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Domingo, 17 de febrero de 2019

Crónica de la Orden de la Merced en América: Los religiosos mercedarios predican el Evangelio y con sus misiones reducen a la fe a muchos gentiles de las más extremas provincias del Perú

De Enciclopedia Católica

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Párrafo XI

Los religiosos mercedarios predican el Evangelio y, con sus misiones, reducen a la fe a muchos gentiles de las demás provincias del Perú


El venerable anciano, padre maestro fray Miguel de Orenes, primer provincial de la provincia de Lima y de las otras cinco del Perú, que se sujetaban al gobierno monástico de ésta, antes de su división; y otro Abraham que, por su dilatada vida, vio su merced multiplicada en gran manera y después de su dichosa muerte, se aumentó, o como las arenas del mar, o como las estrellas del cielo; después de ver en la imperial del Cuzco predicado el Evangelio, corte más numerosa y de más ricos y poderosos dominios que Roma, señora del mundo antiguo, y habiéndola hecho discípula de la verdad a la que era maestra de errores, derribando, en compañía de sus hermanos, apostólicos misioneros, los ídolos de cuatrocientos y más adoratorios; y lo que es más. Ilustrando con su predicación evangélica aquellos entendimientos bárbaros y aquellas voluntades ciegas que eran lastimosamente las aras de sus gentílicos errores; dejando principiada la conquista del Cuzco, se volvió dicho padre Orenes a proseguir en su ministerio de párroco y doctrinero de ésta ciudad de Lima y adelantar la fábrica de éste convento grande de San Miguel.

Como el fuego no puede tener quietud, el venerable y devoto padre Orenes dispuso con fervoroso celo que sus religiosos saliesen sin detención alguna a nuevas misiones y conquistas. Eran, por dignación del cielo, hijos de la paloma María Santísima de la Misericordia y era pre[ciso] que la nueva Iglesia de las Indias se fundase sobre la firme piedra de la apostólica confesión del príncipe de los apóstoles, San Pedro, hijo también de la paloma (1). Y así, como nubes, como palomas y como ángeles veloces se partieron los mercedarios a anunciar a éstos infieles que Cristo, que había muerto por ellos en la cruz, era Hijo de Dios Vivo; y los dioses que ellos adoraban eran muertos (2). Y que creyendo estas verdades y abjurando sus errores, serían bienaventurados en la tierra y en el Cielo.

La conquista del reino de Chile se encomendó al mariscal, adelantado de aquellos nuevos reinos y gobernador de la provincia de la Nueva Toledo, don [Die]go de Almagro, el año del mil quinientos treinta y cinco. A este valiente [co]nquistador acompañaron religiosos de nuestro orden, siendo superior de ellos el [ap]ostólico varón padre presentado fray Juan de Vargas quien, con sus compañeros, hizo algunas conversiones de aquellos bravos y rebeldes indios chilenos, el tiempo que se mantuvo don Diego de Almagro en aquel reino. Y luego que volvió a Lima, el rompimiento con el marqués Pizarro, de tantos escándalos, que le costó la vida, dicho padre fray Juan de Vargas vino de Chile y pasó a la ciudad del Cuzco, a proseguir las misiones que había principiado allí con el venerable padre fray Miguel de Orenes. Y aunque el padre presentado fray Juan de Vargas de volvió de Chile, prosiguieron esa conquista nuestros religiosos, como lo afirma don Diego de Arzela, conquistador y testigo de vista, en sus pomposos, heroicos y sonoros versos de la Araucana, encareciendo lo que trabajaron nuestros religiosos en la conversión de aquellos indios.

Nuestras crónicas hacen muy particular memoria del padre fray Antonio Rondón y Sarmiento, superior de los demás. Este conquistador de almas acompañó siempre al ejército, como capellán mayor, y anduvo los más lugares del reino de Chile. Sirvió animoso al rey en el apretadísimo cerro del Arauco, tan memorable entre los historiadores. Conservóle Dios con vida para que sustentase, con su valor, el peso de aquel asedio y, con su oración mantuviese con vida a los que invadía fieramente al hambre. Hallóse en la fundación de Angol, con esfuerzo de capitán y con valentía de espíritu misionero, predicando, catequizando y bautizando infieles; de él se dice haber hecho milagros, en confirmación de la fe que predicaba.

Fundó los más conventos de la provincia de Chile. Y como los más principales y mejores estaban las ciudades que destruyeron los indios rebeldes en su alzamiento general, padecieron los nuestros la misma lastimosa desgracia, la que tantos años no se ha podido vindicar, con castigo correspondiente al crimen de rebelión contra ambas majestades divina y humana. Fundó los conventos de la ciudad de Valdivia, Osorno y otros.

Fue su compañero en éstas peregrinaciones y trabajos, el padre fray Francisco Ruiz, religioso ejemplar y celoso predicador. Los dos convirtieron y bautizaron innumerables indios, con grande riesgo y peligro de sus vidas, por las crueles turbulencias de ésta guerra. Sacó Dios con vida a éste venerable padre R[on]dón para que muriese en paz en la ciudad del Cuzco, donde fue dos veces Pro[vin]cial. Estas noticias de exacta v[erda]d son recuerdos históricos de nuestro maestro general Salmerón.

Y, pues, se ha tocado la con[versi]ón y fundación del convento de Valdivia, viene a propósito, y esto de éste lugar, referir en breve el glorioso martirio del venerable padre fray Luis de la Peña, comendador de dicho convento, y de sus dichosos y bienaventurados conventuales. Una fatal, intempestiva noche, los indios bárbaros hicieron sacrílega y violenta irrupción en el convento. El venerable padre comendador convocó a los religiosos a la Iglesia y, por que aquellos enemigos de Dios y del inefable Sacramento del Altar no lo conculcasen con atrevida heretical irreverencia, lo consumió. Llegó la inicua turba de los conjurados, quienes vieron consumir y recibir al padre comendador en su pecho el Cuerpo del Señor y que, actualmente, tenía en sus benditas manos la sagrada p[íxide]; vieron los religiosos que, de rodillas, veneraban y oraban al señor. A éstos, [cru]elmente, los despedazaron y al comendador le abrieron el pecho, sacáronle el corazón y, con los dientes inhumanamente, lo hicieron piezas. Con ésta cru[el] muerte falleció, para vivir eterna vida. Pegaron fuego al templo, donde éstos benditos y religiosos cuerpos se quemaron, para que sus espíritus fuesen olor de suavidad en el templo de Jerusalén triunfante, pues sus vidas caducas y corruptibles cuerpos, por dignación divina, habían sido hostia, holocausto y sacrificio cruento de la militante Jerusalén, como valientes militares del real orden de la Merced. Lo dicho se sujeta a la falibilidad y creencia humana, como lo tengo protestado en cumplimiento de la bula de nuestro santísimo padre Urbano Octavo. Nuestra religión hace memoria de este martirio por las palabras del margen (3).

Pasó al Perú Antonio Correa, animoso y valiente militar; surcó las bravas espumas del Mar del Norte; después, pisó las pacíficas del Sur. Embarcóse para Chile a correr fortuna y, en una tempestad, escapó milagrosamente del inminente riesgo de perder la vida temporal y la eterna. Pasó de milicia a milicia; acogióse al real y militar sagrado de la religión de la Merced, donde recibió nuestro santo hábito. Estudiando de día y de noche en el libro serrado con siete sellos de la milicia cristiana y perfección religiosa y evangélica, entregado a contemplaciones altísimas, salió de ellas armado a la campaña; predicaba el fácil, sublime y penetrante sermón de San Pablo, más agudo que los filos del acero que usa la milicia secular; predicaba, en fin, a Cristo Crucificado con espíritu apostólico y deseos de convertir aquellas gentes. Y aunque al principio era irrisión de la idolatría del Arauco, convirtió después muchas almas a la luz de la verdadera fe y religión cristiana. Fue ilustre fundador del convento de Santiago de Chile, cuya comunidad fue la primera que aquellos reinos se ocupó de cantar en el choro alabanzas a Dios. Era oráculo entre los conquistadores; creían les hablaba Dios muchas veces por la lengua y oráculo de su siervo. Asistió, como vasallo fidelísimo del rey nuestro señor, a don Rodrigo de Quiroga, su gobernador, quien, con su consejo, tuvo aciertos grandes en la paz y felices sucesos en la guerra.

En éste convento de Santiago hay un cáliz, alhaja de grande veneración. Fue de nuestro convento en la ciudad de Osorno. En una embriaguez de éstos indios, rebeldes y sacrílegos, quiso uno de ellos profanar este cáliz y habiéndolo llenado de chicha (llamase así el licor con que se embriagan), al poner sus impuros labios en el cáliz sagrado, dejó en él señalado los dientes y, en castigo de su atrevimiento y para ejemplo de otros, instantáneamente reventó a vista de los demás infieles, por lo cual, escarmentados, en adelante nunca se atreven a tocar los vasos sagrados. Será siempre lastimosa y memorable la pérdida de las cuatro ciudades de este reino: Angol, Villa Rica, La Imperial y Osorno, en las cuales perdió la religión otras tantas misiones y conventos, quedándoles solamente la doctrina de Chiapas.

Nuestros religiosos, misioneros apostólicos de éstas Indias Occidentales por concesión de los sumos pontífices y por el real y eclesiástico patronato fe nuestros católicos monarcas, destinados a éstas conquistas espirituales, por su cuarto voto son redentores de cautivos en ambos mundos; en cuya consecuencia, hizo una grandiosa redención de cautivos en dicho reino del Perú, siendo virrey el señor, don Luis de Velasco, marqués de Salinas, quien, con piadosos y caritativo celo, la fomentó. De ésta provincia de Lima, fueron por redentores el padre maestro fray Juan de la Barrera y el padre presentado fray Diego Fernández quienes, venciendo, con su ardiente caridad insuperables dificultades y despreciando evidentes peligros de muerte, sacaron de la esclavitud de los de Arauco muy crecido número de españoles cautivos.

Paleografía: Fernando Armas Medina

Transcripción: José Gálvez Krüger