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Miércoles, 20 de marzo de 2019

Cristo, Documentos históricos primitivos sobre

De Enciclopedia Católica

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Los documentos históricos referentes a la vida y obra de Cristo pueden ser divididos en tres clases: fuentes paganas, fuentes judías y fuentes cristianas. Estudiaremos las tres sucesivamente.

I. Fuentes Paganas.

Las Fuentes no cristianas para la verdad histórica de los Evangelios están polucionadas por el odio y el prejuicio. Se han avanzado varias razones para explicar esta condición de las fuentes paganas:

• El lugar de la historia de los Evangelios es la remota Galilea;

• Los judíos eran una raza supersticiosa, si creemos a Horacio (Credat Judoeus Apella, I, Sat., v, 100);

• El dios de los judíos dera desconocido e ininteligible para la mayoría de los paganos de ese período:

• Los judíos en suyo seno había nacido la cristiandad estaban dispersos entre naciones paganas que los odiaban;

• La religión cristiana misma era frecuentemente confundida con una de las muchas sectas ha habían surgido del judaísmo, y no excitaba el interés de los espectadores paganos.

Al menos es cierto que ni los judíos ni los gentiles sospechaban en absoluto la enorme importancia de la religión de cuyo nacimiento entre ellos estaban siendo testigos. Estas consideraciones hay que tenerlas en cuenta cuando vemos las raras veces los autores paganos mencionan los sucesos cristianos y la aspereza con que lo hacen. Y aunque los gentiles no nos dan información acerca de Cristo y las primeras etapas del cristianismo que no tengamos en los Evangelios y aunque sus afirmaciones estén hechas con odio manifiesto y desprecio, aún así muestra involuntariamente el valor histórico de los hechos relatados por los Evangelistas. No es necesario demorarse sobre un escrito titulado “Actas de Pilato”, que debía ya existir en el siglo segundo (Justino, "Apol.", I, 35), y debe haber sido utilizado en las escuelas paganas para advertir a los jóvenes contra la creencia de los cristianos (Euseb., "Hist. Eccl.", I, ix; IX, v); ni necesitamos ahora inquirir la cuestión de si existieron tablas censales auténticas de Quirinio.

A. Tácito.

Tenemos al menos el testimonio de Tácito ( 54-119 d.C.) por las afirmaciones de que fundador de la religión cristiana, una superstición mortal a los ojos de los romanos, había sido condenado a muerte por el procurador Poncio pilato en el reinado de Tiberio; que su religión , aunque suprimida durante un tiempo, volvió a resurgir, no sólo en Judea, donde se había originado, sino hasta en Roma, donde confluyen todos los ríos de maldad e impudor; más aún, que Nerón había desviado la sospecha que recaía sobre él, acusando a los cristianos, de haber quemado Roma, aunque no eran culpables, pero que merecían su destino por su misantropía universal.

Tácito describe algunos de los terribles tormentos a los que Nerón sometió a los cristianos (Ann., XV, xliv). El escritor romano confunde a los cristianos con los judíos, a los que considera como una secta especialmente abyecta. Y se puede inferir qué poco investigó la verdad histórica hasta de los documentos judíos, por la credulidad con la acepta las absurdas leyendas y calumnias sobre el origen del pueblo hebreo (Hist., V, iii, iv).

B. Suetonio (75-160 d.C.).

Se ha notado que Suetonio considera a Cristo (Chrestus) como un insurgente contra Roma que urdió sediciones en el reinado de Claudio(41-54 d.C.): "Judaeos, impulsore Chresto, assidue tumultuantes (Claudius) Roma expulit" (Clau., xxv). En su vida de Nerón considera a ese emperador como un benefactor público por su severo tratamiento a los cristianos: "Multa sub eo et animadversa severe, et coercita, nec minus instituta. . . afflicti Christiani, genus hominum superstitious novae et maleficae" (Nero, xvi). El escritor romano no entiende que los problemas con los judíos habían surgido por el antagonismo judío al carácter mesiánico de Jesucristo y a los derechos de la iglesia cristiana.

C. Plinio el Joven.

De mayor importancia es la carta de Plinio el Joven al emperador Trajano (alrededor de 61-115 d.C.) en la que el gobernador de Bitinia consulta a su majestad imperial cómo tratar con los cristianos que vivían en su jurisdicción. Por una parte sus vidas eran claramente inocentes ya que no cometían crimen alguno, excepto por sus creencias cristianas, que aparecían ante los romanos como una superstición extravagante y perversa. Por otra parte no se les podía hacer que renunciaran a sus creencias en Cristo a quien celebraban como su dios en las reuniones que tenían temprano por las mañanas (Ep., X, 97, 98). El cristianismo ya no aparece aquí como un lugar de criminales, como en los textos de Tácito y Suetonio. Plinio reconoce los altos principios morales de los cristianos, admira su constancia en la fe (pervicacia et inflexibilis obstinatio), que parece retrotraer a su adoración de Cristo (carmenque Christo, quasi Deo, dicere).

D. Otros escritores paganos.

El resto de los testigos paganos son de menor importancia: en el siglo Segundo Luciano se burla de Cristo y los cristianos, de la misma manera que se burla de los dioses paganos. Alude a la muerte de Cristo en la cruz, a sus milagros, al amor mutuo que prevalece entre los cristianos ("Philopseudes", nn. 13, 16; "De Morte Pereg"). Se supone que hay alusiones a Cristo en Numenius (Origen, "Contra Cels", IV, 51), a sus parábolas en Galerius, al terremoto que ocurrió en la crucifixión en in Phlegon (Origen, "Contra Cels.", II, 14). Antes del final del siglo segundo los logos alethes de Celsus, citado por Orígenes (Contra Cels., passim), testifica que en aquel tiempo los hechos relatados en los Evangelios eran generalmente aceptados como históricamente verdaderos. A pesar de lo escasos que son los testimonios paganos, al menos dan testimonio de su existencia, de sus milagros, de sus parábolas de su exigencia de adoración a su divinidad, su muerte en la cruz y de las más chocantes características de su religión.

II. FUENTES JUDÍAS.

A. Filón.

Filón, que murió después del año 40 d.C. es muy importante por la luz que arroja sobre ciertos modos de pensamiento y fraseología encontrada de nuevo en algunos de los apóstoles. Eusebio (Hist. Eccl., II, iv) preserva en verdad la leyenda de que Filón se había encontrado con Pedro en Roma durante su misión al emperador Caio; más aún, que en su trabajo sobre la vida contemplativa describe la vida de la iglesia cristiana en Alejandría, fundada por S. Marcos, y no la de los Esenios y Terapeutas. Pero es muy improbable que Filón hubiera oído hablar lo suficiente de Cristo y de sus seguidores para dar una base histórica a las leyendas que corrían.

B. Josefo.

El escritor no-cristiano que se refiere antes a Cristo es el historiador judío Flavio Josefo: nacido el 37 d.C.. Fue contemporáneo de los apóstoles y murió en Roma el 94 d.C. Dos pasajes en sus “Antigüedades” confirman dos hechos los de los que hablan los escritos cristianos inspirados: En uno de ellos informa del asesinato por Herodes de “Juan llamado el Bautista” (Ant., XVIII, v, 2), describiendo además la naturaleza del trabajo de Juan; por otra (Ant., XX, ix, 1) desaprueba la sentencia pronunciada por el sumo sacerdote Anás contra “Santiago, hermano de Jesús que es llamado Cristo”. Es probable que un escritor tan bien informado como Josefo debiera estar bien informado de la historia y la doctrina de Jesucristo. Viendo, además, que recoge sucesos de menor importancia en la historia de los judíos, sería sorprendente que guardara silencio sobre Jesucristo. Su respeto a los sacerdotes y Fariseos no impidió que mencionara los asesinatos judiciales de Juan el Bautista y de Santiago el Apóstol. Su intento de encontrar el cumplimiento de las profecías mesiánicas en Vespasiano no le indujo a pasar en silencio sobre varias sectas judías, aunque sus creencias aparecieran como inconsistentes con las demandas vespasianas. Era de esperar, por consiguiente, en Josefo alguna noticia Jesús.

Las Antigüedades XVIII, iii, 3, parecen satisfacer estas expectativas:

"Por estos tiempos apareció Jesús, un hombre sabio (si en verdad es correcto llamarle un hombre, porque realizaba obras sorprendentes, un maestro de tales hombres como los que reciben la verdad con alegría) y El atrajo a sí a muchos judíos (también a muchos griegos. Este era Cristo) y cuando Pilato, por la denuncia de esos que son más importantes entre nosotros, le había condenado a la Cruz, aquellos que primero le amaban no le abandonaron (porque apareció vivo de nuevo al tercer día, como ya habían dicho de él los profetas y otras muchas maravillas acerca de El). La tribu de cristianos llamados así por causa de él no ha desaparecido hasta este día”.

Un testimonio tan importante como el anterior no podía escapar al análisis de los críticos. Sus conclusiones pueden reducirse a tres: los que consideran el pasaje completamente falso; los que lo consideran completamente auténtico y los que creen que un poco de cada.

Los que consideran falso el pasaje.

Primero los que consideran el pasaje como completamente falso. Las principales razones parecen ser las siguientes:

• Josefo no podía presentar a Jesucristo como un simple moralista y por otra parte no podía enfatizar las profecías mesiánicas y sus esperanzas sin ofender a la susceptibilidad romana;

• Se dice que Orígenes y los primeros escritores patrísticos desconocían el pasaje de Josefo citado arriba;

• El mismo sitio en el que se encuentra en el texto de Josefo, es incierto, puesto que Eusebio (Hist. Eccl., II, vi) puede haberlo encontrado antes de las noticias que conciernen a Pilato, mientras que ahora está colocado detrás.

Pero la falsedad del pasaje disputado de Josefo no implica la ignorancia del historiador sobre los hechos conectados con Jesucristo. El informe de Josefo sobre su propia precocidad juvenil ante los maestros judíos (Vit., 2) recuerda la historia de la estancia del Cristo en el templo a la edad de doce años; la descripción de su naufragio camino de Roma (Vit., 3), recuerda el naufragio de S. Pablo tal como se relata en los Hechos. Finalmente su arbitraria introducción de una traición practicada por los sacerdotes de Isis a una dama romana, tras el capítulo que alude a Jesús, muestra una disposición a explicar le nacimiento virginal de Jesús y preparar la falsedad de los últimos escritos judíos.

Los que ven el pasaje como auténtico, con algunas adiciones falsas.

Una segunda clase de críticos no ven todo el testimonio de Josefo sobre Cristo como falso sino que mantiene que hay una interpolación, incluida arriba en paréntesis. Las razones para sustentar esta opinión pueden reducirse a las dos siguientes:

Josefo debe haber mencionado a Jesús, pero no pudo haberle conocido como el Cristo, por lo que parte del texto de Josefo puede ser genuino y parte interpolada.

Y la misma conclusión se deriva de que Orígenes conociera un texto de Josefo sobre Jesús, pero estaba familiarizado con la lectura del mismo, porque según el gran doctor alejandrino, Josefo no creía que Jesús era el Mesías("In Matth.", xiii, 55; "Contra Cels.", I, 47).

Cualquier fuerza que tuvieran estos argumentos se ha perdido por el hecho de que Josefo no escribía para los judíos sino para los romanos, y consiguientemente cuando dice” Este era el Cristo” no implica necesariamente que Jesús fuera el Cristo considerado por los romanos como fundador de la religión cristiana.

Los que consideran que es completamente genuino.

La tercera clase de eruditos creen que todo el pasaje que trata de Jesús, como se encuentra hoy en Josefo, es genuino y el principales argumentos a favor son los siguientes:

• Primero, todos los códices o manuscritos de la obra de josefo contiene el texto en cuestión; para mantener la falsedad del texto debemos suponer que todas las copias de Josefo estuvieron en manos de los cristianos y se cambiaron de la misma forma.

• Segundo, es verdad que ni Tertuliano ni S. Justino hacen uso del pasaje de Josefo sobre Jesús; pero este silencia se debe probablemente al desdén con el que los judíos contemporáneos miraban a Josefo y a la relativamente poca autoridad que tenía entre los lectores romanos.

Escritores del tiempo de Tertuliano y Justino podían apelar a testigos vivos de la tradición apostólica.

• Tercero, Eusebio ("Hist. Eccl"., I, xi; cf. "Dem. Ev.", III, v) Sozomeno (Hist. Eccl., I, i), Nicef.. (Hist. Eccl., I, 39), Isidoro de Pelusium (Ep. IV, 225), S. Jerónimo (catal.script. eccles. xiii), Ambrosio, Casiodoro, etc., apelan al testimonio de Josefo; no debía haber dudas sobre ello en tiempos de todos estos ilustres escritores.

• Cuarto, el silencio completo de Josefo respecto a Jesús hubiera sido un testimonio más elocuente que el que poseemos en el presente texto; éste no tiene afirmación incompatible con la autoría de Josefo: el lector romano necesitaba la información de que Jesús era el Cristo o el fundador de la religión cristiana; los hechos maravillosos de Jesús y su resurrección de entre los muertos tan incesantemente recordados por los cristianos que sin ellos el Jesús de Josefo difícilmente habría sido reconocido como el fundador del cristianismo.

Esto no implica necesariamente que Josefo viera en Jesús al Mesías de los judíos, pero aunque hubiera estado convencido de que lo era, tampoco se sigue que se hiciera cristiano ya que siempre hay un cierto número de subterfugios por los que el historiador judío no se habría convencido al cristianismo.

C. Otras Fuentes Judías.

El carácter histórico de Jesucristo también está atestiguado por la literatura judía hostil de las centurias siguientes. Su nacimiento se debe ("Acta Pilati" in Thilo, "Codex apocryph. N.T., I, 526; cf. Justin, "Apol.", I, 35), a un acto ilícito o hasta adúltero de sus padres (Origen, "Contra Cels.," I, 28, 32). El nombre del padre es Pantera, un soldado común (Gemara "Sanhedrin", viii; "Schabbath", xii, cf. Eisenmenger, "Entdecktes Judenthum", I, 109; Schottgen, "Horae Hebraicae", II, 696; Buxtorf, "Lex. Chald.” Basle, 1639, 1459, Huldreich, "Sepher toledhoth yeshua hannaceri", Leyden, 1705). La última obra en su edición final no apareció antes del siglo trece, de manera que pudo dar al mito su forma más avanzada. Rosch es de la opinión de que el mito no comenzó antes de finales del siglo primero.

Los últimos escritos judíos muestran señales de conocimiento del asesinato de los Santos inocentes (Wagenseil, "Confut. Libr.Toldoth", 15; Eisenmenger op. cit., I, 116; Schottgen, op. cit., II, 667), de la huída a Egipto (cf. Josephus, "Ant." XIII, xiii), de la estancia de Jesús en el Templo a la edad de doce años, Schottgen, op. cit., II, 696), de la elección de los discípulos ("Sanhedrin", 43a; Wagenseil, op. cit., 17; Schottgen, loc. cit., 713), de sus milagros (Origen, "Contra Cels", II, 48; Wagenseil, op. cit., 150; Gemara "Sanhedrin" fol. 17); "Schabbath", fol. 104b; Wagenseil, op.cit., 6, 7, 17), de su afirmación de que es Dios ( Origenes, "Contra Cels.", I, 28; cf. Eisenmenger, op. cit., I, 152; Schottgen, loc. cit., 699) de la traición de Judas y su muerte (Origen, "Contra cels.", II, 9, 45, 68, 70; Buxtorf, op. cit., 1458; Lightfoot, "Hor. Heb.", 458, 490, 498; Eisenmenger, loc. cit., 185; Schottgen, loc. cit., 699 700; cf. "Sanhedrin", vi, vii). Celso (Origen, "Contra Cels.", II, 55) trata de arrojar dudas sobre la resurrección, mientras que Toldoth (cf. Wagenseil, 19) repite la ficción judía de que el cuerpo de Jesús fue robado del sepulcro.

III. FUENTES CRISTIANAS.

Entre las Fuentes cristianas de la vida de Jesús apenas deberíamos mencionar los llamados Ágrafos y Apócrifos, porque si los Ágrafos contienen Logia de Jesús, o se refieren a incidentes de su vida, son muy inciertos o presentan solamente variaciones de lo que dicen los Evangelios. El principal valor de los Apócrifos consiste en mostrar la infinita superioridad de las Escrituras inspiradas por contraste de las vulgares y erróneas producciones de la mente humana con las simples y sublimes verdades escritas bajo la inspiración del Espíritu Santo.

Entre los libros sagrados del Nuevo Testamento, los Evangelios especialmente y las cuatro grandes Epístolas de S. Pablo, son los más importantes para la construcción de la vida de Jesús. Las cuatro grandes epístolas paulinas (Romanos, Gálatas, I y II a los Corintios) no pueden ser sobreestimadas para quien estudia la vida de Jesús. A veces se les ha llamado el “quinto evangelio”. Nunca se ha dudado seriamente de su autenticidad. Su testimonio es anterior al de los Evangelios, al menos de la mayoría de ellos y son más valiosas porque son incidentales y previstas; son el testimonio de un escritor altamente intelectual y culto que había sido el peor enemigo de Jesús, que escribe a los 25 años de los sucesos que relata. Al mismo tiempo esas grandes epístolas dan testimonio de los más importantes hechos de la vida de Cristo: su descendencia davídica, su pobreza, su mesianismo, su enseñanza moral, su predicación del reino de Dios, el llamamiento de los apóstoles, su poder milagroso, su afirmación de ser Dios, la traición, la institución de la Eucaristía, su pasión crucifixión, sepultura y resurrección, sus repetidas apariciones (Romanos 1:3-4; 5:11; 8:2-3; 8:32; 9:5; 15:8; Gálatas 2:17; 3:13; 4:4; 5:21; 1 Corintios 6:9; 13:4; etc.). Pero por más importantes que sean las cuatro Epístolas, lo Evangelios lo son más, no porque ofrezcan una biografía completa de Jesús, pero si relatan el origen del cristianismo con la vida de su fundador. Cuestiones como la autenticidad de los Evangelios, la relación entre los Evangelios Sinópticos y el Cuarto, el problema sinóptico, debe ser estudiado en los artículos sobre los temas respectivos.

A.J. MAAS.

Transcrito por Joseph P. Thomas, en Memoria del Arzobispo Mathew Kavukatt.

Traducido por Pedro Royo.