Herramientas personales
En la EC encontrarás artículos autorizados
sobre la fe católica
Miércoles, 26 de febrero de 2020

Papas muertos por martirio

De Enciclopedia Católica

Saltar a: navegación, buscar

Como Papas mártires aceptaremos a aquellos cuya fiesta figura en el calendario universal de la Iglesia, reformado en 1970 de acuerdo con los postulados de la critica histórica (aunque quizás tanto rigor científico no ha sido sino en detrimento de la poderosa mística de la liturgia católica). Así pues, los Papas que sufrieron martirio fueron:

- San Pedro (42-67). Habiendo en un primer momento negado a su Maestro, Pedro se reivindicó después de Pentecostés. Enfrentose, durante la persecución de Herodes Agripa I, a la cárcel, de la que fue milagrosamente liberado por un ángel, tal como narran los Hechos de los Apóstoles (cap. 12). En Roma -desde donde dirigió a los fieles las dos epístolas canónicas que llevan su nombre- acometió la predicación del Evangelio en los reinados de Claudio y Nerón, en plena efervescencia contra los secuaces de Cristo.

Cuenta una venerable tradición que, al estallar la persecución promovida por Nerón, juzgó prudente marcharse de Roma por un tiempo. Yendo por la vía Apia, se cruza con Nuestro Señor, que camina en dirección contraria. Pedro, extrañado, le pregunta: «Quo vadis, D6mine?» (¿Adonde vas, Senor?), recibiendo como contundente respuesta: «Voy a Roma a ser de nuevo crucificado.» Ante estas palabras, que le sonaron a reproche, el Príncipe de los Apóstoles volvió sobre su decisión y regreso a la Urbe. Como recuerdo de este milagroso encuentro quedaron las huellas de los pies de Jesucristo impresas en una roca, sobre la que se edificó la pequeña iglesia del Quo vadis, que puede visitarse antes de llegar a las catacumbas de San Sebastián. San Pedro fue recluido en el Carcer Mamertinum (sobre el que hoy se levanta la iglesia de San José Carpintero), junto al Foro Romano. De allí salio para ser crucificado en el circo de Nerón, sobre la colina del Vaticano. Se dice que, como muestra de humildad, pidió serlo de cabeza, pues no se juzgaba digno de morir como su Señor.

Enterrado en las proximidades del lugar de su martirio, pronto fue rodeada su sepultura de gran veneración. Durante la persecución de Valeriano, a mediados del siglo III, los huesos de san Pedro y san Pablo fueron ocultados en la catacumba de San Sebastián y allí permanecieron durante un cierto tiempo para evitar profanaciones. Restituidos a sus primitivos sepulcros, sobre estos se edificaron respectivamente las basílicas Vaticana y de San Pablo en la vía Ostiense. Las sucesivas construcciones realizadas sobre el lugar donde se depositaron las reliquias de san Pedro (llamado Confesión) hicieron perder la memoria de su exacta ubicación, hasta que unas excavaciones realizadas por orden de Pió XII en la década de los cuarenta dieron por resultado el hallazgo de un cofre con unos huesos que, bajo Pablo VI, fueron identificados científicamente como pertenecientes a un hombre del siglo I, de edad y características somáticas correspondientes a las que la tradición atribuye al primer Papa.

- San Clemente (88-97). Desterrado por el emperador Nerva al Quersoneso, tras haber abdicado para permitir la elección de un nuevo pastor que pudiera asistir a su diócesis romana, encuentra allí a mas de dos mil cristianos condenados a trabajos forzados, entre quienes ejerce un animoso apostolado y a los que ayuda a no desfallecer. Al llegar noticias de nuevas conversiones operadas por la predicación de Clemente a oídos del nuevo emperador, Trajano, éste ordena que se le procese. Conminado a sacrificar a los dioses, el Pontífice rehúsa por lo que es condenado a muerte siendo precipitado al mar Negro con un ancla atada al cuello. Sepultado en Grecia, sus restos fueron trasladados en el siglo IX por san Cirilo y san Metodio a Roma, donde se los depositó en la antiquísima iglesia que lleva su nombre y fue edificada sobre su casa paterna, entre el monte Celio y el Esquilino.


- San Alejandro I (105-115). No le valió su amistad con el prefecto Hermes y el tribuno Quirino -miembros de la corte imperial- para salvar la vida, pues fue mandado decapitar bajo Trajano, junto con el mismo Hermes y los presbíteros Evencio y Teodulo. Algunos críticos han sugerido que el Alejandro mártir, sepultado junto a sus compañeros en la vía Nomentana, y el Papa homónimo son personas distintas.

- San Calixto I (217-222). Víctima de una escaramuza pagana contra los cristianos, a pesar de la paz de que disfrutaba la Iglesia bajo el emperador Alejandro Severo. Fue arrojado a un pozo desde una ventana de su domicilio en el Trastevere y enterrado en el cercano cementerio de Calipodio en la via Aurelia. En la basílica de Santa Maria in Trastevere, a la derecha del altar mayor, se puede apreciar una inscripción que indica el lugar de su martirio. Sobre el sepulcro del papa Calixto se edifico una iglesia, siendo la primera vez que se concedía este honor a un santo mártir.

- San Ponciano (230-235). Había sido desterrado por el emperador Maximino Tracio a Cerdeña, juntamente con el presbítero Hipólito, el cual desde el tiempo de san Calixto I, disputaba la sede romana a sus legítimos titulares. Ambos murieron el mismo año a consecuencia de los malos tratos que se les infligió en las minas, en las que cumplían condena a trabajos forzados por causa de la fe. Ponciano, siguiendo el ejemplo de san Clemente, había renunciado al pontificado para no dejar huérfana la Iglesia de Roma. Hipólito, a su vez, había depuesto su actitud cismática, reconciliándose con su adversario. Éste fue sepultado en las catacumbas de Calixto, mientras aquel lo fue en la vía Tiburtina.

- San Fabián (236-250). Fue una de las primeras víctimas de la gran persecución de Decio,: El emperador había emanado un decreto según el cual todo súbdito debía estar en la disposición de probar su adhesión al culto del Estado, exhibiendo un libellus que le seria extendido por una comisión de cinco miembros delante de quienes debía sacrificar a los dioses. Quien se rebelara contra este edicto se enfrentaría a la confiscación de todos sus bienes, a la prisión, la tortura y, en algunos casos, la muerte. El contemporáneo obispo de Cartago, san Cipriano, describe la reacción de muchos fieles ante esta inicua disposición: hubo entre ellos muchos apóstatas (los lapsi), pero también quienes compraron de las autoridades el requerido libellus para no verse obligados al trámite del sacrificio (los libellatici). No obstante, los mártires fueron muy numerosos, entre ellos san Fabián. Refiriéndose a él habría dicho Decio que prefería un rival en el imperio que un obispo como él en Roma. Fue enterrado en las catacumbas de Calixto, donde aun se lee su epitafio en griego: “FABIANOS EPISKOPOS MARTYR” La Depositio martyrum -documento del ano 354- le asigna ya el día 20 de enero para la celebración de su festividad.

- San Cornelio (251-253). Propiamente no sufrió muerte violenta, pero es contado entre los mártires por san Cipriano “por haberse mostrado dispuesto a enfrentar por Cristo toda suerte de tormentos, de los que Dios e salvó”. Había sido desterrado por orden del emperador Triboniano Galo a Centocelle (Civitavecchia), donde murió con fama de santidad. Había debido enfrentar el cisma del antipapa Novaciano, el cual, a su vez, sufrió el martirio en África, después de su deposición. Las reliquias de san Cornelio fueron trasladadas, treinta años después de su muerte, por la matrona Lucina a una cripta de su propiedad junto a las catacumbas de Calixto. Excavaciones de este siglo pusieron al descubierto un epitafio que reza: “CONELIUS - MARTIR - E. P.”

- San Sixto II (257-258). Subió al solio de Pedro en plena persecución del emperador Valeriano, el cual había cambiado su actitud de amistad hacia los cristianos por un odio irreprimible. Según cuenta el acta de su martirio, el papa Sixto se hallaba celebrando los sagrados misterios en las catacumbas de Pretextato, cuando fue sorprendido por los esbirros imperiales que lo mataron bárbaramente sobre su misma sede episcopal, después de conducirlo a juicio, en el cual fue condenado sumariamente. Aurelio Prudencio narra poéticamente el encuentro del Pontífice, cuando le llevaban al martirio, con su amado diacono Lorenzo, a quien prometió “una más bella corona” cuando éste quiso compartir su suerte. Junto con Sixto II, padecieron el martirio sus diáconos Agapito y Felicisimo, así como el joven acólito Tarsicio, que fue sorprendido y ultimado sobre la via Apia mientras llevaba la Eucaristía a los cristianos que se hallaban prisioneros en la vía Salaria. El Papa fue sepultado en el cementerio de Calixto, adonde fue llevada su cátedra ensangrentada. Los descubrimientos arqueológicos han confirmado el relato de su muerte.

Los Papas cuyas fiestas fueron suprimidas por el calendario de 1970 al no hallarse documentado su martirio son: san Lino (67-76), san Anacleto o Cleto (76-88), san Evaristo (97-105), san Sixto I (115-125), san Telesforo (125-136), san Higinio (136-140), san Pío I (140-155), san Aniceto (155-166), san Sotero (166-175), san Eleuterio (175-189), san Victor I (189-199), san Ceferino (199-217), san Urbano I (222-230), san Lucio I (253-254), san Esteban I (254-257), san Felix I (269-274), san Cayo (283-296), san Marcelino (296-304), san Marcelo I (308-309) y san Melquiades (311-314). De san Lucio I (253-254) se sabe positivamente que murió de muerte natural después de retornar a Roma al serle levantada la pena de destierro por el emperador Valeriano. En cuanto a san Esteban I (254-257), aunque no se tienen pruebas de su martirio, parece difícil que haya escapado a él o al exilio en medio de la persecución promovida por el mismo Valeriano, convertido en enemigo de los cristianos. San Marcelo I (308-309) murió deportado por orden del coemperador Majencio. Una antigua tradición lo hace sucumbir a las asperezas sufridas en las caballerizas imperiales, a cuyo cuidado se hallaba condenado por Majencio y cuyo emplazamiento es el mismo de la actual iglesia de San Marcelo en la vía del Corso.

Después del edicto de Milán, hubo algunos Papas que sufrieron el martirio, aunque no por parte de los paganos. Entre ellos se cuenta a:

-San Juan I (523-526). Sucumbió en prisión, donde se hallaba por orden del rey ostrogodo Teodorico. Este lo había enviado a Constantinopla con la misión de interceder por los godos oprimidos en Oriente. Recibido en triunfo, se le dio el lugar de honor en Santa Sofía, pero la embajada tuvo escasos resultados, razón por la cual el papa Juan fue apresado a su retorno a Ravena. El calendario universal de la Iglesia le reputa mártir, aunque su culto no se remonta mas allá del siglo XII.

-San Silverio (536-537). Murió víctima de la pasión de poder de Vigilio, el cual con la ayuda del general bizantino Belisario, le hizo deponer y desterrar a la isla de Patara en Licia, donde falleció en medio de duras penalidades.


-San Martin I (649-653). Fue depuesto por su defensa de la ortodoxia y condenado a muerte por el emperador Constante II a instigación del partido herético monoteleta, capitaneado por el patriarca Pablo de Constantinopla. Hallándose éste moribundo y atacado por los remordimientos pidió y obtuvo la conmutación de la pena, siendo desterrado Martín al Quersoneso, donde murió en el limite de sus fuerzas, solo y abandonado de todos, hasta del clero romano, que no se ocupó mas de él desde que tuvo otro Papa. Sepultado en la iglesia de la Blanquerna en Bizancio, su cadáver fue mas tarde trasladado a Roma y depositado en la que es hoy iglesia de los Santos Silvestre y Martín.


RODOLFO VARGAS RUBIO