después de Pedro de Alejandría, de quien estaba celoso y a quien quería suplantar en ese momento, cuando Pedro fue obligado a huir y a vivir escondido a causa de la persecución. No era sólo contra Pedro, sino también contra sus sucesores inmediatos, Aquilas y Alejandro, que Melecio mantenía su falsa posición. Sabemos esto por San Atanasio, un testigo autorizado. Se puede determinar con bastante precisión la fecha de comienzo del cisma meleciano al comparar la información que nos da Atanasio con la que nos dan los tres documentos anteriores. Fue evidentemente durante el episcopado de Pedro, quien ocupó la sede de Alejandría desde el 300 al 311. Atanasio declara positivamente en su "Epistola ad episcopos" que “los melecianos fueron declarados cismáticos hace más de cincuenta y cinco años”. Desafortunadamente la fecha de esta carta es disputable; las alternativas son entre 356 y 361. Sin embargo, Atanasio añade: “Los arrianos fueron declarados herejes hace treinta y seis años”, es decir, en el Primer Concilio de Nicea (325). Por lo tanto, aparentemente Atanasio estaba escribiendo en el año 361. Si le restamos cincuenta y cinco años, tenemos el año 306 para la condenación del cisma meleciano; y ya que la persecución de Diocleciano arreció amargamente entre 303 y 305, los comienzos del cisma parecen pertenecer al año 304 ó 305.

San Epifanio, obispo de Salamina en Chipre da un relato circunstancial (Haer. LXVIII) en contradicción con la narrativa anterior. Según él, el cisma surgió de un desacuerdo entre Melecio y Pedro respecto a la recepción de ciertos fieles, particularmente eclesiásticos, quienes habían abjurado la fe durante la persecución. Este relato, el cual algunos historiadores prefieren a la declaración de San Atanasio, no es ya creíble desde que Maffei descubrió en Verona los antedichos documentos. Entonces, ¿cómo explicar el origen del relato dado por Epifanio? Parece que surgió de este modo: después de la muerte de Pedro, Melecio fue arrestado y enviado a las minas; en su camino se detuvo en Eleuterópolis y allí fundó una iglesia de su secta; siendo Eleuterópolis el pueblo natal de Epifanio, éste naturalmente tuvo contacto con Melecio en sus primeros días. Ellos por supuesto presentaron bajo una luz más favorable el origen de su secta; y así Epifanio insertó luego su narrativa parcial y descarriada en su gran obra sobre las herejías. Finalmente, las referencias al cisma meleciano por Sozomeno y Teodoreto concuerdan completamente con los documentos originales descubiertos en Verona, y más o menos con lo que dice Atanasio sobre el mismo asunto. En cuanto a San Agustín, el sólo menciona el cisma someramente y probablemente basado en San Epifanio.

La supresión del cisma meleciano fue uno de los tres asuntos importantes que se presentaron ante el Primer Concilio de Nicea. Sus decretos han sido conservados en la epístola sinodal dirigida a los obispos egipcios. Se decidió que Melecio debía permanecer en su propia ciudad de Licópolis, pero sin ejercer autoridad o el poder de ordenar; además se le prohibía ir a los alrededores del pueblo o entrar a otra diócesis con el propósito de ordenar a sus súbditos. Podía retener su título episcopal, pero los eclesiásticos ordenados por él debían recibir otra vez la imposición de manos, pues las ordenaciones de Melecio quedaban declaradas inválidas. A través de toda la diócesis donde se hallaran, los ordenados por Melecio siempre le debían dar precedencia a los ordenados por Alejandro, ni debían hacer nada sin el consentimiento del obispo Alejandro. En caso de la muerte de un obispo o eclesiástico no meleciano, el cargo vacante se le podía dar a un meleciano, siempre que fuera digno y la elección popular fuera ratificada por Alejandro. En cuanto a Melecio mismo, se le quitaron sus derechos y prerrogativas episcopales debido a su hábito incorregible de promover la confusión dondequiera. Sin embargo, estas medidas suaves fueron en vano; los melecianos se unieron a los arrianos e hicieron más daño que nunca, convirtiéndose en los peores enemigos de San Atanasio. Refiriéndose a este intento de reunión San Atanasio dijo: "Permita Dios que nunca hubiera ocurrido”.

Cerca del año 325 los melecianos tenían en Egipto veintinueve obispos, incluyendo a Melecio, y en Alejandría tenían cuatro sacerdotes, tres diáconos y un capellán del ejército. Conforme al decreto niceno, Melecio vivió primero en Licópolis en la Tebaida, pero después de las negociaciones que unieron a su partido con los arrianos. No se conoce la fecha de su muerte. Él nominó a su amigo, Juan, como su sucesor. Teodoreto menciona a unos muy supersticiosos monjes melecianos que practicaban las abluciones judías. Los melecianos se extinguieron a mediados del siglo V.


Bibliografía: CEILLIER, Histoire Générale des auteurs ecclésiastiques, III (Paris, 1732), 678-81), II (1765), 615-16; HEFELE, Meletius in Kirchenlex., ed. KAULEN, VIII (1893), 1221 sq.; ACHELIS, Meletius von Lykopolis in Realencyclopædie, ed. HAUCK, XII (1903), 558-62; HEFELE, Histoire des Conciles, ed. LECLERCQ, (1907), 211-12, 488-503.

Fuente: Leclercq, Henri. "Meletius of Lycopolis." The Catholic Encyclopedia. Vol. 10. New York: Robert Appleton Company, 1911. <http://www.newadvent.org/cathen/10164a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.