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Miércoles, 18 de mayo de 2022

Virtud de Teológica del Amor

De Enciclopedia Católica

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Es la tercera y más importante de las virtudes teologales enumeradas por San Pablo (1 Cor, 13, 13). Usualmente es llamada caridad y es definida como: Hábito divinamente infundido, inclinación de la voluntad del hombre a apreciar (a Dios) para su propio bien por sobre todas las cosas y el hombre por el bien de Dios. La definición establece las características principales de la caridad: (1) Su origen, por infusión divina. “La caridad de Dios es introducida en nuestros corazones, por medio del Espíritu Santo” (Rom 5,5). Es, por lo tanto, distinto de y superior a la inclinación innata o el hábito adquirido de amor a Dios en el orden natural. Los Teólogos concuerdan al pensar que es infusa junto con la gracia santificante, con la cual está íntimamente relacionada ya sea por identidad real, como algunos sostienen o, de acuerdo a una idea más común, por medio de una emanación connatural. (2) Su ubicación es la voluntad humana. Aunque a veces la caridad es intensamente emocional y frecuentemente reacciona sobre nuestras facultades sensoriales, reside propiamente en la voluntad racional, un hecho que no debe ser olvidado por aquellos que la hacen una virtud imposible. (3) Su acto específico, es decir, el amor de benevolencia y amistad. Amar a Dios es desearle todo honor, gloria y bien; y esforzarnos, en la medida que podemos, obtenerlo para Él. San Juan (14, 23; 15, 14) enfatiza el rasgo de reciprocidad que hace a la caridad una verdadera amistad del hombre con Dios. (4) Su motivo, es decir, la bondad Divina o amabilidad tomada absolutamente y como dada a conocer a nosotros por fe. No importa si esa bondad es vista en uno, o varios, o todos los atributos Divinos, sino que en todos los casos, debe ser adherida, no como una fuente de ayuda o premio, o felicidad para nosotros mismos, sino como un bien en sí mismo, infinitamente merecedor de nuestros amor. En este sentido, Dios es amado por Sí mismo. Sin embargo, la distinción de los dos amores: concupiscencia, el cual incita la esperanza; y benevolencia, la cual anima la caridad, no deben ser forzadas en una suerte de exclusión mutua, como la Iglesia repetidamente ha condenado cualquier intento por desacreditar las obras de la esperanza Cristiana. (5) Su extensión. Es decir, ambos Dios y el hombre. Mientras sólo Dios es todo amable, sin embargo, en tanto como todos los hombres, por gracia y gloria, ya sea que actualmente comparten o al menos son capaces de compartir la bondad divina, se sigue que el amor sobrenatural mas bien los incluye que excluye, de acuerdo a Mateo, xxii, 39 y Lucas, x, 27. Por lo tanto, una y la misma virtud de la caridad terminan en ambos, Dios y el hombre, en Dios principalmente y en el hombre secundariamente. El amor de Dios El supremo deber de amar a Dios está concisamente expresado en Deut., vi, 5; Mateo., xxii, 37; y Lucas, x, 27. Es bastante obvio es el carácter imperativo de las palabras “Deberás”. Inocente XI (Denzinger, nos. 1155-57) declara que el precepto no está cumplido por un acto de caridad realizado una vez en la vida, o cada cinco años, o en varias ocasiones indefinidas cuando la justificación no puede ser procurada de otra forma. Los moralistas instan la obligación al comienzo de la vida moral cuando la razón ha logrado su desarrollo total; en el momento de la muerte; y de tiempo en tiempo durante la vida, un conteo exacto no es posible ni necesario dado que el habito cristiano de la oración diaria con seguridad, cubre la obligación. Generalmente, la violación al precepto es negativa, ya sea por omisión o indirectamente, o sea, implícito en cada falta grave; hay, sin embargo, pecados directamente opuestos al amor de Dios: la pereza espiritual, al menos cuando ésta vincula una pereza voluntaria de bienes espirituales, y el odio a Dios, ya sea como abominación a Sus leyes restrictivas y punitivas o una aversión a Su Sagrada Persona. (Ver PEREZA: ODIO.) Las calificaciones “con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas” no significan un máximo en intensidad, porque la intensidad del acto nunca cae dentro de un mandato; y mucho menos implican la necesidad de sentir un amor más sensible por Dios que por las criaturas, por criaturas visibles, aunque imperfectas, aparecen a nuestra sensibilidad mucho más que Dios invisible. Su verdadero significado es que, tanto en nuestra apreciación mental como en nuestra resolución voluntaria, Dios debe estar por sobre todo el resto, sin exceptuar padre o madre, hijo o hija (Mateo., x, 37). Santo Tomás (II-II, Q. xliv, a. 5) asigna un significado especial a cada una de las cuatro frases bíblicas; otras, con mayor razón, toman el párrafo completo en su sentido acumulativo y ven en él el propósito, no solo de elevar la caridad sobre el bajo Materialismo de los Saduceos o el Ritualismo formal de los Fariseos, sino también declarando que “amar a Dios por sobre todas las cosas es para asegurar la santidad de toda nuestra vida.” (Le Camus, "Vie de Notre-Seigneur Jesus-Christ", III, 81.) El amor a Dios es incluso mas que un precepto ligado a la conciencia humana; es también como observa Le Camus, “el principio y objetivo de la perfección moral.” Como principio de perfección moral en el orden sobrenatural, con la fe como fundamento y la esperanza como incentivo, el amor a Dios es primero entre los medios de salvación descrito por los teólogos, como necesario, necesitate medii”. Ellos declaran que “la caridad nunca pasará” (1 Cor., xiii, 8), San Pablo claramente y profundamente dice que no hay diferencia de especie, sino de grado entre la caridad aquí abajo y la gloria allá arriba; como consecuencia, el amor Divino, se torna en el principio necesario de la vida como la de Dios que alcanza su plenitud solo en el Cielo. La necesidad de la caridad habitual es inferida por su intima comunión con la gracia santificante. La necesidad de la caridad actual no es menos evidente. Fuera de los casos de recepción actual en el bautismo, la penitencia, la extrema unción donde el amor de caridad por una dispensa especial de Dios, admite atrición como sustituto, todos los adultos están en necesidad de ella, de acuerdo a la 1 de Juan, iii, 14: “el que no ama, está en un estado de muerte” (* Nota del traductor) Como objetivo de perfección moral, siempre en el orden sobrenatural, el amor a Dios es llamado “el mas importante y el primero de los mandamientos” (Mateo., xxii, 38), “el fin del mandamiento” (1 Tim., i,5), “el lazo de perfección” (Col., iii,14.) Significa como un factor del todo importante en las dos fases de nuestra vida espiritual, justificación y la adquisición de méritos. El poder justificador de la caridad, tan bien expresada en Lucas, vii, 47 y en la 1 de Pedro., iv, 8, no han sido de modo alguno abolidos o reducidos por la institución de los Sacramentos del Bautismo y Penitencia, como medios necesarios de rehabilitación moral; Solo se han considerado para incluir el deseo voluntario de recibir estos sacramentos donde y en cuanto sea posible. Sus poderes meritorios, enfatizados por San Pablo (Rom., viii, 28) cobran ambos, los actos despertados o comandados por caridad. San Agustín (De laudibus quartets) llama caridad a la “vida de virtudes” (vita virtutum); y Santo Tomás (II-II, Q. 8), “la forma de las virtudes” (forma virtutum.) Lo que significa que las otras virtudes, mientras posean un valor real por sí mismas, establecen una fresca y más grande excelencia de su unión con la caridad, la cual, alcanzando directamente a Dios, ordena todas nuestras acciones virtuosas a Él. Con respecto a la forma y grado de influencia que la caridad debe ejercer sobre nuestras acciones virtuosas, de manera de ganar méritos en el cielo, los teólogos están lejos de ponerse de acuerdo. Algunos sostienen solo el requisito del estado de gracia, o caridad habitual; otros insisten sobre la mas o menos frecuente renovación de los distintos actos de amor divino. Por su puesto que el poder meritorio de la caridad es, como la virtud misma, susceptible de crecimiento indefinido. Santo Tomás (II-II, Q. xxiv, 24 a. 4 y 8) menciona tres estadios principales: 1. Libertad del pecado mortal a través de la tenaz resistencia frente a la tentación, 2. invalidación de pecados veniales deliberados por la asidua práctica de la virtud, 3. Unión con Dios a través de la frecuente recurrencia de actos de amor. A estos, escritores ascéticos como Alvarez de Paz, Santa Teresa, San Francisco de Sales, agregan mas grados, por lo tanto anticipando incluso en este mundo las “muchas mansiones en la casa del Padre”. Sin embargo, las prerrogativas de la caridad no deben ser construidas de forma de incluir la in admisibilidad. Los dichos de San Juan (1 Ep., iii,6) “Quien permanece en El, (Dios) no peca” esto significa sin dudas, la especial permanencia de la caridad principalmente en sus grados mas altos, pero no es garantía absoluta contra la posibilidad de perderla; mientras el habito infundido nunca es disminuido por el pecado venial, una sola falta grave es suficiente para destruirla como así la unión y amistad del hombre con Dios. I. El amor Humano. Mientras la caridad involucra a todos los hijos de Dios en el cielo, en la tierra y en el purgatorio (ver COMUNION DE LOS SANTOS), aquí es considerado como el amor sobrenatural del hombre por el hombre en este mundo; como tal, incluye tanto el amor a sí mismo como el amor al prójimo. (1) Amor a sí mismo. San Gregorio el Grande (Hom. XIII en Evang.) objeta la expresión “caridad hacia uno mismo” bajo el cargo que la caridad requiere dos términos, y San Agustín (De bono viduitatis, xxi) recalca que no ha sido necesario ningún mandamiento que mande que el hombre se ame a sí mismo. Obviamente, la objeción de San Gregorio es puramente gramatical; La observación de San Agustín se aplica al natural amor a sí mismo. De hecho, el precepto sobre el amor sobrenatural de sí mismo no es solamente posible sino necesario, como también claramente implícito en el mandato cristiano de amor a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Sin embargo, su obligación vagamente nos lleva a la salvación de nuestra alma. (Mat., xvi, 26), la adquisición de los méritos (Mate., vi, 19 sgtes), el uso Cristiano del cuerpo (Roma., vi, 13; 1 Cor., vi, 19; Col., iii,5) y difícilmente puede prolongarse en puntos prácticos que no hayan sido ya cubiertos por preceptos mas específicos. (2)Amor al Prójimo. La idea Cristiana de amor fraterno, comparado al concepto pagano o judío, ha sido tocado en otras partes (ver CARIDAD Y CARIDADES.) Brevemente, su rasgo distintivo como también su superioridad no se encuentra tanto en sus mandamientos o prohibiciones o incluso en sus resultados, mas que como el motivo del que emanan sus leyes y prepara sus logros. El fiel cumplimiento del “nuevo mandamiento” es llamado el criterio del verdadero discipulado Cristiano (Juan xiii, 34 y sgtes), el estándar por el cual seremos juzgados (Mat., xxv, 34 y sgtes), la mejor prueba que amamos a Dios Mismo (1 Juan, iii,10) y la realización de toda la ley (Gal., v,14) porque, viendo al prójimo en Dios y a través de Dios, tiene el mismo valor que el amor a Dios. La expresión “amar al prójimo por el amor a Dios” significa que nos elevamos por sobre la mera consideración natural a la solidaridad y el sentir del otro, a una visión más elevada de nuestra común adopción divina y herencia celestial; sólo en ese sentido nuestro amor fraternal puede llevarnos cerca del amor que Cristo tuvo por nosotros (Juan xiii,35) y se vuelve inteligible una especie de identidad moral entre Cristo y el prójimo (Mat., xiii,50). De este elevado motivo se sigue la universalidad de la caridad fraternal como consecuencia necesaria. Quienquiera que vea en su prójimo, no las peculiaridades humanas, sino los dones de Dios y privilegios de Dios, ya no podrá restringir su amor a miembros de la familia, o correligionarios, o ciudadanos, o extranjeros dentro de las fronteras (Lev., xix, 34), sino que necesitará extenderla sin distinción de Judío, o Gentil (Rom., x, 12) a todas las unidades de la especie humana, a todos los niveles socialmente marginados (Lucas, x, 33 y sgtes) e incluso a los enemigos (Mat., v, 23 y sgtes). Muy enérgica es la lección donde Cristo llama a quienes lo escuchaban a reconocer, en el muy menospreciado Samaritano, al verdadero tipo de prójimo y verdaderamente nuevo es el mandato a través del cual Él nos impela a perdonar a nuestros enemigos, reconciliarnos con ellos, asistirlos y amarlos. El ejercicio de la caridad podría rápidamente transformarse en imprudente e inoperante a no ser que haya en ella, como en todas las virtudes morales, un orden bien definido. El ordo caritatis, como lo catalogan los teólogos, posiblemente de una errada interpretación al Latin de Cant., ii, 4 (ordinavit in me charitatem), toma en consideración los siguientes tres factores diferentes: 1. las personas que reclaman nuestro amor, 2. las ventajas que deseamos procurarles y, 3. la necesidad en la que son ubicadas. Lo anterior es lo suficientemente simple cuando estos factores son considerados en forma separada. Considerando solo a las personas el orden es de algún modo como sigue: sí mismo, esposa, niños, padres, hermanos y hermanas, amigos, domésticos, vecinos, paisanos y todos los demás. Considerando los bienes en sí mismos existe un orden triple: 1. los bienes espirituales mas importantes en relación a la salvación del alma, deben ser los primeros que deben despertar nuestro afán; luego 2. los bienes intrínsecos y naturales del alma y el cuerpo, como la vida, la salud, el conocimiento, la libertad, etc.; 3. finalmente, los bienes extrínsecos como la reputación, la riqueza, etc. Considerando aparte los varios tipos de necesidades, el siguiente orden obtendría: 1. primero, extrema necesidad, allí donde un hombre esté en peligro de condenación, o de muerte, o de pérdida de otros bienes de mas o menos igual importancia y no puede hacer nada por ayudarse; 2. Segundo, necesidad grave, cuando alguien esté en peligro similar puede salir de ella solo por esfuerzos heroicos; 3. tercero, necesidad común, tales como aquellas que afectan a pecadores ordinarios o limosneros que pueden ayudarse a sí mismos, sin gran dificultad. Cuando los tres factores se combinan, surgen reglas complicadas, la principal de ellas, son estas: 1. El amor de complacencia y el amor de beneficencia no siguen el mismo estándar, el primero guiado por el mérito, y el último por la cercanía y necesidad del prójimo. 2. Nuestra salvación personal es la que debe ser preferida por sobre todas. Nunca somos justificados de cometer ni el mas mínimo pecado por el amor a nadie o a nada, tampoco debemos exponernos a peligro espiritual excepto en algunos casos con tal precaución de estar en lo moralmente correcto y con la garantía de la protección de Dios. 3. Estamos obligados a socorrer a nuestro prójimo en extrema necesidad espiritual incluso aunque nos cueste nuestra vida. Una obligación que, sin embargo supone la certeza de la necesidad de nuestro prójimo y la efectividad de nuestro servicio a él. 4. Excepto en muy raros casos descritos mas arriba, no estamos obligados a arriesgar nuestra vida o miembros por el prójimo sino solo de padecer la cantidad de inconvenientes que son justificados por la necesidad y cercanía al prójimo. Los casuísticos no concuerdan respecto a lo correcto de dar nuestra propia vida por otra vida de igual importancia.


TANQUEREY, De virtute caritatis en Synopsis Theologiae Moralis, II (New York, 1906), 426; SLATER, A Manual of Moral Theology, I (New York, 1909), 179 sqq.; BATIFFOL, L'Enseignement de Jésus (Paris 1905); NORTHCOTE, The Bond of Perfection (London, 1907); GAFFRE, La Loi d'Amour (Paris, 1908); DE SALES, Traité de l'amour de Dieu; PESCH Praelectiones Dogmaticae, VIII (Freiburg im Br., 1898), 226 sqq.; DUBLANCHY in Dict. de Théol. Cath. s. v. Charité, con una exhaustiva bibliografía de teólogos y místicos que han tratado esta materia.

Traducido por Carolina Eyzaguirre Arroyo