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Viernes, 20 de octubre de 2017

Papa Alejandro III

De Enciclopedia Católica

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Papa desde el 1159-81 (Orlando Bandinelli), nació en una distinguida familia de Siena y murió el 3 de agosto de 1181. Fue profesor en Bolonia donde adquirió una gran reputación como canonista aumentada tras la publicación de su comentario al Decreto de Graciano, popularmente conocido como la "Summa Magistri Rolandi". Fue llamado a Roma por Eugenio III en el año de 1150 adonde hizo un rápido progreso. Nombrado Cardenal Diácono, después Cardenal Sacerdote con el título de san Marcos, y Canciller Papal. Fue el leal consejero de Adriano IV y se le consideró como el alma del grupo independiente entre los cardenales que buscaron escapar del yugo alemán por su alianza con los normandos de Nápoles. Por afirmar abiertamente ante [FedericoI] Barbarroja en la Dieta de Besanzón (1157) que la dignidad imperial era un beneficio papal (en el sentido general de beneficium y no en el de “feudo”), incurrió en la ira de los príncipes alemanes y pudo haber caído bajo el hacha de guerra de su eterno enemigo, Otto de Wittelsbach, de no haber intervenido Federico. Con el propósito de asegurarse a un pontífice sumiso en la próxima vacante, el Emperador mandó a Italia a dos hábiles emisarios para operar con las debilidades y miedos de los cardenales y de los romanos, al mencionado Otto y al Arzobispo electo de Colonia, Reginaldo de Dassel, cuya actitud antipapado se debió en gran parte al hecho de que la Santa Sede se negó confirmar su nombramiento. Los frutos de sus actos se hicieron patentes tras la muerte del Papa Adriano IV (1 de septiembre de 1159). De los veintidós cardenales congregados el siete de septiembre para elegir a su sucesor, todos menos tres, votaron por Orlando. La disputa que hizo que más tarde los cardenales imperiales contaran nueve, puede explicarse por la conjetura que en los sorteos más tempranos, seis de los cardenales fieles votaron por un candidato menos desagradable y prominente. En oposición al Cardenal Orlando, que tomó el nombre inmortal de Alejandro III, los tres miembros imperiales eligieron a uno de su grupo, el Cardenal Octaviano, que asumió el título de Víctor IV. Una chusma contratada por el Conde Wittelsbach disolvió el cónclave. Alejandro se retiró hacia el sur normando siendo consagrado y coronado el 20 de septiembre en el pequeño pueblo Volscos de Nymfa. La consagración de Octaviano tuvo lugar el 4 octubre en el monasterio de Farfa. El Emperador se interpuso para causar un alboroto totalmente provocado por sus propios agentes y convocó a ambos pretendientes ante una atestada asamblea en Pavía. Pero no fue fiel a sus intenciones cuando le dio tratamiento a Octaviano como Víctor IV y al verdadero Papa como el Cardenal Orlando. El Papa Alejandro se negó a someter su justo derecho ante este corrupto tribunal que, como se preveía, se declaró a favor del usurpador (11 de febrero de 1160). Alejandro respondió rápidamente a la nefasta Anagni, excomulgando solemnemente al Emperador y liberando a sus súbditos de sus juramentos de obediencia. El resultado fue un cisma más desastroso para el Imperio que para el Papado pues duró diecisiete años y acabó después de la batalla de Legnano (1176) con la rendición incondicional del altivo Barbarroja en Venecia en 1177. (Ver FEDERICO I.) La leyenda infantil que [narra que] el Papa puso su pie en el cuello del abatido Emperador ha hecho un gran servicio a la tradición protestante desde los días de Lutero. [Ver la disertación de George Remus, Nuremberg, 1625; Lyon, 1728; y Gosselin, "El Poder del Papa durante las Edad Media "(tr. Londres, 1853) II, 133.] El destierro forzoso de Alejandro (1162-65) a Francia contribuyó grandemente a mejorar la dignidad del papado, pues nunca fue tan popular como cuando estuvo bajo esta aflicción. También lo puso en contacto directo con el monarca más poderoso de occidente, Enrique II de Inglaterra. La manera cauta en la que [el Papa] defendió los derechos de la Iglesia durante las disputas entre dos normandos impulsivos, el rey Enrique y santo Tomás Becket, aunque a muchos por un tiempo haya emocionado el disgusto de ambos oponentes, y a menudo desde que se le denunció como "sospechoso", fue la estrategia de un comandante hábil que, dando pasos firmes y marcha atrás tuvo éxito en guardar su campo, a pesar de tenerlo todo en su contra. No es hacer ningún menosprecio del Mártir de Canterbury decir que el Papa le igualó en firmeza y le aventajó en las artes de la diplomacia. Después del asesinato de Becket el Papa, sin recurrir a la prohibición o al interdicto, tuvo éxito al obtener del monarca penitente todos los derechos por los que el mártir había luchado y dado su sangre. Para culminar y coronar con el triunfo de la religión, Alejandro convocó y presidió el Tercer Concilio Lateranense (Undécimo ecuménico), en el 1179. Rodeado de más de 300 obispos, el tantas veces probado Pontífice emitió muchos decretos beneficiosos, notable fue la ordenanza invistiendo el derecho exclusivo de los cardenales para la elección de los Papas, mediante dos tercios de los votos. A lo largo de todas las vicisitudes de su carrera con altibajos, Alejandro se mantuvo como un canonista. Una mirada a las Decretales nos muestra que, como legislador eclesiástico, apenas fue inferior a Inocencio III. Rendido por los procesos, murió en Civita Castellana. Cuando nos dicen que "los romanos" persiguieron a sus restos con maldiciones y piedras, el recuerdo de una escena similar en el entierro de Pío IX nos debe enseñar qué valor debemos dar a esa manifestación. En la estima de Roma, Italia, y la Cristiandad, el epitafio de Alejandro III expresa la verdad, cuando lo llama "la Luz del Clero, el Ornamento de la Iglesia, el Padre de su Ciudad y del Mundo." Fue amistoso con el nuevo movimiento académico que llevó a establecer las grandes universidades medievales. Su propia reputación como maestro y canonista quedó realzado grandemente a través del descubrimiento por el padre Denifle en la biblioteca pública de Nuremberg del "Sententiae Rolandi Bononiensis", editado por el padre Ambrosius Gietl (Friburgo, 1891). La colección de sus cartas (Jaffé, Regesta RR. Pontif., Números. 10.584-14.424) fueron enriquecidas por Löwenfeld tras la publicación de muchas desconocidas hasta entonces (Epistolae Pontif. Rom. ineditae, Leipzig, 1885). Incluso Voltaire lo consideró como el hombre que en tiempos medievales mejor dignificó a la raza humana, por abolir la esclavitud, por reducir la violencia del Emperador Barbarroja, por persuadir a Enrique II de Inglaterra para pedir perdón por el asesinato de Tomás Becket, por restaurar a los hombres en sus derechos y por dar el esplendor a muchas ciudades.


JAMES F. LOUGHLIN Transcrito por Gerard Haffner Traducido por Juan Miguel Rodríguez Sánchez, Marbella, España.