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Miércoles, 20 de marzo de 2019

Felipe II

De Enciclopedia Católica

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Rey de España, único hijo del Emperador Carlos V, e Isabel de Portugal, n. en Valladolid el 21 de Mayo de 1527; f. en el Escorial el 13 de Setiembre de 1598. Fue cuidadosamente educado en las ciencias, aprendió Francés y Latín, aunque nunca habló nada más que Castellano, y también mostró mucho interés en la arquitectura y la música. En 1543 se casó con su prima María de Portugal, quien murió al nacer de Don Carlos (1545). Fue designado regente de España con el consejo de Carlos V. En 1554 se casó con María Tudor, Reina de Inglaterra, quien era once años mayor. Este matrimonio político dio a España influencia indirecta en los asuntos de Inglaterra, recientemente restaurada al Catolicismo; pero en 1555 Felipe fue convocado a las Países Bajos, y la muerte de María en el mismo año cortó la conexión entre los dos países. En una solemne conferencia llevada a cabo en Bruselas el 22 de Octubre de 1555, Carlos V cedió a Felipe los Países Bajos; las coronas de Castilla, Aragón y Sicilia, el 16 de Enero de 1556, y el condado de Borgoña el diez de Junio. Pensó aún asegurarle la corona imperial, pero la oposición de su hermano Fernando lo hizo abandonar este proyecto. Convertido en rey, Felipe, un devoto al Catolicismo, defendió la Fe a través del mundo y se opuso al progreso de la herejía, y estas dos cosas son la clave de todo su reinado. Hizo ambas cosas por medio del absolutismo. Su reinado comenzó desagradablemente para un soberano Católico. Había firmado con Francia el Tratado de Vaucelles (5 de Febrero de 1556), pero el mismo fue pronto roto por Francia, que se unió con Pablo IV contra él. Al igual que Julio II este papa deseaba sacar los extranjeros de Italia. Felipe tenía dos guerras en sus manos al mismo tiempo, en Italia y en los Países Bajos. En Italia el Duque de Alba, Virrey de Nápoles, derrotó al Duque de Guisa e infligió tal daño al papa como para forzarlo a hacer la paz. Felipe garantizó la misma en los más favorables términos y el Duque de Alba fue hasta obligado a pedir el perdón del papa por haber invadido los Estado Pontificios. En los Países Bajos Felipe derrotó a los Franceses en San Quintín(1557) y Gravelines(1558) y posteriormente firmó la Paz del Cateau-Cambresis (3 de Abril, 1559), que fue sellada por su matrimonio con Isabel de Valois, hija de Enrique II. Concluida la paz, Felipe, quien había sido demorado en los Países Bajos, regresó a España. Por más de cuarenta años dirigió desde el Principado de Orange decidido a proclamar el gabinete de Felipe los asuntos de la monarquía. Residió alternativamente en Madrid, al que hizo capital del reino y en villegiatures, la más famosa de las cuales es el Escorial, que construyó en cumplimiento de un voto hecho al momento de la batalla de San Quintín.

En España, Felipe continuó la política de los Católicos Fernando e Isabel. No tuvo piedad en la supresión de la herejía Luterana, que había aparecido en varias partes del país, particularmente en Valladolid y Sevilla. “Si mi propio hijo fuera culpable como tu”, respondió a un gentilhombre condenado a muerte por herejía que le había reprochado su crueldad, “lo llevaría con mis propias manos a la estaca”. Tuvo éxito en exterminar al Protestantismo en España, pero encontró otro enemigo no menos peligroso. Los moriscos del antiguo Reino de Granada habían sido conquistados, pero permanecieron como enemigos implacables de sus conquistadores, de los que estaban separados por religión, idioma, vestimenta y maneras y complotaban incesantemente con los Musulmanes de fuera del país. Felipe deseaba forzarlos a renunciar a su idioma y vestido, con lo cual se rebelaron e involucraron en una sangrienta lucha contra España que duró tres años (1567-70) hasta que fue finalizada por Don Juan, hijo natural de Carlos V. Los derrotados Moriscos fueron transplantados en gran número al interior del país. Otro evento de importancia histórica en el reino de Felipe fue la conquista de Portugal en 1580. Después de la muerte del joven Rey Sebastián en la batalla de Alcazar (1578) y la de su sucesor el anciano Cardenal Enrique (11580), Felipe II, quien a través de su madre era un nieto del Rey Emanuel, reclamó su título de heredero y envió al Duque de Alba a ocupar el país. Esta fue la única conquista del reino. La unidad Ibérica, así realizada, duró desde 1580 hasta 1640. Otros acontecimientos fueron los problemas en Aragón, que fueron fomentados por Antonio Perez, anterior secretario del reino. Perseguido por alta traición buscó refugio en su país nativo, y apeló a la protección de sus fueros para que no pudiera ser entregado a los jueces Castellanos, ni a la Inquisición. Los habitantes de Zaragoza lo defendieron con la fuerza de sus armas y tuvo éxito en escapar al exterior, pero Felipe envió un ejército a castigar a Aragón, violó los fueros y estableció el absolutismo en el Reino de Aragón, hasta entonces orgulloso de su libertad (1592).

En los Países Bajos, donde Felipe había encomendado el gobierno a su tía, Margarita de Parma, los nobles, irritados debido a su deseo de influencia, complotaron y presentaron quejas. Protestaron contra la presencia en el país de varios miles de soldados Españoles, contra la influencia del Cardenal Granvelle con la regente, y contra la severidad de los decretos de Carlos V contra la herejía. Felipe retiró a los soldados españoles y al Cardenal Greanvelle, pero rehusó mitigar los decretos y declaró que no deseaba reinar sobre una nación de herejes. Al estallar las dificultades con los Iconoclastas, juró castigarlos y envió al Duque de Alba con un ejército, con lo cual Margarita de Parma renunció. Alba se comportó como en un país conquistado, produjo el arresto y ejecución del Conde Egmon y de Hornes, quienes fueron acusado de complicidad con los rebeldes, creó el Consejo de Problemas, que era popularmente llamado el “Consejo de la Sangre”, derrotó al Príncipe de Orange y a su hermano quienes habían invadido el país con mercenarios alemanes, pero no pudo evitar que los “mendigos del Mar” capturaran Brille. Continuó con sus éxitos militares pero fue retirado en 1573. Su sucesor Requesens no pudo recuperar Leyden. Influenciadas por el Príncipe de Orange las provincia concluyeron con la “Pacificación de Ghent” que reguló la situación religiosa en los Países Bajos sin intervención real. El nuevo gobernador, Don Juan, alteró los cálculos de Orange aceptando la “Pacificación” y finalmente el Príncipe de Orange decidió proclamar la deposición de Felipe por las provincias rebeladas. El rey respondió colocando al príncipe bajo proscripción, poco tiempo después fue muerto por un asesino (1584). Sin embargo, las provincias unidas no se sometieron y se perdieron para España. Aquellas del Sur, sin embargo, fueron recobradas una tras otra por el nuevo gobernador, Alejandro Farnese, Príncipe de Parma. Pero su muerte en 1592, y las crecientes dificultades de la guerra contra los rebeldes, liderados por el gran general Maurice de Nassau, hijo de Guillermo de Orange, llevaron a Felipe a comprender que debía cambiar su política y cedió los Países Bajos a su hija Isabel, a la que esposó al Archiduque Alberto de Austria, con la condición de que las provincias serían devueltas a España en caso de que no hubiera hijos de esta unión (1598). (Ver ALBA; EGMONT; GRANVELLE; PAISES BAJOS.). El objetivo del reino de Felipe se realizó sólo parcialmente. Había salvaguardado la unidad religiosa de España y exterminado la herejía en el sur de los Países Bajos, pero el norte de los Países Bajos había sido perdido para él para siempre.

Felipe tenía tres enemigos contra quienes luchar en el extranjero, el Islam, Inglaterra, y Francia.

El Islam era amo del Mediterráneo, estando en posesión de la Península Balcánica, Asia Menor, Egipto, toda la costa norte de Africa (Túnez, Argelia y Marruecos); había conquistado recién la Isla de Chipre y puesto bajo sitio a la Isla de Malta (1505), la que valientemente había rechazado el asalto. Dragut, el almirante Otomano, era el terror del Mediterráneo. En varias ocasiones Felipe había peleado contra el peligro Musulmán, encontrándose alternativamente con el éxito y con la derrota. Él por lo tanto se unió con entusiasmo a la Santa Liga organizada por Pío V para resistir al Islam, y a la cual Venecia consintió unirse. La flota de la Liga, comandada por Don Juan, hermano de Felipe II, infligió a la flota Turca la terrible derrota de Lepanto (7 de Octubre de 1571), los resultados de la cual hubieran sido mayores de no haberse probado la falsedad de Venecia y de no haber muerto Pío V en 1572. No obstante, la dominación Turca del Mediterráneo había terminado y en 1578 Felipe concluyó un tratado con los Turcos que duró hasta el fin de su reinado.

Las relaciones de familiaridad con Inglaterra habían cesado a la muerte de María Tudor. Felipe intento renovarlas mediante su quimérico proyecto de casamiento con Isabel, quien no se había convertido todavía en la cruel perseguidora del Catolicismo. Cuando ella se constituyó en la protectora de los intereses Protestantes a través del mundo e hizo todo cuanto estaba en su poder para alentar la rebelión de los Países Bajos, Felipe pensó enfrentarla en su propio país apoyando la causa de María Estuardo, pero Isabel terminó con ella en 1587, y proveyó ayuda a los Países Bajos contra Felipe, quien por tanto armó una inmensa flota (la Armada Invencible) contra Inglaterra. Pero al ser conducida por un comandante incompetente, no logró nada y fue casi totalmente destruida por tormentas (1588). Este fue un desastre irreparable que inauguró la declinación naval de España. Los corsarios Ingleses pudieron saquear sus colonias y bajo Drake casi sus propias costas; en 1596 el Duque de Essex saqueó la floreciente ciudad de Cádiz, y el cetro de los mares pasó de España a Inglaterra.

Desde 1559 Felipe II había estado en paz con Francia, y se había contentado urgiéndola a aplastar la herejía. La intervención Francesa en favor de los Países Bajos no le hizo cambiar esta actitud, pero cuando a la muerte de Enrique III en 1589 el Protestante Enrique de Borbón se convirtió en heredero al trono de Francia, Felipe II se alió con los Guisa, quienes encabezaban la Liga, los proveyó de dinero y hombres, y en varias ocasiones les mandó en su ayuda a su gran general Alejandro Farnese. Incluso soñó con obtener la corona de Francia para su hija Isabel, pero este audaz proyecto no se realizó. La conversión de Enrique IV (1593) al Catolicismo eliminó el último obstáculo para su acceso al trono Francés. Aparentemente Felipe II falló en la comprensión de la situación, ya que continuó por dos años más la guerra contra Enrique IV, pero sus infructuosos esfuerzos fueron finalmente terminados en 1595 por la absolución de Enrique IV por parte de Clemente VIII.

Ningún soberano ha sido objeto de tan diversos juicios. Mientras los Españoles lo consideraban como su Salomón y lo llamaba “el rey prudente”, para los Protestantes era el “demonio del sur” (dæmon meridianus) y el más cruel de los tiranos. Esto fue porque, habiéndose constituido a si mismo como el defensor del Catolicismo en todo el mundo, encontró innumerables enemigos, sin mencionar a tales adversarios como Antonio Perez y Guillermo de Orange quienes para justificar su traición lo calumniaron tanto. Posteriormente poetas (Schiller en su “Don Carlos”), escritores de romance y publicistas repitieron esas calumnias. En realidad Felipe II reunía grandes cualidades y graves defectos. Fue industrioso, tenaz, devoto al estudio, serio, de maneras simples, generoso para con quienes lo servían, el amigo y patrocinador de las artes. Fue hijo responsable, amoroso esposo y padre, a quien su familia veneraba. Su piedad era ferviente, tenía una devoción sin fronteras a la Fe Católica y fue, más aún, un celoso amante de la Justicia. Su estoica fortaleza en la adversidad y el coraje con el que soportó los sufrimientos de su última enfermedad son dignos de admiración. Por otro lado era frío, desconfiado, reservado, escrupuloso hasta el exceso, indeciso y propenso a aplazar sus responsabilidades, poco dispuesto a la clemencia o a olvidar las ofensas. Su religión era austera y sombría. No podía entender la oposición a la herejía excepto por la fuerza. Imbuido de ideas de absolutismo, como todos los gobernantes de su época, fue llevado a actos desaprobados por la ley moral. La política de su gabinete, siempre a trasmano con relación a los acontecimientos y mal informada en lo relativo a la verdadera situación, explica en gran medida sus fracasos. Para resumir podemos citar la opinión de Baumstark: “Fue un pecador, como lo somos todos, pero fue también un rey y un rey Cristiano en el completo sentido del término”.


GACHARD, Correspondance de Philippe II sur les affaires des Pays Bas (Brussels and Ghent, 1848-1851); IDEM, Lettres de Philippe II a ses filles (Paris, 1884); IDEM, Don Carlos et Philippe II (Paris, 1863); PRESCOTT, History of the reign of Philip II, King of Spain (London, 1855); CORDOBA, Felipe II, rey de Espana (Madrid, 1876-78); BAUMSTARK, Philippe II, Konig von Spanien (Freiburg, 1875), tr. into French, KURTH (1877); MONTANA, Nueva luz y juicio verdadero sobre Felipe II (Madrid, 1882); FORNERON, Histoire de Philippe II (Paris, 1882); HUME, Philip II of Spain (London, 1897).


GODEFROID KURTH

Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi