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Jueves, 21 de marzo de 2019

Papa San Gregorio II

De Enciclopedia Católica

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(reinó del 715 al 731) Quizás el más grande de los grandes papas que ocuparon la silla de San Pedro durante el siglo VIII, romano, hijo de Marcelo y Honesta. Sus contemporáneos en el Oeste lo conocían como Gregorio, el Hijo o el Menor. En el Este lo confundían con Gregorio I (autor de los "Diálogos") y lo conocían como "Dialogus". No se conoce el año de su nacimiento, pero desde muy joven demostró interés por la Iglesia y el Papa lo puso en la "schola cantorum". Se le nombró subdiácono y sacellarius (pagador y limosnero) de la Iglesia Romana por Sergio I. Se le confió el cuidado de la biblioteca papal y tiene el honor de ser el primer sacellarius papal o bibliotecario que hoy conocemos por su nombre propio. Cuando era diacono había dado tales indicios de carácter y de una privilegiada inteligencia que el Papa Constantino lo escogió para discutir los cánones del Quincuagésimo sexto Concilio con el truculento tirano Justiniano II. La confianza del Papa no fue mal ubicada. El diácono Gregorio, con sus admirables respuestas, resolvió toda dificultad elevada por el emperador. Una de las primeras tareas que Gregorio atendió cuando llega al papado el 19 de Mayo de 715, fue la reparación de las murallas de Roma. No fue la última vez que los lombardos, los viejos enemigos de los romanos, atacaron la ciudad y ahora un nuevo enemigo se presentaba. El Mediterráneo rápidamente se convertía en un lago de sarracenos, y se temía que los musulmanes trataran descender sobre la misma ciudad eterna de Roma. Gregorio había logrado buen progreso con la reparación cuando varias causas se combinaron con una devastadora inundación del río Tíber para evitar que se completase. A través de su pontificado Gregorio no falló en auscultar con ansiedad el movimiento de los sarracenos, y se le reconoce el haber enviado muestras de estimulo a los líderes francos que repelían su avance en las Galias.

En el primer año de su pontificado recibió una carta de Juan, Patriarca de Constantinopla. Dirigida a "la sagrada cabeza de la Iglesia", verdaderamente era una apología por haberse mostrado aceptante de Philippieus Bardanes en lo referente al monotelismo. Gregorio también recibió a varios distinguidos peregrinos durante su pontificado. Entre los muchos peregrinos anglo-sajones que fueron a Roma durante su pontificado, los más famosos fueron el abad Ceolfrido y la reina Ina, de los cuales uno llevo al Papa el famoso Códice Amiatino y el otro fundó la "Schola Aglorum". El duque Teodo I de Baviera también fue a rezar en Roma, e indudablemente también para obtener más predicadores del Hospel para su país. Entre los que Gregorio despacho para la conversión de Baviera estaba San Corbibiano, quien se convirtió en uno de los apóstoles alemanes. Pero el gran apóstol de Baviera, y generalmente de Alemania, fue San Winfrido o Bonifacio, como posteriormente se le llamó. Ansioso por predicar a los infieles, fue a Roma y Dios "movió al Pontífice de la gloriosa Sede" a cumplir sus deseos. Envió a Bonifacio "a las salvajes naciones de Alemania", mandándole con la innegable autoridad de San Pedro: "ve y predica las verdades de ambos testamentos". Gregorio continuamente observó y estimulo la obra de Bonifacio. En 722 lo consagró Obispo e interesó al famoso Carlomagno en sus obras. Gregorio fue un gran patrón de las ordenes monásticas. Cuando murió su madre, convirtió su mansión familiar en un monasterio y fundó o restauro otros tantos. Entre otros que ayudo en restaurar esta la famosa Abadía de Monte Casino. Durante el principio de su pontificado, Gregorio estuvo en buenos términos con los lombardos. Su rey formó sus leyes bajo su influencia; pero sus duques, con o sin el consentimiento del rey, envolvieron la península tomando partes del imperio Griego. El exarca griego de Ravena fue incapaz de eludir el avance lombardo, por lo que Gregorio apeló a Carlomagno y a los francos. Carlomagno no hubiese ido, pero mayor conmoción en Italia de la que pudiese provocar su llegada, fue la publicación allí de los decretos del emperador griego, León II, conocido como el Isáurico o Iconoclasta (727). Los italianos previamente habían sido enardecidos por su intento de cargarlos con extraordinarios impuestos. A pesar de los intentos de oficiales griegos para matarle, Gregorio se opuso al emperador en sus intenciones tributarias y en sus indebidas interferencias en el dominio de la autoridad eclesiástica. Entonces fue la oportunidad para los lombardos. Cuando el exarca trató de obligar al Papa a obedecer los decretos imperiales, ellos fueron sus defensores. Casi todos los distritos bizantinos en Italia se tornaron contra el emperador, y el Papa hasta pudiese haber elegido otro emperador para oponérsele. Cuando todo se veía perdido para la causa bizantina en Italia, Eutiquio, el último exarca, confabulo para separar los lombardos del lado del Papa y moverlos en su contra. El exarca iba a ayudar Liutprando, el rey lombardo, a traer los casi independientes duques lombardos de Benevento y Spoleto en total sumisión a su autoridad y Liutprando lo ayudaría poniendo al Papa de rodillas. Pero la influencia personal de Gregorio sobre Liutprando fue capaz de disolver esta anormal alianza, y devolvió el trato del exarca proveyéndole tropas (al rey) para detener una rebelión contra la autoridad imperial.

Sobre los esfuerzos de Gregorio contra el emperador iconoclasta y sus representantes en Italia, ciertos asuntos dudosos aquí se han omitido. Por ejemplo, se sabe que durante el 730 Ravena cayó brevemente a manos de los lombardos y que por los esfuerzos del Papa y de los venecianos fue recuperada y permaneció por uno o dos años más como parte del imperio bizantino. Sin embargo, no se conoce si fue Gregorio II o Gregorio III el que rindió este importante servicio a León III. Probablemente lo fue Gregorio II alrededor del 727, aunque posiblemente las dos cartas de condenación que supuestamente Gregorio II envió a León III hayan sido genuinas. Si fuesen autenticas, entonces no solo seria cierto que Ravena fue tomada por los lombardos cerca del 727, sino que también la autoridad temporal e independiente de los papas ciertamente comenzó con Gregorio II y que él fue conciente de la misma. Posteriormente cuando historiadores griegos aseveran que Gregorio "separó a Roma a Italia y a todo el Oeste de la subordinación política y eclesiástica" del imperio Bizantino, simplemente exageran su oposición a los impuestos ilegales del emperador y a sus edictos iconoclastas. A pesar de toda provocación, Gregorio nunca se desvió en su lealtad al iconoclasta emperador, pero según su obligación se opuso a los esfuerzos de destruir un articulo de la fe católica. Por las cartas, que envió a todas partes, aviso contra las enseñazas del emperador, y en el Concilio de Roma (727) proclamó la verdadera doctrina sobre el culto a las imágenes. Apoyó según mejor pudo a San Germanio, Patriarca de Constantinopla, en su resistencia al "evangelio de León", y amenazó con destituir a Anastasio, quien remplazó al santo en la Sede de Constantinopla, si el no renunciaba su herejía. Gregorio reconoció al Patriarca de Foro, Julio (Cividale) y al Patriarca de Grado como sucesores conjuntos a la original Sede Metropolitana de Aquilea, por tal razón ambos prelados vivieron en paz algún tiempo.

Gregorio murió en Febrero, siendo enterrado en San Pedro el 11 de Febrero de 731. Se le honra como Santo en Roma y en otros catálogos.

Liber Pontificalis (Paris, 1886), I, 396 sqq., ed. DUCHESNE; PAUL THE DEACON, in Mon. GERM. Hist.; Scripores Longob.;BEDE; THEOPHANES; JOHN THE DEACON OF VENICE. etc.; Letters of ST. BONIFACE in Mon. Germ. Hist.; Epp., III; HEFELE, History of the Councils (Edinburgh, 1896), V, tr,; HODGKIN, Italy and her Invaders (Oxford, 1896), VI; BURY, History of the Later Roman Empire; HIRSCH, Il ducato di Benevento, Italian tr.; MALFATTI, Imperatori e Papi; BRUNENGO, I primi Papi Ree Pultimo dei Re Longobardi; DUCHESNE, The Beginnings of the Temporal Sovereignty of the Popes, tr.; PARGOIRE, L'eglise Byzantine, 527-847; MARIN, Les Moines de Constantinople; MANN, Lives of the Popes in the Early Middle Ages (London, 1902), I, Pt. II.

HORACE K. MANN Transcrito por Janet van Heyst Traducido por Anónimo de Borinquen