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Miércoles, 29 de enero de 2020

Jenaro San

De Enciclopedia Católica

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Mártir, Obispo de Benevento

Se cree que San Jenaro sufrió durante la persecución de Dioclesiano, año 305. Se sabe muy poco con respecto a su vida y martirio. Las diferentes colecciones de “Hechos”, aun cuando son numerosas (Biblioteca Hagiographica Latina, n. 4115-4140), son extremadamente tardías y poco confiables. Bede (año 733), en su “Martyrologium” ha sumarizado la llamada “Acta Bononiensia” (ver Quentin, “Les Martyrologes historiques”, 76). A esta fuente se puede atribuir la siguiente descripción encontrada en la actual Martirología Romana, aunque la referencia al milagro de la liquefacción se añadió en una fecha muy posterior. “A la memoria de los santos mártires Jenaro, Obispo de Desiderio de Cahors, San Benevento, Festo su diácono, y el lector Desiderio, junto con Sosso, diácono de la iglesia de Misenas, Próculo, diácono de Pozzuoli, Euticio y Acucio, quienes después de estar encadenados en prisión, fueron decapitados en el imperio de Dioclesiano. El cuerpo de San Jenaro se trajo a Nápoles, y se enterró con honores en la iglesia, donde su santa sangre se mantiene hasta hoy en un recipiente de vidrio, el cual al colocarse cerca de su cabeza se hace líquida y burbujea como si fuera sangre fresca.”

En el Breviario se da una explicación más amplia. En éste se cuenta que “Timoteo, presidente de Campania”, fue el oficial que condenó a los mártires, que Jenaro fue arrojado a un horno, pero que las flamas no lo tocaron, y que el santo y sus compañeros fueron después expuestos en el anfiteatro a bestias salvajes, sin sufrir ningún efecto. Timoteo declaró que fue por magia, y que al ordenar la decapitación de los mártires, el verdugo se quedó ciego, pero Jenaro lo curó, y quinientas personas se convirtieron a Cristo antes de que los mártires fueran decapitados. Entonces, continúa la lección del breviario, “las ciudades de estas costas buscaron obtener los cuerpos de los mártires para darles Cristiana sepultura, para asegurar que fueran hechos abogados de Dios. Por voluntad de Dios, las reliquias de Jenaro fueron por fin traídas a Nápoles, después de haber sido llevadas de Pozzuoili a Benevento, y de Benevento a Monte Vergine. Cuando se trajeron de allí a Nápoles, se les colocó en la iglesia principal, donde se han hecho famosas porque se les han atribuido muchos milagros. Entre estos es notable el de haber detenido la erupción del Volcán Vesuvio, en el que tanto lugares cercanos y lejanos iban a ser destruidos. También se sabe, y es un hecho que se observa aún a la fecha, que cuando la sangre de San Jenaro, la cual se mantiene seca en un pequeño recipiente de vidrio, se coloca cerca de la cabeza del mártir, se derrite y burbujea de una manera muy extraña, como si se hubiera vertido fresca.”

Especialmente es éste milagro de la licuefacción lo que ha dado celebridad al nombre de Jenaro, y de éste hecho nos ocupamos ahora. De entrada se debe decir que la suposición de cualquier truco se debe descartar, como algunos opositores quieren admitir. Durante más de cuatrocientos años ésta licuefacción ha ocurrido a intervalos frecuentes. Si fuera un truco, sería necesario admitir que todos los arzobispos de Nápoles, y que los innumerables estudiosos eminentes por su sabiduría y a menudo por su santidad, fueron cómplices del fraude, así como un buen número de oficiales seculares; pues la reliquia se encuentra tan bien custodiada que su exposición necesita la anuencia de las autoridades civiles y eclesiásticas. Además, en éstos cuatrocientos años, ninguno de los muchos que suponen sea un truco, ha revelado o explicado como opera el milagro. Un fuerte testimonio indirecto a ésta verdad, es que aún a la fecha, los racionalistas que se oponen a una explicación sobrenatural del fenómeno, no han llegado a un acuerdo de cómo darle explicación.

Lo que realmente ocurre, se puede describir brevemente como sigue: en un relicario de plata, que se asemeja a una pequeña lámpara portátil, se tienen dos recipientes de vidrio. El más pequeño contiene solamente restos de sangre, y no nos ocuparemos de él. El más grande, que es un pequeño frasco de 10 centímetros de altura y de aproximadamente 6 centímetros de diámetro, normalmente contiene más de la mitad de una masa sólida y obscura, absolutamente opaca cuando se observa a contra luz, y no se mueve al voltear el relicario boca-abajo. Ambos frascos parecen estar tan firmemente pegados en la cavidad del relicario, que están sellados herméticamente. Además, debido a que la masa obscura dentro del frasco está protegida por dos espesores de vidrio, se presume que no le afecta la temperatura del aire circundante. Dieciocho veces por año, (1) en el Sábado anterior al primer Domingo de mayo, y en los siguientes ocho días, (2) en la festividad de San Jenaro (19 de Septiembre) y durante el octavario, y (3) el 16 de diciembre, un busto de plata, que se cree contiene la cabeza de San Jenaro, se expone en el altar, y el celebrante saca el relicario descrito y lo pone a la vista de la asamblea. La gente hace oración, pidiendo que ocurra el milagro, en tanto que un grupo de mujeres pobres, conocidas como las “tías de San Jenaro”, se hace notar especialmente por el fervor, y algunas veces cuando se retrasa el milagro, por la extravagancia de sus súplicas.

El celebrante usualmente sostiene el relicario por sus extremidades, sin tocar el vidrio, y de cuando en cuando lo voltea hacia abajo para observar si hay movimiento perceptible de la masa obscura contenida en el frasco. Después de un intervalo de duración variable, generalmente no menor a dos minutos ni mayor de una hora, se observa que la masa se desprende de las paredes del frasco, y se hace líquida más o menos como una tinta color rubí, y en algunas ocasiones burbujea aumentando su volumen. Entonces el celebrante anuncia “El milagro ha ocurrido”, se canta un Te Deum, y el relicario conteniendo la sangre líquida se coloca en el altar para que los fieles lo veneren besando el frasco. Raramente ha fallado la ocurrencia del milagro en las exposiciones de Mayo y septiembre, mientras que en la exposición del 16 de Diciembre, la masa permanece sólida muy a menudo.

Es por tanto natural, que aquellos que se rehúsan a admitir el carácter sobrenatural del fenómeno, consideren que la licuefacción ocurre simplemente debido al efecto del calor. Argumentan que se conocen algunas substancias que tienen un punto de ebullición muy bajo. El calor producido por las manos del celebrante, la presión y ansiedad de los espectadores, las luces del altar, y en particular las velas que se mantenían cercanas al relicario para permitir que la gente viera la opacidad de la masa, se combinan para elevar la temperatura del aire lo suficiente para derretir la substancia dentro del frasco, la cual se supone es sangre, pero que nadie nunca ha analizado. Además, desde los primeros años del siglo dieciocho, algunos científicos escépticos, por medio de ciertas preparaciones químicas, han reconstruido el milagro con más o menos éxito; es decir, han podido exhibir alguna substancia roja, que aparentemente sólida en un principio, se derrite después de cierto tiempo sin la aplicación directa de calor. Sin embargo, puede decirse con absoluta confianza que la teoría del calor no ofrece una explicación adecuada de los fenómenos observados.

Durante más de un siglo, se han hecho cuidadosas observaciones de la temperatura del aire circundante a la reliquia, cuando está expuesta, y se han conservado tales registros. Es cierto, según las memorias científicas de los Profesores Fergola, Punzo y Sperindeo, que no existe una relación directa entre la temperatura, y la hora y forma de la licuefacción. En ocasiones el termómetro ha indicado 25° Celsius, o más, y la licuefacción se ha retrasado por veinte o aún cuarenta minutos, mientras que en otras ocasiones, la masa contenida en el recipiente se ha licuado en un tiempo considerablemente menor que el indicado, y cuando la temperatura ha estado tan baja en 15.6° o 18.3° Celsius. Además, la teoría del calor de ninguna manera ha explicado otro hecho más notable que se ha observado durante doscientos años. La masa que se licua comúnmente aumenta su volumen, pero cuando se vuelve a solidificar no necesariamente regresa a su volumen original. En algunas ocasiones, todo el recipiente es ocupado por la masa, mientras que en otras, apenas ocupa más de la mitad. Esto llevó a un científico Napolitano de los tiempos modernos, el profesor Albini, a sugerir una nueva teoría física derivada de la observación del comportamiento de un fluido viscoso, tal como la miel parcialmente congelada. El científico conjetura que la substancia desconocida del recipiente consiste de una materia sólida muy dividida que se mantiene parcialmente en suspensión por una cantidad de líquido desproporcionadamente pequeña. Cuando está en reposo, el líquido se precipita al fondo del recipiente, en tanto que las partículas sólidas forman una especie de corteza de pan que no se desplaza fácilmente al voltear el recipiente hacia abajo. Sin embargo, está cohesión se debilita por repetidos movimientos, tales como los que el relicario experimenta durante la impaciente espera de la licuefacción. Además, tal fluido viscoso fácilmente se adhiere a las paredes del recipiente, y admite grandes burbujas de aire que causan la apariencia engañosa del cambio de volumen.

El Profesor Albini asegura haber reproducido todos estos fenómenos con una compuesto hecho de chocolate en polvo y grasa de leche. Por otro lado, los que han estudiado de cerca el proceso de licuefacción del contenido del recipiente, declaran que tal explicación es absolutamente imposible. Además, parece haber ejemplos bien atestiguados de licuefacción en el caso de ésta y otras reliquias semejantes de sangre, en que el relicario ha estado completamente en reposo.

Asimismo, se ha sugerido que el fenómeno se debe a alguna forma de fuerza psíquica (ver Di Pace, “Ipotesi scientifica sulla Liquefazione”, etc., Nápoles, 1905). La concentración de pensamiento y deseo de la multitud expectante y específicamente de las “tías de San Jenaro”, son capaces de producir un efecto físico. Contra esto, sin embargo, se opone el hecho que la licuefacción ha ocurrido algunas veces en forma inesperada y en presencia de muy pocos espectadores.

Probablemente la dificultad mas seria contra el carácter milagroso del fenómeno se deriva de la circunstancia que el mismo fenómeno de licuefacción ocurre en el caso de otras reliquias, casi todas preservadas en las cercanías de Nápoles, o son de origen Napolitano. Estas incluyen reliquias que se afirma son la sangre de San Juan Bautista, de San Esteban el primer mártir, de San Pantaleón, de Santa Patricia, de San Nicolás Tolentino, de San Luis Gonzaga, y otros. En el caso de la supuesta licuefacción de la llamada “Leche de Nuestra Señora” (ver Putignani, S.J., “De Revivi Sanguine S. Januarii”, Nápoles, I723, I, 90), o de la grasa de Santo Tomás de Aquino (ver Magnoni Valenti, “Discorso Istorico” I772, 47), probablemente se trate de pura ficción, pero los recipientes tradicionalmente asociados con los nombres de San Juan Bautista, San Esteban, y San Pantaleón, indudablemente exhiben, en sus respectivos días festivos, fenómenos exactamente análogos a los de la más famosa reliquia de San Jenaro. Además, se asegura por testigos científicos y de alta respetabilidad, que un bloque de basalto de Pozzuoli, que se dice tiene trazas de sangre de San Jenaro, se torna rojo vivo durante un corto tiempo en Mayo y Septiembre, a la hora que ocurre el milagro de licuefacción en Nápoles (ver Cavène, “Celèbre Miracle de S. Janvier”, I909, 277-300).

Vale la pena mencionar otros tres puntos atestiguados por investigadores recientes:

Ahora se sabe que el primer registro seguro de la licuefacción de la sangre de San Jenaro data de 1389 (ver de Blasiis, “Chronicon Siculum incert auctoris”, Nápoles, I887, 85), y no de 1456, como se supuso inicialmente. En 1902, se le permitió al Profesor Sperindeo pasar un rayo de luz por la parte superior del recipiente durante la licuefacción y examinar el rayo usando un espectroscopio. El experimento mostró las líneas distintivas del espectro de la sangre. Sin embargo, esto sólo demuestra que se tienen muestras de sangre en el contenido del recipiente (ver Cavène, “Le Celèbre Miracle”, 262-275). Lo más notable es que la aparente variación del volumen de la reliquia llevó en 1902 y 1904 a una serie de experimentos durante los cuales el relicario completo se pesó en una balanza muy precisa. Se encontró que el peso no era constante, al igual que el volumen, y que el peso del relicario cuando la sangre llenaba todo el espacio del recipiente, excedía en 28 gramos el peso de cuando la sangre parecía ocupar la mitad del recipiente. Esta gran diferencia hace imposible creer que dicha variación substancial del peso se debiera a un error de observación. Nos vemos forzados a aceptar el hecho de que, contrario a todas las leyes conocidas, ocurre un cambio en el contenido de éste recipiente herméticamente sellado que lo hace más pesado y más ligero en una proporción aproximadamente proporcional a su volumen aparente (Cavène, 333-39). La realidad del milagro de San Jenaro ha sido motivo repetido de controversia. Ha tenido que ver con muchas conversiones al Catolicismo, una muy notoria la del anciano Herder. Desafortunadamente, sin embargo, en ocasiones ha habido aseveraciones sin fundamento contrarias a los veredictos favorables expresados por renombrados científicos. Un ejemplo es el testimonio del gran químico Sir Humphry Davy, quien supuestamente ha expresado su creencia en lo genuino del milagro.

Aunque en muchos aspectos no es crítico, el mejor relato del milagro de San Jenaro es el de CAVENE, Le Célèbre Miracle de S. Janvier (Paris, 1909). Desde el punto de vista histórico, mayores detalles pueden encontrarse en TAGLIALATELA, Memorie Storicocritiche del Culto e del Sangue di S. Gennaro (Naples, 1896). Entre los trabajos recientes se puede mencionar: JANUARIO, Il Sangue di S. Gennaro (Nápoles, 1902); dos artículos de SILVA y SPERINDEO en la Ommagio della Rivista di Scienze e Lettere, publicada para el centenario de1905; también SPERINDEO, Il Miracolo di S. Gennaro (tercera ed., Nápoles, 1908); THURSTON en la revista Tablet, 22 y 29 May, 1909, seguida por correspondencia en la misma revista. De una fecha anterior están PUNZO, La Teca di S. Gennaro (Nápoles, 1880); IDEM, Indagini ed osservazioni sulla Teca (Naples, 1890); ALBINI in Rendiconti dell' Accademia delle Scienze fisiche e matematiche (Società Reale di Napoli), series II, vol. IV (1890), 24-27; Acta SS., 19 Sept. También hay un excelente artículo de LECANU in MIGNE, Dictionnaire des Prophéties et des Miracles (1852), 1010-1016. Los libros más antiguos, como los de PUTIGNANI, TUTINI, FALCONE, etc., son demasiado numerosos para mencionarse, y en su mayor parte no son críticos. Los diferentes “Hechos” de San Jenaro han sido editados por SCHERILLO in Atti Accad. Archeol. Napoli, VIII (1876), pt. I, 147-330. Para más bibliografía, ver CHEVALIER, Bio-Bibl.

HERBERT THURSTON Transcrito por Robert B. Olson Ofrecido a Dios Todopoderoso por Brian C. Olson