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Domingo, 17 de febrero de 2019

Crónica de la Orden de la Merced en América: Exordio

De Enciclopedia Católica

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Exordio

Habiendo Su Majestad, con el imperio de tan bastos y distantes dominios, recibido promiscuamente/ sobre sus reales hombros, aun sin la experiencia de Tiberio César, el imponderable peso y cuidado de gobernar y regir su monarquía (1), empuñó el cetro esmaltado con vigilantes o develados ojos (2). Sucedió al [señor] rey su padre, Filipo Quinto, a quien, para su dirección y consuelo, tiene vivo en su pecho; y en él, al máximo emperador Carlos Quinto. El Señor Rey don Fernando Sexto, que Dios guarde, es inmediato sucesor, en su nombre, y nadie duda que los sea en sus heróicas acciones, de su abuelo el cristianísimo y su abuelo el Rey Católico, don Fernando el quinto, el mayor político y gobernador de su tiempo, en la paz y en la guerra, porque es innata inclinación de los soberanos imitar a sus predecesores con más gloriosa y aventajada emulación, teniendo en la mente las imágenes y las heroicidades de sus antepasados. Esto movió a Julio César a las enseñanzas que emprendió, queriendo superar las de Alejandro Magno, como lo dió a entender en Cádiz, cuando vio la estatua de Alejandro en el [insigne] templo de Hércules, lo que observó Suetonio, al capítulo 71, en su Vida; y en la Historia Sagrada, Mathatías, aquel gran caudillo y exforz[ado capit]án de los judíos, les representó a sus hijos las proezas de los p[asados] y esto hizo gloriosos a aquellos Machabeos, príncipes católicos [de la] nación hebrea, como refiere en el libro primero de su [Historia], la capítulo segundo, por las palabras del margen (3).

En los reinados de estos serenísimos príncipes Sexto y Quinto, primeros héroes de la fama, Se descubrió la América y se empezaron a conquistar las Indias Occidentales, cuyo dominio es preciosísima piedra de su Corona Real; y en su heredado gobierno eclesiástico, político y secular se desvela Su Majestad, como es cosa tan importante a la quietud de su conciencia y conducente a la vida eterna a que aspira. Aún no siendo soberano no lo era decente menos desvelo. Del primer ministro y consejero lo dice así la sentencia del margen (4). Por eso, pues, nuestro piadoso Rey solicita noticias exactas e Históricas de las misiones y conquistas espirituales de los religiosos de estas provincias por el referido despacho (5).

No imita Su Majestad en su real cuidado y desvelo, sino excede con las ventajas de piadoso, cristianísimo y católico príncipe, al rey Asuero, poderoso monarca desde la India hasta la Etiopía, señor que conquistó a los indios.(6). Este rey Asuero o Artajerges /in somne una noche/ mandó se le trajesen las historias y anales de los tiempos primeros. (7). Acertado mandato y decreto venido del Cielo, que la divina providencia procuró conseguir por ministerios de un ángel, (8) para premio y honor de beneméritos y para que resplandeciese la Misericordia de Dios, librando a innumerables profesores de la verdadera religión de la muerte a que estaban adjudicados, cuyas noticias corrían ya por las ciudades, por sus plazas y calles y corrillos (9). La hermosa Esther, esposa de aquel soberano, comprendida en ese universal exterminio, fue la que se redimió a sí y a los suyos de la muerte, consiguiendo este indulto con su piadosa intercesión y ruegos (10).

Meditaba pasar en silencio las voces que vagamente corren que, sin duda, habrán llegado a los oídos de vuestra excelencia: las familias religiosas que, con imponderables trabajos, con fatigas y sudores, con su sangre derramada y con sus vidas ofrecidas a la muerte por fundar en estas partes el imperio de Cristo, alistando en sus banderas, con el carácter del bautismo, a estas infieles y bárbaras naciones, viven humilde y religiosamente confiados; que registradas las historias y anales de los primeros tiempos y con noticia de la vigilancia y cuidado con que ahora sirven en el ministerio de doctrineros y curas [procurando] radicarlos en la fe que al principio les predicaron a sus [antepasados], se ha de dignar Su Majestad con ho[noríficas expresiones de darse por] bien servido. Y por lo que toca [a mi familia mercedaria, está con la] misma confianza en la real mu[nificen]cia y benignidad [de Su Majestad, nuestro] protector y patrón, que con divina inspiración desvanecerá estos temores diciéndonos lo que Dios a Abrahán: no queráis temer, yo soy vuestro protector. Y pues Esther fue la redentora de su pueblo, espera el mercedario que María Santísima, de quien fue alegórico símbolo, (II) mire por sí, por su Religión, por las Iglesias que fundó y por los hijos, que al pie de la cruz, traspasada de angustia y dolores, dio a luz para que en este Nuevo Mundo enarbolasen los primeros la cruz en que fue muerto su precioso Hijo, Cristo Señor Nuestro.

Todo cuanto nuestra religión tiene en la Europa y América, todo, después de Dios, es de Su Majestad. Y si, por desgracia nuestra, desmerece poseerlo en adelante dirá a una voz, rendida a sus pies, la religión: Oh rey!, nada es mío, tuyo es lo que nos quitan. (12). Pero que vanos, como de vulgo fácil, son estos recelos. Porque antes espera mi religión, fuera de los imponderables beneficios, mercedes y gracias recibidas, conseguir otras mayores de futuro (13), pues siempre se excede en sus favores la generosidad de los reyes. Así lo dijo en su panegírico al emperador Juliano la discreción de Mamertino (14).


Paleografía: Dr. Fernando Armas Medina.

Transcripción: José Gálvez Krüger