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Miércoles, 5 de agosto de 2020

Magisterio Vivo y Tradición

De Enciclopedia Católica

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La palabra tradición (el griego paradosis, en sentido eclesiástico, que es el único en el que se utiliza aquí, a veces se refiere a la cosa (doctrina, narración o costumbre) transmitida de una generación a la otra, otras veces al órgano o modo de transmisión (kerigma ekklesiastikon, predicatio ecclesiastica). En el primer sentido, por ejemplo, es una vieja tradición que Jesucristo nació un 25 de diciembre, en el segundo sentido la tradición relata que en el camino al Calvario una piadosa mujer enjugó el rostro de Jesús. En lenguaje teológico, que en muchas circunstancias se ha vuelto común, hay aún más precisión, y esto en muchas direcciones. Al principio sólo se trataba de tradiciones que se adjudicaban un origen divino, pero subsecuentemente emergieron cuestiones de tradición oral, como algo distinto de la tradición escrita, en el sentido de que una doctrina o institución no depende directamente de la Sagrada Escritura como fuente sino de la enseñanza oral de Cristo o de los apóstoles. Finalmente, en lo que toca al órgano de la tradición, debe ser uno oficial, un magisterium o autoridad docente.

En ese aspecto hay varios puntos controvertidos entre los católicos y las diversas ramas del protestantismo. ¿Toda la verdad revelada está consignada en la Sagrada Escritura? ¿Puede o debe admitirse que Cristo dio a sus apóstoles instrucciones divinas para que las transmitieran a su Iglesia? ¿Debe admitirse que ellos las recibieron de los mismos labios de Jesús o de la inspiración o la revelación, y que luego las transmitieron a la Iglesia sin que estén incluidas en las escrituras inspiradas? ¿Debe admitirse que Cristo, en virtud de la autoridad divina, instituyó su iglesia como el órgano oficial y auténtico de transmisión y explicación de la revelación hecha a los hombres? El principio protestante es: la Biblia y solamente la Biblia. Según ellos, la Biblia es la única fuente teológica; no hay otra verdad revelada fuera de la que se contiene en la Biblia. Para ellos, la Biblia es la sola regla de fe y es sólo a través de ella que deben resolverse todos los problemas de fe. Ella es la única autoridad que obliga. En el otro extremo los católicos sostienen que puede haber, o de hecho hay y debe haber necesariamente, algunas verdades reveladas aparte de aquellas que aparecen en la Biblia. Sostienen que Jesucristo ha establecido de hecho y- para adecuar los medios al fin- que Él debió establecer un órgano vivo tanto para transmitir la Escritura y la revelación escrita como para poner la verdad revelada al alcance de todos y en todas partes. Tales son en ese sentido los dos puntos principales de controversia entre los católicos y los así llamados protestantes ortodoxos (diferentes de los protestantes liberales que no admiten ni la revelación sobrenatural ni la autoridad de la Biblia). Las otras diferencias se conectan con esos dos puntos o se siguen de ellos, del mismo modo que las diferencias entre las diferentes sectas protestantes: se alejan o acercan a la posición católica según que sean más o menos fieles al principio protestante.

No existe la misma diferencia fundamental entre los católicos y las sectas cristianas orientales, ya que ambas partes admiten la institución divina y la autoridad divina de la Iglesia, con un sentido más o menos vivo y explícito de su infalibilidad e indefectibilidad, y de sus otras prerrogativas de enseñanza. Pero hay diferencias respecto a los sujetos de la autoridad, a la unidad orgánica del cuerpo docente, a la infalibilidad del Papa, y a la existencia y naturaleza del desarrollo dogmático en la transmisión de la verdad revelada. Sin embargo, la teología de la tradición no consiste solamente en controversias y discusiones con adversarios. Todo católico que desee dar razón exacta de su fe y de los principios que profesa se hace frecuentemente preguntas semejantes. ¿Cuál es exactamente la relación entre la tradición oral y las verdades reveladas de la Biblia; entre el magisterio vivo y las escrituras inspiradas? ¿Es posible que nuevas verdades entren a la corriente de la tradición, y qué papel juega el magisterio en relación con las revelaciones que Dios pueda hacer aún? ¿Cómo se organiza el magisterio oficial y en qué se basa para reconocer una tradición divina o una verdad revelada? ¿Cuál es su verdadero papel respecto a la tradición? ¿Cuándo y dónde se preserva y transmite la verdad revelada? ¿Qué le acontece al depósito de la tradición durante su transmisión a través de las épocas? Estas y otras preguntas semejantes se tratan en otras partes de la ENCICLOPEDIA CATÓLICA, pero debemos separar y agrupar todas las que hacen referencia a la tradición y al magisterio vivo en cuanto que éste es el órgano de preservación y transmisión de la tradición y de la verdad revelada.

He aquí los puntos que hemos de tratar:

La existencia de una tradición divina que no está contenida en la Sagrada Escritura, y la institución divina del magisterio vivo para defender y transmitir la verdad revelada y la prerrogativa de ese magisterio. La relación de la Escritura con el magisterio vivo, y de éste con la Escritura. El modo correcto de la existencia de la verdad revelada en la mente de la Iglesia y de la manera de reconocer esa verdad. La organización y el ejercicio del magisterio vivo, su papel preciso en la defensa y transmisión de la verdad revelada; sus límites y modos de acción. La identidad de la verdad revelada en la multitud de fórmulas, sistematización y desarrollo dogmático; la identidad de la fe en la Iglesia y a través de las variaciones de la teología. Un tratamiento completo de esas cuestiones requeriría un desarrollo muy largo; aquí sólo se puede dar una breve descripción. El lector deberá referirse a trabajos especializados para una explicación más completa (En especial al capítulo segundo de la 1ª. Parte del Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica y al documento Dei Verbum, del Concilio Vaticano II. N.T.).

I. Tradiciones divinas no contenidas en la Escritura. Institución del magisterio vivo. Sus prerrogativas

Los ataques de Lutero contra la Iglesia se refirieron al principio solamente a detalles doctrinales, pero la misma autoridad de la Iglesia se involucró en la disputa, como quedó pronto evidente a ambas partes. Ello hizo que la controversia se prolongara por muchos años, terminando por dirigirse a puntos particulares de la enseñanza tradicional más que a la autoridad para enseñar, y las armas principales fueron los textos bíblicos. El Concilio de Trento, aunque implicaba en sus decisiones y anatemas la autoridad del magisterio vivo (que los mismos protestantes no osaban negar explícitamente), mientras citaba la tradición eclesiástica y el sentido de la Iglesia para la determinación del canon o para la interpretación de algunos pasajes de la Sagrada Escritura, mientras establecía una regla para interpretar los asuntos bíblicos, nunca se pronunció explícitamente en lo relativo a la autoridad docente. Se contentó con decir que la verdad revelada se encuentra en los libros sagrados y en tradición no escrita que viene de Dios a través de los apóstoles; esas eran las fuentes en las que se habría de fundar. Como es evidente, el Concilio sostenía que hay tradiciones divinas que no están contenidas en la Sagrada Escritura, revelaciones hechas a los apóstoles ya sea oralmente por Jesucristo, ya por inspiración del Espíritu Santo y transmitida por los apóstoles a la Iglesia. La Sagrada Escritura no es por tanto la única fuente teológica de la revelación hecha por Dios a su Iglesia. Junto a la Escritura está la tradición; junto a la revelación escrita hay una revelación oral. En este contexto, es imposible quedar satisfecho con sólo la Biblia para solucionar todas las cuestiones dogmáticas. Ello constituyó el primer campo de controversia entre los teólogos católicos y los reformistas. La designación de la tradición divina no escrita no siempre fue hecha con la claridad deseada, especialmente en los primeros tiempos. Sin embargo los apologistas católicos pronto probaron a los protestantes que para ser lógicos y consistentes debían admitir como reveladas las tradiciones no escritas. Si no fuera así ¿porqué descansan en domingo y no en sábado? ¿Cómo pueden considerar válido el bautismo de niños, o el bautismo por infusión? ¿Cómo pueden ellos admitir los juramentos si Cristo nos recomendó que no juráramos para nada? Los cuáqueros son más lógicos pues rechazan cualquier juramento. Igual los anabaptistas, pues bautizan de nuevo a los adultos, o los sabatistas pues descansan en sábado. Pero ninguno es tan consistente que no esté abierto al criticismo en algún punto. ¿Dónde dice en la Biblia que la Biblia es la única fuente de fe? Si vamos más lejos, los apologistas católicos mostraron a sus oponentes que no podrían tener un canon auténtico de la misma Biblia, a la que ellos se refieren como única fuente, ni garantía suficiente, sin una autoridad distinta de la Biblia. Calvino esquivó la crítica mencionando un cierto sabor por el que la palabra divina se manifiesta, en forma parecida a como el paladar reconoce la miel. De hecho esa fue la única laguna: Calvino afirmó que ninguna autoridad humana podía ser aceptada en ese asunto. Claro que ello constituye un criterio muy subjetivo y demanda precaución. Los protestantes no quisieron adherirse a él. Finalmente, una vez rechazada la tradición divina recibida de los apóstoles por la Iglesia infalible, ellos decidieron apoyar su fe únicamente en la Biblia en cuanto autoridad humana, lo cual era claramente insuficiente dadas las circunstancias, ya que abría toda clase de dudas y preparaba el camino para el racionalismo bíblico. De hecho nunca habrá suficiente garantía para el canon de las escrituras, ni para su inspiración total, ni para su infalibilidad, si no se le busca en un testimonio divino que, al no estar amplia y claramente contenido en los libros sagrados, ni siendo fácilmente discernible en el escrutinio de los académicos, que son sólo académicos, no llega a nosotros con la misma garantía que aportaría si fuese transmitido por una autoridad asistida divinamente cual es, según los católicos, la autoridad del magisterio vivo de la Iglesia. Tal es la forma como los católicos demuestran a los protestantes que debe existir una tradición divina no contenida en la Sagrada Escritura. Igualmente les demuestran que es imposible no tener una autoridad docente, un magisterio vivo con autoridad de origen divino para solucionar controversias que surjan entre ellos y de las que frecuentemente la Biblia es la causa. La experiencia ha probado que cada hombre encuentra en la Biblia lo que desea encontrar, como lo dijo uno de los primeros reformistas: "Hic liber est in quo quaerit sua dogmata quisque, invenit et pariter dogmata quisque sua." Una persona encuentra la presencia divina, otro una simple presencia simbólica, otro una cierta forma de presencia eficaz. El ejercicio de la libre interpretación en lo concerniente a los textos bíblicos conduce a disputas interminables, a la anarquía doctrinal y, finalmente, a la negación de todo dogma. De acuerdo a la intención divina, tales disputas, anarquía doctrinal y negación no deben existir. De ahí la necesidad de una autoridad competente que resuelva las controversias e interprete la Biblia. Afirmar que la Biblia es perfectamente clara y suficiente para todos fue indudablemente una expresión de desesperación, contraria a la experiencia y el sentido común. Los católicos la refutaron sin dificultad y su posición quedó más que justificada cuando los protestantes se empezaron a involucrar con los poderes civiles y a rechazar la autoridad doctrinal del magisterio eclesiástico para recaer en la de los príncipes. Más aún, bastaba ver la Biblia, leerla sin prejuicios, para notar que la economía de la predicación cristiana era una de enseñanza oral. Cristo predicó, no escribió. En su predicación Él hacia mención de la Biblia, pero no se conformaba con su mera lectura; la explicaba y la interpretaba, la utilizó en su enseñanza, pero no la sustituyó con su enseñanza. Existe el ejemplo del misterioso viajero que explicó a los discípulos de Emmaus lo que hacía referencia a si mismo en las Escrituras para convencerlos de que el Cristo debía sufrir para entrar en su gloria. Y tal como Él predicó, así envió a sus apóstoles a predicar. No los envió a escribir sino a enseñar, y fue a través de la predicación y la enseñanza oral que ellos instruyeron a las naciones para traerlas a la fe. Fue algo incidental el que algunos de ellos hayan escrito por inspiración divina. No escribieron por simple afán de escribir, sino para complementar su enseñanza oral cuando no podían explicarla o clarificarla personalmente, o resolver problemas prácticos. San Pablo, el apóstol que más escribió, nunca pensó en escribir todo, ni en substituir su enseñanza oral con sus escritos. Por último, los mismos textos que nos muestran a Cristo instituyendo su Iglesia y a los apóstoles fundando comunidades y extendiendo la doctrina de Cristo al mundo nos describen una Iglesia dotada de autoridad para enseñar; los mismos apóstoles afirman tener esa autoridad, y con ella envían a otros del mismo modo come ellos habían sido enviados por Cristo, y como Cristo había sido enviado por Dios, siempre con el poder de enseñar la doctrina y de gobernar la Iglesia y bautizar. Quien creyera en ellos se salvaría; quien los rechazara se condenaría. San Pablo nos dice que es la Iglesia viva y no la escritura lo que constituye el pilar y el terreno firme de la verdad. De los textos y de los hechos se puede inferir la naturaleza exacta de la realidad. Ningún libro, así sea inspirado y divino, existe para explicarse a si mismo. Si es obscuro (y cualquier persona sin prejuicios sabe que hay oscuridades en la Biblia) debe ser interpretado. Y aunque fuese claro, no por ello tiene garantía de ser inspirado por la divinidad, ni de su autenticidad, ni de su valor. Alguien debe ponerlo al alcance de la gente, y el creyente no encontrará en él el objeto de su fe hasta que no haya hecho un acto de fe en la autoridad intermedia entre la Palabra de Dios y su lectura. Ahora bien, si se trata de comparar autoridades, ¿no es más confiable la de la Iglesia que la de cualquier advenedizo? Los protestantes liberales como M. Auguste Sabatier han sido los primeros en reconocer que el sistema católico, con su maravillosa organización del magisterio vivo, manifiesta una autoridad mayor que la del sistema protestante que sólo descansa en la autoridad de un libro.

Los textos ponen de manifiesto las prerrogativas de esta autoridad docente, que también están implícitas en la misma institución. Según la carta de san Pablo a Timoteo, la Iglesia es el pilar y la base de la verdad; los apóstoles y, consecuentemente, sus sucesores, tienen el derecho de imponer su doctrina. Quienes la rechazan serán condenados. Quienquiera que la rechace ha naufragado en la fe. La autoridad es, por tanto, infalible. Y tal infalibilidad está garantizada implícita pero directamente en la promesa del Salvador: "Miren, estoy con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos". En breve, la Iglesia continúa la misión de Cristo de enseñar, así como la misión de santificar. Su poder es la misma que Él recibió de su padre, y así como Él vino lleno tanto de gracia como de verdad, la Iglesia es una institución de verdad y de gracia. Su doctrina debe ser extendida por todo el mundo a pesar de tantas dificultades. El cumplimiento de esa misión ha requerido de milagros, de modo que Cristo dio a sus apóstoles la fuerza milagrosa que garantizaba su enseñanza. De mismo modo que Él confirmaba sus palabras con sus obras, así desea Él que los discípulos apoyen su doctrina con motivos excepcionales de credibilidad. Sus milagros eran los sellos divinos de su misión y la de sus apóstoles. El sello divino siempre se ha estampado sobre la autoridad de magisterio. No hace falta que cada misionero haga milagros, la Iglesia misma es un milagro viviente que lleva en su frente el testimonio excepcional de que Dios está con ella.

II. La relación de la Escritura con el magisterio vivo y del magisterio vivo con la Escritura

Esta relación es igual a la que existe entre el Evangelio y la predicación apostólica. Cristo utilizó la Biblia; la citó como una autoridad irrefutable; la explicó y la interpretó. Y cuando ella iluminaba su propia doctrina y misión, nos dejó una clave para su interpretación. Lo mismo hicieron los apóstoles cuando hablaban con los judíos. Ambas partes tenían acceso a la Sagrada Escritura a través de un texto admitido por todos. Ambos reconocían en las Escrituras la autoridad divina, la verdadera palabra de Dios. Los fieles seguían este mismo procedimiento en sus estudios y discusiones. Pero siempre fue necesario comenzar por presentar la Biblia y garantizar su autoridad cuando se trataba de hablar con los no creyentes. La doctrina cristiana referente a la Biblia tenía que ser explicada, y demostrada la garantía de esa doctrina, inclusive a los creyentes. La Biblia ha sido encomendada al cuidado del magisterio vivo. Corresponde a la Iglesia guardar la Biblia, presentarla a los fieles en ediciones autorizadas y traducciones precisas. Es misión de la Iglesia dar a conocer la naturaleza y el valor del libro sagrado a través de declarar que está cierta de su inspiración e infalibilidad. Ella debe proveer la clave de su entendimiento explicando cómo y porqué fue inspirada la Biblia; en qué forma contiene la revelación. Igualmente, explicar que el objeto propio de la revelación no es una simple instrucción humana, sino una doctrina religiosa y moral orientada hacia nuestro destino sobrenatural y los medios para alcanzarlo; en qué forma se pueden encontrar bajo la corteza de la letra, significados, figuras y profecías típicas que hacen del Antiguo Testamento una preparación y anuncio del Mesías y de la nueva alianza. En consecuencia, le corresponde a la Iglesia determinar el canon auténtico y especificar las reglas y condiciones para la interpretación; de determinar, en caso de duda, el sentido exacto de algún libro o texto. Cuando sea necesario, debe salvaguardar incluso el valor histórico, profético o apologético de algún texto o pasaje. En ciertas cuestiones referentes a autenticidad, cronología, exégesis y traducción debe también pronunciarse por el rechazo de opiniones que comprometan la autoridad de algún libro o la veracidad de su doctrina, o por sostener algún cuerpo de doctrina contenido en un texto dado. Sobre todo ha sido siempre propio de la Iglesia hacer circular el Libro Sagrado acuñando su doctrina, adaptándola y explicándola, ofreciéndola a los fieles como alimento de sus almas, complementando brevemente el libro mismo, utilizándolo y enseñando a otros a utilizarlo. Esa sería la deuda que la Escritura tiene con el magisterio vivo. Aunque más debe el magisterio vivo a la Escritura, pues en ella encuentra la palabra de Dios, recién pronunciada- por así decirlo-, según fue expresada por el autor inspirado bajo designio divino. Mientras que la tradición oral, aunque fielmente transmite la verdad revelada con asistencia divina, sin embargo la transmite solamente en fórmulas humanas. En cierta medida, en forma que trasciende cualquier duda, la Escritura nos da una expresión humana de la verdad que presenta, dado que es elaborada por medio del cerebro humano actuando humanamente, pero, también en cierta medida, nos presenta una expresión divina ya que ese desarrollo humano tiene lugar bajo la acción de Dios. Así que, guardadas las debidas proporciones, se puede decir de la palabra inspirada lo que Cristo dijo de la suya propia: "Es espíritu y vida". En forma divergente de la interpretación protestante, que a veces llega a deificar la Biblia, nosotros también admitimos que Dios nos habla a través de la Biblia más directamente que a través de la enseñanza oral. Esta última, sin embargo, siempre fiel a las recomendaciones que Pablo hizo a su discípulo Timoteo, nunca deja de fundamentarse en las fuentes bíblicas para su instrucción y sacar de ahí la doctrina divina, una doctrina segura, siempre joven; una perenne expresión de esa doctrina, más adecuada que cualquier otra a pesar de la inevitable inadecuación de las fórmulas humanas a la realidad divina. En las manos de los maestros, la Sagrada Escritura puede convertirse en arma poderosa para la defensa y ataque contra la herejía. Cuando aparece una controversia, siempre se recurre primero a la Biblia. Con frecuencia, cuando se encuentran textos decisivos, los maestros los manejan hábilmente y de tal modo que ponen de manifiesto su fuerza irresistible. Si no se encuentra texto alguno con la claridad necesaria, no se abandona sin embargo el recurso a la Sagrada Escritura. Guiado por el sentido claro de la verdad viva y luminosa que lleva en si mismo, por su semejanza con la fe a la que defiende contra el error bajo la asistencia divina, el magisterio vivo se esfuerza, explica, arguye y, ocasionalmente, matiza para hacer valer textos que, carentes por si mismos de un valor absoluto e independiente, adquieren una fuerza ad hominem, o valor, gracias a la autoridad del intérprete auténtico. El pensamiento de éste, a su vez, aunque en si mismo puede no estar contenido en la Escritura, sí queda claramente definido en su manejo de la Escritura, por su contacto con ella.

Es claro que no se trata aquí de algún significado que no esté en la Escritura pero al que el magisterio quiera hacer ver como si estuviera en la Escritura. Algunos escritores, individualmente, sí han hecho eso, porque como individuos sí son falibles. Pero nunca ha sido ese el caso del magisterio auténtico. Se trata sencillamente del beneficio que el magisterio saca de la Escritura ya para alcanzar una más clara conciencia de su propio pensamiento, ya para formularlo en términos solemnes, ya para rechazar triunfalmente una opinión a favor del error o la herejía. La Iglesia es infalible en lo tocante a la interpretación bíblica propiamente dicha en el sentido de que si por decisión del Papa o del concilio, o en su enseñanza, ella afirma que un cierto pasaje de la Escritura tiene determinado sentido, ese sentido debe verse como el verdadero respecto a dicho pasaje. La Iglesia afirma que el poder de la infalibilidad de interpretación sólo le compete en asuntos de moral o de doctrina, o sea, cuando la verdad moral o religiosa está en peligro directamente, si el texto o pasaje pertenece al orden moral o religioso, o indirectamente, si al atribuir un significado a un texto o libro la veracidad de la Biblia, su valor moral o, el dogma que en él se inspira, su infalibilidad, están amenazadas. Sin adentrarse más en los múltiples servicios que la Biblia presta al magisterio vivo, se debe mencionar, empero, el que presta en el orden apologético. De hecho, la Escritura por su valor histórico, indisputable e indiscutido en muchos aspectos, provee al apologista con argumentos irrefutables para apoyar la religión sobrenatural. Por ejemplo, contiene milagros cuya realidad es tan cierta para el historiador como puede ser cualquiera otro dato histórico reconocido. Esto se aplica verdaderamente y quizás con mayor razón, de los argumentos sacados de las profecías. Pues las Escrituras, tanto en el antiguo como en el nuevo testamentos, contienen profecías cuyo cumplimiento nosotros observamos en Cristo y sus apóstoles o en el desarrollo posterior de la Iglesia.

En vista de todo lo anterior se entiende fácilmente porqué la Iglesia, desde tiempos de San Pablo, ha venido recomendando a sus ministros el estudio de las Sagradas Escrituras y ha estado celosamente atenta a su transmisión integral, su traducción exacta y su fiel interpretación. Si ocasionalmente la Iglesia se ha mostrado restrictiva en el uso de la Escritura, o en su difusión, es también debido a un fácilmente comprensible amor y estima de la Biblia. El libro sagrado no debe ser tomado como objeto de simple curiosidad, de interminable debate o de abuso de cualquier clase. En breve, ya que la Iglesia finalmente prueba ser la mejor salvaguarda de la razón humana en contra de sus propios excesos, así mismo se muestra, con el aval de protestantes sinceros, como la mejor defensora de la Biblia en contra de un biblicismo desenfrenado o de un criticismo ilimitado.

III. El modo propio de existencia de la verdad revelada según la mente de la Iglesia y la forma de reconocer esta verdad

Hay un principio común de la enseñanza cristiana (aprendido del mismo San Pablo) que dice que la verdad tradicional fue confiada a la Iglesia como un depósito que ella debe guardar y transmitir fielmente, tal como lo recibió, sin quitar ni añadir cosa alguna. Este principio expresa muy bien uno de los aspectos de la tradición y una de las tareas principales del magisterio vivo. Pero la idea del depósito no nos debe hacer perder de vista la manera en la que la verdad tradicional vive y es transmitida en la Iglesia. El depósito no es una cosa inanimada que pueda pasar de mano en mano. Tampoco es, hablando apropiadamente, un conjunto de doctrinas e instituciones consignadas en libros u otros monumentos. Los libros y los monumentos son medios, órganos de transmisión, pero no son, estrictamente hablando, la tradición misma. Para mejor entender esto se debe representar como una corriente de vida y verdad que mana de Dios, a través de Cristo y de los apóstoles, hasta el último de los fieles que repite el credo y aprende el catecismo. Este concepto de tradición no es siempre tan claro a la primera vista. Empero, se debe llegar a él si se quiere formar una idea clara de ella. Podemos intentar explicárnosla del siguiente modo: todos somos conscientes de un conjunto de ideas u opiniones que viven en nuestra mente y que forman parte de la vida de nuestra mente. A veces encuentran su expresión correcta; a veces nos encontramos sin una forma adecuada de expresarlas a nosotros mismos o a los demás. Toda idea busca siempre su expresión, a veces actuando sobre nosotros y llevándonos a acciones de las que apenas somos conscientes reflexivamente. Algo semejante se podría decir de las ideas u opiniones que parecen vivir y provocar sentimientos sociales en la gente, en las familias o en cualquier otro grupo para formar ahí el espíritu del día, de la familia, de un pueblo.

Este sentimiento común equivale, en cierto sentido, a la suma de los sentimientos individuales y sin embargo tenemos la clara impresión de que se trata de algo muy distinto al sentimiento individual tomado individualmente. Es algo sabido por la experiencia que hay un sentimiento común, algo parecido a un espíritu común, y que ese espíritu común es el albergue de ciertas ideas y opiniones que son, ni duda cabe, compartidas por todo hombre, pero que adoptan una expresión peculiar en cada persona en cuanto son ideas y opiniones de todos. La existencia de la tradición en la Iglesia debe verse como algo que vive en el espíritu y en el corazón, y que de ahí se traduce en actos, expresados en palabras o escritos pero que no manifiestan el sentimiento individual de cada fiel sino el común de la Iglesia; el sentimiento de los fieles. O sea, de todos aquellos que viven la vida de la Iglesia y están en comunión de pensamiento entre si y con ella. La idea viva es la idea de todos, es la idea de los individuos pero no en cuanto son individuos sino en cuanto son parte del mismo cuerpo social. Esto constituye la peculiaridad del sentimiento de la Iglesia: que está toda bajo la acción de la gracia. De ello se sigue que dicho sentimiento no es sujeto, a diferencia del de los demás grupos humanos, a error, descuido o tendencias culpables. El Espíritu de Dios, que vive siempre en su Iglesia, sostiene ese sentimiento de verdad revelada que permanece en ella.

Cualquier tipo de documento (escrito, monumento) puede ser, en manos de los expertos, así como de los fieles, un medio de encontrar o reconocer la verdad revelada a la Iglesia bajo la dirección de sus pastores. Entre el magisterio vivo de la Iglesia y los documentos escritos hay una relación semejante a la que se da, proporcionalmente hablando, entre la Escritura y el magisterio vivo. En ellos se encuentra el pensamiento tradicional expresado de acuerdo a los diferentes ambientes y circunstancias, que no son ya expresados en lenguaje inspirado como en el caso de las Escrituras, sino en uno puramente humano, sujeto consecuentemente a las imprecisiones y defectos del pensamiento humano. No obstante, entre más se acerca el documento a la expresión exacta del pensamiento vivo de la Iglesia, más posee el valor y la autoridad que pertenecen a ese pensamiento, pues se convierten en mejor expresión de la tradición. A menudo fórmulas antiguas han entrado al flujo de la tradición y se han convertido en fórmulas oficiales de la Iglesia. De ahí se entiende que el magisterio vivo escruta el pasado tanto en busca de autoridades que favorezcan el pensamiento presente para defenderlo en contra de ataques o mutilaciones, tanto en busca de luz bajo la cual caminar sin distracción en el verdadero camino. El pensamiento de la Iglesia es esencialmente tradicional, y el magisterio vivo, al tomar conocimiento de antiguas fórmulas de ese pensamiento, reúne para si su fuerza y se prepara para dar a la verdad inmutable una expresión nueva que estará en armonía con las circunstancias del día actual y dentro del alcance de la mente contemporánea. La verdad revelada ha encontrado fórmulas definitivas desde los primeros tiempos. En esos casos el magisterio sólo tiene que preservarlas, explicarlas y ponerlas en circulación. A veces los intentos por expresar la verdad revelada han sido fallidos. Ha sucedido incluso que al intentar expresar la verdad revelada en términos de alguna filosofía, o de fundirla con alguna corriente del pensamiento actual, se ha distorsionado tanto que es difícil reconocerla o está tan entremezclada con el error que es difícil separarla. Cuando la Iglesia estudia los antiguos monumentos de su fe ella manda al pasado el reflejo de su pensamiento vivo y presente, y por simpatía de la verdad de hoy con la de ayer la Iglesia puede reconocer entre las obscuridades e imprecisiones de las fórmulas antiguas las partes de la verdad tradicional, aunque estén mezcladas de error. También es la Iglesia (en la doctrina religiosa y moral) la mejor intérprete de documentos. Ella reconoce como por instinto lo que pertenece a su pensamiento vivo y lo distingue de los elementos foráneos que se le hayan podido pegar en el curso de los siglos.

El magisterio vivo, por tanto, hace uso extenso de documentos del pasado, pero lo hace interpretando y juzgando, contento de encontrar en ellos su pensamiento actual. De la misma manera, cuando es necesario, lo hace distinguiendo su pensamiento actual de lo que sólo en apariencia es tradicional. Es siempre la verdad revelada, viva en la mente de la Iglesia o, si se prefiere, el pensamiento actual de la Iglesia en continuidad con su pensamiento tradicional, lo que constituye el criterio final según el cual el magisterio vivo adopta como verdadero o rechaza como falso las fórmulas frecuentemente obscuras y confusas que aparecen en los documentos del pasado. Así se explican tanto su respeto por los escritos de los Padres de la Iglesia como su total independencia de los mismos; los juzga más que permite ser juzgada por ellos. Harnack ha dicho que la Iglesia está acostumbrada a ocultar su evolución y borrar mientras pueda las diferencias entre sus pensamientos presente y pasado a base de condenar como heréticos a los más fieles testigos de lo que en un tiempo fue ortodoxo. Por no entender lo que es la tradición, el pensamiento siempre vivo de la Iglesia, ese autor cree que la Iglesia aborrece su propio pasado cuando lo que hace es simplemente distinguir entre lo que era una verdad tradicional en el pasado y lo que era mezcla humana en esa verdad; la opinión personal de un autor que se presentaba en vez del pensamiento general de la comunidad cristiana. En cuanto a documentos oficiales, la expresión del magisterio infalible de la Iglesia encarnado en las decisiones de los concilios o en los juicios solemnes de los papas, la Iglesia nunca contradice lo que ya ha decidido una vez. Ella está vinculada con su pasado porque en él está fundada la totalidad de si misma, no solamente alguna parte falible de su pensamiento. De ahí que ella aún encuentre su doctrina y reglas de fe en esos venerables monumentos. Las fórmulas pueden haberse hecho viejas, pero la verdad que expresan constituye siempre su pensamiento actual.

IV. La organización y el ejercicio del magisterio vivo. Su papel específico en la defensa y transmisión de la verdad revelada: Sus límites y modos de acción

Un estudio más puntual del magisterio vivo nos permitirá comprender mejor el espléndido organismo creado por Dios, y gradualmente desarrollado, para que pudiera preservar, transmitir, y hacer del alcance de todos la verdad revelada, perennemente igual, pero adaptada a los cambios temporales, de circunstancias y medios. Hablando con propiedad, este magisterio constituye una autoridad docente pues no sólo presenta la verdad, sino que tiene derecho a imponerla, dado que su poder es el mismo que Dios dio a Cristo y Cristo a la Iglesia.

Esta autoridad es llamada la Iglesia docente. La Iglesia docente esta esencialmente compuesta del cuerpo episcopal, que continúa aquí en la tierra el trabajo del Colegio Apostólico. Ciertamente fue en forma de colegio, o cuerpo social, que Cristo agrupó a sus apóstoles, así como es un cuerpo social por el que el episcopado ejerce su misión de enseñar. La infalibilidad doctrinal se le ha garantizado al cuerpo episcopal y a la cabeza de ese cuerpo, del mismo modo como fue garantizado a los apóstoles, con la diferencia, sin embargo, entre los apóstoles y los obispos, que cada apóstol era personalmente infalible (en virtud de su misión extraordinaria como fundador y de la plenitud del Espíritu Santo recibido en Pentecostés por los Doce y luego comunicado a San Pablo), mientras que sólo el cuerpo de los obispos es infalible, no así cada obispo en particular, excepto en la medida en que cada uno enseñe en comunión y concierto con todo el cuerpo episcopal. A la cabeza del cuerpo episcopal está la suprema autoridad del pontífice romano, sucesor de San Pedro en el primado tal como es su sucesor en su sede. Como autoridad suprema del cuerpo docente, que es infalible, el papa también es infalible. El cuerpo episcopal es infalible, pero sólo en unión con su cabeza, de la cual no se puede separar porque equivaldría a separarse del fundamento sobre el cual está construida la Iglesia. La autoridad del papa puede ejercitarse sin la cooperación de los obispos, incluso en decisiones infalibles a las cuales obispos y fieles deben prestar la misma obediencia. Se puede ejercitar la autoridad episcopal de dos formas: ya enseñando individualmente al rebaño que se le confió a cada obispo, ya enseñando los obispos reunidos en concilio para formar doctrina o decretos disciplinarios. Cuando todos los obispos del mundo católico (esta totalidad debe entenderse moralmente; basta que toda la Iglesia esté representada) se reúnen en concilio, éste se llama ecuménico. Los decretos doctrinales de un concilio ecuménico, una vez que son aprobados por el papa, son infalibles del mismo modo que lo son las definiciones ex cathedra del soberano pontífice. Aunque los obispos individualmente no son infalibles, su enseñanza participa de la infalibilidad de la Iglesia en la medida en que enseñen en concierto y en unión con el cuerpo episcopal, o sea, cuando no expresan opiniones personales sino el pensamiento auténtico de la Iglesia.

Junto al soberano pontífice están las congregaciones romanas, muchas de las cuales están involucradas especialmente con cuestiones doctrinales. Algunas de ellas, tales como la Congregación del Índice (creada en 1571 por el papa Pio V y abolida en 1917 por Benedicto XV; sus funciones son desempeñadas actualmente por la Congregación para la Doctrina de la Fe, creada por Paulo VI en 1967. N.T.), no lo están tanto más que desde el punto de vista disciplinario, prohibiendo la lectura de ciertos libros considerados peligrosos a la fe o la moral, o por la doctrina misma que contienen, al menos por la forma en que la expresan o por su necedad. Otras congregaciones, la de la Inquisición (la primera en ser creada, en 1542, por Paulo III, yr posteriormente substituida por otras; sus funciones, o aquellas que siguen vigentes, son desempeñadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe. N.T.), por ejemplo, tienen una mayor autoridad doctrinal. Tal autoridad nunca es infalible. Sí es, sin embargo, vinculante y exige obediencia religiosa, interna y externa. Mas la obediencia interior no versa sobre la absoluta verdad o falsedad de la doctrina contenida en un decreto. Sólo puede versar sobre la seguridad o peligro de cierta enseñanza u opinión, dado que el decreto generalmente toma en cuenta solamente la calificación moral de una doctrina. Para asistirlos en su tarea doctrinal los obispos tienen a todos los que enseñan por su autoridad y bajo su vigilancia: párrocos y vicarios, profesores en escuelas eclesiásticas, en una palabra, todos los que enseñan y explican la doctrina cristiana.

La enseñanza teológica en cualquiera de sus formas (en seminarios, universidades, etc.) provee un apoyo valioso a la autoridad docente y a todos los que enseñan bajo esa autoridad. A través del estudio de la teología sus maestros han adquirido la sabiduría necesaria para asistir a la autoridad en el discernimiento de la verdad o falsedad acerca de asuntos doctrinales; de ahí han sacado lo que ellos pueden ofrecer. Los teólogos en cuanto tales no forman parte de la Iglesia docente, pero en cuanto expositores profesionales de la verdad revelada que ellos estudian sistemáticamente la pueden resumir, sistematizar e iluminar con las luces de la filosofía, de la historia, etc. Son, por así decirlo, los consejeros naturales de la autoridad docente, para proveerle la información y datos necesarios. Ellos son quienes preparan, a veces en forma muy directa a través de sus reportes, sus consultas escritas, sus proyectos o schemata, y sus redacciones preparatorias, los documentos oficiales que finalmente la autoridad docente desarrolla y publica con autoridad. Por otro lado, su trabajo científico es útil p ara la instrucción de quienes han de expandir y popularizar la doctrina, ponerla en circulación y adaptarla a todos a través de palabras y escritos de todo tipo. Queda así evidente la maravillosa unidad alcanzada en la enseñanza eclesial y cómo la misma verdad, desde lo más alto, desciende por mil canales diferentes y llega finalmente con la misma inmaculada pureza hasta los más humildes e ignorantes.

Este variadísimo trabajo de exposición científica y de popularización y propaganda está también apoyado por las incontables formas de enseñanza religiosa entre las que el catecismo (cuya última versión universal es el "Catecismo de la Iglesia Católica", elaborado a partir de la publicación de la Constitución Apostólica "Fidei depositum" del Papa Juan Pablo II, en 1992. N.T.) tiene un carácter de seguridad doctrinal, aprobado por la autoridad docente y buscando únicamente dejar claras y precisas las enseñanzas comunes en la Iglesia. De ese modo, el niño que aprende el catecismo puede, previendo que se le informe de ello, reconocer que la doctrina que se le presenta no es la opinión personal del catequista voluntario ni del sacerdote que se lo transmiten a él. El catecismo es igual en todas las parroquias de una diócesis, a pesar de que puede haber pequeñas diferencias de detalles sin trascendencia en el catecismo que enseñan todas las diócesis de un país. Las diferencias entre los catecismos de varios países son tan leves que pasan desapercibidas. Es genuinamente la mente de la Iglesia recibida de Dios o Cristo y transmitida por los apóstoles a la sociedad cristiana que, de tal manera, llega incluso a los pequeños en voz de los catequistas o a los no cristianos en boca del misionero. Esta difusión de la misma verdad a lo ancho del mundo, y esta unidad de la misma fe a través de todos los países es una maravilla que, por si misma, fuerza al reconocimiento de que Dios está con su Iglesia. Ya desde su época San Ireneo admiraba esa realidad y la expresaba con admiración en un lenguaje tan brillante y poético como pocas veces se encuentra en la obra del venerable obispo de Lyon. La causa externa y visible de esa difusión y unidad es la maravillosa organización del magisterio vivo. Este magisterio no fue instituido para recibir nuevas verdades sino para guardar, transmitir, propagar y preservar la verdad revelada de cualquier mezcla de error, y para hacerla prevalecer. El magisterio no puede ser considerado como algo externo a la comunidad de los fieles. Quienes enseñan no pueden ni deben enseñar sino aquello que ellos mismos aprendieron. Quienes tienen el oficio de maestros han sido escogidos de entre los fieles y antes que nada se les exige que ellos crean lo que ellos enseñan a los demás. Más aún, los maestros únicamente proponen a la fe de los creyentes aquellas verdades de las que estos últimos ya han hecho profesión de fe más o menos explícita. A veces por medio del escrutinio del sentimiento común de la Iglesia, a veces escudriñando los monumentos del pasado, los maestros y teólogos descubren que tal o cual doctrina, quizás disputada, pertenece sin embargo al depósito de la tradición. En ocasiones los fieles pueden incluso estar inconscientes de que creen en algo pero, si están en unión de pensamiento con la Iglesia, creen implícitamente aquello que no saben expresar explícitamente como objeto de su fe. Así pasó, por ejemplo, en el caso del dogma de la Inmaculada Concepción antes de que fuera incluida en la fe explícita de la Iglesia.

Hay una unión íntima de fe y corazón entre la Iglesia docente y los fieles. La autoridad docente no pierde nada de sus derechos. Éstos están limitados solamente desde arriba por las mismas condiciones del mandato por el que ellos fueron recibidos. Pero el ejercicio de esa autoridad es, por mucho, más cierto y fácil cuando los fieles, por decirlo así, confirman con su adhesión las decisiones de esa autoridad. Una definición dogmática apenas hace más que sancionar la fe que ya existe en la comunidad cristiana. Los maestros en la Iglesia y los profesores de teología, los más aptos para entender, adaptar y preservar la verdad revelada contra ataques y errores, naturalmente convocan todos los recursos que la ciencia humana ofrece. Las ciencias que tienen un lugar especial en el arsenal del magisterio docente son la filosofía, la historia, los lenguajes y la filología en todas sus formas. En particular, la filosofía necesariamente interviene para ayudar en la sistematización de la teología y para comprender la verdad revelada, para mejor sintetizar los datos tradicionales y para mejor explicar las ideas dogmáticas. En la Edad Media se formó una fructífera alianza entre la filosofía escolástica y la teología. A veces pasa, sin embargo, que la filosofía y las otras ciencias parecen estar en contradicción con la teología, la ciencia de la verdad revelada. El conflicto, empero, nunca es invencible, puesto que lo verdadero no se puede oponer a lo verdadero, ni la verdad humana de la filosofía, ni el conocimiento humano, a la verdad sobrenatural de la teología. Pero el hecho permanece de que las hipótesis científicas, la ciencia que se busca a si misma, y la filosofía que se desarrolla a si misma a veces parecen estar en oposición a la verdad revelada (Léase la encíclica "Fides et ratio" de S.S. Juan Pablo II, N.T.). En esos casos la Iglesia tiene, para preservar la verdad tradicional, el derecho de condenar las aseveraciones, opiniones e hipótesis que aunque no constituyan rechazos directos, pueden sin embargo amenazarla o exponer a algunas almas a su pérdida. La autoridad debe ser prudente en tales condenas y es bien sabido que son raras las ocasiones en que no se hayan hecho con la debida justificación, pero su derecho a intervenir es indiscutible para todo aquel que admita la institución divina del magisterio.

Existen, en medio de todos los hechos puramente profanos, las opiniones y las verdades reveladas, hechos y opiniones mixtos que, por su propia naturaleza, pertenecen al orden humano pero que están en contacto íntimo y cercana conexión con la verdad sobrenatural. Tales hechos son llamados dogmáticos y tales opiniones son llamadas teológicas. La autoridad docente, precisamente en virtud de su propia misión, tiene jurisdicción sobre esos hechos y opiniones. Es una verdad positiva, si no es que revelada, que los hechos dogmáticos y las opiniones teológicas pueden ser, del mismo modo que las verdades dogmáticas, objetos de decisiones infalibles. La Iglesia no es menos infalible al sostener que las cinco famosas proposiciones están en el jansenismo que al condenarlas como heréticas. Se debe distinguir entre la tradición dogmática o verdad revelada, las tradiciones piadosas, las costumbres litúrgicas y las narraciones de manifestaciones o revelaciones sobrenaturales que circulan en el mundo de la piedad cristiana. Cuando la Iglesia interviene para definirse en esos asuntos nunca es para canonizarlos, si se puede decir así, ni para otorgarles una autoridad de fe. Simplemente intenta preservarlos de cualquier ataque temerario a base de afirmar que no contienen nada contrario a la fe o la moral, y de reconocer en ellos suficiente valor humano como para que la piedad se alimente de ello libremente y sin peligro.

V. La identidad de la verdad revelada a través de la variedad de fórmulas, sistematizaciones y desarrollo dogmático; la identidad de la fe en la Iglesia a través de las variaciones de la teología

Son bien conocidas las palabras de Sally Prud'homme: "¿Cómo se explica que algo tan complicado (la 'Summa' de Santo Tomás) haya emergido de algo tan sencillo (el Evangelio)?". De hecho cuando leemos un tratado teológico o la profesión de fe y el juramento antimodernista impuesto por Pío X, a primera vista parecen diferentes de las Sagradas Escrituras o del Credo de los Apóstoles. Sin embargo, un estudio más a fondo nos revela que las diferencias no son irreconciliables. A pesar de las apariencias la "Summa" y el juramento antimodernista están vinculados naturalmente con la Escritura y la fe de los primeros cristianos. Si se quiere captar plenamente la identidad de la verdad revelada según era profesada en los primeros siglos con lo que nosotros ahora confesamos es necesario estudiar a fondo el proceso de la expresión dogmática a través de la historia completa del dogma y de la teología. Bástenos por ahora un ligero esbozo de sus características y rasgos generales. Lo que se nos muestra en la Escritura o en la revelación evangélica como una realidad viviente (la persona divina de Jesucristo) ha sido formulado en términos abstractos (una persona, dos naturalezas) o en fórmulas concretas (mi Padre y yo somos uno); pasamos constantemente de lo visto o recibido implícitamente a lo razonado o reflexionado explícitamente; analizamos datos complejos, comparamos separadamente sus elementos, construimos un sistema a partir de las verdades dispersas; a base de analogías de fe y a la luz de la razón clarificamos puntos que estaban obscuros y los fundimos en una totalidad en la que a veces es difícil distinguir los datos de la revelación divina y los del conocimiento humano. En pocas palabras, todo ese proceso conduce a un trabajo de transposición, análisis, síntesis, deducción e inducción, y de la conformación de la materia revelada a través de la teología. Durante ese proceso han cambiado las fórmulas, las realidades divinas se han matizado de los colores del pensamiento humano, las verdades reveladas se han entremezclado con las de la ciencia y la filosofía, pero la verdad divina se ha conservado idéntica a través de la variedad de fórmulas, sistemas, y expresiones dogmáticas. Es lo mismo pero visto de diferentes ángulos y, hasta cierto punto, con diferentes ojos. Pero es la misma verdad la que fue presentada originalmente a los primeros cristianos y la que se nos presenta hoy a nosotros.

A esa identidad de la verdad revelada corresponde también la identidad de la fe. Nosotros creemos lo mismo que los primeros cristianos; lo que nosotros creemos hoy fue también creído por ellos en forma más o menos explícita, más o menos consciente. Del mismo modo como ha permanecido idéntico el depósito de la fe también permanece idéntica su posesión por la fe viva. Ninguno de los fieles tiene siempre el mismo grado de conciencia explícita de lo que cree, pero su fe implícita contiene todo aquello que confesamos explícitamente en la profesión de fe. Siempre se han profesado en la Iglesia, de palabra o de obra, algunas verdades que podemos llamar fundamentales. Otras, que pueden ser llamadas secundarias, pueden haber permanecido implícitas por largo tiempo, o envueltas, en lo tocante al detalle, en una verdad general en la que la fe no las distingue a primera vista. En cuanto a las verdades del primer tipo, pudo haber incluso tiempos en que había cierta falta de certeza, o en los que se daba pie a controversias e incluso a herejías. Pero la mente de la Iglesia, el sentido católico, no ha dudado en lo que ha sido esencial. Nunca se ha dado en el mundo cristiano una obscuridad como la que los herejes nos reprochan. Los que tenían ojos para verlo lo vieron. Nunca se han dado disputas entre los fieles en cuanto a esos puntos. Las que se han dado, y sin duda han sido agudas, se han referido a fallas en la comprensión o en detalles de la expresión.

En lo tocante a verdades tales como el dogma de la Inmaculada Concepción, definitivamente sí se han dado faltas de certeza y controversia respecto a la naturaleza misma de los temas en cuestión. La verdad revelada estaba indudablemente en el depósito de la verdad de la Iglesia, pero no había sido formulada en términos explícitos, ni siquiera en términos claramente equivalentes, sino envuelta en una verdad más general (la de la santidad total de María), cuya fórmula pudo haber sido entendida en una forma más o menos absoluta (exención de todo pecado actual, exención incluso del pecado original). Por otra parte, esta verdad (la exención de María del pecado original) pudo verse como opuesta a otras verdades ciertas (la universalidad del pecado original, la redención universal de Cristo). Se puede comprender fácilmente que en algunas circunstancias, cuando la cuestión se plantea por primera vez en forma explícita, algunos fieles hayan dudado. Es también natural que los teólogos hayan mostrado mayores dudas que los demás fieles. Mucho más preparados para detectar la aparente oposición entre la nueva opinión y la verdad antigua, ellos legítimamente resistieron, mientras esperaban una luz mayor, lo que en ese momento percibían como prisa irreflexiva o piedad menos iluminada. Así lo hicieron San Anselmo, Santo Tomás y San Buenaventura en el caso de la Inmaculada Concepción. Pero la idea que vivía en la mente de la Iglesia acerca de María implicaba tanto la exención de todo pecado, incluso del pecado original. Los fieles a los que las preocupaciones teológicas no les impedían sostener esa idea en toda su pureza, basados en la intuición del corazón que a veces está más dispuesto e iluminado que la misma razón y el pensamiento razonado, rechazaba toda limitación y no soportaba, según la expresión de San Agustín, que se discutiera en forma alguna la posibilidad de pecado en María. Poco a poco el sentimiento de los fieles venció. Claro que ello no se debió, como alguno ha insinuado, a la debilidad de los teólogos incapaces de luchar contra un sentimiento ciego, sino porque sus percepciones, aceleradas por los fieles y por su propio instinto de fe, pudieron sondear cada vez más el sentimiento de los fieles y examinar con más cuidado la nueva opinión para asegurarse que, lejos de ir en contra de dogma alguno, armonizaba maravillosamente con otras verdades reveladas y correspondía integralmente a la analogía de la fe y de la sana razón. Por último, luego de escudriñar con cuidado renovado el depósito de la revelación, descubrieron la opinión piadosa, escondida hasta ese momento en una fórmula más general, y no contentos con declararla verdadera, la declararon revelada. De ese modo, luego de largas discusiones, a la fe implícita en la verdad revelada sucedió la fe explícita en esa misma verdad, pero brillando ya a la vista de todos. No había más datos, pero bajo el impulso de la gracia y con el sentimiento y esfuerzo de la teología se logró una visión más distinta y clara respecto a lo que los datos antiguos contenían. Cuando la Iglesia definió la Inmaculada Concepción lo que hizo fue definir como parte de la fe explícita de los fieles lo que ya estaba implícitamente contenido en esa fe. Y lo mismo se aplica a todos los casos semejantes, excepto en lo concerniente a detalles accidentales de las circunstancias. Al reconocer una nueva verdad la Iglesia reconoce que ella ya poseía esa verdad.

Sí existe en la Iglesia, claro, progreso en el dogma y en la teología; progreso de la misma fe hasta cierto punto. Pero ese progreso no consiste en una adición de información fresca o en un cambio de ideas. Lo que se cree es lo que siempre se ha creído, pero a través del tiempo se entiende en forma más generalizada y se explícita en forma más clara. De ese modo, gracias al magisterio vivo y a la predicación eclesiástica, gracias al sentido vivo de la verdad que reside en la Iglesia, a la acción del Espíritu Santo que simultáneamente dirige a los maestros y a los fieles, la verdad tradicional vive y se desarrolla en la Iglesia, siempre inmutable, al mismo tiempo nueva y antigua. Antigua porque los primeros cristianos ya la contemplaban en cierta medida; nueva porque nosotros la vemos con nuestros ojos y en armonía con nuestras ideas presentes. Tal es la noción de la tradición en el doble sentido de la palabra. Es la verdad divina que nos llega a través de la mente de la Iglesia y es también la preservación y la transmisión de esta verdad divina hecha por el órgano del magisterio vivo, por la predicación de la Iglesia y por la profesión de fe que todos los cristianos hacemos en nuestra vida.

JEAN BAINVEL Transcrito por Tomas Hancil Traducido por Javier Algara Cossío