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Sábado, 7 de diciembre de 2019

Papas muertos por muerte súbita

De Enciclopedia Católica

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La Iglesia siempre ha visto la muerte súbita con gran recelo, hasta el punto de que ha multiplicado las devociones y oraciones para pedir a Dios librar de ella a los cristianos. En las antiguas y venerables Letanías de los Santos existe una invocación en este sentido: «A subitanea et improvisa morte libera nos, Domine» (De la muerte súbita e imprevista líbranos, Señor).

Además, a san José ha sido tradicionalmente asignado el titulo de abogado para obtener una buena muerte. Y es que la doctrina católica considera la muerte un acto humano, el más trascendental de la vida terrena puesto que de él depende toda la eternidad. El acto de morir nos «fosiliza», por así decirlo, en el bien o en el mal. Ahora bien, como todo acto humano ha de ser deliberado, es natural que el hombre se prepare al supremo acto de la muerte mediante su entendimiento y su voluntad. De ahí que en el pasado se pusiese un cuidado extremo en asistir a los moribundos, no ahorrando fatigas los párrocos y religiosos en confortarlos y prepararlos para la aceptación del acto de la muerte. Un instituto religioso fue, incluso, establecido a finales del siglo XVI para la asistencia espiritual de los que se hallan en el supremo trance: los Clérigos Regulares Ministros de los Enfermos, conocidos popularmente como padres Camilos (por el nombre de su fundador san Camilo de Lelis) o «de la buena muerte».

La sensibilidad contemporánea, en cambio, ve la muerte y todo lo que se le refiera con horror, hasta el punto de que hoy casi nadie muere en su propia casa como en tiempos acontecía normalmente, y, por supuesto, los velatorios ya no tienen lugar en la casa donde ha acontecido el óbito, sino en frías y anónimas salas especialmente destinadas al efecto en los hospitales o en los tanatorios, desde donde se traslada el cadáver lo mas expeditivamente posible al cementerio. El luto externo prácticamente ha desaparecido y la máxima aspiración de todo el mundo es la de morir rápido y sin darse cuenta. Como vemos, contrasta este punto de vista con la doctrina y practica de la Iglesia.

En fin, como dato curioso consignaremos lo que cuenta en sus inestimables Instantáneas personales de los Papas a los que sirvió (de León XIII a Pío XII) monseñor Arborio Mella di Sant'Elia, maestro de cámara pontificio. Cierto día, Pío XI le confió que solía invocar la intercesión de san Andrés Avelino para obtener la «gracia» de una muerte imprevista. El dignatario vaticano mostró al Papa su extrañeza ante devoción semejante y le objetó que un cristiano debía más bien rogar para morir con una previa preparación. El Pontífice replicó que la mejor preparación era vivir cristianamente. Lo curioso del caso -como muy bien hace notar el profesor Romano Amerio al referir la anécdota- es que san Andrés Avelino es tradicionalmente invocado contra la apoplejía, una de las causas más comunes de muerte súbita. En todo caso, Pió XI estuvo muy lejos de morir como esperaba. Ya se vio en qué circunstancias se produjo su deceso y a qué polémicas sospechas dieron lugar.

La muerte súbita, con no ser deseable para nadie y menos para quien por su inmensa responsabilidad espiritual ha de revisar bien sus cuentas con Dios, ha hecho, empero, su aparición en algunas ocasiones -y a veces muy inoportunamente- en la historia de los Papas. Murieron repentinamente:

-Teodoro I (642-649). Estaba a punto de emanar la condenación del Typos, edicto del emperador Constante II que favorecía la herejía monoteleta, por lo cual esta aún dio guerra a la ortodoxia.

-Sergio II (844-847). Mientras intentaba mediar en la disputa que sostenían los patriarcas Venerio de Grado y Andrés de Aquileya.

-Agapito II (946-955). Debería haber vivido más para impedir la subida al trono de su indigno y escandaloso sucesor Juan XII.

-Juan XII (955-964). Fue sorprendido por un ataque de apoplejía -presumiblemente cuando yacía en el lecho con una mujer casada llamada Stefanetta-, muriendo a la edad de 28 anos.

-Nicolas II (1059-1061). No tuvo tiempo de reaccionar contra la rebeldía declarada de los obispos de Germania, que rompieron la comunión con él. Alejandro II (1061-1073). Falleció en vísperas del estallido de la Querella de las Investiduras, cuyo preludio protagonizó al excomulgar a cinco consejeros de Enrique IV de Hohenstaufen.

-Adriano IV (1154-1159). Se hallaba en Anagni, a punto de excomulgar a Federico I Barbarroja, cuando un inopinado ataque le sorprendió no dándole tiempo mas que para encomendar a su pobre madre a la caridad de la iglesia de Canterbury. Gregorio VIII (1187). En Pisa intentaba reconciliar a esta República con la de Génova cuando sufrió un infarto fulminante. Se dijo que le sobrevino al enterarse de la caída de Jerusalén en manos de los sarracenos, pero parece que no pudo llegar tan pronto la noticia a sus oídos. Otros dijeron que su muerte imprevista fue el justo castigo por haber hecho abrir la tumba del antipapa Víctor IV (el cardenal Octaviano) en un pobre monasterio de Lucca y lanzar sus huesos fuera de su iglesia, acción gratuita y cruel.

-Inocencio III (1198-1216). Fue acometido por un malestar repentino en Perusa, cuando se dirigía al norte de Italia para arreglar, en interés de la cruzada, las diferencias que volvían a enfrentar a Génova y Pisa. Algunos hablaron de una indigestión acompañada de fiebre maligna como de la causa que acabo con este fuerte y relativamente joven Pontífice.

-Nicolas III (1277-1280). Fue victima de un ataque apopléjico que le sobrevino en su nueva residencia estival de Soriano, cerca de Viterbo, en medio de una incesante actividad para llegar a un acuerdo con Carlos de Anjou y Rodolfo de Habsburgo, que no se pudo concluir.

-Honorio IV (1285-1287). Feneció en el calor de las discusiones en torno a la coronación imperial de Rodolfo I de Habsburgo.

-Clemente V (1305-1314). Le sorprendió la muerte en Roquemaure, de camino entre Monteux y Burdeos, lugar este ultimo hacia donde se dirigía para tomar las aguas. Clemente VII, Roberto de Ginebra (1378-1394). Falleció de una apoplejía, causada por los continuos desengaños que le proporcionaron en sus últimos años sus antiguos sostenedores y algunos de sus cardenales.

-Martín V (1417-1431). Tuvo un ataque fulminante de apoplejía a las tres semanas de haber enviado un legado a Basilea para acabar con el conciliábulo que se celebraba allí y que se prolongó para disgusto de su sucesor Eugenio IV.

-Pablo II (1464-1471). También murió de apoplejía y estando a punto de conseguir la vuelta de la Iglesia rusa a la comunión con Roma mediante el matrimonio de Ivan III con la hija, convertida al catolicismo, de Tomas Paleólogo, déspota de la Morea en el exilio. Este proyecto quedo truncado con la muerte del Papa.

-Clemente VIII (1592-1605). Víctima de un ataque de apoplejía (cuando todo el mundo esperaba que muriese de su recurrente gota), se recuperó para sufrir un segundo ataque, que segó instantáneamente su vida.

-Pablo V (1605-1621). Sufrió una embolia en medio de una procesión organizada para celebrar la derrota del elector palatino Federico V, rey de Bohemia y calvinista acérrimo, en la batalla de Weissen Berge (Monteblanco), cerca de Praga.

-Clemente IX (1667-1669). Fue presa asimismo de una embolia, que le sobrevino a consecuencia del disgusto que le provocó la noticia de la caída de Candia y de la consiguiente conquista de Creta por los turcos.

-Clemente XIII (1758-1769). Lo arrebató una apoplejía la víspera misma de reunirse con una comisión cardenalicia que había convocado para estudiar la cuestión de la disolución de la Compañía de Jesús. Esta circunstancia impulsó los rumores que corrieron en el sentido de haber sido el Papa envenenado por los jesuitas.

-Juan Pablo I (1978). Fue encontrado muerto en su lecho a las 5.30 horas del 29 de septiembre de 1978, a punto de cumplir los 66 años de edad. Las extrañas contradicciones en los relatos del hallazgo del cuerpo, así como la negativa de los responsables del gobierno interino durante la sede vacante a practicar la autopsia dieron pábulo a la tesis de un envenenamiento, desarrollada por el periodista británico David Yallop en su controvertido libro En el nombre de Dios. La versión oficial atribuyo el deceso a un ataque cardiaco fulminante que habría sobrevenido al «Papa de la sonrisa» en la noche del día 28.

RODOLFO VARGAS RUBIO

Selección de imágenes: José Gálvez Krüger

http://www.historiadelaiglesia.org