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Martes, 23 de abril de 2019

John Sobieski

De Enciclopedia Católica

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Nacido en Olesko en 1629; fallecido en Willanow en 1696; hijo de Jacobo, Castellano de Cracovia y descendiente por parte de su madre del heroico Zolkiewski, quien murió en la batalla de Cecora. Su hermano mayor Marco fue su compañero de armas desde la época de la gran rebelión Cosaca (1648), peleando en Zbaraz, Beresteczko, y finalmente en Batoh donde, después de haber sido tomado prisionero, fue asesinado por los Tártaros. John, el último de toda su familia, acompañó a Czarniecki en la expedición a Dinamarca; entonces, a las órdenes de Jorge Lubomirski combatió a los Moscovitas en Cudnow. Durante la rebelión de Lubomirski, permaneció fiel al rey (John Casimiro), se convirtió sucesivamente en Comandante de Campo, Gran Mariscal, y – después de la muerte de Revera Potocki – Gran Comandante o Comandante en jefe. Su primer hazaña como Comandante fue en Podhajce, donde, sitiado por un ejército de Cosacos y Tártaros, a su propio costo reclutó 8000 hombres y abasteció el lugar con trigo, desconcertando al enemigo tan completamente que éste se retiró con grandes pérdidas. Cuando en 1672, bajo el reino de Miguel Wisniowiecki, los Turcos tomaron Kamieniec, Sobieski los derrotó una y otra vez, hasta que coronó la victoria de Chocim perdiendo éstos 20.000 hombres y gran cantidad de armas. Esto dio a Polonia un respiro, y Sobieski se convirtió en héroe nacional, tal es así que, al morir el Rey Miguel en ese momento, fue unánimemente electo rey en 1674. Antes de su coronación fue forzado a volverse contra las hordas Turcas, que habían invadido una vez más el país; las derrotó en Lemberg en 1675, llegando a tiempo para levantar el sitio de Trembowla, y para salvar a sus defensores, Chrzanowski y su heroica mujer. Apenas coronado, se apresuró a pelear en las provincias Rutenias. Como tenía muy pocos soldados (20.000) para atacar a los Turcos, que los superaban numéricamente diez a uno, los debilitó, atrincherándose en Zurawno, dejando que el enemigo lo encerrara por una quincena, liberándose luego con una maravillosa destreza y coraje, y recuperando finalmente mediante un tratado una buena parte de Ucrania.

Por algún tiempo hubo paz: los Turcos habían aprendido a temer al “Invencible Leon del Norte”, y Polonia estaba también exhausta. Pero pronto el Sultán volvió sus armas contra Austria. Pasando a través de Hungría, gran parte de la cual había estado en manos Turcas por ciento cincuenta años, avanzó con un enorme ejército, calculado en entre 210.000 y 300.000 hombres (la última cifra es de Sobieski). El Emperador Leopoldo huyó de Viena, y rogó la ayuda de Sobieski, del mismo modo que lo hiciera el nuncio papal. Aunque disuadido por Luis XIV, cuya política fue siempre hostil a Austria, Sobieski no vaciló un instante. Mientras tanto (Julio de 1683) el Gran Visir Kara Mustafá, había llegando a las puertas de Viena y armado el sitio a la ciudad, defendida por el valiente General Imperial Conde Stahremberg, con una guarnición de solamente 15.000 hombres, expuestos a los horrores de la enfermedad y el fuego, así como a los ataques hostiles. Sobieski comenzó el rescate en Agosto, llevando a su hijo Jacobo con él; pasando por el santuario de Nuestra Señora en Czefistochowa, las tropas oraron por la bendición de sus armas; a principios de septiembre, habiendo cruzado el Danubio y unido sus fuerzas con los ejércitos Alemanes a las órdenes de John Jorge, Elector de Sajonia, y del Príncipe Carlos de Lorraine, se aproximaron a Viena. El 11 de Setiembre, Sobieski estaba en las alturas de Kahlenberg, cerca de la ciudad, y al día siguiente dio batalla en la planicie debajo de ellas, con un ejército de no mas de 76.000 hombres, formando los Germanos el ala izquierda y los Polacos, bajo los Comandantes Jahonowski y Sieniawski, con el General Katski al comando de la artillería formando el ala derecha. Los húsares cargaron con su impetuosidad habitual, pero la densa masa del enemigo era impenetrable. La retirada de los húsares fue tomada como una huida por los Turcos, quienes se precipitaron avanzando en su persecución; los húsares se volvieron con refuerzos y cargaron nuevamente, cuando con sus gritos hicieron saber que el “León del Norte” estaba en el campo, los Turcos huyeron, atacados por el pánico, con la caballería de Sobieski aún persiguiéndolos. Sin embargo se continuó combatiendo furiosamente por un tiempo a lo largo de toda la línea de batalla; ambos bandos pelearon con bravura, y el rey estaba en todos lados comandando, peleando, alentando el coraje de sus hombres y urgiéndolos a avanzar. Fue el primero en asaltar el campamento: Kara Mustafá había escapado con su mujer, pero recibió el lazo de cuerda en Belgrado algunos meses después. Los Turcos fueron devueltos por su ruta, Viena y la Cristiandad había sido salvada, y las noticias fueron enviadas al papa junto al Estandarte del Profeta, tomado por Sobieski, quien había escuchado Misa en la mañana.

Postrado con las armas extendidas, declaró que él estaba peleando la causa de Dios y atribuyó la victoria sólo a Él (Veni, vidi, Deus vicit – de su carta a Innocencio XI). Al día siguiente entró a Viena, aclamado por el pueblo como su salvador. Leopoldo, disgustado de que el rey Polaco se llevara toda la gloria, condescendió en visitarlo y agradecerle, pero trató a su hijo Jacobo y a los comandantes Polacos con una extrema y altanera frialdad. Sobieski, aunque profundamente ofendido, persiguió a los Turcos dentro de Hungría, atacó y tomó Ostrzyhom después de una segunda batalla, y retornó a Polonia para el invierno, con inmensos botines tomados del campo Turco. Estas y la gloria derramada sobre su nación fueron todas las ventajas inmediatas de la gran victoria. El peligro Otomano se había desvanecido para siempre. La guerra todavía continuó: paso a paso se hizo retroceder al enemigo, y dieciseis años después Kamieniec y la Podolia completa fueron restauradas a Polonia. Pero Sobieski no vivió para ver este triunfo. En vano había intentado una y otra vez retomar Kamieniec, y había hasta construido una fortaleza para destruir su valor estratégico; esta fortaleza permitió a los Tártaros invadir las provincias Rutenias en varias ocasiones, aún a las puertas de Lemberg. Fue también forzado por un tratado a dar Kiev a Rusia en 1686; tampoco tuvo éxito en asegurar la corona para su hijo Jacobo. Sus últimos días fueron pasados en el seno de su familia, en el castillo de Wilanow, donde murió en 1696, vencido tanto por los conflictos políticos como por la enfermedad. Su mujer, Marie-Casimire, una Francesa viuda de John Zamoyski, aunque no merecedora de tan gran héroe, fue tiernamente amada por él, como lo muestran sus cartas: lo influenció en gran medida y no siempre sabiamente. Su familia está ahora extinta. Carlos Eduardo, el Joven Pretendiente, fue su bisnieto –hijo de la hija de Jacobo, Clementina, quien desposó a James Stuart en 1719.

S. TARNOWSKI Transcripto por Michael Philip Baranowski Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi