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Sábado, 21 de octubre de 2017

Enrique II

De Enciclopedia Católica

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Rey alemán y emperador del Sacro imperio romano. Hijo del duque Enrique II (el Batallador) y de la princesa Gisela de Borgoña; nacido en 972; muerto en su palacio de Grona, en Gottingen, el 13 de julio de 1024. Tuvo la gran suerte de pertenecer a una familia sumamente religiosa. Su hermano Bruno fue obispo. Su hermana Brígida fue monja. La otra hermana, Gisela, fue la esposa de un santo, San Esteban, rey de Hungría. Y la madre de Enrique lo confió desde muy jovencito bajo la dirección de otro fervoroso personaje, San Wolfgan, obispo de Ratisbona, el cual lo educó de la mejor manera que le fue posible.

Como su predecesor, Otto III, tuvo la educación literaria de su tiempo. En su juventud había sido destinado para el sacerdocio. Por consiguiente conoció los asuntos eclesiásticos a una edad temprana.

Al poco tiempo de haberse muerto su gran maestro, San Wolfgan, vio Enrique que se le aparecía en sueños y escribía en una pared esta frase: "Después de seis". Se imaginó que le avisaban que dentro de seis días iba a morir y se dedicó con todo su fervor a prepararse para bien morir. Pero pasaron lo seis día y no se murió. Entonces creyó que eran seis meses los que le faltaban de vida, y dedicó ese tiempo a lecturas espirituales, oraciones, limosnas a los pobres, obras buenas a favor de los más necesitados y cumplimiento exacto de su deber de cada día. Pero a los seis meses tampoco se murió. Se imaginó que el plazo que le habían anunciado eran seis años, y durante ese tiempo se dedicó con mayor fervor a sus prácticas de piedad, a obras de caridad y a instruirse ejercer lo mejor posible sus oficios, y a los seis años... lo que le llegó no fue la muerte sino el nombramiento de Emperador. Y este aviso le sirvió muchísimo para prepararse sumamente bien para ejercer tan alto cargo.

Empezó siendo simplemente gobernante de Baviera. Y allí ejerció su autoridad con agrado de todos, llegando a ser enormemente estimado por su pueblo. Pero de pronto murió el Emperador Otón III, su primo, sin dejar herederos, y entonces los príncipes electores juzgaron que ningún otro estaba mejor preparado para gobernar Alemania y a las naciones vecinas que el buen Enrique, tan apreciado por sus súbditos. Y llegó así a aquel altísimo cargo.

De buena gana realizaba prácticas pías, gustosamente también fortaleció la Iglesia en Alemania, sin dejar de considerar las instituciones eclesiásticas como los principales puntales de su poder, de acuerdo con la visión de Otto el Grande. Con toda su sabiduría y piedad, Enrique era un hombre sumamente sobrio, dotado de sensatez y de un sentido común práctico. Tenía un proceder circunspecto, intentaba hacer lo que era posible y, donde era factible, aplicando los métodos de la amabilidad y un razonable buen sentido. Esta prudencia, sin embargo, estaba combinada con la energía y la escrupulosidad. Enfermo y sufriendo por la fiebre, cruzó el imperio para mantener paz. En todo momento usó su poder para arreglar los problemas. Especialmente deseó ayudar al pueblo. La Iglesia, como Iglesia constitucional de Alemania, y por consiguiente como garante de la unidad alemana y de las demandas de sucesión, elevó a Enrique al trono. El nuevo rey inmediatamente asumió la política de Otón I tanto en los asuntos internos como externos.

Esta política apareció primero en su tratamiento de las Marcas Orientales. Las invasiones del duque Boleslaw, que había fundado un gran reino, lo impelió intervenir. Pero su éxito no fue notable.

En Italia la oposición local y nacional al universalismo del rey alemán había encontrado un defensor en Arduino de Ivrea. Este último asumió la corona Lombarda en 1002. En 1004, Enrique cruzó los Alpes. Arduino se rindió a su superior poder. Entonces, el arzobispo de Milán lo coronó rey de Italia. Este rápido éxito fue principalmente debido al hecho de que una gran parte del episcopado italiano sostenía la idea de un imperio romano y de la unidad de Iglesia y Estado.

Su segunda expedición a Roma fue motivada por la disputa entre los condados de Tuscany y los Crescentians sobre la nominación al trono papal, derrotó a los enemigos del Pontífice y le restituyó su alto cargo. El Papa Benedicto VIII lo coronó solemnemente, el 14 de febrero de 1014, en Roma como Emperador de Alemania, Italia y Polonia. Pero no fue hasta más tarde, en su tercera expedición a Roma, cuando pudo restaurar completamente el prestigio del imperio.

Sin embargo, antes de que esto ocurriera, le obligaron a intervenir en occidente. Los disturbios eran especialmente frecuentes a lo largo de todo el noroeste. Lorraine causó grandes problemas. Los conde de Lutzelburg (Luxemburgo), cuñados del rey, eran el corazón y alma del descontento en ese país. De ellos, Adalbero se había nombrado obispo de Tréveris por métodos no canónicos (1003); pero no fue reconocido más que por su hermano Teodorico que se había nombrado obispo de Metz.

De acuerdo con su deber, el rey no podía ser inducido a incitar cualquier política familiar egoísta a expensas del imperio. Aunque Enrique, en general, fue capaz de mantener su mantenerse por sí mismo contra estos condes de Luxemburgo, la autoridad real sufrió una gran pérdida de prestigio en el noroeste. Borgoña proporcionó una compensación a ello. El señor de ese país era Rodolfo que, para protegerse contra sus vasallos, se alió con Enrique II, el hijo de su hermana, Gisela, y el duque sin hijos legó su ducado a Enrique, a pesar de la oposición de los nobles (1006). Enrique tuvo que emprender varias campañas antes de que él pudiera dar fuerza a sus demandas. No logró ningún resultado tangible, y dejó las reclamaciones teóricas sobre Borgoña a sus sucesores.

Mejor suerte esperó al rey en las partes centrales y orientales del imperio. Es verdad que tuvo un enfrentamiento con los Conradinianos sobre Carintia y Suabia: pero Enrique salió victorioso porque su reino descansaba en la sólida fundación de una íntima alianza con la Iglesia.

Que su actitud hacia la Iglesia fue dictada en parte por razones prácticas, en principio promovió las instituciones de la Iglesia principalmente para hacer de ellas apoyos más útiles su poder real, se muestra claramente por su política. El modo en que audazmente Enrique se alzó como gobernante real de la Iglesia se ve particularmente en el establecimiento de la Sede de Bamberg, que siguió completamente su propio esquema.

Llevó a cabo esta medida, en 1007, a pesar de la oposición enérgica contra este cambio en la organización de la Iglesia del obispo de Wurzburg. El primer propósito del nuevo obispado era la germanización de las regiones del Alto Main y de Regnitz dónde los wends (n.d.t. "sorabos" un pueblo eslavo) se habían establecido. Como una parte grande del contorno de Bamberg pertenecía al rey, éste pudo dotar con riqueza las fundaciones del nuevo obispado. La importancia de la situación de Bamberg, principalmente en el campo de cultura que promovió principalmente por sus prósperas escuelas. Por tanto, Enrique confió en la ayuda de la Iglesia contra el poder laico que había llegado a ser considerable. Pero no hizo ninguna concesión a la Iglesia.

Aunque naturalmente pío y buen conocedor de la cultura eclesiástica, era en el fondo un extraño a su espíritu. Dispuso autocráticamente de los obispados. Bajo su regla, los obispos, de quienes exigió una total obediencia, parecían ser oficiales del imperio. Exigió la misma obediencia de los abades. Sin embargo, esta dependencia política no dañó la vida interior de la Iglesia alemana bajo Enrique. Por medio de sus recursos económicos y educativos la Iglesia tuvo una beneficiosa influencia en esta época.

Pero precisamente fue este poder civilizador de la Iglesia alemana el que despertó las sospechas de los reformistas. Esto fue importante porque Enrique vencía cada vez más sobre las ideas de este grupo. En un sínodo en Goslar confirmó decretos que tendieron a realizar las demandas hechas por los partidarios de la reforma. Finalmente estas tendencias no pudieron subvertir el sistema otoniano, es más no pudieron crear una oposición a la Iglesia en Alemania tal y como estaba constituida.

Esta hostilidad de parte de la Iglesia alemana encontró una cabeza en la disputa del emperador contra el arzobispo Aribo de Maguncia. Aribo era contrario a la reforma de los monjes de Cluny. El embrollo político del matrimonio de Hammerstein le dio la oportunidad que deseaba de ofrecer un frente contra Roma. Otto von Hammerstein había sido excomulgado por Aribo a causa de su matrimonio con Irmengard, y éste último había apelado a Roma con éxito. Esto obtuvo la oposición del Sínodo de Seligenstadt, en 1023, que prohibió la apelación a Roma sin el consentimiento del obispo. Este paso significó la rebelión abierta contra la idea de la unidad de la iglesia y su último resultado habría sido el nacimiento de una Iglesia nacional alemana. En esta disputa el emperador estaba completamente en el lado de los reformistas. Incluso quiso incoar procedimientos internacionales contra el arzobispo desobediente por medio de tratados con el rey francés; pero su muerte lo impidió.

Antes de que este Enrique hubiera hecho su tercer viaje Roma en 1021, acudió a la demanda de los obispos italianos fieles, que le habían advertido en Estrasburgo del aspecto peligroso de la situación italiana, también el papa que lo insinuó en Bamberg en 1020. Así el poder imperial, que ya había empezado a retirarse de Italia, fue convocado de nuevo allá. En este tiempo el objetivo fue acabar con la supremacía de los griegos en Italia. Su éxito no fue completo; tuvo éxito, sin embargo, al restaurar el prestigio del imperio en el norte y centro de Italia. Enrique era un hombre demasiado razonable como para pensar en serio en adoptar de nuevo los planes imperialistas de sus predecesores. Quedó satisfecho por haber asegurado la posición dominante del imperio en Italia dentro de los límites razonables. El poder de Enrique estaba asegurado y se debió a su principal compromiso de fundamentar su autoridad nacional.

Las leyendas eclesiásticas más tarde han atribuido rasgos ascéticos a este gobernante algunas de los cuales ciertamente no puede resistir la crítica seria. Por ejemplo, el tema muy tratado de su matrimonio virginal con Cunegunda no tiene ciertamente de hecho ninguna base.

Llamado "el piadoso". Pocos gobernantes hay que hayan gozado de una manera tan extraordinaria de cariño de su pueblo, como San Enrique. Un día, a un empleado que le aconsejaba tratar con crueldad a los revoltosos, le respondió: "Dios no me dio autoridad para hacer sufrir a la gente, sino para tratar de hacer el mayor bien posible." Fue un verdadero padre para sus súbditos. La fama de su bondad corrió pronto por toda Alemania e Italia, ganándose la simpatía general. En sus labores caritativas le ayudaba su virtuosa esposa, Santa Cunegunda. Murió el 13 de julio del año 1024, la Iglesia canonizó a este emperador en 1146, y a su esposa Cunegunda en 1200.

FRANZ KAMPERS Transcrito por HCC Traducido por Quique Sancho