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Domingo, 17 de febrero de 2019

Crónica de la Orden de la Merced en América: Prosiguen hechos heroicos de nuestros misioneros mercedarios en servicio de ambas majestades

De Enciclopedia Católica

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Párrafo VIII

Prosiguen los hechos heroicos de nuestros misioneros mercedarios en servicio de ambas majestades


Para mayor claridad y desembarazo de lo que se ha de decir en la conquista, reducción y fundación de la ciudad de Lima, metrópoli de estos reinos, ha parecido conveniente anteponer la relación de algunos hechos sucedidos después de la dicha fundación; y por que viniendo de Panamá a la ciudad de Lima están primero aquellas provincias y lugares que fueron teatro de las sagradas proezas de nuestros religiosos mercedarios; y finalmente, por que no tengo obligación de seguir con todo rigor el orden cronológico de los tiempos.

Sea el primer caudillo, apostólico misionero, el padre fray Cristóbal Velaambi diestro en armas, en letras y en espíritu. Con éste convirtió grandes provincias de indios a la fe, predicándoles, catequizándoles y bautizándolos; y con las armas, contra los tiranos rebeldes al rey nuestro señor se mostró valeroso y leal vasallo, rindiéndolos en muchas ocasiones que, sabidas por nuestro invicto emperador Carlos Quinto, le hizo merced de encomendero de la Jalca, en la jurisdicción de Chachapoyas, repartimiento que gozó toda su vida y en que sucedió nuestro convento de dicha ciudad de Chachapoyas hasta el consumo de los indios.

Sea el segundo siervo y operario en el Señor en la reducción de almas y fidelidad a su príncipe y señor natural, el padre presentado fray Francisco Ponce de León, pariente muy cercano de los duques de Arcos. Antes de ser religioso, sirvió al rey en estas partes, en el punto y lugar que se le debía por su valor y nobleza. Envió al señor Felipe Tercero, por los años de seiscientos y diez y nueve, por virrey de estos reinos, al señor príncipe de Esquilache, quien acordó que nuestros españoles fuesen a conquistar los indios de las provincias del río Marañón, Guayaga y Teranagua y se castigasen los indios coramas, que se habían rebelado, se conquistasen y poblasen las provincias de los Maymas [sic].

Nombróse por gobernador y capitán general a don Diego Vaca de Vega quien, habiendo de llevar consigo persona religiosa para la reducción a la fe de tantas almas, eligió a dicho padre presentado que actualmente era comendador de nuestro convento de la ciudad de Jaén de Bracamoros. Sirvió por tres años en éste descubrimiento y conquista, con grande aprobación de este superior gobierno y con mayor satisfacción de los indios, conquistados por el imponderable beneficio de sacarlos de sus errores y reducirlos a la fe. El Santo Tribunal de la Inquisición le hizo le hizo calificador, y el señor obispo de Trujillo, don Carlos Marcelo Corni, le dio las gracias del logro de sus misiones y le hizo vicario y juez eclesiástico en aquella diócesis. Autorizó esta misión para con Dios y, con agrado de los indios, bautizando por su mano al poderoso cacique Xamanare, a Mararo, su mujer y a Xamanare, su hijo. Al cacique le puso por nombre don Mateo, a la mujer doña María y al niño don Diego.

Bastaba esta misión y servicio para ser benemérito de ambas majestades, pero prosiguió sirviendo este noble soldado del real y militar orden de Nuestra Señora de la Merced: el año de seiscientos veinte y tres se notició al señor marqués de Guadalcázar, virrey de estos reinos, que habían pasado del Estrecho de Magallanes diez navíos de holandeses; y el dicho padre presentado fray Francisco Ponce de León, con licencia del reverendo padre maestro fray Juan Vallejo, entonces provincial, se embargó en la escuadra que salió del Callao y sirvió a su costa con valor ejemplar y celo religioso. La fundación de la ciudad de San Francisco de Borja fue de las más importantes en aquellas conquistas. Y dicho padre fray Francisco Ponce de León, con título de vicario provincial de ellas y en nombre de la religión y de esa provincia de Lima se ofreció a llevar religiosos suficientes de celo, ejemplo y de letras; cálices; ornamentos y todo lo necesario para el uso y ministerio sacerdotal y apostólico. Y de hecho, a su costa, se llevó y envió todo para aquellas tierras y para las provincias de Jíberos [sic], Tabalizos [sic] y Motilones y otras naciones circunvecinas al gran río de Marañón, donde se hizo tanto fruto que se bautizaron por mano del dicho padre vicario provincial, dos mil setecientas cincuenta y cuatro personas, de hombres, niños y mujeres, de lo cual dieron testimonio Francisco de Arasgo y Francisco de Mendoza, escribanos públicos de la dicha ciudad de San Francisco de Borja, su fecha en veinte de mayo de mil seiscientos veinte y dos. Raro ardor de ángel misionero y prodigiosa velocidad de nube y de paloma! El dicho padre fray Francisco Ponce de León fue a la jornada y entrada que hizo en el reino de Chile don Luis Fernández de Córdova. Allí fue nombrado provincial y redujo algunas almas a la fe, el año de mil setecientos veinte y seis; por ser tan rebeldes aquellos indios fue misterioso y pareció milagro que esos pocos se convirtiesen.

Por tradición, es entre nosotros viva la memoria de la milagrosa vida del apostólico misionero padre fray Juan de Santa María, quien vino de la provincia de Castilla el año de mil quinientos cuarenta y seis. Hizo innumerables conversiones de indios y es célebre de grandes [circunstan]cias: las del gran cacique Tamaracunga, cerca de la villa de Anzerna, siendo gobernador el capitán Belalcázar y teniente suyo don Juan Pacheco. Deseoso Tamaracunga, convertido por los sermones del padre Santa María, de recibir el bautismo, fue tan terrible a rabia y hostilidad con que le persiguió el demonio que, acometiéndole legiones de malignos espíritus en horribilísimas formas, lo levantaban de la tierra arrojándolo de un lugar a otro con crueles golpes y favorecido de Dios, no le lastimaban, dejábanle tan asombrado que muchas veces estuvo a riesgo que, con la muerte, finalizase la declarada guerra del demonio.

Partió de su casa dicho cacique, en compañía de tres españoles, para Anzerna, donde tenía su morada el padre Santa María. Y en el camino padeció tantas y crueles vejaciones del demonio que, por permisión divina, no cesaba su persecución con aplicarle reliquias, con oraciones, ni con la devota y poderosa invocación de los dulcísimos nombres de Jesús y de María. Llegó a prima noche donde el padre Santa María, que había convertido su alma a la fe y había de ser redentor de la dura servidumbre que padecía su cuerpo. Pero ni con la presencia de este apóstol, exorcista y sacerdote, sus exorcismos y deprecaciones se ahuyentó el demonio; antes, arrojando lluvias de piedras, silbando en tropas de serpientes y tomando espantosísimas formas a la vista, oídos y demás sentidos, fue tal su atrevimiento sacrílego y soberbio que acometió el bendito padre y, levantándolo en el aire, o tuvo grande espacio los pies al cielo y la cabeza a la tierra. Admirados los españoles y los indios que habían concurrido de ver este portentoso poder de la antigua serpiente, con la invocación afectuosa y eficaz del dulcísimo nombre de María, cayó nuestro religioso en tierra sin ofensa ni lección alguna.

Armóse este militar, apostólico soldado, con estola y, como nube, con agua bendita aspergeó al paciente; con la fuerza de los exorcismos comprimió al demonio para que no se atreviese al religioso, ni obrase en el atribulado y perseguido Tamaracunga los crueles efectos que pretendía. Todo lo referido fue de noche. Vino el día, dijo misa el bendito padre por este su hijo, quien con devotísimas y tiernas lágrimas pidió el bautismo y lo recibió con humilde y muy cordial acción de gracias. Y con rara maravilla, desde el punto que con las sagradas aguas del bautismo fue regeneradora la primera gracia, desapareció el ejército tenebroso, quedó tranquilo y dio toda su vida muestras de muy observante católico cristiano; siguiéndole su mujer, sus hijos y numerosísimas familias de su gobierno, a quienes el padre Santa María catequizó y bautizó. Con estas y otras semejantes acciones de varón apostólico, descansó en paz. Y en su cuerpo le hallaron un asperísimo cilicio, tan internado en sus carnes, que por muchas partes estaba cubierto con ella. Fue su entierro muy solemne y obró Dios, antes y después de su muerte, grandes portentos, los que hasta ahora admira la memoria de aquellas gentes de Anzerna y Nuevo Reino Granada.

El padre fray Diego del Castillo, predicador de nuestro convento de Puertobelo, sirvió en el ministerio apostólico a las dos majestades, en el año de mil seiscientos y doce, en las tierras y descubrimientos de Tabraxa, cuya nueva ciudad, llamada San Bartolomé, y en su comarca catequizó y bautizó innumerable multitud de indios y se redujeron a nuestra santa fe muchos mestizos y otros hombres supersticiosos. Consta lo dicho por información que se hizo en la ciudad de Panamá, como lo refiere el padre maestro fray Alonso Remón en la Historia general de nuestro orden sagrado. Por relaciones auténticas que llevó a Madrid el padre maestro Cabrera, de nuestra religión, consta la entrada que hizo, en compañía del capitán Cristóbal Quintero, en el Nuevo Reino de Granada: en toda la tierra de los Pijdos [sic], en la ciudad de Zaragoza, en la de Los Remedios y en la de Los Césares, hasta todo río del Darién. Y por los mapas que el dicho padre maestro Cabrera dio al Real Consejo de Indias, que pueden registrarse en caso necesario, se ve y conoce lo mucho que se ha fructificado por nuestros religiosos misioneros, bautizando y ganando almas para el Cielo en las partes más remotas de estas Indias Occidentales, en servicio de Dios y del rey nuestro señor.

Es imposible o que trabajaron en las primeras conquistas nuestros religiosos, haciendo grandiosas reducciones de indios gentiles. A los mercedarios se les debe lo más de Tierra Firme, todo lo de la provincia de la Anzerna, de Cartago, llamada así por haber sido sus fundadores de Cartagena, y en todo lo que toca a la bahía de San Mateo, al pueblo de Buenaventura, hasta subir a Cali y a los pastos.

Fue admirable en la conversión de los gentiles el venerable padre fray Martín de Victoria, hijo de la provincia de Castilla, fundador del convento de la ciudad de Quito el año de mil quinientos treinta y cuatro, en que la conquistó y fundó el capitán Sebastián de Belálcazar, adelantado de Popayán, siendo gobernador y capitán general del Perú don Francisco Pizarro. Fuera de las conversiones de alas que hizo este prodigioso misionero con su predicación apostólica, es sin ponderación mayor y sin número el fruto que hizo con su lengua, ilustrado con el sobre el natural don de ellas. Fue para gloria de Dios y de nuestra sagrada religión, el primer que redujo a arte la lengua general del Inca, absolutamente necesaria para la instrucción de estos indios, como lo testifica Pedro Cieza de León en su Historia. Con su lengua, este bendito padre no solamente hablaba con Dios sino con éstos hombres gentiles, para convertirlos a Dios (1); con su lengua no sólo se edificaba a sí mismo sino que, con ella y con su espíritu, en el corazón de los gentiles edificaba a Dios templos vivos que lo adorasen (2). Cumplió a la letra este católico apostólico varón de las Indias, con su arte de lengua para instrucción de los misioneros, lo que quería San Pablo en los Corintios (3). No era su lengua idioma de infructíferas palabras que se las llevase el aire, por que por su lengua, en sus sermones y predicación, hacía manifiesto el deseo espiritual de la salvación de las almas, por que la acompañaba con su ciencia y doctrina (4). Era lengua que tenía alma. Supo con admirable perfección la virtud y significado de las voces índicas; por eso convirtió tantos bárbaros a la fe y fue instrumento con su arte de la conversión de otros misioneros, por que es doctrina del apóstol de los gentiles, San Pablo, que ignorándose el idioma o lengua de ellos, el misionero que les habla es un bárbaro que no le entienden; y los gentiles que hablan con el misionero que no es lenguaraz son también unos bárbaros. Lo dicho, que no es ponderación ni exceso, es de San Pablo, en el capítulo catorce de la primera Epístola a los Corintios, cuyas citas pueden leerse por el inteligente del idioma latino (5).

Viniendo por la costa de Panamá a Paita, está la isla de la Puná doctrina de nuestra religión, perteneciente ahora a la provincia de Quito. En ella era doctrinera y cura el padre presentado Alonso Gómez de Encinas, varón de gran celo del bien espiritual de las almas que tenía a su cargo. Aportó allí una escuadra de piratas holandeses que traía por jefe a Carmecio, iniquisimo hereje; hizo prisionero al venerable padre Encinas; preguntóle de la fe que profesaba; díjole que era católico y sacerdote que celebraba, por la gracia de Dios todos los días el sacro sacrificio de la misa. Con esta animosa y católica respuesta se movieron a un sacrílego furor los enemigos abominadores del sacrificio de la misa y, viendo confirmado en la confesión de la fe a este religioso y que se ofrecía a Dios por hostia y víctima de ella, le rompieron el pecho, le sacaron las entrañas y lo degollaron, en cuyas mortales agonías invocó el Dulcísimo Nombre de Jesús y, con fervorosa exhortación, estableció en la fe a sus ovejas. Y envió a su purísimo espíritu al Señor el día veinte y tres de junio del año de mil seiscientos y veinte y cuatro. Los reos de tan sacrílego e inhumano delito, luego de contado, tuvieron el castigo, por que en el mismo día, habiendo entrado en la iglesia para profanarla, el templo de repente cayó sobre ellos y, todos, infelizmente murieron, para irse al infierno cuando acababan de echar al Cielo al venerable, devoto y católico padre Encinas. Todo consta en éstas partes de pública voz y fama y de la memoria y elogio en el gobierno de nuestro maestro general fray Gaspar Prieto, al folio veinte y nueve, número tercero.

Adviértase que las misiones, desde Popayán, del Nuevo Reino de Granada y del Reino de Quito se comprendían en los términos de ésta provincia de Lima, hasta el año de mil seiscientos y diez y seis en que se erigió en provincia distinta la de Quito, por bula de la santidad de Paulo V, su data en Roma, a siete de marzo de dicho año de mil seiscientos y diez y seis (6).

Paleografía: Fernando Armas Medina

Transcripción: José Gálvez Krüger