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Domingo, 17 de noviembre de 2019

Kostka, San Stanislas

De Enciclopedia Católica

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Nació en Rostkovo cerca de Prasnysz, Polonia, alrededor del 28 de Octubre de 1550; murió en Roma durante la noche del 14-15 de agosto de 1568. Ingresó a la Compañía de Jesús en Roma, el 28 de Octubre de 1567, y se dice que predijo su muerte unos pocos días antes de que ocurriera. Su padre, Juan Costka, era un senador del Reino de Polonia y Lord de Zakroczym; su madre fue Margarita de Drobniy Kryski, hermana y sobrina de los Duques Palatinos de Mosovia y tía del célebre Canciller de Polonia, Féliz Kryski. El matrimonio fue bendecido con siete hijos, de los cuales Stanislas fue el segundo. Su hermano mayor Pablo le sobrevivió lo suficiente como para estar presente en la ceremonia de beatificación de Stanislas en 1605. Los dos hermanos fueron primero educados en su hogar, siendo la firmeza, y aún la severidad, de su entrenamiento la principal característica de la misma, su resultado fueron los excelentes hábitos de piedad, modestia, templanza y sumisión. Luego fueron enviados a Viena con su tutor para asistir al colegio Jesuita que había sido abierto cuatro años antes, llegando a Viena el 25 de Julio de 1564. Stanislas fue pronto conspicuo entre los estudiantes del colegio, no solo por su amabilidad y alegría en su expresión, sino también por su fervor religioso y piedad angelical. Este espíritu de devoción continuó creciendo durante los tres años que permaneció en Viena. Su hermano Pablo dijo de él durante el proceso de beatificación: “Se consagró a si mismo tan completamente a la cosa espiritual que frecuentemente quedaba inconsciente, especialmente en la iglesia del los Padres Jesuitas en Viena. Es verdad,“ agregó el testigo, “que esto le había ocurrido a mi hermano en nuestro hogar en Pascua cuando estaba sentado a la mesa con nuestro padres y otras personas“. Entre otras prácticas de devoción, se unió mientras estaba en Viena a la Congregación de Santa Bárbara, a la cual pertenecían muchos estudiantes del colegio Jesuita. Si ha de creerse la veracidad de las confidencias que hizo entonces a su tutor y más tarde a un compañero miembro de la Compañía en Roma, fue Santa Bárbara quien le trajo dos ángeles durante el curso de una seria enfermedad, para que le dieran la Eucaristía.

Tanta piedad, sin embargo, no complacía a su hermano mayor Pablo; su exasperación lo llevó a tratar con violencia al inocente Stanislas. Este último finalmente perdió la paciencia, y una noche, después de haber sufrido Stanislas nuevamente los comentarios severos y golpes de su hermano, se volvió hacia Pablo con las palabras: “Tu rudo tratamiento va a lograr que me vaya para no volver, y tu deberás explicar mi partida a nuestro padre y a nuestra madre”. La única réplica de Pablo fue insultarlo violentamente.

Mientras tanto el pensamiento de unirse a la Compañía de Jesús había ya entrado en la mente del santo joven hombre. Sin embargo, pasaron seis meses antes de que se aventurara a hablar de esto a los superiores de la Compañía. En Viena dudaron en recibirlo, temiendo la tempestad que probablemente levantaría su padre contra la Compañía, la que había recién aquietado una tormenta que había estallado debido a otras admisiones a la Compañía. Rápidamente Stanislas comprendió la situación y formó el plan de presentar su solicitud al general de la Compañía en Roma. La distancia era de quinientas leguas, las que debían hacerse a pie, sin equipo, o guía, o ningún otro recurso salvo la precaria caridad que podía ser recibida en el camino. Los potenciales peligros y humillaciones de tal viaje, sin embargo, no alarmaron su coraje. En la mañana del día en el cual iba a llevar a cabo su proyecto llamó a su sirviente temprano y le dijo que notificara a su hermano Pablo y a su tutor en el curso de la mañana, que no estaría de regreso para la cena en ese día. Entonces partió, aprovechando la primera oportunidad para cambiarse la vestimenta de gentilhombre por la de mendicante, que era la única manera de escapar a la curiosidad de aquellos a quienes pudiera encontrar. Para el anochecer, Pablo y el tutor comprendieron que Stanislas se había ido como había amenazado. Se apoderó de ellos un fiero cólera, y como el día había finalizado, el fugitivo había ganado veinticuatro horas sobre ellos. Comenzaron a seguirlo, pero no fueron capaces de alcanzarlo, o bien los caballos exhaustos se negaban a ir más lejos, o una rueda de su carruaje se rompía, o, como el tutor francamente declaró, equivocaron la ruta, dejando la ciudad por un camino diferente al que había tomado Stanislas. Es notable que en su testimonio Pablo no de explicaciones de su mala suerte.

Stanislas permaneció por un mes en Dillinger, donde el provincial de aquel momento, el Bienaventurado Pedro Canisius, puso la vocación del joven aspirante a prueba empleándolo en procedimientos escolares. Luego fue a Roma, donde arribó el 25 de Octubre de 1567. Como estaba muy exhausto por el viaje, el general de la orden, San Francisco Borgia, no le permitiría entrar al noviciado de San Andrés hasta varios días después. Durante los restantes diez meses de su vida, de acuerdo con el testimonio del maestro de los novicios, el Padre Giulio Fazio, fue un modelo de perfección religiosa. No obstante su muy delicada constitución no se evitó la menor penitencia ("Monument hist. Societatis Jesu, Sanctus Franciscus Borgia", IV, 635). Tenía tan ardiente fiebre en su pecho que se veía a menudo obligado a aplicarse compresas frías. En vísperas de la fiesta de San Lorenzo, Stanislas sintió una debilidad mortal empeorado por la alta fiebre, y vio claramente que su última hora había llegado. Escribió una carta a la Bienaventurada Virgen rogándole que lo llamara a los cielos para celebrar con él el glorioso aniversario de su Asunción (ibid, 636). Su confianza en la Bienaventurada Virgen, quien ya le había hecho muchos notables favores, fue esta vez nuevamente recompensada; el 15 de Agosto, hacia las cuatro de la mañana, mientras estaba envuelto en pías declaraciónes a Dios, a los santos, y a la Virgen María, su hermosa alma pasó a su creador. Su rostro brilló con la más serena luz. La ciudad entera lo proclamó como santo y se precipitaba desde todas partes para venerar sus restos y para obtener, si era posible, algunas reliquias (ibid., 637). La Santa Sede ratificó el veredicto popular mediante su beatificación en 1605; fue canonizado el 31 de Diciembre de 1726. San Stanislas es uno de los santos populares de Polonia y muchas instituciones religiosas lo han elegido como el protector de sus noviciados. Sus representaciones artísticas son muy variads; es a veces representado recibiendo la Santa Comunión de manos de ángeles; a veces recibiendo al Niño Jesús de manos de la Virgen; o es mostrado en el medio de una batalla ahuyentando a los enemigos de su patria. En ocasiones es representado cerca de una fuente poniéndose una tela de lino sobre su pecho. Es invocado para las palpitaciones del corazón y para peligrosos casos de enfermedad (Cahier, "Caractéristiques des Saints").

Este informe ha sido extraído casi exclusivamente de los testimonios de testigos citados para el proceso de canonización de Stanislas (cf. Archivio della Postulazione generale d. C. d. G., Roma). El retrato que se acompaña es obra de Scipione Delfine y es el más antiguo de San Stanislas que se conserva. Puede ser considerado como el de mayor parecido, ya que habría sido probablemente pintado en Roma el año de su muerte, quizás después de la misma. Su rostro es llamativamente Eslavo, un hecho que nos es observable en otros retratos.

En el año de su muerte fueron escritas vidas de Stanislas por los Padres Fazio y Warsevitz (Bruselas, 11895). La primera permaneció manuscrita, pero la sustancia de ambas se ha recogido en posteriores biografías. Entre estas últimas la más completa y la más enteramente basada en evidencia documental es la de Ubaldini en Analecta Bollandiana, IX-XVI (1890-1897). Igualmente dignos de recomendación son los trabajos de Sacchini, Bartoli, Gruber, Goldie, y Michel.


FRANCIS VAN ORTROY

Transcripto por Neil O'Sullivan

Alumnos de Kostka Hall en Melbourne, Australia

Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi