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Miércoles, 11 de diciembre de 2019

Ordenación Sagrada de una mujer: Contraria a la Tradición Apostólica

De Enciclopedia Católica

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Se nota hoy, entre los católicos y también en el gran público en general, una gran diversidad frente al tema de la tradición. La historia de este concepto le confirió una multiplicidad de sentidos que, a su turno, afectaron su alcance en el plano religioso. Esta es la historia que se encuentra en el origen del sentido más común de la palabra tradición para el gran público en la hora actual. De acuerdo al Dictionnaire de la langue française Le Robert: “Doctrina o práctica, religiosa o moral, transmitida de siglo en siglo, originalmente mediante la palabra o el ejemplo, pero que puede, seguidamente, ser consignada en un texto escrito”. “De siglo en siglo”: desde ya estamos orientados más bien hacia el pasado que hacia el futuro o incluso hacia el presente. El término trae consigo hoy una carga afectivo que liga su objeto a las costumbre y a los pensamientos del pasado. El futuro no está, sin embargo excluido. Los que se adhieren a las tradiciones están, generalmente, preocupados de transmitirlas activamente al presente, con los ojos puestos en las generaciones futuras. Por vía de consecuencia, el término tradicionalista designa, siguiendo siempre al diccionario Robert – que no hace otra cosa que resumir el sentido ordinario de nuestro tiempo – a quien se adhiere a las nociones y costumbres tradicionales, preocupado por la conservación, tal vez, más que del progreso (sin que esto quedo excluido). Por contraste, el progresista pone acento no sobre la conservación de los valores del pasado, sino sobre la anticipación de los valores futuros, por los demás, sin exclusiva. El término se vuelve peyorativo cuando empieza a volverse exclusivo. Además, en el mundo francófono, las palabras tradición y tradicionalismo evocan – de una manera a veces bastante vaga – las doctrinas sociales, políticas y religiosas elaboradas después de la Revolución francesa, que surgieron como reacción contra ella, en general en la primera mitad del siglo XIX. Citemos algunos nombres: José de Maistre, Bonald, Châteubriand, Lamennais. Sus doctrinas, habitualmente, no son tomadas en cuenta en la actualidad por aquellos que se dicen tradicionalista, al menos no de una manera explícita; pero esos nombres (salvo, en parte, el último) bastan para sugerir una orientación conservadora, como desafía frente a muchas novedades, en el espíritu de un buen número de ellos. Tales son las connotaciones actualmente más frecuentes que surgen en los espíritus que pretenden pronunciar las palabras: tradición, tradicionalismo. 3. Frente a ellas, el sentido que reviste el término Tradición en singular y tradiciones en plural, en el lenguaje de las Escrituras, de la Iglesia y de los Concilios, aunque no completamente diferente, es más preciso y más profundo, sin estar impregnado de matices socio políticos. Este lenguaje nos ha sido resumido, recientemente, por Juan Pablo II en s carta por la conmemoración de los 1200 años del Concilio de Nicea, el 4 de diciembre de 1987 (Duodecimum saeculum): Ya san Pablo nos enseña que, para la primera generación cristiana, la paradosis (tradición) es la proclamación del acontecimiento de Cristo (tradición) y de su significación actual, que opera la salvación mediante el espíritu santo (I Co 15, 3-8; 11, 2). La Tradición de las palabras del Señor y de sus actos fue recogida en los cuatro evangelio sin agotarse (Lc 1, 1; Jn 20, 30; 21, 35). Esta tradición fundadora es tradición apostólica. Concierne no sólo al depósito de la sana doctrina (2 Tm 1, 6, 12) sino también las normas de conducta y las reglas de vida comunitaria (I Tes 4, 1-7; I Co 7, 17; 14, 34). Esto es lo que la Iglesia ha creído siempre y que siempre ha practicado, y lo considera, a justo título, como tradición apostólica San Agustín dirá (De baptismo IV IV, 24,31): una observancia guardada por toda la Iglesia y siempre presente sin haber sido instituida por los concilios, no es otra cosa que una tradición que emana de la autoridad de los Apóstoles” (§ 6). El texto es muy claro: la tradición es proclamación, por los Apóstoles, del Misterio de Cristo, es decir de su actuar, de su doctrina y de su ética; es inseparablemente fundadora y fundamental; pero no concierne a lo que la Iglesia a creído siempre y practicado siempre, sin excluir un paso de lo implícito de lo implícito a lo explícito. 4. Esta es la Tradición llamada apostólica. Acabamos de pronunciar la palabra desarrollo: Mucho antes que Vaticano II, Nicea II en 787, manifestaba su importancia, Juan Pablo II escribe: Padres y Sínodos “hicieron de la Tradición la tradición de los Padres o “tradición eclesiástica”, concebida como un desarrollo homogéneo de la tradición apostólica” (§ 6) Estamos en presencia de un concepto nuevo, pero aún cercano, de Tradición apostólica: el de tradición eclesiástica: Juan Pablo II precisa (§) “Los Padres de Nicea II comprendían la tradición eclesiástica como la tradición de los seis concilios ecuménicos anteriores y de los Padres ortodoxos cuya enseñanza era comúnmente recibida en la Iglesia”. Llamamos aquí, a esta tradición eclesiástica, homogénea a la apostólica, Tradición eclesiástica principal, primera y primordial – con el fin de distinguirla claramente con Pablo VI en 1976) de las tradiciones secundarias y sin embargo no carentes de importancia, que la Iglesia a querido poner al servicio de la tradición apostólica desarrollada e tradición eclesiástica principal y primera. 5. Para distinguir mejor una de otra, se podría expresar así: la tradición eclesiástica primera es la que desarrolla de una manera necesaria la tradición apostólica, mientras que las tradiciones eclesiásticas secundarias constituyen desarrollos contingentes y perecibles. Los padres de Nicea II, subraya Juan Pablo II, afirman que desean conservar intactas” (§5) todas las tradiciones de la Iglesia que le han sido confiadas” (§ 5; Mansi XIII, 377 B, C). Los Padres de Vaticano II nunca dijeron nada parecido; es que había a sus ojos una distinción fundamental entre las tradiciones primordiales de la iglesia, como lo veremos un poco más adelante. Veamos nuestra interpretación confirmada por la consideración del principal punto afirmado por Nicea II: el que ha exaltado la legitimidad de la “pintura de iconos, conforme a la carta de predicación apostólica”; dicho de otra manera, esta pintura constituía, para Nicea II, un desarrollo necesario de la Tradición apostólica. Nicea II hablaba, por tanto, de Tradición eclesiástica primordial. 6. Nuestra distinción refleja, en el plano de una Tradición eclesiástica a la vez una y múltiple, lo que la Iglesia reconoce hoy, al interior de sus tradiciones y prescripciones proclamadas por el Apóstol Pablo: la obligación, impuesta a las mujeres, de llevar un velo sobre la cabeza (I Co 11, 2-16) y considerada como “una práctica disciplinaria de poca importancia… una exigencia que no tiene valor normativo” a diferencia de la prohibición hecha a las mujeres de hablar, pero de no de profetizar, en el conjunto de la asamblea eclesial (I Co 14, 34-35; 11, 5; Declaración de la Congregación de la Doctrina de la fe sobre la no admisión de las mujeres al sacerdocio, sec IV, 15 de octubre 1976(. Al distinguir, de esta manera, entre tradiciones eclesiásticos primordiales y secundarias, distinguimos, pues, en continuidad con una distinción análoga a reconocer en el interior de la Tradición apostólica misma y mostramos, sobre ese punto, la continuidad entre el lenguaje de la Biblia y el de los Concilios sucesivos, tal como nos invita Juan Pablo II en su motu propio, Ecclesia Dei adflicta, del 2 de julio de 1988 (5,b.) Vamos a verlo, también, a propósito de Vaticano II. 7. El concilio Vaticano II – en una constitución dogmática: Dei Verbum – entiende como “Tradición sagrada”, de origen divino, la predicación apostólica destinada a ser conservada y transmitida hasta el fin de los tiempos. En otros términos, la predicación de los Doce, es decir de los Once unidos a Pedro. Ella “comprende todo lo que contribuye a conducir santamente la vida del pueblo de Dios y a aumentar la fe… Así, la Iglesia transmite a cada generación todo lo que es ella misma, todo lo que cree”. Encontramos otra vez aquí el “de siglo en siglo” citado más arriba, pero puesto al servicio del mensaje divino de salvación, pero orientado hacia el futuro, hacia el regreso de Cristo, a la consumación de los tiempos. El depósito a custodiar no es inerte: el Concilio nos dice que crece. Retomando el concilio Vaticano, éste precisa: “Esta Tradición que viene de los Apóstoles, precisa: “Esta Tradición crece en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo; se acrecienta, en efecto, la percepción de las realidades lo mismo que las palabras transmitidas mediante la contemplación y el estudio, por la predicación de los obispos que, con los sucesión episcopal, recibieron un carisma cierto de verdad” (§ 7-8). En otros términos, el desarrollo de la doctrina y del culto, y su explicación, constituyen en su esencia misma la Tradición en tanto que ella transmite, sin cesar, la Revelación. La Iglesia, repitámoslo con el texto, “transmite a todas las generaciones todo lo que es y todo lo que cree”, sin dejar caer nada. La Iglesia es Tradición 8. Ningún concilio ecuménico anterior había hablado con tanta fuerza y profundidad este tema, el que la teología llama desde hace siglos tradición divino-apostólica. No es confiada en un inicio a los bautizados, – “con la Escritura”, siendo ambas el único depósito de la Palabra de Dios” – sino a la Iglesia: “la carga de interpretar auténticamente la única palabra de Dios, escrita o transmitida, fue confiada al solo Magisterio viviente de la Iglesia” (§ 10).

Bertrand de Margerie S.J.

Traducido del francés por José Gálvez Krüger

Tomado de: Ecône, comment dénouer la tragédie? Editorial Téqui.