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Martes, 1 de diciembre de 2020

Escala Espiritual

De Enciclopedia Católica

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Juan: La Santa Escala.

Introducción

Juan nos ha dejado una "Escala" compuesta de treinta logoi, llamados posteriormente por los editores: escalones, y completada por una "Carta..." dirigida al higúmeno Juan, de Raitu, a quien dedicó el libro. La obra puede ser dividida en tres partes principales.

Pimera Parte

La primera de ellas podría considerarse como una Introducción ν está compuesta por los tres primeros Escalones, que tratan respectivamente: el 1°, de la renuncia al mundo; el 2°, del desapego interior y el 3°, del ingreso en la vida religiosa; este último ofrece además un suplemento sobre los sueños, "para poner en guardia a los principiantes contra las ilusiones que en ellos se infiltran." Se podría decir que estos escalones hablan de los tres aspectos de la renunciación.

La segunda parte

Está constituida por los veintitrés Escalones siguientes, que tratan, respectivamente: el 4°, de la obediencia, que es base y fundamento de la vida cenobítica; el 5°, de la penitencia; el 6°, de la memoria de la muerte; el 1°, de la aflicción purificadora (siendo estos tres el punto de partida de todo esfuerzo ascético); el 8°, de la ausencia de cólera y la mansedumbres el 9°, del rencor; el 10°, de la maledicencia: el 11°, del silencio; el 12°, de la mentira; el 13°, de la acedía y la pereza; el 14°, de la gula; el 15° de la lujuria y la castidad; el 16°, de la avaricia y de la no posesión; el 12°, de la insensibilidad; el 18°, del sueño y la salmodia de los cenobitas; el 19°, de la vigilia; el 20°, del temor pusilánime; el 21°, de la vanagloria; el 22°, del orgullo; el 23°, de los pensamientos blasfemos; el 24°, de la simplicidad y la dulzura; el 25°, de la humildad; el 26°, del discernimiento y la discreción. Este capítulo cierra la segunda parte, dedicada a los vicios y las virtudes, con una recapitulación de todos los Escalones anteriores e incluye una serie de comparaciones muy instructivas y pintorescas.

La tercera parte de "La Escala," está conformada por los últimos tres Escalones, que tratan: el 27°, de la vida solitaria y anacorética, de la hésychia y de la vigilancia del intelecto; el 28°, de la oración inmaterial y de la paciencia; el 29°, de la impasibilidad; y el 30°, muestra las tres virtudes teologales como coronamiento de toda perfección. Se puede considerar esta tercera parte de la obra como un pequeño tratado de mística. No es posible encontrar en "La Santa Escala" una exposición sistemática, ni tampoco reglas o recetas de vida espiritual; la "Escala no es un tratado de ascética ni un código de moral. Sin embargo indica, a través de múltiples señales, el camino a seguir por la libertad humana en la obra de crucifixión de nuestra individualidad no transfigurada, y de transfiguración de nuestro ser entero en la luz de la resurrección — obra que no puede ser realizada sin la acción de la gracia divina.

Prologo.

A todos aquellos que deseen tomar el rumbo que llevará su nombre a ser inscripto en el libro del cielo, estas páginas les mostrarán el mejor camino. Si tal es nuestro propósito, aquí hallaremos una guía segura, una escalera muy firme que nos conducirá de las cosas terrestres a las santas realidades, en cuya cima veremos a Dios. Esta es, pienso yo, la escalera que Jacob — "aquel que suplantó las pasiones" — contempló mientras reposaba en la ascesis. Yo os exhorto a trepar con coraje y confianza por esta escalera espiritual que lleva al cielo, la cual, desde su primer escalón, nos muestra claramente el camino a seguir. El autor ha trazado este excelente diseño poniendo a nuestra disposición una vía ascendente cuyas etapas equivalen, en número, a la edad según la carne del Señor. Teniendo por modelo esos treinta años él ha levantado una escalera simbólica que conduce, a través de treinta escalones, hacia la perfección. Cuando nosotros alcancemos gracias a ella la plenitud de la edad del Señor, estaremos formados y afirmados; mas aquel que no haya llegado a ser como un niño será considerado imperfecto. En cuanto a nosotros, hemos creído necesario encabezar este libro con el relato de la vida de este hombre pleno de sabiduría, a fin de que, viendo sus trabajos, no se refute nuestra fe en sus obras. (Vida del San Juan Climaco (por Daniel, monje de Raitu).

Vida de San Juan Clímaco

1. Cuál ha sido la ciudad en que nació y creció este devoto varón antes de ingresar en la gloriosa milicia de su profesión, no se sabe con certeza; mas cuál es la que ahora lo alberga, brindándole eternos deleites, mucho antes que nosotros lo declaró el apóstol San Pablo (Ef. 2). Porque él es ahora ciudadano de la celestial Jerusalén, y está, en compañía de los primogénitos "cuya conversación es en los cielos" (Flp.) contemplando, con ojos purísimos y libres de toda materia y tinieblas, aquella invisible hermosura, y recibiendo el glorioso salario por sus trabajos.

Porque gozando de la heredad del reino celestial, para siempre cantará y se alegrará con aquellos cuyos pies estuvieron siempre fijos en la senda de la virtud. Mas ahora hemos de narrar brevemente de qué manera y por qué medios conquistó esta corona.

2. Habiendo alcanzado la edad de dieciséis años, él se ofreció a Cristo en sacrificio santo y agradable, recibiendo sobre sí el yugo de la vida monástica en un convento que estaba sobre el monte Sinaí, pretendiendo con esto que hasta el mismo nombre y condición del lugar visible despertase su corazón, llevase sus ojos a la contemplación del Dios invisible y le convidase a ir hacia él. Desterrándose de esta manera, y alejándose de su patria, y amando la peregrinación, y despidiendo de su corazón toda vana estima y confianza en sí mismo, y abrazando la santa humildad, venció perfectamente al demonio aquel que trabaja por hacer que nos tengamos en algo y confiemos en nosotros mismos.

Por otra parte, inclinando la cabeza, confiando en Dios, y sujetándose perfectamente al padre espiritual, atravesó sin peligro las olas grandes y bravías de esta vida mortal como un experto piloto. Y, progresando día a día en este estado, llegó a estar muerto para el mundo y para sus propias voluntades, a un grado tal que parecía tener el alma del todo despojada del propio parecer y de la propia voluntad. Lo cual era más llamativo por tratarse de él, que anteriormente había sido instruido en el mundo en las ciencias seculares. Y la soberbia y la arrogancia de la humana filosofía suelen por lo general apartar de la humildad y de la sujeción a Cristo.

3. De esta manera permaneció durante diecinueve años, hecho un perfecto dechado de obediencia y sujeción, hasta que falleció el santo padre que lo tenía a su cargo. Entonces, confiando en sus oraciones como en potentísimas armas, pasó a la vida solitaria. Escogió para ello un lugar llamado Thola, que estaba a cinco millas de una iglesia. En este sitio perseveró constantemente por espacio de cuarenta años, con gran alegría y fervor de su espíritu.

4. Mas ¿quién podría, con palabras y alabanzas explicar lo que allí pasó durante tan largo tiempo? ¿cómo se podría sacar a luz lo que allí padeció a solas y sin testigos? Sin embargo, a partir de algunos indicios y de algunas noticias, podremos decir ciertas cosas de la muy santa conducta de este gran santo.

5. Primeramente, en cuanto a la forma de su abstinencia, comía de todos aquellos alimentos que según su profesión era lícito comer, pero de todo poco. Porque comiendo de todo rehuía la nota de singularidad y vanagloria; y comiendo poco vencía la furiosa rabia de la gula, hablando muchas veces con ella y diciéndole: "Calla, calla." Con la soledad, y por el poco trato y compañía de los hombres, apagó de tal modo la llama de la lujuria que ésta ya no le daba pena ni molestia. La avaricia - que el Apóstol llama idolatría- fue vencida por la generosidad y la misericordia para con los otros y la escasez de las cosas necesarias para consigo mismo. Porque contentándose con lo poco, no tenía necesidad de codiciar lo mucho; que es propio de esta pestilencia. A la pereza y a la acedía (que con razón puede llamarse una perpetua muerte del alma) las venció con la memoria de la muerte y con los continuos ejercicios de piedad. Más, a la tiranía de la ira él ya la había degollado con el cuchillo de la obediencia.

En cuanto a su lucha contra el mayor de los vicios, que es la soberbia, a la cual este nuevo Beleel comenzó a vencer con la mansedumbre de la obediencia, debo decir que acabó en victoria cuando el Señor de la celestial Jerusalén , con su presencia levantó contra ella la virtud de la humildad, sin la cual ni es posible vencer al príncipe de este mundo, ni a la flota de vicios que trae consigo.

6. Mas ¿en qué sitio de esta celestial corona pondré la abundancia de sus lágrimas? Rara cosa es ésta, por cierto, y en muy pocos se encuentra. Pues bien, existe, aún hoy día, un secreto refugio — una cueva en la ladera de una montaña-, tan apartado de su celda y de cualquier otra celda cuanto bastase para cerrar puertas y oídos al vicio de la vanagloria. Allí elevaba su voz al cielo con tan grandes gemidos, suspiros y clamores como quien recibiera el cauterio del fuego y otras curas del mismo estilo.

7. Dormía apenas lo necesario como para conservar la claridad y quietud del entendimiento y para no desfallecer por exceso de vigilias. Antes de entregarse al sueño, tenía por costumbre orar largamente y escribir un poco, combatiendo de este modo a la acedía. Pero, en verdad, todo el transcurrir de su vida era oración permanente, continuo ejercicio en el amor de Dios, al cual miraba día y noche en el espejo purísimo de su alma llena de castidad y sin hartarse jamás de ese manjar.

8. Un monje llamado Moisés, que era de los que profesaban la vida solitaria, deseando imitar a este santo varón y ser guiado por él hacia la verdadera sabiduría, pidió a los otros padres que intervinieran en su favor a fin de ser aceptado. Ayudado por tales intercesores, fue finalmente recibido. Al poco tiempo, fue enviado por Juan en busca de buena tierra para agregar al huerto. Yendo, pues, el discípulo a cumplir lo que el Maestro le mandaba, trabajó con gran ahinco hasta el mediodía, en que fatigado por la tarea se concedió un rato de reposo a la sombra de una gran roca que había en el lugar, la cual podía caer en cualquier momento. Mas aquel clementísimo Señor, que tan especial cuidado tiene de sus siervos, al ver el peligro que corría Moisés, le socorrió de esta manera:

9. El gran Juan, nuestro padre, que estaba como tenía por hábito en su celda, recogido en sí mismo y en Dios, fue sorprendido por un suave sueño y tuvo una visión, en la que contempló a un hombre de aspecto venerable que le reprendió de este modo; 'Tú estás aquí, seguramente durmiendo, mientras Moisés, tu discípulo, está en grave peligro." Rápidamente despertó el santo varón y se armó con la oración, rogando con gran fervor por Moisés. Cuando éste regresó, le preguntó si le había pasado algo, y él respondió que se había visto en peligro de que una gran piedra le cayera encima mientras dormía, haciéndolo pedazos, de no haber sido porque estando así oyó la voz de Juan que le despertaba, por lo que dio un gran salto escapando de la roca que en ese momento caía en tierra. Al escuchar estas palabras, el varón de Dios, verdaderamente humilde de corazón, nada dijo de su visión; aunque por otra parte, y en secreto, elevaba su voz en ardientes clamores, cantando himnos a Dios y agradeciendo aquella gracia.

10. Era también este santo varón médico de secretas llagas. Había, en efecto, en aquel tiempo, un monje llamado Isaac, el cual, viéndose arder en el fuego de una tentación carnal acudió a él con gran prisa, y abatido por el dolor de una gran tristeza, descubrió su secreta herida ante el padre Juan. Éste, maravillado ante la fe y la humildad del monje, lo consoló diciendo: 'Oremos, hijo mío, y el Señor, que es clemente y misericordioso, no despreciará nuestros ruegos." Y mientras todavía oraban, estando el religioso enfermo, postrado en tierra, hizo el Señor la voluntad de su siervo: aquella serpiente de la carne huyó, castigada por el látigo de la oración. El monje Isaac, entonces, viéndose libre de la enfermedad, dio muchas gracias a Dios y a su gran servidor.

11. Como pasado un tiempo este padre venerable comenzara a apacentar a las almas que a él venían con el pasto de la palabra de Dios, haciéndoles beber generosamente en el río de la sabiduría divina, ciertos émulos, inflamados con el fuego de la envidia, procuraron estorbar al Maestro afirmando que sólo era un charlatán. Mas él, aun sabiendo que en el Cristo que lo fortificaba todo lo podía, y deseando instruir a aquellos que a él venían en busca de edificación no solamente con palabras, sino mucho más con el silencio y el ejemplo de la paciencia, determinó callar por un tiempo y detener el fluir de aquella corriente celestial, teniendo por más útil que los amadores de la virtud sufrieran este detrimento antes que provocar la ira de aquellos ingratos y malos jueces. Ocurrió entonces que éstos, maravillados ante su gran humildad y modestia, viendo cómo se había cegado una fuente de tanta utilidad, y habiendo sido ellos mismos los culpables de tan grave daño, compungidos se acercaron a él llenos de humildad y, junto con los otros, le pidieron el acostumbrado alimento de su doctrina, lo cual el padre Juan les otorgó benignamente. Y así retornó a proseguir lo comenzado.

12. Y como nuestro padre Juan resplandeciese de esta manera en todo género de virtudes, y como no se hallase ninguno semejante a él, vinieron todos los monjes del monasterio del Sinaí, con un mismo afecto y deseo, y como a un nuevo Moisés, te enseñan de la divina ley, y contra toda su voluntad, le entregaron la conducción de aquel monasterio, para que alumbrase a todos. En lo que no fueron defraudados.

Y así subió también él al monte, y entrando en aquella sagrada niebla, como Moisés recibió la ley escrita por la mano de Dios, gozando primero de su contemplación; y ascendiendo por los escalones de las virtudes intelectuales abrió su boca para que brotara la palabra de Dios, y atrayendo hacia sí el Espíritu, sacó palabras de vida del tesoro de su corazón.

13. Testigo de todo esto son aquellos que se beneficiaron por su boca de las palabras del Espíritu Santo y de su gracia, muchos de los cuales por su doctrina alcanzaron la salvación. Testigo es también el padre Juan, abad del monasterio de Raitu, por cuyos ruegos este santo varón descendió del monte Sinaí trayendo estas tablas escritas por el dedo de Dios, las cuales contienen, exteriormente las reglas de la vida activa, y en su interior las de la vida contemplativa.

Carta de Juan, Higúmeno de Raitu, al Venerable Juan, Higúmeno del Monte Sinaí

Al admirable padre de padres, igual a los Ángeles y doctor excelente: Juan, higúmeno del monasterio del monte Sinaí, de Juan el pecador, higúmeno del monasterio de Raitu.

Conociendo nosotros, que tan alejados estamos de la perfección, oh venerable padre, tu singular y perfecta obediencia, la cual nada sabe de objetar lo que se manda, que embellece toda suerte de virtudes, y que ha hecho fructificar todos los talentos que Dios te ha dado, hemos decidido, puesto que está escrito: "Pregunta a tu padre, y él te enseñará; y a los ancianos, y ellos te responderán" (cf. Deut. 32), poner en práctica dicho mandamiento. Por tal motivo, a través de esta carta todos postrados ante ti, y ante la cumbre de tus virtudes, te suplicamos que, como padre común de todos, como el más antiguo de todos por la ascética, y por la penetración de su espíritu el más aventajado en la perfección de las virtudes, tengas por bien escribir, a nosotros, rudos e ignorantes, las cosas que en la contemplación divina - como otro Moisés — viste en este mismo monte, y que de allí quieras traernos las tablas divinamente escritas, o sea una doctrina que propongas al nuevo Israel, es decir: aquellos que perfectamente han salido del Egipto espiritual y del mar tempestuoso de este mundo. Y tal como la vara de Moisés hizo maravillas en el mar, así pedimos que con esa lengua divinamente inspirada nos quieras enseñar las cosas en que consiste la perfección de la vida monástica, como gran maestro de ella, para consolación de todos los que han escogido este celestial y santo modo de vida. No pienses que exista por nuestra parte afán de halagarte, ya que bien sabes, oh santo varón, cuan lejos de todo tipo de lisonjas está nuestro género de vida, sino que hemos expresado lo que todos vemos y entendemos con claridad. Confiamos en el Señor, por lo tanto, que en breve nos traigas las letras esculpidas de estas tablas, con las cuales serán correctamente guiados los que desean caminar sin desviaciones, y con ellas nos hagas una escalera que llegue hasta las puertas del cielo, la cual lleve suavemente, sanos y salvos, a todos los que por ella quieran ascender, y sin que las milicias espirituales de los gobernantes de las tinieblas de este mundo y de los príncipes del aire, puedan impedir esta subida. Porque si aquel santo patriarca Jacob, siendo pastor de ovejas, pudo ver en una ocasión aquella escalera tan terrible que llegaba hasta el cielo, con mucha mayor razón el pastor de las ovejas racionales, no solamente verá, sino también armará esta escalera que nos hará seguro el camino hasta Dios, y libre de todo error. Sea Dios siempre contigo, amantísimo y muy venerable padre.

Respuesta de San Juan Clímaco.

Recibí, santo varón, tu venerable carta, no menos digna de la honestidad y religiosidad de tu vida que de tu humilde y limpio corazón, y a la cual este pobre hombre, falto de virtudes, más que carta pudo llamar precepto o mandamiento que excedía sus fuerzas. Reconozco en esta demanda tuya la santidad de tu alma — pues es propio de ella pedir a quien como yo es tan ignorante en palabras como corto en obras, reglas de doctrina y virtud-. Por nuestra parte, para confesar la verdad, nunca hubiéramos osado acometer esta tarea que nos excedía, de no haber sido compelidos por el miedo a faltar a la santa obediencia, que es madre de todas las virtudes. Porque mejor hubiera sido ¡oh admirable padre! que hubieras procurado, para ser instruido en estas materias, a otros más avanzados, ya que nosotros debemos ser contados todavía en el número de los principiantes. Mas ya que nuestros santos padres, maestros de la verdadera sabiduría, dicen que la verdadera y pura obediencia consiste en el cumplimiento de aquellas cosas que exceden las fuerzas del hombre, olvidando mi incapacidad, me aboqué osadamente a cumplir con lo que me has pedido (no porque pueda decir algo de provecho o que tú no sepas mejor que yo — ya que estoy convencido de que los purísimos ojos de tu alma, libres por completo de las tinieblas de las perturbaciones humanas, generadoras de las tinieblas que oscurecen el entendimiento, sin obstáculo ni impedimentos ven la luz divina y por ella son esclarecidos e instruidos). No obstante, temiendo como dije la muerte de la desobediencia, compelido por este temor y con el deseo de cumplir con tu santo mandamiento, como hijo agradecido, obediente e inútil de un sabio pintor, determiné hacer este dibujo, o mejor dicho, este borrón, y delinear con mi poco saber las reglas y documentos de la vida espiritual, dejando para ti, como gran maestro, añadir los colores, corregir las fallas que hubiere, y tratar más claramente lo que yo no supe explicar. Este trabajo nuestro lo enviamos sin pensar, por cierto, que pudiera ser de algún provecho — y quiera Dios nunca lo pensemos, pues sería extremada locura, ya que tú eres suficiente, por virtud de Cristo para enseñar, no solamente a los otros, sino también a nosotros, tanto con palabras como con ejemplos de virtud — sino que lo hacemos llegar a esa santa congregación que es como yo instruida por ti — con cuyas oraciones, cual espirituales manos, aliviado del peso de mi ignorancia, quiero comenzar a extender las velas de mi pluma-, entregando a Cristo el gobierno de mi discurso. Confiando, pues, en este socorro y en vuestro mandamiento, dimos comienzo a esta doctrina.

Y ruego a todos aquellos en cuyas manos cayera este libro, que si en él hallaren alguna cosa provechosa, se lo atribuyan a nuestro excelente superior y a él se lo agradezcan, y a nosotros paguen con oraciones, suplicando al Señor nos de el premio sin mirar las cosas que decimos, que en verdad son bajísimas y llenas de ignorancia y simplicidad, sino solamente por la intención y la alegría con que ofrecemos esto, imitando la devoción de aquella viuda del Evangelio (Lúe. 21), que aunque no ofreció mucho ofreció con mucha voluntad aquello que tuvo. Porque no mira Dios tanto la cantidad de las ofrendas, cuanto la intención y el fervor de la voluntad.