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Viernes, 20 de octubre de 2017

Concilio de Rimini

De Enciclopedia Católica

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La segunda Fórmula de Sirmium (357) estableció la doctrina de los eunomianos o arrianos extremos. Contra esta posición, los obispos semiarrianos, reunidos en Ancira, la ciudad episcopal de su líder, Basilio, emitieron una fórmula contraria, afirmando que el Hijo es en todas las cosas como el Padre, aprobada más tarde por el Tercer Sínodo de Sirmium (358). Esta fórmula, aunque silenciosa sobre el término “homousios”, consagrada por el Primer Concilio de Nicea, fue firmada por unos pocos obispos ortodoxos, y probablemente el Papa Liberio, quien de hecho era capaz de una interpretación ortodoxa. El Emperador Constantino albergaba en ese tiempo la esperanza de restaurar la paz entre los ortodoxos y los semiarrianos. Para ello convocaría a un concilio general. Al fallar en la convocatoria ya hubiera sido en Nicea o en Nicomedia, fue persuadido por Patrófilo, obispo de Scitópolis, y Narciso, Obispo de Neronias, de llevar a cabo dos sínodos, uno para Oriente en Seléucidaa, en Isauria, y el otro para Occidente, en Rimini, un procedimiento justificado por la diversidad de los lenguajes y por los gastos. Antes de la convocatoria a los concilios, Ursacio y Flavio Valente designaron a Marco, obispo de Aretusa, para que redactara un borrador (el Cuarto de Sirmium) que sería sometido a la consideración de los dos sínodos. Declaraba que el Hijo había nacido del Padre antes de todos los tiempos (con lo que se manifestaba de acuerdo con la Tercera Fórmula); pero añadía que cuando se habla de Dios. se debe evitar la palabra ousia, “esencia”, pues ésta no se halla en la Escritura y por ser causa de escándalo para los fieles; de este modo intentaban excluir la similitud de esencia.

El Concilio de Rimini se inauguró a principios de julio de 359, con más de cuatrocientos obispos. Cerca de ochenta de ellos eran semiarrianos, incluyendo a Ursacio, Germinio, y Auxentio, retirado de los obispos ortodoxos, el más eminente de los cuales era Restituto de Cartago; el Papa Liberio, San Eusebio de Vercelli, Dionisio y otros se encontraban aún en el exilio. Las dos partes enviaron delegaciones separadas al emperador: los ortodoxos afirmando claramente su tenaz adhesión a la fe de Nicea, mientras que la minoría arriana se adhería a la fórmula imperial. Sin embargo los inexpertos representantes de la mayoría ortodoxa se dejaron engañar, no sólo entraron en comunión con los delegados heréticos, sino que se subscribieron en Nice en Tracia, una fórmula según la cual el Hijo es como el Padre según las Escrituras (se omitió la expresión “en todas las cosas”). En su regreso a Rimini, se encontraron con las protestas unánimes de sus colegas. Pero hubo factores que debilitaron la constancia de los obispos ortodoxos, entre ellos: las amenazas del cónsul Tauro, los razonamientos disuasivos de los semiarrianos contra impedir la paz entre Oriente y Occidente por una palabra no contenida en la Escritura y las privaciones y la nostalgia por el hogar. Y los últimos veinte fueron inducidos a firmar cuando Ursacio agregó a la fórmula de Nice, declarando que el Hijo no es una criatura como las demás. El Papa Liberio, habiendo recobrado su libertad, rechazó la fórmula; la que fue desde entonces repudiada por muchos de los que la habían firmado. En vista del modo apresurado de su adopción y la falta de aprobación de la Santa Sede, no podía tener autoridad. En todo caso, el concilio fue una repentina derrota para la ortodoxia, y San Jerónimo pudo decir: “El mundo entero gimió de asombro al encontrarse arriano”.


Fuente: Benigni, Umberto. "Council of Rimini." The Catholic Encyclopedia. Vol. 13. New York: Robert Appleton Company, 1912. <http://www.newadvent.org/cathen/13057b.htm>.

Traducido por Giovanni E. Reyes. L H M