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Sábado, 19 de enero de 2019

Libri Carolini

De Enciclopedia Católica

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(Libros Carolinos).

Son una obra en cuatro libros (120 ó 121 capítulos) que dice ser obra de Carlomagno y que fue escrita ca. 790-92. Es una crítica muy severa del séptimo concilio ecuménico, Nicea de 787, particularmente respecto a sus actas y decretos en materia de imágenes sagradas. De hecho, es un grave tratado teológico en el que tanto el concilio iconoclasta de 754 y su oponente, el citado de Nicea de 787, son traídos ante el criticismo franco y juzgados igualmente erróneos, el primero por excluir a todas las imágenes de las iglesias como idolatría pura y el segundo por defender una adoración absoluta de las imágenes. Aunque se hacen públicos bajo el nombre real, el saber teológico, filosófico y filológico sobrepasa mucho los poderes de Carlomagno. El autor puede ser Alcuino; posiblemente uno o más de los teólogos españoles o irlandeses que residían en la corte franca. La obra tenía su origen en una traducción latina muy defectuosa (ver Anastasius Bibliothecarius en Mansi, Coll. Conc. XII, 981) de las actas griegas del Séptimo Concilio general (Segundo de Nicena) que aun se desfiguró más por la negligencia del copista romano. En un texto crucial, e.g., se omitió la partícula negativa y en otro se hace que el concilio afirme que las imágenes han de ser adoradas como la misma Trinidad, mientras que el texto griego original es perfectamente ortodoxo. Esta versión fue severamente criticada por la asamblea de de teólogos francos a la que asistió Carlomagno. Algunos (85) de esos detestables pasajes fueron reunidos y presentados al papa Adriano I por el abad Angilberto para que fueran corregidos. Esta documentación está perdida pero su contenido se puede deducir de la contestación prudente y moderada de Adriano en 794 (PL 1247-92; cf. Nam absit a nobis ut ipsas imagines, sicut quidam garriunt, deificemus, etc.). Insatisfechos con esta defensa del concilio( no ecuménico para los teólogos del rey) Carlomagno hizo que se preparara una gran obra, que desde entonces se conoce como "Quattuor Libri Carolini". Para mejor explicar este notable paso se ha notado que Carlomagno estaba entonces muy irritado contra la emperatriz griega Irene, en parte por el fracaso del proyecto de matrimonio del hijo de la emperatriz y la hija de Carlomagno Rotrudis, y en parte por la ayuda y protección que ella proporcionaba a Adelchis, hijo del destronado rey de Lombardía, además de unos ciertos celos de la autoridad sobre sus súbditos francos con un concilio griego en el que no habían tomado parte. Algunos creen que ya le rondaba entonces la idea de asumir el título imperial y por ello estaba siempre dispuesto a desacreditar a la autoridad griega cuando fuera posible, La obra se imprimió por primera vez en París en 1549 por el sacerdote Jean du Tillet (Tilius), que más tarde fue obispo de Saint Brieuc y después de Meaux, pero anónimamente y sin indicar donde había encontrado el manuscrito (Tilius era sospechoso de inclinarse hacia el Calvinismo). Mientras los Centuriadores de Magdeburgo enseguida lo usaron como testigo de la corrupción católica de la verdadera doctrina sobre las imágenes, algunos apologistas católicos insistieron en que era una obra herética enviada por Carlomagno a Roma para que fuera condenada; otros insistieron que era una falsificación de Carlstadio (el manuscrito de Tilius era, después de todo, muy reciente: Floss, De suspecta librorum Carolinorum a Joanne Tilio editorum fide, Bonn, 1860). No se dieron cuenta de que Augustinus Steuchus (1469-1549) bibliotecario del Vaticano escribiendo en defensa de la Donación de Constantino ya había citado un pasaje de los "Libri Carolini" (I, 6) que declaró haber encontrado en un manuscrito vaticano escrito por una antigua mano lombarda y que había desaparecido hacia 1759 según una carta del cardenal Passionei al erudito abad Frobenius Förster, al pensar en una nueva edición de la obra. (ver el prefacio no. 10 a su edición de la Opera Alcuini). Floss (op. cit.), ya había citado un pasaje de los Libri Carolino, mantenía la tesis de la falsificación, pero la obra era genuina y ya no se puede mantener lo contrario desde el descubrimiento (1866)en los archivos vaticanos por Reifferscheid de un manuscrito imperfecto del siglo X.(Narratio de Vaticano Libror. Carol. codice, Breslau, 1873). Más aún, Hincmaro de Reims hace constar que la obra existía en la última parte del siglo noveno (Adv. Hincmar. Laud. c. 20). Los eruditos católicos han admitido hace tiempo que es genuina, así Sirmond and Natalis, Alexander VIII, (Saec. VIII, Diss. VI, 6).La obra fue reimpresa por el editor imperial Michael Goldast (Imperialia decreta de cultu imaginum, Frankfort, 1608, p. 67, sqq., and Collect. Constitut. imper. I. 23), de donde fue tomada por otros e.g. Migne (P. L., XCVIII, 989-1248), aunque éste tuvo a su disposición la edición mejor de G. A. Heumann, Augusta Concilii Nicaeni II Censura, i.e. Caroli M. de impio imaginum cultu libri IV (Hanover, 1731). Algunos extractos fueron publicados por Jaffé, Bibl. Rer. Germanic. VI, 220-42.

Los autores de los “Libri Carolini” admiten que las imágenes pueden ser utilizadas como adornos eclesiásticos con el propósito de instruir y en memoria de sucesos pasados, pero que es tonto quemar incienso delante de ellas y usar luces, aunque es erróneo sacarlas de las iglesias y destruirlas. Los autores se escandalizan del término latino adoratio, porque lo toman como adoración absoluta, mientras que la palabra original griega Proskynesis no significa nada más que reverencia en una actitud postrada e insisten en que sólo Dios ha de ser adorado (adorandus et colendus). Los santos han de ser venerados de una manera apropiada (opportuna veneratio). La tradición eclesiástica, insisten, habla de honor reverencial a la cruz de Cristo, a las Sagradas Escrituras, a los vasos sagrados y a las reliquias de los santos. Condenan la excesiva reverencia mostrada por los griegos a sus emperadores, critican la desfavorable elevación de Tarasius al patriarcado de Constantinopla y finalmente encuentran falta (son siempre sin razón) en la exégesis escritural y patrística de los griegos. Por otra parte confunden ignorantemente los dichos y hechos de este concilio ortodoxo con los del conciliábulo iconoclasta de 754; frecuentemente presentan erróneamente los hechos y en general se les nota una tendencia antigriega. Para explicar su actitud parecen apropiadas las siguientes palabras del cardenal Hergenröther (Kircheng., ed. Kirsch, 1904, II, 132): Aparte de los (no reconocidos) errores de traducción, las actas y decretos del séptimo Concilio General ofendía de varias maneras las costumbres y opiniones del mundo teutónico en el que hacía poco se había triunfado sobre el paganismo, pero aún era potente en las formas y maneras populares. Los rudos semipaganos teutones podían fácilmente entender mal en un sentido de idolatría los honores que se daban a las imágenes, que tampoco eran tn frecuentes debido al gusto poco cultivado de sus gentes. Así que mientras se toleraban las imágenes, no se animaba a su culto y se mantenían en un lugar subordinado. Los griegos habían reverenciado mucho no sólo la persona de los emperadores sino también sus retratos y estatuas y respecto al incienso y a la postración (Gr. Proskynesis, Lat. adoratio) eran de uso inmemorial. Les parecía por consiguiente que no podían dar de otra manera la reverencia debida a las imágenes del Salvador y de los santos. Pero con los Alemanes era de otra manera porque no estaban acostumbrados a postrarse o doblar la rodilla ante sus reyes. Tales actos les parecían apropiados para mostrar la adoración (latreia) que sólo era debida a Dios y cuando se daba a otros era con frecuencia una fuente de escándalo. En la mente de los teutones la vida eclesiástica más libre del occidente brilla ya por contraste con las extravagancias del la adoración al emperador en oriente. Como se ha dicho arriba, el papa Adriano I en una carta dirigida a Carlomagno contestó largamente en 85 Capítula. Recordaba al rey que 12 de sus obispos habían tomado parte en el sínodo romano (previo al segundo Concilio de Nicea) y habían aprobado la palabra “cultus” de las imágenes; refutaba varios argumentos y objeciones presentados y afirmaba la identidad de su enseñanza sobre las imágenes con la del altamente respetado papa Gregorio el Grande. Defendía de forma digna al Segundo Sínodo de Nicea, finalmente no reconocido por él, llamando la atención al mismo tiempo sobre sus justas quejas contra los griegos que aún retenían las iglesias y propiedades que el iconoclasta León III (717-41) les había arrebatado de la jurisdicción romana. Esta carta del papa Adriano (m. 795)puede no haber sido conocida por los obispos y abades que se reunieron en Frankfort en 794 y que sobre la errónea suposición descrita arriba, rechazaron (can. 2) el Segundo Concilio de Nicea. Carlomagno envió las actas de este sínodo a Roma, con una petición de condena de Irene y Constantino VI, pero parece que fue cediendo poco a poco a la suave y prudente firmaza de Adriano al que siempre profesó la más sincera admiración y amistad. Un último eco del conflicto teológico cristalizó en los “Libri Carolini” se oye en el sínodo de París de 825 que no más sabio que su predecesor respecto a las versión de las actas en cuestión intentó en vano obtener del papa Eugenio II que abandonara la postura tomada por Adriano I. A pesar de que cada vez se aceptaba mejor “cultus” de las imágenes entre su gente, los obispos francos continuaron con su oposición a Segundo Concilio de Nicea, que sin embargo iba ganando reconocimiento especialmente por una nueva y mas exacta versión de las actas y decretos hecha por Anastasius Bibliothecarius bajo Juan VIII (872-82). Mientras tanto el escrito franco Walafrid Strabo había resumido y popularizado la verdadera doctrina eclesiástica en su excelente libro "Liber de exordiis et incrementis rerum ecclesiasticarum, escrito hacia el 840 840 (ed. Knöpfler, Munich, 1890). Ver ICONOCLASTIA, IMAGENES, FRANCKFORT, CONCILIO DE , DUNGAL DE S. DENIS, JONAS DE ORLEANS.

THOMAS J. SHAHAN.

Transcrito por Michael C. Tinkler. En honor del Profesor Eugene Vance.

Traducido por Pedro Royo.