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Sábado, 23 de febrero de 2019

Crónica de la Orden de la Merced en América: Los venerables Padres maestros fray Bartolomé Olmedo y fray Juan de Sambrana del orden de la Merced pasan a la Nueva España, a la conquista de aquel reino

De Enciclopedia Católica

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Párrafo VI

Los venerables padres maestros fray Bartolomé Olmedo y fray Juan de Sambrana, del orden de la Merced, pasan a la Nueva España, a la conquista de aquel reino.

Animáronse los españoles a proseguir sus conquistas con el feliz principio de haber ocupado las islas de Barlovento, en el Mar del Norte. Habiendo visto los nuestros y admiráronse los indios gentiles del referido favor de María y de su preciosísimo hijo que, con la cruz en la mano, la que en Jerusalén llevó sobre sus hombros para morir en ella por amor de esos gentiles, capitaneaba el corto número de soldados españoles, para fundar, por el valor de estos y celo de los misioneros apostólicos, una nueva monarquía eclesiástica para Dios y un grande imperio para nuestros católicos monarcas, determinaron pasar a la conquista de Tierra Firme, de la parte del sur. Salieron de Cuba Fernando Cortés y Diego Velásquez con el venerable padre maestro fray Bartolomé de Olmedo y con el padre fray Juan de Sambrana con opinión de gran siervo de Dios, según dice Carlos de Tapia en su tratado De religiosis rebus. Murió este redentor como otro Moisés, a vista de la tierra de promisión.

Y con licencia de nuestro maestro general, fray Santiago Laurencio de la Mata, pasó el dicho padre maestro fray Bartolomé de Olmedo, militar mercedario, a la conquista del reino de México. No peleó con las manos, sino con la espada de dos filos de la palabra de Dios que predicaba, viéndose instruido milagrosamente, muy en breve, del idioma mexicano. Fue el primer apóstol de la Nueva España que en aquellas tan dilatadas provincias predicó, bautizó, puso cruces, erigió altares, derribó ídolos, y celebró el primer incruento sacrificio de la misa, para honra y gloria de Dios, en obsequio y servicio de su rey. Así lo escribió Bernal Díaz del Castillo, testigo de vista, en la Historia de la Nueva [sic] por muchos capítulos. Con su prudencia, se conquistaron aquellos reinos, componiendo muchas veces a los españoles con los indios, sin que jamás, en estas acciones, se les conociese otro motivo que el servicio de Dios y del rey. Por su dirección inspirada del Cielo, se fundó la magnífica y muy ilustre ciudad de México, con titulares de Nuestra Señora de la Merced y de San Pedro Apóstol: esta piedra firme del edificio cristiano, por ser especial abogado de Fernando Cortés, y Nuestra Madre Santísima , por memoria de que el venerable padre fray Bartolomé de Olmedo, arquitecto de tan grande obra, fue religioso de dicho orden de Nuestra Señora de la Merced.

Este venerable padre, primer misionero y el único por entonces, plantó la fe en las provincias más bárbaras que vieron los rayos del sol, convirtiendo los ídolos profanos de su gentilidad en sagradas imágenes de Cristo, de María y de los santos; sus sacrificios de cuerpos de hombres muertos, en el incruento del altar del cuerpo del Señor; sus aras inmundas, en altares; y las memorias de su gentilidad, hizo se olvidasen y, en su lugar, hizo poner cruces del Redentor del Mundo, por recuerdo de haber en este afrentoso patíbulo derramado su preciosa sangre para salvarlos. Hasta aquí lo dice con elegancia, verdad y celo de nuestro hábito el reverendísimo maestro general fray Marcos Salmerón, en sus Recuerdos históricos (1).

Dígalo ahora un extraño, el célebre Argensola en sus Annales (2): fue Fernando Cortés general de la tercera armada en la empresa de Yucatán; salió de la Fernandina con su armada; llegó a Cozumel; derribó los ídolos y erigió altares; saltó en un gran pueblo de Tabasco; hizo allí una gran procesión en presencia de muchos indios; llegó a San Juan de Ulúa; y en otros lugares mandó también derribar ídolos y, en su lugar, levantar altares; obra lo mismo en los Tlascaltecas y les hizo exhortaciones contra la brutalidad de sus adoraciones y sacrificios. Y en esto tuvo a su lado a un religioso mercedario que se llamó fray Bartolomé de Olmedo y, como queda ya notado en otra parte, fue el primero que levantó altar a Dios en aquel reino, dijo la primera misa y levantó el estandarte de la cruz y p[redicó] el Evangelio. Y fue caso raro que erigiendo el altar y sobre él, una cruz de dos maderos grandes, vieron los indios que bajaba cierta claridad del Cielo sobre la cruz, recogida en sí misma como la niebla, pero blanca y apacible; otros la vieron por la parte del oriente en forma de columna, que se levantaba en la tierra de Tlascala, y subía de la cumbre hasta el cielo, y bajaba hasta ponerse sobre la cruz moviéndose como un remolino. Hasta aquí Argensola, quien prosigue: fue este religioso natural de la villa de Olmedo, muy docto y muy ejemplar; asistió en toda jornada, como tal, a su ministerio, así a la administración de los sacramentos como a componer las diferencias de los españoles y a los actos de caridad y de prudencia. Persuadió a los idólatras de las islas y tierra firme que abrazasen la verdadera adoración y dejasen los sacrificios inhumanos. En Tabasco los indios prometieron vasallaje y obediencia a nuestro rey en manos de fray Bartolomé de Olmedo. Añade este autor que Andrés de Duero, desde Cuba, por medio de otro fraile confidente, éste era mercedario, avisaba a fray Bartolomé de Olmedo y él a Fernando Cortés, de lo que contra él maquinaba Diego Velásquez; y así aquel gran varón le comunicaba sus pensamientos. De donde consta que Bartolomé de Olmedo y sus compañeros, fuera del ministerio del sacerdocio, eran consejeros de guerra y de quienes se fiaban los secretos más importantes para aquella conquista. Parecen hipérboles de voluntad apasionada estas expresiones históricas de Argensola y son, con exacta verdad, de los demás historiadores de la Nueva España. Vean a Francisco Troncoso, en su Historia del Nuevo Mundo, libro primero, capítulo cuarenta y dos; a Antonio de Saavedra, en el Peregrino indiano, canto doce; y a otros muchos. Si bien no faltan cronistas, no sé con qué espíritu, que obligados a referir los grandiosos servicios que por toda aquella conquista hizo este venerable padre, nombrándole, callan su instituto y religión, siendo tan manifiesto ser del nuestro. Cuando Cortés volvió de España, siendo ya marqués del Valle, el año de mil quinientos y veinte y uno, obligado de las fatigas, sudores y trabajos en la conversión de las almas de su confesor y consejero, hizo instancia al maestro general de nuestra religión, le diese religiosos para la predicación del santo Evangelio en las provincias de México. Y de doce que le concedió dice el capitán Bernal Díaz del Castillo, arriba citado, capítulo 199, estas palabras: Trajo en su compañía doce frailes de la Merced, para que llevasen adelante lo que había empezado fray Bartolomé, ya por mi nombrado, y los que después de él fueron; y estos de ahora no eran menos virtuosos y buenos que los otros, que se los dio por tales a Cortés el general de la Merced, por mandato del Consejo de las Indias. Y venía por cabeza de ellos, un fray Juan de Leguízamo, vizcaíno, buen letrado y santo, según decían; y con él se confesaban el marqués y la marquesa.

Fueron innumerables las heroicas acciones de este venerable padre y apostólico misionero. Reengendró para Dios, con los catecismos y aguas del bautismo, millones de almas y, con su prudencia, consejo y desinteresada lealtad, para su rey millones de vasallos. Se opuso, con rostro firme y militar, animosa resolución a los designios de Diego Velásquez contra Cortés, como que embarazaban la conquista espiritual y grandeza de la monarquía española (regístrense las historias). Por ellas consta que también se opuso resueltamente a Pánfilo Narváez, de donde hace memoria nuestra religión en el elogio latino de sus hechos, que después se pondrá al margen.

Fue nube celestial, lloviendo a raudales las lustrales aguas del bautismo sobre aquellos infieles y gentiles. Fue cándida paloma, ligera y presurosa, que llegó la primera a las riberas de la mexicana laguna. Allí sería de muy agradable complacencia al Eterno Padre ver a este su Hijo y juntamente de María, esposa del Espíritu Santo, Madre del Verbo e Hija del Eterno Padre; ver digo, a este siervo de Dios anegado en las aguas con que limpiaba, bautizaba, y les abría el cielo a estos gentiles, inmundos por tantos siglos con sus idolatrías y abominables culpas. Si duda en estos bautismos bajaba la paloma del Espíritu Santo, desde el principio del mundo llevado sobre las aguas; y allí se abrirían los cielos para recibir a estos bautizados y al que los bautizaba (3). El grande apóstol San Pablo tuvo un compañero en las misiones de los gentiles; y a éste misionero pidió, por intercesión de Cortés, doce misioneros apostólicos por compañeros suyos. Sin comparación no hizo tanto como San Pablo ni como los doce apóstoles de Cristo, pero trabajó muchísimo en esta viña de la Nueva España, por que fue el primer obrero de ella que llevó sobre sus hombros todo el peso del día y todas las fatigas de su ardiente estación.

Fue la insigne ciudad nobilísima, no solamente entre las ciudades de la América, sino entre las mejores de Europa, Antiguamente llamada Thenuchtitlán, por cierta piedra que hallaron en aquel lago los primeros edificadores, llamóse después México que, en idioma materno de sus habitadores, significa lo mismo que nacimiento de aguas, como advirtió Covarrubias en el Tesoro de la lengua española: verbo México. Y ya se ha dicho que estaban profetizadas estas tierras con el nombre de islas, no por[que to]das lo fuesen, sino por que la tierra firme era abundante de aguas y por[que] las del Mar del Norte y Sur las circundaban. El venerable padre maestro fray Bartolomé de Olmedo, arquitecto místico y espiritual, sobre edificó, nótese que no digo que reedificó, sino que sobre edificó la ciudad de México, manantial de aguas con la gracia regenerativa del bautismo, sobre el fundamento de María, sellada fuente de aguas vivas, y de los apóstoles, dándole a su Iglesia metropolitana por titular a esta Señora y por patrón a San Pedro; sobre edificóla sobre el fundamento de los profetas, cumplida la profecía de Isaías; sobre edificóla, finalmente, sobre la piedra angular de Cristo Señor Nuestro, para que aquellos gentiles no fuesen ya huéspedes y extraños, sino ciudadanos de santos y domésticos de Dios y que, con la piedra angular de Cristo y de San Pedro, se uniese la Nueva España con la antigua en una fe, en un bautismo y en una Iglesia católica. Estaban estos pobres gentiles lejos de la cabeza de Cristo y su vicario y, por los méritos de su preciosa sangre, con las aguas del bautismo, se unieron, para que su Divina Majestad les fuese la paz y la piedra angular que los hiciese unos con el cuerpo místico de la Iglesia (4).

Y así mejoró nuestro venerable padre la reedificación de México, en cuya primera fábrica hallaron aquella piedra, que es símbolo de Cristo oculto allí por tantos siglos (5). Por el celo y dirección cristiana de este grande obrero ha crecido tanto el edificio espiritual y el santo templo del Señor en México y se lograron copiosos frutos en aquellos gentiles, unidos por el bautismo y doctrina católica con la piedra angular de Cristo paz del ama, viva y permanente, para en la muerte descansar en ella.

El venerable padre, con suave y amorosa blandura, ardiente y celoso Elías contra los idólatras, para hacerlos veneradores del verdadero Dios, dejó doblado su espíritu en los misioneros mercedarios que le sucedieron. Uno fue, en otros muchísimos, el padre fray Marcos Verdón, religioso ejemplar, gran protector de los indios y eminente lenguaraz en las conquistas de Guatemala, a donde fue con Pedro de Alvarado, bautizó por su mano más de un millón de Indios, como lo afirma el padre Remesal, del esclarecido orden de Santo Domingo (6). Los padres fray Pedro de Angulo y fray Juan de Torres juntaron, con inmenso trabajo, muchos indios dispersos y los redujeron a pueblos de vida política y cristiana.

Es admirable y no puede pasarse en silencio, lo que en una de las doctrinas de Tabasco [sic], en Guatemala, le sucedió al padre fray Pedro Deza, natural de la Puebla de los Ángeles, y provincial después de Guatemala. Estando predicando, los indios le trajeron un niño muerto y le dijeron que pues predicaba que su Dios hacía milagros, que, en confirmación de ser verdad lo que les enseñaba, le pidiese resucitase aquel niño. Y sin dejar el púlpito en que se predicaba, le tomó en las manos y le ofreció a Dios con aquella fe que es poderosa a trasladar los montes y resucitar los muertos y, en presencia de aquellos gentiles, con prodigioso asombro suyo, resucitó el niño. Con este milagro, después de pocos días, consiguió para Dios pues infieles, que se convirtieron (7). Fuera muy prolijo proseguir y, así, finalizaré con el elogio del venerable Olmedo, que es un abreviado compendio de los relevantes servicios que hizo a Dios y a nuestros reyes católicos (8).

Paleografía: Fernando Armas Medina

Transcripción: José Gálvez Krüger