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Miércoles, 24 de abril de 2019

Preparación paulina de las Indulgencias

De Enciclopedia Católica

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Desde siempre y hasta el día de hoy, los teólogos y exegetas han visto en la actitud de de San Pablo, frente a un cristiano de Corinto, su ofensor, un paradigma de la institución de las indulgencias por la Iglesia (2 Cor 5,1 ss).

Se creyó, por largo tiempo, que el personaje del que se ocupa el apóstol era el mismo que se menciona en 1 Cor 5,5ss. El padre Allo parece haber demostrado definitivamente su dualidad (Second Épître aus Corinthiens, 1937, pp. 58-60) y la gran mayoría de autores recientes comparte su punto de vista. Sin embargo, Pablo pide a los corintios, en su segunda carta, perdonar al “ofensor personal”. Se hace apóstol de la reconciliación. Es a la comunidad como tal que invita a la reconciliación (2 Cor 6).

Podemos ver en la actitud de Pablo, frente a la Iglesia de Corinto, una doble orientación hacia una no punición de los culpables a pesar de sus deméritos, actitud que prefigura la concesión de la indulgencia.

En su primera epístola, si el incestuoso es entregado a Satán para la destrucción de su carne, es para que su espíritu sea salvado el día del Señor (1 Cor 6,5): horizonte de reconciliación última, a la hora de la muerte; en la segunda, la comunidad que concede gracia al ofensor es confortada por el perdón confirmador de Pablo y alentada a continuar mostrándole su amor (2 Cor 2,1-11): horizonte de reconciliación próxima.

En los dos casos, el apóstol piensa desatar después de haber atado. Admitiendo con G. Le Bras (Rev. De Sc Relig., 1925, 526 ss) que el caso del incestuoso de Corinto no sea un caso de remisión extra sacramental a diferencia de las indulgencias del segundo milenio (ligadas todavía, por cierto al sacramento de penitencia y en ese sentido incompletamente extra-sacramental), podemos, por tanto, sin embargo percibir en las actitudes de Pablo un modelo para los sucesores de Pedro.

De esta manera, San Pedro Canisio, doctor de la Iglesia, estima que durante el primer milenio, los pastores, no remitían solamente los pecados, sino conferían, también, algunas veces sin recurrir al sacramento de penitencia, indulgencias y cita, en ese sentido, una serie de concilios locales y universales (Nicea, Calcedonia) lo mismo que los santos Obispos Cipriano y Basilio.

Igualmente, Suárez (Vives, Opera Omnia, 22, 988 y 991, disp. 49 “De virtute et sacr. Poenitentiae”) piensa, apoyándose en 2 Cor 2,2, que el uso de las indulgencias dimana del poder dado por Cristo y que Cristo mismo comenzó a ejercer.

Algunas décadas más tarde, Bossuet, preparando a sus fieles de Meaux, mediante sus Meditaciones, para el Jubileo de 1700, insiste en la indulgencia de Pablo, modelo del de la Iglesia. Apoyándose en la Segunda Carta a los Corintios, Bossuet concluye: “Lágrimas de la penitencia, venid a prepararme para la indulgencia… si soy sensible a las amenazas de Jesucristo y de la Iglesia, que la indulgencia de Jesucristo y de la Iglesia me colme el corazón, que comience a sentir cuán doloroso debe ser haber ofendido a un Dios tan bueno” (“Segunda meditación", 3er punto).

Pablo, severo en su Primera Carta a los Corintios, indulgente en la segunda, se presenta, pues, como un modelo para las severidades y las indulgencias sucesivas de la Iglesia, cuando interpreta el poder desatar lo que Cristo le ha confiado; a imagen de Dios mismo, la Iglesia castiga mediante penas temporales que luego remite

Bertrand de Margerie S.J.

José Gálvez Krüger 07-04-2009.