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Viernes, 22 de marzo de 2019

Eucaristía; devoción en el Virreinato del Perú

De Enciclopedia Católica

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La devoción a la Eucaristía en el virreinato del Perú* Jesús sacramentado fue una de las principales devociones durante el virreinato. La presencia real de Cristo en la Eucaristía era asumida como un elemento indiscutible de la fe. Además, en aquel período histórico se tenía en el Cuerpo de Cristo al mejor referente de la sociedad, asumida en esos días en función de la trascendencia, y que era representada bajo la forma de un organismo humano, al que los juristas y teólogos llamaban “cuerpo místico de república”. Los acontecimientos que acaecían en torno del sacramento del altar constituyeron un indicador de las aspiraciones de los integrantes de la sociedad peruana entre los siglos XVI y XVIII. Vemos así que su profanación podía alterar íntegramente a la población de las ciudades y llevarla hasta el llanto y las muestras de público dolor a través de las procesiones de penitentes. Asimismo, su hallazgo y desagravio propiciaban la algarabía general entre los habitantes del Perú. A lo largo de la historia virreinal, se puede descubrir varios hechos relativos a la profunda creencia en la Eucaristía. Valga como ejemplo el sacrilegio que se produjo en Quito el 20 de enero de 1649 en la iglesia del convento de Santa Clara por unos sujetos que desfondaron el sagrario, tomaron el cáliz y dejaron las hostias regadas por el piso. Narra fray Diego de Córdoba y Salinas que Quito entero lloró la afrenta y que: “[…] todos sus vecinos se vistieron de luto, haciendo muchas plegarias y oraciones y una procesión de sangre, en que todos los religiosos, el clero y la nobleza del pueblo fueron descalzos para aplacar la ira de Dios justamente indignado por el agravio tan atroz hecho a nuestra cabeza, Christo Sacramentado [sic]”. Dos meses después, el 25 de marzo de ese mismo año, los habitantes de Lima dejaron mostrar su pesar por el acontecimiento de Quito a través de un homenaje al Santísimo con la exposición de la hostia durante todo el día, una misa pontifical y una procesión por las calles, que se ornamentaron con esmero. Se sabe que el entonces arzobispo de Lima, Pedro de Villagómez, redactó en honor a la Eucaristía unos versos que fueron recordados por los vecinos de la Ciudad de los Reyes, y que rezaban: “Viva la fe que confiesael altísimo misterioen que Cristo nos dejósu divina Sangre y Cuerpo:y que en la Virgen Maríatomó nuestra carne el Verboque, con el divino Espírituy Dios Padre, es Dios Eterno”. Este hecho, íntimamente relacionado con el milagro del Santo Niño de Eten (2 de junio de 1649), guarda gran semejanza con el robo del Santo Sacramento de Lima, que sucedió el 29 de enero de 1711. Un tal Fernando Hurtado de Chávez, de quien se decía era hijo bastardo del conde de Cartago, sustrajo el cáliz lleno de hostias consagradas del altar mayor del Sagrario capitalino. Al día siguiente, el virrey del Perú y obispo de Quito Diego Ladrón de Guevara dispuso que se enlutaran las torres de los templos. Gran parte de la población estalló en llanto, las campanas doblaron con tristeza y se organizaron procesiones de penitentes por toda la urbe. Dos días después, un joven esclavo halló las sagradas formas bajo un árbol, y fueron recogidas por el jesuita limeño Alonso Messía Bedoya. Luego del hallazgo, el dolor se tornó en público regocijo. De inmediato el vicesoberano ordenó que se organizase una procesión de desagravio, desde el lugar del descubrimiento (donde hoy se levanta la viceparroquia de Santa Liberata), hasta el Sagrario. La marcha congregó a los canónigos y a los frailes de las órdenes religiosas, que enrumbaron a la plaza mayor pasando por la calle del templo de Nuestra Señora de Copacabana. La pompa del cortejo fue realzada por cohetes que estallaban en el cielo, y también por la generosidad de los vecinos ricos que lanzaban monedas al viento. La fiesta duró tres días y fue clausurada con una corrida de toros. En el Perú de esos años, la festividad de la Eucaristía era la del Corpus Christi, conocida también como Corpus Domini en otras latitudes. Ella tuvo su origen en la devoción a la presencia real de Cristo en la Eucaristía, y se remontaba a la promulgación de la bula Transiturus por el papa Urbano IV el 8 de septiembre de 1264. A través de ésta, el pontífice señaló la celebración anual del Santo Sacramento cada jueves siguiente al domingo de la Trinidad. Posteriormente, Juan XXII (1316-1334) declaró obligatoria su fiesta. En el siglo XIV, el Corpus pasó a la Península Ibérica, específicamente a Cataluña. Se sabe que se celebró en Barcelona por vez primera en 1319. Fue en esa región de España donde se instauró esta tradición eucarística que llegó a perdurar hasta bien entrado el mundo moderno. Atestigua el cronista Pedro Juan Comes que en 1535 el mismo emperador Carlos V portó por las calles de esa ciudad condal una de las varas del palio. El ánimo evangelizador del Estado virreinal en el Perú, motivado por las propuestas del Concilio de Trento (1545-1563), llevó al virrey Francisco de Toledo en 1572 a iniciar de forma obligatoria las procesiones del Corpus en todo el virreinato. El sentido radicaba en el triunfo de la fe sobre la herejía y en el del cristianismo sobre las idolatrías indígenas. Aquí se descubría que la festividad coincidía con los sentimientos de la población, y que, como ya dijimos, conformaba un cuerpo a imagen y semejanza del organismo humano. En los siglos XVI y XVII, los habitantes del reino del Perú desde los esclavos hasta el virrey, de acuerdo con su naturaleza conformaban un \"todo trascendente\". La manifestación más consciente de ese “todo”, era, sin lugar a dudas, la fiesta del Corpus Christi. Ella era la festividad del cuerpo social, y por lo tanto la más importante de todo el período hispánico. De esta forma la población virreinal celebraba su comunión con la Eucaristía de acuerdo con la naturaleza que le había sido otorgada. Cuenta Juan Antonio Suardo, clérigo curioso e informante de los sucesos que acaecieron en tiempos del virrey conde de Chinchón (1629-1639), que los habitantes de Lima, sintiéndose llamados a formar parte del Cuerpo de Cristo, salían todos los años en procesión por la plaza mayor, pero la noche anterior, en ese mismo lugar, derrochaban su dinero con luminarias y “muy ricas invenciones de fuego […]”, y toda edificación pública estaba: “[…] a las mill maravillas colgada y aderezada [sic]”. De la procesión participaban el virrey y su corte, el arzobispo, los oidores, el Tribunal del Consulado, los dos cabildos, las órdenes religiosas, el clero secular, los miembros de la Universidad de San Marcos, las cofradías y los gremios. Por cierto, para los Corpus limeños no faltaban la “tarasca” y los “cabezudos”. La primera consistía en la figura de un animal monstruoso, comúnmente un dragón o una gran serpiente, y demostraba el dominio de la Eucaristía sobre las fuerzas adversas al cristianismo. Los segundos eran representaciones de gigantes con enormes y grotescas testas que encarnaban la soberbia y otros pecados capitales, siempre vencidos por la religión. En el Cuzco, en el último tercio del siglo XVII, el obispo don Manuel de Mollinedo y Angulo, prelado local entre 1674 y 1699, dejó sentada la tradición de las más suntuosas procesiones de esa ciudad. Un cuadro de varias piezas demuestra el orden de la sociedad. Allí desfilaban desde el prelado y los canónigos hasta los caciques y descendientes de los incas elegantemente trajeados con sus diademas y uncus, es decir, el traje que vestían los antiguos soberanos del Tahuantinsuyo y sus cortesanos u “orejones”. Los gremios, que representaban la vida laboral, se hacían presentes en la romería y competían por deslumbrar con sus altares. Con las cofradías marchaban en la plaza del Huakaypata imágenes de los santos de mayor veneración como San Cristóbal, San Sebastián, San Jerónimo y el apóstol Santiago, todas, figuras imponentes que servían para hacer factible la conversión de los indios. Justamente, la festividad del Corpus constituyó un medio para cubrir con el cristianismo todo rezago de paganismo andino. El inca Garcilaso nos alcanza un buen ejemplo al describirnos el Corpus Christi cuzqueño de 1554, donde da a entender que esta celebración fue superpuesta sobre el Inti Raymi con fines evangelizadores: “Con las mismas cosas aumentándolas todo lo que más podían celebraban en mis tiempos la fiesta del Santísimo Sacramento, Dios verdadero, Redemptor y Señor Nuestro. Y haciéndolo con grandísimo contento como gente desengañada de las vanidades de su gentilidad pasada”. En Potosí, la ciudad más rica y más poblada de Sudamérica, el escritor criollo Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela (1674-1736) narraba, en 1735, que el Corpus congregaba a las quince parroquias de la urbe y que los vecinos de esa villa no escatimaban gastos para pagar el ostentoso desfile de su cofradía y la elegante indumentaria con la que exhibían a sus santos. Se paseaban ciento veinte pendones y estandartes de hermandades y otras imágenes de devoción popular, así como más de veintitrés cruces altas, que iban acompañadas de cabezudos, que daban a la celebración un aire carnavalesco. Las procesiones del Corpus Christi de Potosí se convirtieron en verdaderas pugnas por presentar la mejor ofrenda a la Eucaristía, y sus habitantes llegaron a gastar en ellas las fortunas más elevadas del mundo hispánico. No en vano, a inicios del siglo anterior, se pudo componer allí la mejor poesía para el Cuerpo de Cristo. El sevillano Diego Mejía de Fernangil (ca. 1565-ca. 1630), residente en la villa argentífera, en su égloga El Dios Pan, escrita (entre 1607 y 1621) especialmente para la celebración de la Eucaristía, escribió: “Cristo se irá, y para queSe nos quedase, ordenóquedarse en pan, y así diovida y mérito a la fe.Queriendo Cristo irse al Cielo,Por medio de su Pasión,Como nos tuvo aficiónQuiso quedarse en el suelo.Quedóse y también se fuePorque, yéndose, ordenóquedarse en pan, y así diovida y mérito a la fe.El Verbo Eterno encarnado,Queriendo al Padre tornarse,Gustó partirse y quedarse como buen enamorado.Fuése, pero no se fue,Y, aunque sufrió, se quedóMas quedó en pan, con que diovida y mérito a la fe”. De otro lado, el Santo Sacramento, además de su función religiosa y pedagógica, cumplió con la de ocuparse de la unificación de la “república cristiana”, pues a través de él los monarcas del reino español demostraban la lealtad a Cristo y, con él, a todo su imperio. Los reyes eran representados en la iconografía de la época de los Habsburgo como los defensores de la Eucaristía frente a los infieles, lo que implicaba la defensa de la armonía del mundo y de las Iglesias militante y triunfante frente a la amenaza de las fuerzas desunificadoras del “cuerpo místico de la república”. Son más elocuentes los cuadros que muestran a Carlos II de Habsburgo, y a los reyes de la casa de Borbón —Felipe V, Fernando VI y Carlos III— desenvainando la espada contra los moros con la finalidad de proteger a Cristo sacramentado. Cabe añadir que este tema pictórico incluía frecuentemente la presencia de Santa Rosa de Lima sosteniendo la custodia, pues de acuerdo con sus biógrafos, en 1615, la criolla defendió la Eucaristía con su propio cuerpo frente a las huestes del corsario holandés Jorge Spilbergen, que amenazaron con destruir la capital, y, de acuerdo con el sistema de creencias de la época, podían sembrar la herejía.

Rafael Sánchez-Concha Barrios

Pontificia Universidad Católica del Perú


Fuentes: Córdoba y Salinas, fray Diego de. Crónica franciscana de las provincias del Perú (1651). Washington Academy of Franciscan History, edición y notas a cargo de Lino Gómez Canedo, O.F.M., 1957. Angulo, Domingo. \"Orígenes del barrio de San Lázaro. Santa Liberata\". En: Revista Histórica. Lima, Instituto Histórico del Perú, 1917, tomo V, págs. 410-421. Acosta de Arias Schreiber, Rosa María. Fiestas coloniales urbanas (Lima, Cuzco, Potosí). Lima, Otorongo, 1997. Bernales Ballesteros, Jorge. El Corpus Christi: Fiesta barroca en Cuzco. Sevilla, Universidad Internacional de Andalucía. Sede Iberoamérica de La Rábida, 1996. Estenssoro Fuchs, Juan Carlos. “Descubriendo los poderes de la palabra: funciones de la prédica en la evangelización del Perú (siglos XVI-XVII)”. En: Ramos, Gabriela (compiladora). La venida del reino. Religión, evangelización y cultura en América. Siglos XVI-XX. Cuzco, Centro de Estudios Regionales Andinos “Bartolomé de las Casas”, 1994. págs. 75-101. Pini Rodolfi, Francesco. El milagro eucarístico de Eten (1649). Lima, Colibrí Ediciones, 1999. Vargas Ugarte, S.J., Rubén. De la conquista a la república (artículos históricos). Lima, Librería e Imprenta Gil, 1942. *Publicado en Studia limensia. Lima, Asociación Cultural Studia Limensia, 2002, n° 1, págs. 38-42.