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Jueves, 21 de febrero de 2019

Crónica de la Orden de la Merced en América: Los religiosos mercedarios hacen nuevas conversiones de infieles y fundan conventos de su religión

De Enciclopedia Católica

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Los religiosos mercedarios hacen nuevas conversiones de infieles y fundan conventos de su religión

Los españoles adelantaban con valor y felicidad sus conquistas y los conquistadores mercedarios las suyas. No es impropio ni voluntario este renombre y epíteto, por que los historiadores más graves de las Indias, hablando de los religiosos mercedarios, no sólo los llaman primeros sacerdotes, predicadores y confesores, sino primeros conquistadores. Véanse a Agustín de Zárate, en su Historia del descubrimiento de las provincias del Perú; Gómara, en la Historia general de las Indias; Pedro Cieza de León, en la primera parte de la Crónica del Perú; Diego Fernández, en su Historia del Perú, Garcilaso Inca, en sus Comentarios reales; el licenciado Francisco Caro de Torres, en su Historia de las tres órdenes militares; y Herrera, en sus Décadas de las Indias. Los cuales dan a los misioneros militares de nuestro sagrado orden el renombre de conquistadores. Claro está no querer en decir en esto que conquistaron estos reinos peleando, sino que la conquista fue con las armas del Evangelio y de la cruz de Cristo y que su ganancia y triunfos fueron la salvación de estas almas, catequizándolas, predicándoles y con la administración de los demás sacramentos, ganándolas para Dios.

El venerable padre fray Miguel de Orenes, antes de llegar al valle de Lima, dejó fundado convento nuestro en la ciudad de San Miguel de Piura, que es el único en ella; y para que prosiguiese su fábrica, dejó en él al padre fray Miguel de Huete, insigne misionero. Habiendo llegado a Lima, dicho venerable padre Orenes envió a los padres fray Martín de Rebolledo y fray Pedro de Ulloa, el año de mil quinientos y tres, por fundadores del convento de Trujillo y conquistadores de los gentiles de su jurisdicción. Pedro Cieza de León afirma y lo refiere el padre maestro Vargas, de nuestra religión, en su Crónica, libro segundo, capítulo veinte y nueve, que el padre fray Sebastián de Trujillo, varón insigne en sabiduría y virtud, fue confesor y limosnero del marqués don Francisco Pizarro en toda la conquista de este reino, por cuya mano distribuyó grandísimos tesoros en obras pías, siendo la principal fábricas de Iglesias de la religiones que había presentes, y que tenía la Merced siempre ante sus ojos, por serle devotísimo. Y así, en cada ciudad que se fundaba de nuevo, dejaba edificado nuevo convento de la Madre de Dios de la Merced. Hasta aquí Pedro de Cieza, lo cual es prueba irrefregable de nuestra primacía en el apostolado de las Indias; y que cuanto se adelantaban las conquistas del Perú, tanto se adelantaban conversiones de los infieles por el ministerio de los religiosos mercedarios.

Ya dejamos adelantada la noticia que el venerable y devoto padre fray Miguel de Orenes, como superior de los demás religiosos, envió el año de mil quinientos treinta y cuatro al incomparable varón fray Martín de Victoria para que fundase el convento de la ciudad de Quito, en compañía del padre fray Alejo de Azu Partearroyo, y queda hecho recuerdo histórico de lo que obraron nuestros misioneros en el reino de Quito, en el nuevo reino de Granada hasta los Pastos y Cali.

El venerable padre Orenes pasó a la conquista del Cuzco con el marqués Pizarro y su confesor el padre fray Sebastián de Trujillo, quien fue fundador de nuestro convento de la ciudad del Cuzco, como lo afirma Pedro Cieza de León.

Hallóse también en ésta conquista aquel prodigio entre los indios y entre los españoles, llamado apóstol, el padre fray Antonio Bravo. No cabe en la ponderación lo que trabajaron en la conversión de las almas, sacando innumerables gentiles del dominio tiránico en que los tenía el demonio: a cuyo culto y veneración había en esa imperial ciudad más de cuatrocientos adoratorios, aumentados por la supersticiosa religión de Huayna Cápac. Derribaron sus aras y enarbolaron el madero de la cruz. Los autores ponderan el grande celo de la exaltación de la fe que tuvo el marqués Pizarro que, sin embarazarle el estruendo de las armas y de la guerra, ponía cruces y hacía obras de gran misionero, pues estas se ejecutaban por el ministerio y apostólico celo de nuestros religiosos.

El capitán don Gil González de Avila, sabiendo la rara virtud y talento del padre fray Antonio Bravo, le llevó en su compañía a nuevas conquistas, que convirtió a nuestra santa fe y bautizó, entre otros innumerables indios, a Nicolano, rey idólatra de esas provincias, y a Nicaraxica, también poderoso rey entre los indios

El marqués don Francisco Pizarro, sirviendo por experiencia lo que servían a Dios y al rey los religiosos mercedarios escribió, entre otras cosas, al señor emperador Carlos Quinto que importaría a su real servicio se enviasen más religiosos de Nuestra Señora de la Merced, por que los que había no pasaban de doce o catorce y las tierras que se iban descubriendo y conquistando eran muchas; y pues los religiosos de Nuestra Señora de la Merced hacían tan ejemplar [y] aventajadamente lo que debían a su profesión y a lo que pedían aquellas almas tan nuevas en la fe, Su Majestad se sirviese de darle orden al generalísimo de toda la religión para que enviase otros religiosos doctos, de vida ejemplar y de buena salud, para los trabajos que allí se pasaban y habían de pasar; que estaba cierto, siendo tales religiosos como serían, se haría grande fruto y se darían por bien servidas las dos majestades divina y humana. Este es el tenor de la carta que refiere nuestro cronista general, maestro Alonso Remón.

Y Su Majestad cesárea mandó a nuestra religión enviase veinte y cuatro religiosos a aquellos reinos, personas de quienes la orden tuviese entera satisfacción para semejantes misiones. Y así, por los mil quinientos treinta y cinco, fueron enviados doce religiosos, que nombra dicho nuestro cronista general, y como superintendente el padre licenciado fray Francisco de Cuevas, religioso muy docto y ejemplar. Estos religiosos hicieron prodigiosas conversiones, que fuera muy prolijo referirlas. De ellos, el padre fray Esteban Telle murió despeñado, pasando por unas sierras fragosísimas, que llaman las laderas de Santa Inés. Iba a pie, no halló terreno seguro para fijar los pies y cayó en una grande profundidad, donde se hizo pedazos.

En estas dobladas tierras, de elevadísimos montes, profundas quebradas y muy peligrosas laderas, con repechos y las bajadas casi derechas, no hay caminos seguros para proseguir, sin riesgo de la vida, el tránsito por ellos. Porque los más son caminos de la muerte y de la eternidad, los que habían de ser caminos de la vida, para que los pasajeros transitasen por ellos. Dichoso misionero, que cayó cuando caminaba a levantar a estos gentiles del profundo abismo de sus errores al elevado monte de la gracia; y más, entonces, sin sendas ni caminos. Y hágase reflexión de la verdad que escribió el marqués Pizarro de que nuestros misioneros mercedarios venían a pasar estos y otros imponderables trabajos.

Es aquí oportuno lugar para hacer un ceñido recuerdo del celo que ardía en el pecho del señor Carlos Quinto y Felipe Segundo, transferido a sus gloriosos sucesores, como ahora lo experimentamos en el cuidado y desvelo con que el rey nuestro señor don Fernando Sexto, que Dios guarde, solicita saber los progresos en la fe de los naturales de estos reinos. Por las historias consta el crecido número de religiosos que han enviado a las Indias, aviados de todo lo necesario: en una ocasión, trajeron el padre maestro fray Alonso Bohórquez y fray Diego de Porres cuarenta religiosos; en otra, muy al principio de la fundación de Lima, vinieron fray Antonio Correa y muchos otros cuyos nombres se omiten; y entre ellos, el hermano fray Alonso de Santa María que, siendo lego, fue imitador del Bautista en su continua penitencia y en la predicación de los indios, con notable fervor y particular eficacia en sus palabras.

Constan por nuestras historias que nuestros maestros generales los enviaban por docenas, por decreto del señor Carlos Quinto, dado en Sevilla, a once de mayo de mil quinientos veinte y seis, en que concedió a nuestros religiosos embarcarse a las Indias (1), donde confirma los conventos erigidos y los que de nuevo se erigiesen. Esta cédula y su contenido, de principio a fin, está inserta y confirmada por cédula del señor Felipe Segundo, hecha en Toledo, a veinte y cuatro de diciembre de mil quinientos cincuenta y nueve. Es de advertir que la cédula referida del señor emperador Carlos Quinto es dirigida a los oidores de la Real Audiencia de las Indias, que reside en la isla Española, y a otras cualesquiera justicias y jueces reales, etc., a pedimento y por parte del provincial y frailes de Nuestra Señora Santa María de la Merced, Redención de Cautivos; y a la religión y observancia de la provincia de Castilla, por que representó dicho provincial de Castilla, que gobernaba entonces los religiosos de Andalucía (la cual se erigió en distinta provincia el año de mil quinientos ochenta y ocho, siendo maestro general nuestro reverendísimo padre fray Francisco de Salazar) que en dichas Indias, islas y tierra firme del Mar Océano, tenían fundadas ciertas casas de su religión y esperaban que de ay adelante se fundasen más, con que Nuestro Señor ha sido servido, nuestra santa fe católica acreditada, en la que dicha orden ha gastado mucho. Y que así pedía, por merced, mandase Su Majestad confirmar las dichas casas y monasterios y dar licencia para todas las que se quisieren hacer; y que diese facultad a dicho provincial de Castilla; que no consintiese ni diese lugar que de otro reino ni provincia fuesen, sujetados del provincial de Castilla; y que si alguna bula viniese y se presentase sobre ello, no fuese cumplida sin ser primero examinada en el Consejo de Indias, para que así, se determinase lo que fuese justicia. Todo esto a la letra, concedió el señor Carlos Quinto al reverendo padre provincial de Castilla, por haber sido nuestros fundadores los castellanos y andaluces. Y esto mismo confirmó el señor Felipe Segundo, el referido año de cincuenta y nueve, por cédula dirigida al presidente y oidores de las Audiencias Reales de la Ciudad de los Reyes y villa de la Plata, de Las Charcas.

Con estos rescritos reales se hace demostración incontestable de ser los primeros misioneros apostólicos en las Indias, en las islas de Barlovento y en la Tierra Firme o Castilla del Oro, los religiosos mercedarios; de ser del agrado y aprobación de Su Majestad sus misiones; y del fruto que ya avían hecho por los años de mil quinientos y veinte y seis. Lo que movió al señor Felipe Segundo a sobrecartar, insertar e innovar el privilegio, del señor emperador Carlos Quinto y confirmarlo en remuneración de los servicios hechos y que esperaba se habían de hacer en adelante por los religiosos mercedarios, en obsequio de ambas majestades. De que infiere la consecuencia inevitable de haber pasado nuestros religiosos con licencia de Su Majestad en compañía del marqués Pizarro, pues consta por las historias que por este año de quinientos veinte y nueve se embarcó dicho marqués al descubrimiento y conquista de este nuevo mundo.

Y lo que sigue es otra muy relevante prueba: porque entre las capitulaciones que nuestro máximo emperador Carlos Quinto estipuló con el marqués Pizarro, en la ciudad de Toledo, el año de mil quinientos veinte y nueve, es la más principal que fuese obligado a llevar a la jornada y a tener en su gobernación a los religiosos que por Su Majestad fuesen nombrados, así para la doctrina de los naturales, como para hacer el descubrimiento y conquista con su parecer (2). Estas son palabras formales de Antonio de Herrera. Y a éste capítulo se arregló el marqués Pizarro cuando trajo en su compañía al venerable padre fray Miguel de Orenes y sus compañeros y, por su confesor, al insigne varón padre fray Sebastián de Trujillo. A su tiempo, se dirá la venida del venerable padre, esclarecido en virtud, letras y prudencia, maestro fray Francisco de Bobadilla y de sus compañeros.

En éste gran cuidado y diligencia de enviar el rey nuestro señor a Indias [los] más electos ministros evangélicos de las órdenes sagradas a plantar en todas las [in]dias la fe, se han arreglado siempre nuestros católicos monarcas a la bula de la santidad de Alejandro Sexto, expedida en Roma, a cuatro de mayo de mil cuatrocientos noventa y tres, que empieza: Inter coetera divinae maiestatis. Porque con el cargo y condición de propagar el Evangelio y asentar la religión de que hacen memoria, lo confiesan y protestan los mismos reyes se les concedieron las Indias ser dominio y señorío; y así lo aceptaron y se obligaron a cumplirlo con todo desvelo, conato y diligencia, aunque fuese derramando su sangre (3). Y en ésta forma consta que Adriano Cuarto concedió a los reyes de Inglaterra el reino de Hibernia y Martino Quinto a los reyes de Portugal las tierras que descubriesen en la India oriental; la cual concesión extendieron a otras provincias y reinos del Africa y de Asia Nicolao Quinto y Calixto Tercero.

De lo dicho, se infiere el grandísimo engaño con que escribió su Historia del Perú el reverendo padre maestro fray Antonio de la Calancha, de la esclarecida orden de nuestro padre San Agustín, diciendo: que sus religiosos pasaron a estas Indias, siendo los primeros que trajeron licencia del Pontífice Alejandro Sexto y del señor emperador Carlos Quinto. Hablando de los religiosos fray Miguel de Orenes y Pedro Arcabucero, dice: que fueron primeros en el tiempo, pero no en el ejercicio apostólico de misioneros, porque pasaron sin orden del papa Alejandro Sexto y del emperador Carlos Quinto. Y que, así, los religiosos que pasaron a éstas Indias el año de quinientos y cincuenta y uno deben ser tenidos por los primeros misioneros. Engañóse dicho padre maestro en decir que nuestros religiosos y los demás de las sagradas religiones de Santo Domingo y San Francisco pasaron sin licencia de nuestro máximo emperador y sumo pontífice, como así le redarguyen [sic] sus historiadores; y por nuestra parte, con las referidas cédulas, se evidencia que nuestros religiosos tuvieron licencia de Su Majestad cesárea.

Y que la tuviesen también de nuestro santísimo padre Alejandro Sexto, es constante por las mismas cláusulas de su bula. Por que hablando en ella, con el máximo emperador, dice: que los religiosos nombrados para las misiones de las Indias sean vida y doctrina suficientes y, vuestra cesárea majestad o su Real Consejo, tengan satisfacción que son idóneos (4). Y, luego, añade Su Santidad: encargamos a sus prelados y ponemos sobre sus conciencias que, son los que han de enviar y dar licencia (5). De manera que Su Santidad determina: que los prelados regulares han de señalar y dar licencia a los religiosos. Luego, el reverendo padre maestro Calancha padeció grandísimo engaño en decir: que los religiosos de las demás órdenes y los nuestros que pasaron a Indias antes del año de quinientos cincuenta y uno, vinieron sin licencia de nuestro santísimo padre Alejandro Sexto. Y si, en dictamen del reverendo padre maestro Antonio Calancha, pasaron a Indias nuestros religiosos sin la necesaria licencia, sin dudas los haré fugitivos y apóstatas e incursos en la excomunión ipso facto de nuestras sagradas constituciones. Y aquí se ofrece dudar como estos religiosos se atrevían a decir misa, para quedar irregulares; como confesaban a los conquistadores y como se atrevían a anunciar a los gentiles los preceptos divinos; como en sus labios cogía el Testamento, Nuevo y Viejo, [de] las Sagradas Escrituras, despreciando éstos padres, con aborrecimiento y contumacia, la regular disciplina y obediencia? Y como sus sermones, harían fruto en los gentiles, si echaban a sus espaldas los sermones y preceptos de su sagrado instituto? Estas son reprensiones que hace Dios al pecador apóstata de su santa ley (6); y decir que nuestros benditos religiosos, ya nombrados, eran reos de estos delitos parece en verdad. Júzguelo el más prudente y timorato.

Mayor engaño de dicho reverendo padre maestro fue decir hasta el año de mil quinientos cincuenta y uno, en que vino la religión de nuestro padre Agustín, no se había oído en el Perú la ley de Dios, ni cosa de la doctrina cristiana. Habían pasado veinte años de la entrada de los españoles y supone que ya había religiosos de los tres órdenes en estas Indias. Pues ¿es posible que, a tantos años, no evangelizaron éstos religiosos la ley de Dios a estos gentiles ni los instruyeron en cosa de la doctrina cristiana? ¿No consta por las profecías de esta América que sus misioneros serían ángeles veloces, nubes de celestiales rocíos y símbolos con alas? Pues ¿cómo se puede creer que los ángeles no evangelizaron con presteza y con acorde música la gloria de Dios en las alturas y altares y la paz de buena voluntad en estas tierras? Que las nubes siquiera ¿no hubieran desprendido algún rocío, habiendo llegado ya el tiempo de llover? Y ¿cómo estos símbolos, instrumentos músicos con las alas empelezaron [sic] tanto el no dar por veinte años sonidos muy sonoros de la ley de Dios y doctrina cristiana?

Nada de esto es creíble; ni que el padre de familias que tan de mañana trajo a su viña estos obreros, los tuviese ociosos, no sólo en todo un día, sino por veinte años. Proposición que desdice del ardiente celo con que emprendieron estas conquistas nuestros católicos monarcas, para con toda diligencia, vigilancia y cuidado hasta derramar su sangre si fuese posible, extender la fe católica por este Nuevo Mundo, mayor que las tres partes que siglos antes estaban descubiertas, dándole a la Iglesia ésta gloria y consuelo y a nuestra nación española éste honorífico blasón, superior a todos los demás.

¿Qué habrán dicho las demás naciones extranjeras, émulas de España, si han leído aquella proposición? Sabemos que el libro del señor obispo de Chiapas, don fray Bartolomé de las Casas, que escribió con tanto celo, que no me atrevo a decir con imprudencia, cuanto han impreso los herejes y otros émulos de España en cuatro lenguas, poniéndole por título Crudelitatis hispaniorum in Indiis patratae, porque en dicho libro pone las increíbles expresiones de que murieron quince millones de indios sin bautismo y se despoblaron en las Indias dos mil leguas. ¡Lastimosos sucesos, si son ciertos, e inescrutables juicios de Dios que, a vista del remedio, se perdiesen tantas almas! Y sabemos que el libro de Francisco López de Gómara, impreso el año de quinientos cincuenta y tres y cincuenta y cuatro, escrito de oídas y sin exacta verdad, que por cédula especial del Real Consejo de las Indias, está mandado recoger, como lo advierte el licenciado Antonio de León, relator del mismo Consejo, en su Biblioteca oriental y occidental.

Con lo que tan ceñidamente se ha dicho, parece que nuestros religiosos misioneros pasaron con las debidas y necesarias licencias y que sus misiones y primací[as] no padecen excepción alguna por ser y haber sido del servicio de Dios, de la Iglesia Católica y de nuestros soberanos príncipes y señores.

Los mercenarios operarios, conducidos desde el principio del día al [es]piritual cultivo de esta viña para hacerse dignos de los dos denarios y de la merced que el padre de familias les tenía destinada en el cielo, no estuvieron ociosos ni remisos en la solicitud de redimir éstas almas de la esclavitud y tiránico dominio del dominio del demonio. Por que fuera del apostólico celo que los trajo, se debe suponer que, como doctos varones de virtud y de fervoroso espíritu, venían instruidos de la mente de Su Santidad y del principal católico designio del señor emperador Carlos Quinto. Y así, después de haber instruido en la fe a los gentiles de éstos valles cercanos a ésta ciudad de Lima, por orden del venerable padre fray Miguel de Orenes, superior y primer provincial de esta provincia y de todas las que se fueron conquistando y fundando en éstos reinos, se partieron a las provincias de Canta, Tarma, Huánuco, Conchucos, Huamalíes, Cajatambo, Huambos, y a las incultas serranías de Chachapoyas, Jaén de Bracamoros y Moyobamba, en donde, con celo apostólico, anunciaron el Evangelio, persuadiendo a los gentiles que tenían ya cerca el reino de los Cielos, catequizaron y bautizaron muchos. No era tiempo, ni posible, que todos los hubiesen convertido; mucho restó que hacer para después. Y para reducirlos a todos y confirmarlos en la fe, se le dieron a los religiosos mercedarios doctrinas y misiones en las referidas provincias, pertenecientes a los obispados de Lima y obispado de Trujillo. En el parágrafo siguiente se dirá como extendieron la fe hasta el reino de Chile, con el Tucumán, lo más remoto del virreinato del Perú.

Paleografia Fernando Armas Medina

Transcripción: José Gálvez Krüger

Fotografía: Juan Pablo El Sous.