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Jueves, 25 de abril de 2019

María Tudor

De Enciclopedia Católica

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Reina de Inglaterra de 1553 a 1558. Nacida el 18 de febrero de 1516, murió el 17 de noviembre de 1558. Fue hija, la única descendencia que sobrevivió, del matrimonio de Enrique VIII y Catarina de Aragón. Su padrino fue el Cardenal Wolsey y en la primera parte de su vida contó entre sus amigos más cercanos al Cardenal Pole y a la madre de éste, la Condesa Margarita de Salisbury, quien, martirizada en 1539, fue ya declarada beata (por León XIII, el 29 de diciembre de 1886, N.T.). Sabemos por informes de los contemporáneos de María que ella era muy atractiva en su juventud. Tenía una naturaleza modesta, afectiva y amable. Al igual que todas las princesas Tudor, recibió una magnífica educación, llegando a hablar con facilidad latín, francés y español, y destacó por su talento musical. Hasta el momento de las negociaciones por el divorcio de su padre, María era considerada como la heredera del trono y se habían hecho planes para buscarle un esposo apropiado. Durante un tiempo sostuvo un noviazgo con el Emperador Carlos V, padre del hombre que más tarde sería su esposo. Sin embargo, cuando Enrique VIII llegó a la inflexible decisión de despedir a su primera esposa, María, que profesaba un cariño muy entrañable hacia su madre, también cayó del favor real y poco después, en 1531, para dolor de ambas, madre e hija fueron separadas por fuerza. Durante el período en el que Ana Bolena fue reina, a "Lady María, la hija natural del rey", se le trató de forma durísima y corrían rumores de que se pensaba mandar a las galeras a madre e hija. Mas, al morir la Reina Catalina en enero de 1536, y luego de la ejecución de Ana Bolena, pocos meses después, la nueva reina, Jane Seymour, parece haber mostrado mejores deseos de hacer amistad con la hija mayor del rey. Mientras tanto, el poderosísimo Cromwell ejerció sobre ella tal presión que finalmente María fue obligada a firmar una "sumisión" en la que pedía perdón al rey al que ella "había ofendido obstinada y desobedientemente", rechazaba la "pretendida autoridad del Obispo de Roma", y confesaba que el matrimonio entre sus padres había sido contrario a la ley de Dios. No se debe olvidar que María firmó el documento sin haberlo leído, y que, aconsejada por el enviado imperial, Chapuys, hizo una protesta privada en la que manifestaba que había firmado bajo amenazas. A María le fueron devueltos algunos aspectos de su dignidad real, pero aún esos fueron puestos en peligro por la solidaridad que mostró hacia la Peregrinación de la Gracia. Mejoró su situación, empero, después del matrimonio de su padre con su sexta esposa, Catalina Parr. Fue nombrada en el testamento de Enrique como miembro de la línea de sucesión al trono. Cuando el rey murió fue inevitable que, a causa de las influencias que rodeaban a su joven sucesor, María terminara retirándose a una vida de cierta oscuridad. Vivió principalmente en los palacios de Hunsdon, Kenninghall y Newhall, aunque durante el protectorado de Somerset no fue objeto de malos tratos. Cuando fue prohibida la celebración de la Misa, ella decidió tomar una posición fuerte: escribió al Consejo y apeló al emperador, e incluso por un tiempo pareció que Carlos V iba a declarar la guerra a Inglaterra. A lo largo de todo eso María se mantuvo firme, a pesar de repetidas advertencias de parte del Consejo y de la visita del Obispo Ridley. Se colocó en una posición de desafío abierto ante el gobierno, por lo menos en lo tocante a las prácticas religiosas que se realizaban en su propio hogar. Por otro lado, la relación con su hermano fue exteriormente cordial y lo visitaba oficialmente de vez en cuando.

La muerte de Eduardo, en julio 6 de 1553, le fue ocultada a María durante algunos días pues Northumberland, el Lord Presidente del Consejo, había estado conspirando para que el joven rey desheredara a sus dos hermanas a favor de su propia nuera, Lady Jane Grey. El Lord Presidente, apoyado inicialmente por el Consejo, hizo un intento por asegurar la sucesión para Lady Jane, pero María actuó pronta y valientemente, aposentándose en Framingham, a donde acudieron en su ayuda los hombres de los condados orientales y, posteriormente, incluso algunos miembros del Consejo. Ya para el 19 de julio María había sido proclamada reina en Londres y pocos días después fue arrestado Northumberland.

El éxito de María la convirtió en una reina sumamente popular, y los seguidores de la última administración, viendo que era inútil resistirse, se apresuraron a hacer las paces con ella. Siempre se inclinó ella por la clemencia y fue sólo por deferencia hacia sus consejeros que finalmente consintió a la ejecución del traidor Northumberland y dos de sus colaboradores. Northumberland, llegada su hora, se confesó católico con aparente sinceridad. Lady Jane fue perdonada, y aún en asuntos religiosos, quizás por consejo de Carlos V, María siempre se mostró dispuesta a evitar extremismos. Los obispos católicos del reinado de Enrique, como Bonner, Tunstall y Gardiner, fueron reinstalados en sus sedes, mientras que los obispos intrusos fueron depuestos. Algunos de ellos, como Ridley, Coverdale y Hooper, fueron puestos en prisión. Cranmer, luego que hubo retado a la parte católica a sostener un debate con él y Peter Martyr, fue llevado a la Torre bajo los nada pequeños triviales cargos de haber participado en el último intento de revolución. Pero no se derramó ni una gota de sangre a causa de la religión.

En septiembre María fue coronada con gran pompa en Westminster por Gardiner, a pesar de la excomunión que aún pendía sobre el país, pero este acto se realizó para evitar el vacío constitucional que se hubiera creado de retrasarse la confirmación de la autoridad real. María no tenía el menor deseo de oponerse a la autoridad papal. Todo lo contrario: ya se habían iniciado las negociaciones con la Santa Sede que culminaron con el nombramiento de Pole como legado para reconciliar el reino. El Parlamento sesionó el 5 de octubre de 1553 y rechazó la bárbara Ley de Traición del gobierno de Northumberland, aprobó un decreto que declaraba legítima a la reina y otro para restituir la Misa en latín, que incluía algunos castigos para quien no lo cumpliera, y otro referente al celibato clerical. María, mientras tanto, quizás por haberse dejado influenciar tanto por el embajador español, Renard, había decidido casarse con Felipe de España. Eso no fue bien visto por los representantes de la nación que conformaban el Parlamento. Empero, la reina se mantuvo firme. Finalmente se elaboró un tratado de matrimonio en el que se salvaguardaron cuidadosamente las libertades británicas. Se puso en juego toda la diplomacia española para realizar este plan y, por instigación del emperador Carlos V, se impidió el regreso de Pole a Inglaterra, por miedo a que se opusiera al matrimonio. La poca popularidad de la proyectada alianza animó a Sir Thomas Wyatt a organizar una rebelión que, en cierto momento, el 29 de junio de 1554, llegó a percibirse como formidable. La reacción de María fue notablemente valerosa: se dirigió a la ciudadanía de Londres en el Guildhall y logró que se reuniera en torno suyo, con lo que pudo desactivar fácilmente la insurrección. En ese momento la seguridad del Estado parecía exigir medidas más estrictas. Fueron ejecutados los cabecillas de la rebelión; entre ellos se encontraba también la infortunada Lady Jane Grey. Nunca se ha sabido con certeza si también Isabel, la hermana de María, estuvo implicada en el movimiento, pero a ella, como a muchos otros más, se le concedió misericordia.

Durante esos eventos, proseguía vigorosa la restauración de la antigua religión. Se reconstruyeron los altares; se removió a los clérigos casados; se celebraron misas solemnes en San Pablo; nuevos obispos fueron consagrados según el ritual antiguo. El segundo parlamento del reinado de María abrogó el título de cabeza suprema y se llegó a intentar aplicar los estatutos contra la herejía, pero esto fue rechazado por los Lords. Parte de esta resistencia se debió indudablemente al temor que privaba de que la total restauración de la Iglesia Católica únicamente se lograría restituyéndole las tierras abaciales. Sin embargo, una vez consumado el matrimonio de Felipe y María, el 25 de julio, y luego que la Santa Sede a mediados de noviembre hubo garantizado a los ocupantes de la propiedad de la Iglesia de que no serían molestados, Pole pudo volver a Londres. El día 30 de noviembre, él mismo pronunció la absolución al reino, puestos de rodillas los reyes y el Parlamento frente a él. Fue este mismo Parlamento el que en diciembre de 1554 reinstituyó las antiguas normas en contra de la herejía y abrogó las leyes que habían sido aprobadas en contra de Roma durante los dos últimos reinados.

Todo lo anterior exacerbó los ánimos de los reformadores más fanáticos, hombres que durante años habían combatido contra el Papa y denunciado abiertamente la transubstanciación. Probablemente estaban en lo cierto María y sus asesores al pensar que la paz religiosa era imposible a menos que se acallara a esos fanáticos, de modo que se comenzaron a aplicar de nuevo los castigos en contra de la herejía. Estos castigos, después de todo, nunca habían dejado de ser parte normal en la vida inglesa. Durante los reinados de Enrique VIII y de Eduardo VI, muchos habían sido quemados a causa de la religión, y los obispos protestantes como Cranmer, Latimer y Ridley habían tenido que ver directamente con la aplicación de esas penas. Se admite hoy que no fue la sed de venganza sangrienta la que motivó los lamentables hechos que sucedieron, pero ciertamente han pesado mucho sobre la memoria pública acerca de María y es del todo probable que ella fuera la principal responsable de dichas acciones, llevada por un equivocado celo por la paz de la Iglesia. 277 personas fueron quemadas en menos de cuatro años.

Algunas de esas personas, como Cranmer, Latimer y Ridley, tenían influencias y gozaban de alto nivel, pero la mayoría pertenecían a los niveles inferiores. Estos, sin embargo, eran igualmente peligrosos pues, como afirma el Dr. Gairdner, la herejía y la sublevación constituyen casi conceptos intercambiables. Hoy día priva un juicio mucho más amplio y equitativo que el que existía antes. Como escribe cierto historiador, María y sus consejeros "creían honestamente estar aplicando el único remedio posible para quitar una enfermedad mortal del cuerpo político... Lo que ellos hicieron en una escala hasta entonces desconocida en Inglaterra se debió a la herejía que entonces existía en una escala hasta entonces desconocida" (Innes, "England under the Tudors", 232; y cf. Gairdner, "Lollardy", I, 327).

Sin duda que algo de esa dureza de María, que contradecía la clemencia y la generosidad que ella había mostrado durante la parte anterior de su vida, se puede explicar por la amargura de la que fue víctima en sus últimos años. Había sido inválida durante largo tiempo y, durante el reinado de su hermano, había padecido varias enfermedades serias. La hidropesía se había vuelto crónica y su condición no tenía remedio. Para colmo, estaba enamorada locamente de su marido, quien no correspondía a ese afecto, y cuando se comprobó que no podría tener descendencia, él la trató de manera desconsiderada y abandonó Inglaterra definitivamente. En el último año de su vida sobrevino la pérdida de Caláis, y se dieron varios malentendidos con la Santa Sede, por la que ella tanto había sacrificado. El peso de tantas frustraciones pudo mucho en la vida de la reina. María murió muy piadosamente, como había vivido, unas horas antes que su amigo, el Cardenal Pole. Sus cualidades fueron muchas. Fue hasta el fin una mujer que supo inspirar cariño en quienes entraban en contacto con ella. Los historiadores modernos coinciden casi unánimemente en considerar la triste vida de esta noble y desilusionada mujer como una de las más trágicas de la historia.

HERBERT THURSTON Transcrito por Marie Jutras Traducido por Javier Algara Cossío